P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA MISA DEL GALLO

10404452_1567066276862589_6637091162857208478_nMISA DE MEDIANOCHE

Damos el nombre de Tiempo de Navidad al período de cuarenta días que va desde la Natividad de Nuestro Señor, el 25 de Diciembre, hasta la Purificación de la Santísima Virgen, el 2 de febrero.

Este período forma, en el Año litúrgico, un conjunto especial, como el Adviento, la Cuaresma, el Tiempo Pascual, etc.; por todo este tiempo campea la idea del mismo misterio, de suerte, que ni las fiestas de los Santos que ocurren durante esta temporada, ni la llegada bastante frecuente de la Septuagésima con sus tonos sombríos, son capaces de distraer a la Iglesia del inmenso gozo que le anunciaron los Ángeles en esa noche radiante, durante tanto tiempo esperada por el género humano, y cuya conmemoración litúrgica ha sido precedida de las cuatro semanas que forman el Adviento.

La costumbre de celebrar con cuarenta días festivos, o de especial memoria, la solemnidad del Nacimiento del Salvador se halla enraizada en el mismo Santo Evangelio, el cual nos dice que la virginal María, pasados cuarenta días en la contemplación del suavísimo fruto de su gloriosa maternidad, se dirigió al Templo para cumplir, con perfectísima humildad, todo lo que la ley ordenaba a las mujeres de Israel después de haber sido madres.

Por consiguiente, la conmemoración de la Purificación de María está íntimamente unida a la del Nacimiento del Salvador; y la costumbre de celebrar esta santa y festiva cuarentena parece ser de una remota antigüedad en la Iglesia.

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Si pasamos ahora a examinar el carácter del Tiempo de Navidad, tenemos que reconocer que es un tiempo dedicado de una manera especial al júbilo que procura a la Iglesia la venida del Verbo divino en carne, y consagrado particularmente a felicitar a la Santísima Virgen por la gloria de su Maternidad.

Esta doble idea de un Dios niño y de una Madre virgen se halla expresada de un modo continuo en las oraciones y ritos litúrgicos, por los cuales la Iglesia hace memoria de la fecunda virginidad de la Madre de Dios y hasta el mismo día de la Purificación termina todos sus Oficios con la solemne antífona del monje Hernán Contracto, en loor de la Madre del Redentor.

Tales son las demostraciones de amor y veneración con las que la Iglesia, honrando al Hijo en la Madre, exterioriza su religiosa alegría durante este período del Año litúrgico que conocemos con el nombre de Tiempo de Navidad.

Todo es misterioso en los días que nos ocupan. El Verbo divino, cuya generación es anterior a la aurora, nace en el tiempo; un Niño es Dios; una Virgen es Madre quedando Virgen; se entremezcla lo divino con lo humano y la sublime e inefable antítesis expresada por el discípulo amado en aquella frase de su Evangelio: El Verbo se hizo carne, se repite de diversas formas y tonos en las oraciones de la Iglesia; resumiendo admirablemente el gran prodigio de la unión de la naturaleza divina con la humana.

Misterio desconcertador para la inteligencia, pero dulce al corazón de los fieles; es la consumación de los designios divinos en el tiempo, motivo de admiración y pasmo para los Ángeles y Santos en la eternidad.

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REGALO DE NAVIDAD – HISTORIA DEL PRIMER PESEBRE Y UN NACIMIENTO PARA IMPRIMIR

EL PRIMER PESEBRE EN GRECCIO, ITALIA,
CREADO POR SAN FRANCISCO DE ASÍS (1223)

Y un nacimiento para imprimir de regalo.

Compartimos con ustedes la historia del primer pesebre, y una lámina de impresión antigua para descargar y armar en familia.

RELATO DE SAN BUENAVENTURA


Tres años antes de su muerte se dispuso Francisco a celebrar en el castro de Greccio, con la mayor solemnidad posible, la memoria del nacimiento del niño Jesús, a fin de excitar la devoción de los fieles.

Mas para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice; y, habiéndola obtenido, hizo preparar un pesebre con el heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno.

Son convocados los hermanos, llega la gente, el bosque resuena de voces, y aquella noche bendita, esmaltada profusamente de claras luces y con sonoros conciertos de voces de alabanza, se convierte en esplendorosa y solemne.

El varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre la misa solemne, en la que Francisco, levita de Cristo, canta el santo evangelio. Predica después al pueblo allí presente sobre el nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo -transido de ternura y amor-, lo llama «Niño de Bethlehem».

Todo esto lo presenció un caballero virtuoso y amante de la verdad: el señor Juan de Greccio, quien por su amor a Cristo había abandonado la milicia terrena y profesaba al varón de Dios una entrañable amistad. Aseguró este caballero haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso, al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño.

Dicha visión del devoto caballero es digna de crédito no sólo por la santidad del testigo, sino también porque ha sido comprobada y confirmada su veracidad por los milagros que siguieron. Porque el ejemplo de Francisco, contemplado por las gentes del mundo, es como un despertador de los corazones dormidos en la fe de Cristo, y el heno del pesebre, guardado por el pueblo, se convirtió en milagrosa medicina para los animales enfermos y en revulsivo eficaz para alejar otras clases de pestes. Así, el Señor glorificaba en todo a su siervo y con evidentes y admirables prodigios demostraba la eficacia de su santa oración.

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P. JUAN CARLOS CERIANI: NAVIDAD 2013 + SANTA MISA DEL DÍA

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En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios.

Este estaba en el principio con Dios.

Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada ha sido hecho sin Él.

