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Archivo de la categoría: Liturgia

P.MERAMO SERMON 2º DOMINGO DESPUES DE PASCUA – EL BUEN PASTOR

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón del 2º DOMINGO DESPUES DE PASCUA – 2015 – del querido P. Basilio Méramo.

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Publicado por en Domingo 19 abril 2015 en actualidad, Audios, ciencia y fe, Doctrina Católica, El matrimonio, Liturgia, Méramo Basilio, Modernismo, Nuevo Orden Mundial, P. Basilio Méramo, profecias, Putimonio, Santos Padres, Satanismo, Sermones, Signo de los tiempos

 

ESPECIALES DEL P. JUAN CARLOS CERIANI – MARZO 2015

P.Ceriani---Radio

TEOLOGÍA DE LA HISTORIA

 

Formación de la Civilización Cristiana 

La Revolución Anticristiana 

Dedicamos los Especiales de 2015 como un homenaje a Radio Cristiandad en su 11º aniversario, y especialmente a la memoria de Don Mario Fabián Vázquez, que consagrara gran parte de estos años a la defensa y divulgación de los valores constitutivos de la Civilización Cristiana, así como a combatir el proceso revolucionario anticristiano. 

*** 

El sentido cristiano de la Historia 

Por Dom Prosper Guéranger

Lo sobrenatural en la historia

Así como para el cristianismo la filosofía separada no existe, así también, para él no hay historia puramente humana.

El hombre ha sido divinamente llamado al estado sobrenatural; este estado es el fin del hombre; los anales de la humanidad deben ofrecer su rastro.

Dios podía dejar al hombre en estado natural; plugo a su bondad el llamarlo a un orden superior, comunicándose a él, y llamándolo, en último término, a la visión y la posesión de su divina esencia; la fisiología y la psicología naturales son pues impotentes para explicar al hombre en su destino. Para hacerlo completa y exactamente, es preciso recurrir al elemento revelado, y toda filosofía que, fuera de la Fe, pretenda determinar únicamente por la razón el fin del hombre, está, por eso mismo, atacada y convicta de heterodoxia.

Sólo Dios podía enseñar al hombre por la revelación todo lo que él es en realidad dentro del plan divino; sólo ahí está la clave del verdadero sistema del hombre.

No cabe duda de que la razón puede, en sus especulaciones, analizar los fenómenos del espíritu, del alma y del cuerpo, pero por lo mismo que no puede captar el fenómeno de la gracia que transforma el espíritu, el alma y el cuerpo, para unirlos a Dios de una manera inefable, ella no es capaz de explicar plenamente al hombre tal como es, ya sea cuando la gracia santificante que habita en él hace de él un ser divino, ya sea cuando habiendo sido expulsado este elemento sobrenatural por el pecado, o no habiendo éste aún penetrado, el hombre siente haber descendido por debajo de sí mismo.

No hay, pues, no puede haber, un verdadero conocimiento del hombre fuera del punto de vista revelado.

La revelación sobrenatural no era necesaria en sí misma: el hombre no tenía ningún derecho a ella; pero de hecho, Dios la ha dado y promulgado; desde entonces, la naturaleza sola no basta para explicar al hombre.

La gracia, la presencia o la ausencia de la gracia, entran en primera línea en el estudio antropológico. No existe en nosotros una sola facultad que no requiera su complemento divino; la gracia aspira a recorrer al hombre íntegramente, a fijarse en él en todos los niveles; y a fin de que nada falte en esta armonía de lo natural y de lo sobrenatural, en esta creatura privilegiada, el Hombre-Dios ha instituido sus sacramentos que la toman, la elevan, la deifican, desde el momento del nacimiento hasta aquél en que ella aborda esa visión eterna del soberano bien que ya poseía, pero que no podía percibir sino por la Fe.

Pero, si el hombre no puede ser conocido totalmente sin la ayuda de la luz revelada, ¿es dable imaginar que la sociedad humana, en sus diversas fases a las que se llama la historia, podrá volverse explicable, si no se pide socorro a esa misma antorcha divina que nos ilumina sobre nuestra naturaleza y nuestros destinos individuales? ¿Tendría acaso la humanidad otro fin distinto del hombre? ¿Sería entonces la humanidad otra cosa distinta del hombre multiplicado?

