SANTO DOMINGUITO DEL VAL Y LOS CRÍMENES RITUALES

Santo Dominguito de Val

“El que derrama la sangre de los no-Judíos
ofrece un sacrificio agradable a Dios”
(El Talmud)

Entre las muchas tragedias que la perfidia de los judíos ha ejecutado en diferentes tiempos con los párvulos cristianos es digna de eterna memoria la que practicaron en la capital de la provincia de Aragón con Santo Domingo del Val, o Santo Dominguito, cuyo nombre indica la tierna edad en que se hallaba cuando fue martirizado.

A continuación, para conocer la historia de este Santo niño y la fe que ha despertado tan espantoso suceso, dejamos al lector un extracto del Panegírico que se escribió en su festividad de 1806:

En el año 1243 lo vio nacer esta Ciudad (Zaragoza) de una familia antiquísima, y que ocupa lugar muy distinguido en nuestras Historias; que nació con señales prodigiosísimas, es a saber, sellado con una Cruz sobre la espalda derecha, y Corona sobre su cabeza, prendas indudables, aquella del amor, esta otra del poder divino.

Fueron sus Padres Sancho de Val, conocido por su calidad de Notario del Número y Secretario de este Ilustrísimo Cabildo, e Isabel, sin duda de igual nobleza, pero de incierto apellido; que a impulsos de su devoción fervorosísima, apenas lo permitió su edad, lo consagraron, como a otro Samuel, al culto del Altísimo entre los Seises o Infantillos del Templo.

Pasaba los días enteros el niño Domingo embelesado en el servicio de los Altares y en cantar las alabanzas de Dios y de su Madre; y no contento con ésto, como no sabiendo ni queriendo ocuparse en otra cosa, las acostumbraba cantar aun por las calles, hasta que en odio de su virtud y del divino Autor que se la inspiraba, en la tierna edad de siete años lo crucificaron los Judíos.

Son cuasi las únicas noticias que nos han quedado de su vida. Pocas a la verdad, pero auténticas, pero irrefragables; no conservadas como quiera por alguna tradición vulgar, o escritores adocenados y muy posteriores a los sucesos; sino por códices antiquísimos, por autores ya propios, ya extraños, gravísimos, sapientísimos; y sobre todo por las Actas de su Martirio, obra coetánea, escrita (según todas las señas) por el grande Arnaldo de Peralta, dignísimo Prelado de esta Santa Iglesia, que atestigua en ella lo mismo que vieron sus ojos, lo que oyeron sus oídos, lo que tocaron sus manos y cuyo testimonio sólo haría por consiguiente, según las reglas de la más sana crítica, indudable toda su narración. Pocas noticias, vuelvo a decir, pero enfáticas, misteriosas sobradísimas para mi intento.

Porque fue Niño, y muy Niño, y siempre Niño; y al mismo tiempo Santo, y muy Santo, y siempre Santo, ¿cómo podía dejar de ser el objeto más tierno de los cariños de Dios?

El amor del Padre celestial empeña todo su poder infinito para hacer de este tierno Niño una imagen suya perfectísima, fortaleciéndolo de tal manera con su gracia, que aquellos miembros de leche, a pesar de su delicadeza, sufriesen con ánimo invencible toda la amargura del cáliz de su Pasión.

Ya los sucesores de aquellos que crucificaron a Jesucristo, y que abundaban demasiado en Zaragoza por entonces, se arman para su ruina. Ya celebran sus nocturnos conciliábulos en su Judería, es decir, en los barrios destinados para su habitación, que ocupaban esa parte de Ciudad. Ya se resuelve, que cualquiera que presente un Niño Cristiano para crucificarlo en odio de Jesucristo, quede libre de pechas y tributos.

¡Pobre Dominguito! Tú vives tranquilo; tú descansas en el seno de tu inocencia, ignorante de la tempestad, que se forma sobre tu cabeza, y de que esa misma inocencia te hace el blanco de las iras infernales. Sólo falta un nuevo Judas que te venda; pero no faltará mucho tiempo. Ya se presenta. Aun tu Padre celestial parece que te abandona ya en manos de tus enemigos. ¡Ay! Que me parece que oigo ya resonar en mis oídos su misma voz, y que les repite aquellas palabras: Hœc est hora vestra, et potestas tenebrarum. Yo os lo permito: haced de él cuanto queráis; azotad, descoyuntad, crucificad, alancead, bebed su sangre; saciad en él vuestra cólera; que yo también por estos mismos medios, a despecho vuestro, saciaré mi amor y glorificaré en él hasta lo sumo mi poder infinito. Con que ya está todo prevenido para el sacrificio. Calle de Villalobos, tú eres la destinada.

