Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA FESTIVIDAD DE SANTA ANA

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 SANTA ANA

MADRE DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

(prima sobre la domínica 9ª de Pentecostés)

No se puede formar una idea más sublime ni más cabal del extraordinario mérito, de las heroicas virtudes y de la sublime santidad de Santa Ana que proclamándola madre de la Madre de Dios.

En efecto, esta augusta cualidad comprende todos los honores, excede todos los elogios.

Y así como el mismo Espíritu Santo no pudo proclamar cosa mayor de María que decir que de Ella nació Jesús, del mismo modo no es posible dar elogio más glorioso de Santa Ana que afirmar que de Ella nació María, la Madre de Jesús.

Santa Ana nació, muy probablemente, en Belén. Descendía, por línea materna, de la raza sacerdotal de Aarón, pues es creencia común que su padre pertenecía, como San Joaquín, a la familia real de David.

Es doctrina general entre los teólogos que Nuestro Señor otorgó a Santa Ana el mismo favor que al Profeta Jeremías, a San Juan Bautista y probablemente a San José, es a saber, ser santificada en el seno materno.

La bienaventurada niña recibió en su nacimiento el nombre de Ana, que significa gracia o misericordia; nombre muy a propósito para la que estaba destinada a ser madre de aquella a quien el Ángel había de llamar llena de gracia.

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Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA DOMÍNICA 8ª DE PENTECOSTÉS

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OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado delante de él como disipador de sus bienes. Y le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo decir de ti? Da cuenta de tu mayordomía porque ya no podrás ser mi mayordomo. Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré porque mi señor me quita la mayordomía? Cavar no puedo, de mendigar tengo vergüenza. Yo sé lo que he de hacer, para que cuando fuere removido de la mayordomía me reciban en sus casas. Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su señor, y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu escritura, y siéntate luego, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú, cuánto debes? Y él respondió: Cien coros de trigo. Él le dijo: Toma tu vale y escribe ochenta. Y alabó el señor al mayordomo infiel, porque había obrado sagazmente; porque los hijos de este siglo, son más sabios en su generación, que los hijos de la luz. Y yo os digo: Que os ganéis amigos con las riquezas de iniquidad, para que cuando falleciereis, os reciban en las eternas moradas.

El Evangelio de este Domingo pone a nuestra consideración esta importante sentencia de Nuestro Señor:

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Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA DOMÍNICA 7ª DE PENTECOSTÉS

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SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos voraces: por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así es que todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego. Por sus frutos pues lo podéis reconocer. No todo aquel que me dice: ¡Señor, Señor! entrará por eso en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.

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Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA DOMÍNICA 6ª DE PENTECOSTÉS

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SEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Por aquellos días, habiéndose juntado otra vez un gran concurso de gentes, y no teniendo qué comer, convocados sus discípulos, les dijo: “Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos”. Le respondieron sus discípulos: “Y ¿cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?” Él les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?” Respondieron: “Siete”. Entonces mandó Jesús a la gente que se sentara en tierra; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió; y se los daba a sus discípulos para que los distribuyesen entre la gente, y se los repartieron. Tenían además algunos pececillos: los bendijo también, y mandó distribuírselos. Y comieron hasta saciarse; y de las sobras recogieron siete espuertas; siendo unos cuatro mil los que habían comido; en seguida Jesús los despidió.

Esta es la segunda multiplicación de los panes.

Relata el Evangelio que, antes de la primera, dijo a sus discípulos: Venid vosotros, aparte, a un lugar desierto, para que descanséis un poco. Partieron, pues, en una barca, hacia un lugar desierto y apartado.

A solas con Dios… en un lugar desierto…

Hoy leemos: ¿Cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?

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Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA DOMÍNICA 5ª DE PENTECOSTÉS

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QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir, sino para dar cumplimiento. En verdad os digo, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una iota, ni un ápice de la Ley pasará, sin que todo se haya cumplido.

Por lo tanto, quien violare uno de estos mandamientos, aun los mínimos, y enseñare así a los hombres, será llamado el mínimo en el reino de los cielos; mas quien los observare y los enseñare, éste será llamado grande en el reino de los cielos.

Os digo, pues, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Oísteis que fue dicho a los antepasados: «No matarás; el que matare será reo de condenación.»

Mas Yo os digo: «Todo aquel que se encoleriza contra su hermano, merece la condenación; quien dice a su hermano «racá» merece el sanhedrín; quien le dice «necio» merece la gehenna del fuego.

Si, pues, estás presentando tu ofrenda sobre el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo que reprocharte, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.

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CARDENAL NEWMAN:CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO IV

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CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO
POR 
JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN
Trad. R.P. Carlos A.Baliña

CUARTO  SERMÓN

LA PERSECUCIÓN DEL ANTICRISTO

Estamos tan acostumbrados a escuchar acerca de las persecuciones de la Iglesia, tanto por el Nuevo Testamento como por la historia de la Cristiandad, que no podemos evitar el considerar sus descripciones como simples palabras, o hablar de ellas sin comprensión de lo que estamos diciendo, y no recibir ningún beneficio práctico de sus narraciones. Y mucho menos de considerarlas como lo que realmente son: una señal característica de la Iglesia de Cristo. No son ciertamente un atributo necesario de la Iglesia, pero se trata al menos de una de sus insignias características, de tal modo que si uno echa un vistazo al curso completo de su historia, reconocerá a las persecuciones como una de las peculiaridades que permiten reconocerla. Y Nuestro Señor parece dar a entender cuán apropiada, cuán natural es la persecución de la Iglesia, al incluirla entre sus Bienaventuranzas: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el Reino de los Cielos”(1). El Señor da entonces a la persecución el mismo elevado y noble rango en el conjunto de las gracias evangélicas que el Sábbath tiene entre preceptos del Decálogo; quiero decir, como una especie de signo y señal de Sus seguidores, colocado como tal en el código moral, aunque sea en sí mismo externo a él.

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CARDENAL NEWMAN: CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO III

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CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO
POR 
JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN
Trad. R.P. Carlos A.Baliña

TERCER SERMÓN

LA CIUDAD DEL ANTICRISTO

“La mujer que has visto es aquella gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra”(1). De este modo el Ángel interpreta ante San Juan la visión de la Gran Ramera, la encantadora, que sedujo a los habitantes de la tierra. La ciudad de la que se habla en estos términos evidentemente Roma, que era entonces la sede del imperio que dominaba toda la tierra, cuyo poder era supremo aun en Judea. Escuchamos hablar de los romanos a lo largo de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Nuestro Salvador nació cuando Su madre, la Santísima Virgen, y José, fueron llevados a Belén para pagar impuesto al gobernador romano. Fue crucificado bajo Poncio Pilato, el gobernador romano. San Pablo fue protegido en reiteradas oportunidades por su condición de ciudadano romano; por otra parte, fueron los gobernadores romanos quienes lo capturaron e hicieron prisionero hasta que por fin fue enviado a Roma, ante el emperador, y allí fue martirizado junto con San Pedro. Por lo tanto la soberanía, de Roma en la época en que Cristo y sus Apóstoles predicaron y escribieron, un hecho de notoriedad histórica, es también patente en el mismo Nuevo Testamento. Sin lugar a dudas, a esto se refiere el Ángel cuando habla de “la gran ciudad que reinó sobre la tierra”.
La conexión de Roma con el reino y las gestas del Anticristo es un tema tan presente en las controversias de hoy en día, que puede valer la pena considerar, luego de todo lo que he dicho acerca del último enemigo de la Iglesia, lo que las profecías escriturísticas dicen con relación a Roma. Esto es lo que intentaré hacer, como antes, bajo la guía de los primeros Padres.
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