PERO MÁS ME AMAS TÚ

AL QUE AMA MUCHO, SE LE PERDONA MUCHO…

“¿Ves a esta mujer? Vine a tu casa, y tú no vertiste agua sobre mis pies; mas ésta ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el ósculo; mas ella, desde que entró, no ha cesado de besar mis pies. Tú no ungiste con óleo mi cabeza; ella ha ungido mis pies con ungüento. Por lo cual te digo, se le han perdonado sus pecados, los muchos, puesto que ha amado mucho. A la inversa, aquel a quien se perdona poco, ama poco.” (San Lucas, VII, 44-48).

En esta vida muchas veces nos sentimos acorralados por nuestras faltas; nuestras debilidades nos hacen caer constantemente, y frente a ésto muchas veces tendemos a desanimarnos, e incluso a desesperar.

En esos momentos de desolación, de tentación, nuestra alma se va estrujando en temor y angustia, y se vuelve presa fácil del que quiere que la perdamos eternamente.

Es por éso que en estos días he meditado en cuánto, en verdad, ama mi alma al Señor… ¿Será mucho?, ¿será poco?

Mi alma frágil, como esa barquilla en medio de las tempestades, busca aferrarse para que las olas de ese tormentoso mar que es la vida, el mundo con sus preocupaciones y distracciones, no la hundan. Busca, sin sosiego, anclar en el puerto del amado Corazón de Jesús, porque sabe que, pese a los vientos que la golpean y hasta a veces los días de lluvias tupidas y constantes en donde no encuentra ni un pequeño rayo de luz, sabe que sólo en ese puerto podrá amarrar para no ser desbastada.

Allí quiere quedarse mi corazón, junto a ese cálido y seguro Corazón, en ese pecho inflamado de Amor que, como bálsamo suave y precioso, logra curar hasta las heridas más profundas que el pecado ha dejado en mí; allí busca refugio mi alma tan pequeña, pero que sondea desesperadamente el abrigo que sólo puede proporcionar el Amor de los Amores.

Por eso me pregunto, ¿cuánto ama mi pobrecito corazón a ese Corazón que rebalsa de amor? No será todo lo que debería amarlo, quizás mi alma infantil se deja entretener con las cosas pasajeras de esta vida, puede que también las penas la vayan transformando en débil y poco generosa, pero ahí me encuentro, sola e insignificante, aferrada a la Inmensidad de mi Señor, que me busca, que me sostiene, que me encamina, que me “perdona”…

¡Me perdona! Una y otra vez, me perdona y me recibe, me abraza en su pecho, y olvida lo distraída que he sido, lo egoísta y hasta lo ingrata; me perdona porque me ama…

¡Y cómo me ama! Dio hasta su última gotita de sangre por mí, por esta frágil y olvidadiza hija que tantas veces lo traiciona por nada.

Por eso empiezo a pensar y me digo: yo Te amo, mi Jesús; Te amo, así simplemente con lo que soy, con lo poquito que tengo; así con mi pecho estrujado, porque ansío ese descanso en Ti; así con mi nada, con mis defectos, y hasta con mis faltas; así con mi arrepentimiento y mis propósitos…

Pero más me amas Tú, con tu perdón, una y mil veces, con tu Cruz bendita, con tu Corazón abierto para cobijarme, con el Amor, el Amor de los Amores…

Es por ésto que no dejaré que mi alma se desespere, no permitiré que el desconsuelo y la tristeza tomen poderío de ella, porque esta prisionera del Corazón más amante luchará y permanecerá amarrada fuertemente a Él; será frágil barquilla, pero el mar no logrará hundirla, porque tiene al Dueño de los Cielos que la sujeta; y así sé, que con mi Señor, podré llegar victoriosa al puerto seguro, donde ya nada podrá quitarme la felicidad de descansar en el regazo de mi amado bien.

DOM VITAL LEHODEY: EL SANTO ABANDONO

LA CONFIANZA EN LA PROVIDENCIA

La voluntad del hombre es por extremo suspicaz, de suerte que por regla general sólo se fía de sí mismo y teme siempre, por lo que atañe a sí propio, del poder y de la voluntad de otro. Lo que se posee de más precioso, fortuna, honor, reputación, salud, la vida misma, jamás se deposita en manos de otro, a menos de tener una gran confianza en él. Para el ejercicio de la caridad y del santo abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.