Después de haber cantado, cual divino cisne próximo a su muerte, las alabanzas de su Madre, asistiendo al anochecer a la Salve en este Santo Templo; se retiraba prosiguiendo en ellas hacia su casa paterna, que según se discurre estaba en la Calle de la Cadena, no lejos del Arco de Lanao, cuando he aquí que de repente lo asalta el Judío Albayuceto, que acechaba el lance; lo prende, lo ata, lo presenta a la Asamblea de su pérfida Nación.

Vierais allí reunida la quinta esencia del odio de Anás, y de Caifás, y de Herodes, y de los Escribas y Fariseos, y de cuantos aborrecieron a Cristo, en aquellos sus infames herederos, mas obstinados en la pasión, más envejecidos en la crueldad. Al punto se le sentencia a muerte cruelísima; al punto se comienza la horrible ejecución.

Figuraos un tierno corderillo, separado del pastor y del rebaño, envestido de una tropa de lobos carniceros; y habréis formado la idea de Dominguito en medio de aquellos verdugos sanguinarios. Todos parece que quieren devorarlo a porfía. ¡Qué turbión tan desecho de injurias, de maldiciones, de puñadas, de empellones, de puntapiés, de golpes, de bofetadas, de azotes, veo descargar tumultuariamente sobre su tierno cuerpecito! No consta, es verdad, de sus Actas; pero lo refieren Autores graves, y las circunstancias conspiran todas a hacerlo muy verosímil. Lo que consta con evidencia es que, barrenando la pared, para que sirviese de Cruz, lo fijaron en ella, taladrando sus manos delicadas y pies inocentísimos, y dejándolo allí pendiente de tres clavos. ¡Qué martirio! ¡Qué tormentos tan superiores a su edad!

En vano, para ocultar su maldad, truncan los judíos las manos y cabeza, y arrojándolas en un pozo (pozo que existe todavía, y cuyas aguas son la más saludable piscina para sus devotos) entierran furtivamente lo restante en esas riberas del Ebro. Celestiales resplandores descubren uno y otro; descubierto, se deposita en San Gil, a donde concurren para trasladarlo en Procesión solemnísima Clero y Pueblo; que quedan fuera de sí , al ver que tantos días después de martirizado y descuartizado se levanta y sale el divino Niño por sí mismo a recibir a su Prelado. Se conmueve la Ciudad entera con tamañas maravillas; Albayuceto convertido por ellas a nuestra Fe.

Panegírico del Santo Niño y Mártir Domingo de Val
En la festividad de 1806.
Padre Camilo de Santa Theresa – Rector del Colegio de las Escuelas Pías.

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116º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL PADRE LEONARDO CASTELLANI – (1899-2015)

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En el 116° Aniversario del Nacimiento del Querido Padre Leonardo Castellani, compartimos con Ustedes conferencias selectas acerca del Fin de los Tiempos

EL CONOCER PROFETICO

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LAS PROFECIAS MAYORES

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EXEGESIS DEL APOCALIPSIS

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LOS CUATRO SEPTENARIOS PARTE 1

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LOS CUATRO SEPTENARIOS PARTE 2

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EL ANTICRISTO

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EL ISRAEL DE DIOS

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REY DE REYES

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Jorge Doré: Presenciando la puesta en escena

En el palco de la historia

“Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino;
y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares”. (Mateo 24:7)

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Estamos presenciando en toda Europa el choque de dos ideologías históricamente hostiles y cuyas diferencias entre ambas hace prácticamente imposible su coexistencia pacífica: el cristianismo y el islamismo. Ambas están destinadas a resolver sus diferencias y a luchar por su primacía en una sangrienta conflagración social en el escenario europeo, pero es predecible que ninguna de las dos salga victoriosa. La victoria será la de una tercera ideología que dirige los hilos de las dos anteriores y que es la responsable de la confrontación de éstas: el sionismo.

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P.LEONARDO CASTELLANI – EXEGESIS DEL APOCALIPSIS

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Compartimos con nuestros lectores Sermones y Conferencias del P. Leonardo Castellani

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P.LEONARDO CASTELLANI – SERMON EL JUDAISMO Y EL ISRAEL DE DIOS

Jesus es condenado por el Sanedrin

Compartimos con nuestros lectores Sermones y Conferencias del P. Leonardo Castellani

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EL JUDEOMARXISMO REINA EN BABILONIA

En una carta de 1848, Karl Marx escribió al gran rabino Baruch Leví:

“…Los judíos en conjunto serán su propio mesías. Su reino sobre el universo se obtendrá por la unificación de las fronteras. Una república universal surgirá, en la cual los hijos de Israel se convertirán en el elemento rector. Sabemos cómo controlar a las masas. Los gobiernos de todas las naciones caerán gradualmente a través de la victoria del proletariado en las manos de Judá. