P. LEONARDO CASTELLANI: SERMON PARA LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Comunion de los santos

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros. Vosotros sois la sal de la tierra. Más si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. (Mt. 5,1-16)

TODOS LOS SANTOS (1966)

Debería hacer un sermoncito sobre la Bienaventuranza, la Gloria, la Vida Eterna, o sea el Cielo; pero iba a calumniar al Cielo. Puede ser que si algún día saco la lotería, tengo mucho tiempo y el Dr. Cardini César me cura de todas mis nanas… pero ahora no. Cuando tenga experiencia del Cielo (como espero) tampoco podré hablar del Cielo. Sigue leyendo

REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL JUICIO FINAL

Diego Santos Lostado y Calderón

EL JUICIO FINAL

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Semper videtur illa tuba terribilis insonare auribus meis: surgite mortui venite ad judicium.

Siempre parece que suena en mis oídos aquella terrible trompeta: levantaos, muertos, y venid a juicio (San Jerónimo)

 

Ya que nos hemos detenido, alma mía, en considerar el triste paso de la muerte, la tremenda severidad del juicio, el terror espantoso del infierno, y las incomparables delicias de la Gloria; razón será que llevemos también el pensamiento a los últimos días de los siglos y veamos como fenecen estos en aquel más terrible día del Juicio Final.

¡Oh día cruel y lleno de indignación! Día en que la diestra airada del Omnipotente derramará su enojo sobre los culpados, y fulminará rayos que abrasen la tierra; día en que la moribunda naturaleza dará el último suspiro; día en que comparecerán todos los muertos restituidos a su prístina forma; día en que se juzgarán las causas de todos, y cada uno recibirá el premio o castigo correspondiente al estado de gracia o culpa en que se hallaba su alma cuando salió de este mundo.

¡Oh día de calamidad y de miseria! ¡Oh día grande del Señor! ¿Quién, me dará expresiones para describir tu grandeza? Ah! Si la expedita lengua de aquel santo Profeta se halló balbuciente cuando quiso encarecerla, ¿qué podrá decir en estos momentos mi voz debilitada? Sigue leyendo

REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL CIELO

Diego Santos Lostado y Calderón

CUARTA POSTRIMERÍA DEL HOMBRE

EL CIELO

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Oculus non vidit, nec auris audivit, nec in cor hominis ascendit, quæ præparavit Deus diligentibus illum.

Los ojos no vieron jamás, ni los oídos oyeron, ni la imaginación llegó a comprender la grandeza de los bienes que Dios preparó para los que le aman (I Cor. 2)

Si aquel grande Apóstol, que fue arrebatado hasta el tercer Cielo, no pudo explicar, cuando volvió de su rapto, lo que vio y oyó en aquella tranquila mansión de los predestinados y excelso Alcázar del Señor, ¿cómo podrás tú, alma mía, sin haber visto esta magnífica obra del Omnipotente, formar la menor idea de lo que aquel varón inspirado no pudo comprender habiéndolo tocado tan de cerca?

¡Oh Paraíso prometido al justo! ¡Oh dulce patria del hombre! ¡Oh descanso eterno! Solamente las almas que te gozan te conocen; nosotros solo podemos desear tus glorias, ansiar los inefables bienes que llenan tu inmensa Esfera, y admirarte como la más prodigiosa invención de la sabiduría del Eterno, como el último esfuerzo de su Omnipotencia, y como término de su liberalidad. Sigue leyendo

REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL INFIERNO

Diego Santos Lostado y Calderón

TERCERA POSTRIMERÍA DEL HOMBRE

EL INFIERNO

Ugolino-dante

Hic ure, hic seca, hic non parcas, ut in æternum parcas.

Quema Señor, corta y no tengas piedad de mí en esta vida, con tal que te apiades de mí en la otra (San Agustín).

 

Tiempo es ya de poner los ojos en el espantoso abismo que un Dios irritado abrió para eterno sepulcro del hombre que muere impenitente. Tiempo es ya de dar una ojeada, alma mía, por este piélago insondable, hacia donde corren siempre los furiosos torrentes de la divina justicia y jamás llegarán los mansos arroyos de la misericordia; en donde se niega el paso a la esperanza, y la desesperación ocupa su propio lugar.