La sabiduría del hombre es muy limitada en sus horizontes; su voluntad es débil, mudable y sujeta a mil desfallecimientos y, por consiguiente, en vez de tener confianza en nuestras propias luces y de desconfiar de todos, incluso de Dios, debiéramos suplicarle, importunarle para que se haga su voluntad y no la nuestra, porque su voluntad es buena, buena en sí misma, benéfica para nosotros, buena como lo es Dios y forzosamente benéfica.

¿Quién es aquel que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Dios bueno. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma, y, en este sentido, “nadie es bueno sino Dios”.

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MEDITACIONES DE LOS MISTERIOS DE LA PASIÓN Y MUERTE DE NUESTRO REDENTOR

Fray Luis de Granada

MEDITACIONES

para el jueves en la noche

EL TEXTO DE LOS EVANGELISTAS DICE ASÍ:

Acabada la cena, vino el Señor con sus discípulos al huerto que se dice Getsemaní, y díjoles: esperad aquí hasta que vaya allí, y haga oración. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos del Zebedeo, comenzó a temer y entristecerse; y díjoles: triste está mi ánima hasta la muerte, esperadme aquí, y velad conmigo. Y adelantándose un poquito de ellos, postróse en tierra, y caído sobre su rostro, oró, y dijo: Padre mío, si es posible, pase este cáliz de mí, mas no se haga como yo lo quiero, sino como tú. Y vino a los discípulos, y hallólos durmiendo; y dijo a Pedro: ¿Así? ¿No pudiste una hora velar conmigo? Velad y orad porque no entréis en tentación. El espíritu está pronto, más la carne flaca. Y otra vez volvió, e hizo la misma oración, diciendo: Padre mío, si no puede este cáliz pasar sin beberlo yo, hágase tu voluntad. Y vino otra vez, y halló los discípulos durmiendo; porque estaban sus ojos cargados de sueño; y dejándolos así, volvió la tercera vez., e hizo la misma oración. Y aparecióle allí un Ángel del cielo, confortándole; y puesto en agonía, hacía más larga su oración. E hízose el sudor de él así como gotas de sangre, que corrían hasta el suelo. Entonces vino a sus discípulos, y díjoles: dormid ya, y descansad; veis aquí llegada la hora, y el Hijo de la Virgen será entregado en manos de pecadores. Levantaos, y vamos, atended, que ahora vendrá el que me ha de entregar. Aún él estaba hablando, y he aquí a Judas, uno de los doce, que vino, y con él mucha compañía de gente con espadas, y lanzas, y hachas, y armas y linternas, enviados por los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo. Y el que lo traía vendido dioles esta señal, diciendo; al que yo besare, prendedle vosotros y llevadle a buen recaudo; y luego llegándose a Jesús, dijo; Dios te salve, Maestro. Y diole paz en el rostro. Y díjole Jesús: amigo, ¿a qué viniste? Pues Simón Pedro como tuviese una espada, desenvainóla, e hirió a un criado del pontífice, y cortóle la oreja derecha. Y llamábase el criado Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: mete la espada en su vaina. El cáliz que me dio mi Padre, ¿no quieres que lo beba? Y como le tocase la oreja, sanóle. En aquella hora dijo Jesús a los príncipes de los sacerdotes, y a los príncipes del templo, y a los ancianos que habían venido a él: como a ladrón salisteis a mí con espadas y lanzas. Y habiendo yo cada día estado con vosotros en el templo, no pusisteis las manos en mí; mas esta es vuestra hora, y el poder de las tinieblas. Entonces la gente de guerra, y el tribuno y los ministros de los judíos pusieron las manos en Jesús, y atáronle, y así atado le trajeron primero a casa de Anás, porque era suegro de Caifás, el cual era pontífice aquel año. Entonces todos los discípulos dejaron al Señor, y huyeron.

MEDITACIÓN

Sobre estos pasos del texto

¿Qué haces, anima mía? ¿Qué piensas? No es ahora tiempo de dormir. Ven conmigo al huerto de Getsemaní, y allí oirás y verás grandes misterios. Allí verás cómo se entristece la alegría, y teme la fortaleza, desfallece la virtud, y se confunde la majestad, y se estrecha la grandeza, y se anubla y oscurece la gloria.

Considera pues primeramente como acabada aquella misteriosa cena, se fue el Señor con sus discípulos al Monte de los Olivos a hacer oración antes que entrase en la batalla de su Pasión, para enseñarnos como en todos los trabajos y tentaciones de esta vida hemos siempre de recurrir a la oración, como a una sagrada ancora, por cuya virtud nos será quitada la carga de la tribulación, o se nos darán fuerzas para llevarla, que es otra gracia mayor. Porque (como dice San Gregorio) mayor merced nos hace el Señor cuando nos da esfuerzo para llevar los trabajos, que cuando nos quita los mismos trabajos.

Para compañía de este camino tomó consigo aquellos tres más amados discípulos, San Pedro, Santiago y San Juan, los cuales habían sido testigos poco antes de su gloriosa transfiguración; para que ellos mismos viesen cuán diferente figura tomaba ahora por amor de los hombres el que tan glorioso se les había mostrado en aquella visión. Y porque entendiesen que no eran menores los trabajos interiores de su anima que los que por de fuera se comenzaban a descubrir, díjoles aquellas tan dolorosas palabras. Triste está mi ánima hasta la muerte; esperadme aquí, velad conmigo.

Aquel Dios y hombre verdadero: aquel hombre más alto que nuestra humanidad y que todo lo criado, cuyos tratos y conversación era con aquel pecho de la suma Deidad, con la cual sola comunicaba sus secretos, ahora es en tanta manera entristecido, que desciende a dar parte de su pena a sus criaturas, y a pedirles su compañía diciendo: esperadme aquí, y velad conmigo. ¡Oh riqueza del cielo! ¡Oh bienaventuranza cumplida! ¿Quién te puso, Señor, en tal estrecho? ¿Quién te echó por puertas ajenas? ¿Quién te hizo mendigo de tus mismas criaturas sino el amor de enriquecerlas? Continuar leyendo “MEDITACIONES DE LOS MISTERIOS DE LA PASIÓN Y MUERTE DE NUESTRO REDENTOR”

MEDITACIONES DE LOS MISTERIOS DE LA PASIÓN Y MUERTE DE NUESTRO REDENTOR

Fray Luis de Granada

DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO,

y de las causas por qué fue instituido

Una de las más principales causas de la venida del Salvador al mundo fue querer encender los corazones de los hombres en amor de Dios. Así lo dice Él por San Lucas: fuego vine a poner en la tierra, ¿qué tengo de querer sino que arda? Este fuego puso el Salvador con hacer a los hombres tales y tan espantosos beneficios, y tan grandes obras de amor, que con esto les robase los corazones, y los abrasase en este fuego de amor. Pues como todas las obras de su vida santísima sirvan para este propósito, señaladamente sirven las que hizo en el fin de la vida, según lo que significa el Evangelista San Juan, diciendo: como amase a los amigos que tenía en el mundo, en el fin señaladamente los amó; porque entonces los hizo mayores beneficios, y les dejó mayores prendas de amor; entre las cuales una de las más principales fue la institución del Santísimo Sacramento, la cual podrá entender muy a la clara quien atentamente considerare las causas de su institución. Más para esto abre Tú, clementísimo Salvador, nuestros ojos, y danos luz para que veamos cuáles fueron las causas que movieron tu amoroso corazón a instituirnos, y dejarnos este tan admirable Sacramento.

Para entender algo de esto, has de presuponer que ninguna lengua criada puede declarar la grandeza del amor que Cristo tiene a su Esposa la Iglesia, y por consiguiente a cada una de las ánimas que están en gracia; porque cada una de ellas es también esposa suya. Por esto una de las cosas que pedía y deseaba el Apóstol San Pablo era que Dios nos diese a conocer la grandeza de este amor; el cual es tan grande, que sobrepuja toda sabiduría y conocimiento criado, aunque sea el de los Ángeles.

Pues queriendo este Esposo dulcísimo partirse de esta vida, y ausentarse de su Esposa la Iglesia; porque esta ausencia no le fuese causa de olvido, dejóle por memorial este Santísimo Sacramento, en que se quedaba Él mismo, no queriendo que entre Él y ella hubiese otra menor prenda que despertase esta memoria que Él. Y así dijo entonces aquellas dulces palabras: cada vez qué esto hicieres, hacedlo en memoria de mí, para que os acordéis de lo mucho que os quise, y de lo mucho que voy a hacer y padecer por vuestra salud.

Quería también el Esposo dulcísimo en esta ausencia tan larga dejar a su Esposa compañía porque no quedase sola, y dejóle la de este Sacramento, donde se quedaba Él mismo, que era la mejor compañía que le podía dejar. Continuar leyendo “MEDITACIONES DE LOS MISTERIOS DE LA PASIÓN Y MUERTE DE NUESTRO REDENTOR”

MEDITACIONES DE LOS MISTERIOS DE LA PASIÓN Y MUERTE DE NUESTRO REDENTOR

Fray Luis de Granada

Hecha la señal de la Cruz con la preparación necesaria del acto de contrición etc., se ha de contemplar en el lavatorio de los pies, e Institución del Santísimo Sacramento.