No. Al llamar al hombre a la unión divina, el Creador convida al mismo tiempo a la humanidad. Ya lo veremos el último día cuando de todos esos millones de individuos glorificados se formará, a la derecha del soberano juez, ese pueblo inmenso “del que será imposible, nos dice San Juan, hacer el recuento”. (Apoc. 7, 9).

Mientras tanto la humanidad, quiero decir la historia, es el gran teatro en el cual la importancia del elemento sobrenatural se declara a plena luz, ya sea que por la docilidad de los pueblos a la Fe domine las tendencias bajas y perversas que se hacen sentir tanto en las naciones como en los individuos, ya sea que se postre y parezca desaparecer por el mal uso de la libertad humana, que sería el suicidio de los imperios, si Dios no los hubiera creado “curables” (Sap. 1, 14).

La historia tiene que ser entonces cristiana, si quiere ser verdadera; porque el cristianismo es la verdad completa; y todo sistema histórico que hace abstracción del orden sobrenatural en el planteamiento y la apreciación de los hechos, es un sistema falso que no explica nada, y que deja a los anales de la humanidad en un caos y en una permanente contradicción con todas las ideas que la razón se forma sobre los destinos de nuestra raza aquí abajo.

Es porque así lo han sentido, que los historiadores de nuestros días que no pertenecen a la Fe cristiana se han dejado arrastrar a tan extrañas ideas, cuando han querido dar lo que ellos llaman la filosofía de la historia. Esa necesidad de generalización no existía en los tiempos del paganismo.

Los historiadores de la gentilidad no tienen visiones de conjunto sobre los anales humanos. La idea de patria es todo para ellos, y jamás se adivina en el acento del narrador que esté por nada del mundo inflamado con un sentimiento de afecto por la especie humana considerada en sí misma.

Por lo demás, solamente a partir del cristianismo es cuando la historia ha comenzado a ser tratada de una manera sintética; el cristianismo, al hacer volver siempre el pensamiento a los destinos sobrenaturales del género humano, ha acostumbrado a nuestro espíritu a ver más allá del estrecho círculo de una egoísta nacionalidad. Es en Jesucristo donde se ha develado la fraternidad humana y, desde entonces, la historia general se ha convertido en un objeto de estudio.

El paganismo nunca habría podido escribir sino una fría estadística de los hechos, si se hubiera encontrado en condiciones de redactar de una manera completa la historia universal del mundo.

No se lo ha señalado suficientemente que la religión cristiana ha creado la verdadera ciencia histórica, dándole la Biblia por base, y nadie puede negar que hoy en día, a pesar de los siglos transcurridos, a pesar de las lagunas, no estemos más adelantados, en resumidas cuentas, en los acontecimientos de los pueblos de la antigüedad, de lo que lo estuvieron los historiadores que esa antigüedad misma nos ha legado.

Los narradores no cristianos de los siglos XVIII y XIX han pues copiado al método cristiano el modo de generalización; pero lo han dirigido contra el sistema ortodoxo. Muy pronto se dieron cuenta de que apoderándose de la historia y cambiándola a sus ideas, asestaban un duro golpe al principio sobrenatural; tan cierto es que la historia declara a favor del cristianismo. Bajo este aspecto su éxito ha sido inmenso; no todo el mundo es capaz de seguir y de paladear un sofisma; pero todo el mundo comprende un hecho, una sucesión de hechos, sobre todo cuando el historiador posee ese acento particular que cada generación exige de aquellos a quienes otorga el privilegio de encantarla.

Tres escuelas han explotado alternada, y a veces simultáneamente, el campo de la historia.

La escuela fatalista, se podría decir atea, que no ve más que la necesidad de los acontecimientos, y muestra a la especie humana en conflicto con el invencible encadenamiento de causas brutales seguidas de inevitables efectos.

La escuela humanista que se prosterna ante el ídolo del género humano, del que proclama el desarrollo progresivo, con la ayuda de las revoluciones, de las filosofías, de las religiones. Esta escuela consiente de bastante buen grado en admitir la acción de Dios, en el comienzo, como habiendo dado principio a la humanidad; pero una vez la humanidad emancipada, Dios la ha dejado hacer su camino, y ella avanza, en la vía de una perfección indefinida, despojándose en el camino de todo lo que podría ser un obstáculo a su marcha libre e independiente.