Lo que ha sido hecho era vida en Él. Y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.

Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio, para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba y el mundo por Él fue hecho, y no le conoció el mundo.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a aquéllos que crean en su nombre. Los cuales son nacidos no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios.

Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Decíamos anoche que sobre la Misa de la medianoche se cierne todavía la misteriosa obscuridad del Adviento; que en la Misa de la Aurora han desaparecido las tinieblas casi por completo; y que en la tercera Misa contemplamos a plena luz al tan ansiosamente Esperado durante todo el Adviento; el Redentor se nos presenta en todo el esplendor de su hermosura.

Ha nacido el Hijo de Dios, el Rey que sostiene en sus hombros el imperio del universo; ha nacido Cristo, el Salvador, el Señor del mundo.

El Introito de esta tercera Misa nos revela claramente el pensamiento fundamental de la liturgia de hoy: Nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo.

Pero este Niño, que descansa en un pesebre, es el Señor de la creación: Sobre sus hombros sostiene el imperio del universo, y se llama el Ángel del Gran Consejo. Es decir, el Mediador, el Ejecutor de los grandiosos planes de la Providencia para la redención del mundo.

Nosotros, llenos de agradecimiento y de admiración, cantemos el salmo 97, que celebra el reinado de Cristo sobre el mundo: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

En el Kyrie Eleison supliquemos al Rey del mundo nos admita también a nosotros en el Reino de su gracia y de su redención.

En el Gloria in excelsis tributémosle nuestro homenaje de alabanza y de adoración: Tú, Jesús, eres el Hijo del Padre; Tú eres quien borra los pecados del mundo; Tú eres el que se sienta a la diestra del Padre; Tú eres el Rey y el Señor de los Ángeles y de los hombres, del cielo y de la tierra. Sólo Tú eres el Santo; sólo Tú eres el Señor; sólo Tú eres Altísimo, junto con el Padre y el Espíritu Santo.

En la Oración colecta volvamos a suplicarle de nuevo, con toda instancia, nos dé su redención, nos libere de las cadenas del pecado, de la esclavitud de Satanás, y nos admita en el Reino de su gracia.

En la Epístola, San Pablo canta las glorias y las grandezas del divino Niño que yace en el pesebre: es el Hijo de Dios, es su Heredero universal. Por Él lo ha creado todo; Él sostiene el universo y se sienta, como en un trono, a la derecha de la majestad del Altísimo. Su trono es eterno. Su imperio, un imperio de justicia y de equidad. Los cielos y la tierra perecerán, Tú, en cambio, permanecerás para siempre, como Cristo y como Rey del mundo.

El Gradual es un acertado comentario del himno entonado por San Pablo en la Epístola. El reinado de Cristo es el reinado de la gracia, de la redención, de la liberación del pobre género humano: Todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. El Señor ha revelado a todos su salud.

Hoy nos ha amanecido un día santo. Venid, gentes, y adorad al Señor, porque hoy ha descendido sobre la tierra una luz maravillosa: la luz del Sol divino. Así cantamos en el Aleluya.

En el Evangelio se desarrolla este mismo pensamiento: ¡Bienaventurados los que reciban esa luz! En virtud de ella, se les dará la gracia de hacerse hijos de Dios. Seguir leyendo

P. JUAN CARLOS CERIANI: NAVIDAD 2013 + SANTA MISA DE LA AURORA

Nativity Scene on Christmas. This window was created in 1866, no property release is required.MISA DE LA AURORA

En la segunda Misa de Navidad, la de la Aurora, la Santa Liturgia nos congrega otra vez, ahora junto a los Pastores, en torno al Pesebre del Señor.

Dice el Introito: La luz brillará hoy sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor…, y su reinado no tendrá fin. El Señor es Rey y está revestido de gloria y majestad. La fortaleza heroica rodea al Señor como una túnica y le ciñe como un cinturón.

Con la vista puesta en el divino Rey, que yace en el Pesebre, escuchemos la palabra del Apóstol San Pablo:

También nosotros éramos, en otro tiempo infieles, esclavos del error y de todos nuestros deseos y malas pasiones. Vivíamos en malicia y llenos de envidia. Éramos odiosos a Dios y nos odiábamos mutuamente entre nosotros. Vosotros, en otro tiempo, estabais muertos en vuestros delitos y pecados y caminabais en ellos, obedeciendo al Imperio del príncipe de las aéreas potestades, el cual sigue dominando todavía sobre los hijos de la incredulidad. Entre ellos nos contamos también algún día todos nosotros. Entonces seguíamos ciegamente los deseos de nuestra carne, ejecutábamos todo lo que la carne y el corazón nos pedían, y éramos, por naturaleza, hijos de ira, como todos los demás.

¡Éramos hombres alejados de Dios, desconocedores de Cristo, privados de la vida y de la filiación divinas!

Esto éramos; y esto somos de nosotros mismos, es decir, abandonados a nuestras propias fuerzas.

Mas ahora, dice San Pablo, ya han aparecido la benignidad y la misericordia de Dios, Salvador Nuestro. Él nos ha salvado, no en virtud de las obras de justicia realizadas por nosotros, sino puramente por su divina misericordia, mediante el baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo, que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo, Salvador Nuestro, para que, justificados con su gracia, alcancemos, según lo esperamos, la herencia de la vida eterna.

¡Estamos salvados! He aquí el alegre mensaje que nos trae Navidad.

El Señor nos ha salvado mediante su Encarnación y su Nacimiento de la Santísima Virgen María. Seguir leyendo