Pero antes de llevar nuestra reflexión a las negras orillas de este precipicio; antes que oigamos los bramidos de los culpados que viven muriendo en aquellas tenebrosas regiones, suspendamos el paso para observar otros objetos que a la imaginación ofrece esta triste jornada.

¡Oh qué espaciosos son estos caminos y cuántos millones de mortales encuentro al paso! ¡Qué confusión de naciones! ¡Qué rumor de gentes! ¡Qué desorden! ¡Qué multitud de ídolos! ¡Qué crecido número de sacrificadores! ¡Qué infinidad de víctimas! ¡Qué antigüedades!… Sigue leyendo

REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL JUICIO PARTICULAR

Diego Santos Lostado y Calderón

SEGUNDA POSTRIMERÍA DEL HOMBRE

EL JUICIO PARTICULAR

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Væ etiam laudabili vitæ hominum si remota misericordia discutias eam!

¡Desgraciada del alma misma, que parece más justa, si vos Dios mío, la juzgáis con rigor! (San Agustín)

 

Temeroso es por cierto presentarte, alma mía, en el tribunal de aquel recto Juez, de cuyos labios está pendiente la última suerte del hombre; de aquel Juez que te presentará tus culpas, no como las ven ahora tu ignorancia, tu pasión, tus pretextos vanos, o tu falsa conciencia, sino a la luz de la verdad como son en sí mismas.

¡Temeroso es por cierto! Pero siendo preciso entrar en cuentas con Dios, si yo callase ahora por temor, lloraría sin duda algún día tal silencio. Nací, pues; y la muerte ha de llegar; ha de llegar, y en aquel instante mismo, tú, alma mía, dejarás esta tierra de corrupción en que moras, y volarás por regiones desconocidas a buscar tu eterno destino. Sigue leyendo

REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – LA MUERTE

Diego Santos Lostado y Calderón

 

INTRODUCCIÓN

Postrime

Si el olvido de nuestras postrimerías es uno de los mayores errores en que solemos vivir, alejémoslo de nosotros tanto que jamás pueda volver a interrumpirnos un pensamiento tan cristiano.

Muchos habrá que rehúsen abrazar esta idea quizá por no entristecerse; pero yo más quiero vivir triste con ella y morir alegre, que vivir alegre sin ella y morir tristemente.

Quiero pronosticarme con tiempo mi suerte venidera; para no enterrar mi alma en el sepulcro del mundo y contarme ya entre los muertos. Cada día, cada hora, cada instante miraré con más atención el contraste de dos suertes irrevocables que llevamos los mortales dentro de nosotros y no las vemos. ¡Vida para siempre! ¡Muerte sin fin! Estos son los últimos destinos del hombre y uno de ellos ha de caberle: ¿cuál será?

¡0h eternidad! Tú llamas a la puerta de mi corazón y te vales de la voz de Dios para despertarme. ¡Despertemos; despertemos alma mía! y puesto que vemos el peligro, huyamos para no perecer en él. Conozcamos que para no morir jamás no hay más remedio que morir bien; y para morir bien, no pecar; y para no pecar, grabar en nuestra imaginación este importante aviso que nos da el Espíritu Santo.

In omnibus operibus tuis mœmorare novissima tua, et in æteruum non peccabis.

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EL PEQUEÑO NÚMERO DE LOS QUE SE SALVAN – SAN LEONARDO DE PUERTO MAURICIO

832933enferEl pequeño número de los que se salvan

Por San Leonardo de Puerto Mauricio

   
San Leonardo de Puerto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el monasterio de San Buenaventura en Roma. Él fue uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia. Solía predicar a miles de personas en las plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizó una misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de Cardenales fueron a oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús fueron sus cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio las Alabanzas Divinas, que se dicen al final de la Bendición. Pero el trabajo más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de predicación sin interrupciones. Uno de los sermones más famosos de San Leonardo de Puerto Mauricio fue “El Pequeño Número de los Que Se Salvan.” Fue en el que se basó para la conversión de grandes pecadores. Este sermón, así como sus otros escritos, fue sometido a examinación canónica durante el proceso de canonización. En él se examinan los diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número de los que se salvan, en relación a la totalidad de los hombres. El lector que medite sobre éste notable texto aprovechará la solidez de su argumentación, la cual le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y conmovedor sermón de éste gran misionero.