Por fin, tenemos la escuela naturalista, la más peligrosa de las tres, porque ofrece una apariencia de cristianismo, proclamando en cada página la acción de la Providencia divina. Esta escuela tiene por principio el hacer constantemente abstracción del elemento sobrenatural; para ella, la revelación no existe, el cristianismo es un incidente feliz y bienhechor en el que aparece la acción de las causas providenciales; pero ¿quién sabe si mañana, si dentro de un siglo o dos, los recursos infinitos que Dios posee para el gobierno del mundo, no traerán tal o cual forma más perfecta aún, con ayuda de la cual se verá al género humano correr, bajo el ojo de Dios, a nuevos destinos, y a la historia iluminarse con un esplendor más vivo?

Fuera de estas tres escuelas, no queda sino la escuela cristiana.

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P. MERAMO – SERMON DEL DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCION

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón del DOMINGO DE  PASCUA – 2015 – del querido P. Basilio Méramo.

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Publicado por en Domingo 5 abril 2015 en Anticristo, APOCALIPSIS, catolica, Cuaresma, Desde la inhóspita trinchera, Espiritualidad, iglesia, Liturgia, Méramo Basilio, P. Basilio Méramo, Reflexiones, Sermones

 

P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN DE LA DOMÍNICA PRIMERA DE CUARESMA – AUDIO ORIGINAL 22-FEB-2015

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Compartimos con nuestros lectores el Sermón del Domingo Primero de Cuaresma – 2015 – del querido P. Basilio Méramo.

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Publicado por en Domingo 22 febrero 2015 en Liturgia, Misa Tridentina, P. Basilio Méramo, Sermones

 

P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DEL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Sermones-CerianiPRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo; y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre.
Y acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie. Jesús le contesta: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios.
Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito, adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles se aproximaron le servían.

El Evangelio de este día contiene la historia de la Cuaresma de Jesucristo en el desierto, como que ella es el origen de la nuestra, y debe ser el modelo. Para honrar e imitar, en algún modo, esta penitencia del Salvador, se ha instituido en la Iglesia la Cuaresma.

Nos acercamos al acontecimiento más sublime e importante de la vida del divino Redentor; hecho en que Dios reunió los valores más sublimes, y Jesucristo reveló las profundidades de su mundo interior.

Opus Christi passio ejus —la gran obra de Cristo es su Pasión—. Sabemos que esta obra no dejó descansar nunca al divino Redentor, flotaba siempre ante sus ojos; su Corazón se sentía como en deuda hasta dar fin a la obra encomendada por el Padre.

Toda la Santa Liturgia nos educa para la comprensión de esta obra sublime. La Cuaresma misma no es otra cosa que el preludio de la Semana Santa.

La Santa Madre Iglesia va introduciéndonos en la gran obra y quiere llenarnos de sentimientos, quiere afinar nuestra alma para que seamos capaces de penetrar en el alma paciente de Jesucristo.

+++

El Primer Domingo de Cuaresma nos muestra la primera escena propiamente dicha de la actividad pública de Cristo. Apenas empieza su misión, y ya aparece la sombra…, ¡la sombra del alma!…; ahí está ya el tentador; quiere frustrar los augustos principios que le llenan de pánico.

El Evangelio de hoy reseña las tres tentaciones del Señor en el desierto.

Al cabo de ese ayuno tan largo, Jesús tuvo hambre. Ese momento fue como la señal del permiso que el Salvador dio al demonio para que viniese a tentarle, para saber si Él es el Mesías; porque dudaba de ello, y quería tener pruebas más ciertas.

El demonio no conoció perfectamente que Jesucristo es Dios hasta después de su Resurrección.

Cristo está ayunando, y acude el tentador y le dice: ¿para qué haces esto, para qué sirve la oración? ¿Por qué vas consumiéndote? Come y bebe, goza del mundo; todo se acaba…; muéstrate, conquista el mundo…, ese mundo que yo puedo ofrecerte…

Por sus respuestas, sin negar que es el Hijo de Dios, Jesucristo prueba muy bien que es hombre, y deja al tentador tan incierto de su divinidad como estaba antes.

En definitiva, el hombre ha de escoger entre dos poderes: entre Dios y el demonio, que se personifica en el mundo y utiliza el desorden de nuestra carne.

El hombre ha de respetar y amar algo sobre todas las cosas; y, según cómo se decida, orientará su camino: seguirá a uno de esos poderes, mas el otro no le dejará descansar, le instigará siempre.

Al cabo de la tercera derrota, el demonio desapareció lleno de confusión, y tan poco instruido acerca de lo que deseaba saber, como antes de la tentación. Así es que no cesó de perseguir al Salvador hasta que precipitó a los judíos a que le quitasen la vida.