 

EL TEXTO DE LOS EVANGELISTAS DICE ASÍ:

Como se allegase ya la hora de la cena, asentóse el Señor a la mesa, y los doce Apóstoles con Él, y díjoles: con deseo he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca. Y estando ellos cenando dijo: en verdad os digo que uno de vosotros me ha de vender. Y entristecidos mucho con esta palabra, comenzaron cada uno a decir: por ventura ¿soy yo, Señor? Y respondióles diciendo: el que mete conmigo la mano en el plato, ese me venderá. Y el Hijo de la Virgen va su camino, así como está escrito de Él; más ¡ay de aquel hombre por quien Él será vendido! Bueno le fuera no haber nacido. Y respondiendo el mismo Judas, que le había de vender, dijo: por ventura ¿soy yo Señor? Respondió el Señor: tú lo dijiste.

Acabada la cena, levantóse de la mesa, y quitóse las vestiduras; y como tomase un lienzo, ciñóse con él, y echó agua en una bacía, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos, y a limpiarlos con el lienzo que se había ceñido. Llegó pues a Simón Pedro. Díjole Pedro: Señor, ¿Tú me quieres lavar los pies? Respondióle Jesús, y díjole: lo que yo hago no lo sabes tú ahora, saberlo has después. Dice Pedro: nunca jamás Tú me lavarás los pies. Respondióle Jesús, y díjole: si no te lavare, no tendrás parte en mí. Dice Simón Pedro: Señor, de esa manera, no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza. Dice Jesús: el que está lavado no tiene necesidad que le laven más que los pies, porque todo lo demás está limpio. Y vosotros ya estáis limpios, aunque no todos. Sabía Él quién era el que le había de vender, y por eso dijo no todos. Pues como acabó de lavar los pies, tomó sus vestiduras, y tornándose a sentar díjoles: ¿entendéis esto que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y bien decís, porque de verdad lo soy. Pues si os he lavado los pies siendo vuestro Maestro y Señor, vosotros debéis también unos a otros lavaros los pies; porque ejemplo os he dado en esto para que como lo hice, así vosotros lo hagáis.

Acabado el lavatorio, tomó el pan, y bendíjole, y partiólo, y diólo a sus discípulos, diciendo: tomad, y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando también el cáliz, dio gracias, y entrégaselo diciendo: bebed todos de este cáliz; porque esta es mi sangre del nuevo Testamento, que por muchos será derramada en remisión de los pecados. Y todas las veces que esto hicieres, hacedlo en memoria de mí.

Matth. 26; Marc. 14; Luc. 22; II. Cor. II.

 

MEDITACIÓN

sobre estos pasos del texto.

EL LAVATORIO

Contempla, pues, oh ánima mía, en esta cena a tu dulce y benigno Jesús, y mira el ejemplo de inestimable humildad que aquí te da, levantándose de la mesa, y lavando los pies de sus discípulos. Continuar leyendo “MEDITACIONES DE LOS MISTERIOS DE LA PASIÓN Y MUERTE DE NUESTRO REDENTOR”

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO- MEDITACIONES FUNDAMENTALES

EL AMOR A JESÚS CRUCIFICADO

¡Ah JESÚS mío! ¿Qué mayor prueba podíais darme del amor que me tenéis que sacrificar vuestra vida en el infame patíbulo de la cruz, pagando la deuda de mis pecados, a fin de llevarme al cielo para estar con Vos?

Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil. 2, 8).

El Hijo mismo de Dios, por amor de los hombres, se humilla hasta morir, y morir crucificado, obedeciendo al Padre eterno, que así lo quería, para nuestra salvación. ¡ Y habrá todavía hombres que, creyéndolo, no amen a ese Dios?

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SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO- VERDADES FUNDAMENTALES

LA MUERTE DEL JUSTO

justoExpone SAN BERNARDO que la muerte de los justos se llama preciosa «porque es el fin del dolor y la puerta de la vida». La muerte para los Santos es un premio porque acaba con sus sufrimientos, con sus pasiones, con sus luchas y con el temor de perder a Dios.

Aquel: parte ya, que tanto atormenta a los mundanos, no atormenta a los Santos porque para ellos no es ningún dolor tener que dejar los bienes de la tierra puesto que Dios fue siempre su única riqueza ni dejar los honores que siempre despreciaron: ni despedirse de los parientes, porque los amaron en Dios: y así como en la vida decían: ¡ Dios mío y todas mis cosas!, con mucha mayor alegría lo repetirán en la hora de la muerte.

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