Introducción:

Gracias a Dios, el número de los discípulos del Redentor no es tan pequeño como para que la maldad de los escribas y fariseos sea capaz de triunfar sobre ellos. Aunque se esforzaron por calumniar su inocencia y engañar a la gente con sus sofismas traicioneros al desacreditar la doctrina y el carácter de Nuestro Señor, buscando puntos, incluso en el sol, muchos todavía Lo reconocieron como el verdadero Mesías, y, sin miedo ni de castigos o de amenazas, abiertamente se unieron a su causa. ¿Todos los que siguieron a Cristo, lo siguieron incluso hasta la gloria?. ¡Ah, aquí es donde yo venero el misterio profundo y adoro en silencio los abismos de los decretos divinos, en lugar de decidir precipitadamente sobre éste punto tan grande!. El tema que estaré tratando hoy es uno muy grave; ha causado que incluso los pilares de la Iglesia tiemblen, ha llenado a los más grandes santos de terror y ha poblado los desiertos de anacoretas. El objetivo de esta instrucción es decidir acerca de si el número de cristianos que se salvan es mayor o menor al número de cristianos que son condenados; esto, espero, produzca en ustedes un temor saludable acerca de los juicios de Dios.

    Hermanos, por el amor que tengo por ustedes, desearía ser capaz de asegurarles con la perspectiva de la felicidad eterna a cada uno de ustedes diciéndoles: Es seguro que irás al paraíso; el mayor número de los cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. ¿Pero cómo puedo darles esta dulce garantía si se rebelan contra los decretos de Dios como si fueran sus propios peores enemigos?. Observo en Dios un deseo sincero de salvarlos, pero encuentro en ustedes una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad?. Seré desagradable para ustedes. Pero si no hablo, seré desagradable para Dios.

    Por lo tanto, voy a dividir éste tema en dos puntos. En el primero, para llenarlos de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre el tema y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados; y, en adoración silenciosa de ese terrible misterio, mantendré mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto trataré de defender la bondad de Dios de los impíos, al demostrarles que los que son condenados son condenados por su propia malicia, porque querían ser condenados. Así entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad les asusta, no me guarden rencor, como si yo quisiera hacer el camino hacia el Cielo más estrecho para ustedes, porque quiero ser neutral en éste asunto; sino mas bien guárdenle rencor a los teólogos y a los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en sus corazones con la fuerza de la razón. Si ustedes son desilusionados por la segunda verdad, den gracias a Dios por esta, pues Él sólo quiere una cosa: que le den sus corazones totalmente a Él. Por último, si me obligan a decir claramente lo que pienso, lo haré para su consuelo.


La enseñanza de los Padres de la Iglesia:

    No es vana curiosidad, sino mas bien una precaución saludable proclamar desde lo alto del púlpito ciertas verdades que sirven maravillosamente para contener la indolencia de los libertinos, que siempre están hablando de la misericordia de Dios y de lo fácil que es convertir, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente dormidos en el camino al infierno. Para desilusionarlos y para despertarlos de su letargo, hoy vamos a examinar esta gran pregunta: ¿Es el número de cristianos que se salva mayor que el número de cristianos que se condena?.

Almas piadosas, pueden irse; éste sermón no es para ustedes. Su único propósito es contener el orgullo de los libertinos que echan el santo temor de Dios fuera de su corazón y unen sus fuerzas con las del diablo que, según el sentimiento de Eusebio, condenan a las almas, al asegurarlas. Para resolver esta duda, pongamos a los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, por un lado; por el otro, a los teólogos más sabios e historiadores más eruditos; y dejemos la Biblia en el centro para que todos la vean. Ahora, no escuchen lo que yo voy a decir – pues ya he dicho que no quiero hablar por mí mismo o decidir sobre la materia -, sino mas bien escuchen lo que estas grandes mentes tienen que decirles, ellos que son faros en la Iglesia de Dios para dar luz a los demás para que no pierdan el camino al Cielo. De esta manera, guiados por la triple luz de la fe, la autoridad y la razón, vamos a ser capaces de resolver este grave asunto con certeza.
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