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Publicado por en Sábado 21 febrero 2015 en Liturgia, Misa Tridentina, P. Juan Carlos Ceriani, Sermones

 

P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DEL MIÉRCOLES DE CENIZA

ash-wednesdayMIÉRCOLES DE CENIZA

Empezamos hoy el santo tiempo de Cuaresma; este tiempo de combates y de victorias por medio de las armas del ayuno y de la penitencia.

Debemos comenzar esta cuarentena con ánimo, con confianza, con fervor, con espíritu de religión.

El ayuno de cuarenta días establecido por la Iglesia está testimoniado y justificado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

En el Antiguo Testamento, puesto que Moisés y Elías han ayunado un número igual de días seguidos. En el Nuevo Testamento, puesto que el Evangelio nos hace saber que Jesucristo ayunó otro tanto tiempo.

Aunque el ayuno sea de precepto divino, el establecimiento de la Cuaresma, esto es, la forma del ayuno, la manera de ayunar cuarenta días antes de Pascua, es de institución apostólica.

El ejemplo del Salvador del mundo fijó el número de días; y el tiempo inmediatamente anterior a la Pascua pareció el más apropiado para que sirviese de preparación a esta gran fiesta.

En efecto, dice San Agustín, no podría elegirse en todo el año un tiempo más conveniente para el ayuno que el que termina en la Pasión de Jesucristo; y este es puntualmente el que el Espíritu Santo ha fijado en la Iglesia.

Como las seis semanas de Cuaresma, sin contar los domingos, no comprenden más que treinta y seis días de ayuno, la Iglesia ha añadido a ellas los cuatro días precedentes, y ha fijado el principio de esta santa cuarentena el Miércoles de Ceniza.

Es bien sabido que se llama así este primer día del ayuno de Cuaresma, a causa de la santa ceremonia de imponer la ceniza bendita sobre la cabeza de los fieles.

No sólo en la Nueva Ley, sino también en el Antiguo Testamento, han sido las cenizas el símbolo de la penitencia, y la señal sensible del dolor y de la aflicción.

Los antiguos códices describen el modo con que se imponía la ceniza a los grandes pecadores, y la ceremonia del día de ceniza.

Todos los penitentes se presentaban a la puerta de la iglesia, cubiertos con un saco, los pies desnudos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado.

El obispo penitenciario les imponía una penitencia proporcionada a sus pecados. Después, habiendo recitado los salmos penitenciales, se les imponían las manos, se los rociaba con agua bendita, y se cubría su cabeza con ceniza.

Esta era la ceremonia del día de ceniza para los pecadores públicos, cuyos enormes pecados habían causado escándalo.

Pero como todos los hombres somos pecadores, todos debemos ser penitentes. Esto es lo que movió a los fieles, hasta a los más inocentes, a dar en este día una señal pública de penitencia, recibiendo la ceniza sobre su cabeza.

Ninguno de los fieles se exceptúa; los príncipes como sus vasallos, los sacerdotes y aun los obispos, así como los simples fieles, dieron desde los primeros tiempos este público ejemplo tan edificante de penitencia.

Y lo que había sido en un principio peculiar sólo de los penitentes públicos, se hizo común a todos los hijos de la Iglesia, por la persuasión, conforme a la palabra de Jesucristo, de que no hay nadie, por inocente que se crea, que no tenga necesidad de hacer penitencia.

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Publicado por en Martes 17 febrero 2015 en Liturgia, Misa Tridentina, P. Juan Carlos Ceriani, Sermones

 

P. BASILIO MÉRAMO: SERMÓN DE LA DOMÍNICA DE QUINCUAGÉSIMA – AUDIO ORIGINAL 15-FEB-2015

Nota del P. Basilio Méramo:

Estimado Fabián: Le envio el sermón de hoy, no se si tenga que hacer una aclaración para que no haya una erronea interpretación que diera pie a pensar (sin ser esa mi intención) que los ángeles caidos tengan beatitud natural, lo cual es un grave error y una herejía. Por lo cual sería mejor hacer mención de esta nota. Un abrazo en Cristo.

meramo

Compartimos con nuestros lectores el Sermón del Domingo de Quincuagésima – 2015 – del querido P. Basilio Méramo.

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Publicado por en Domingo 15 febrero 2015 en Liturgia, Misa Tridentina, P. Basilio Méramo, Sermones

 
 
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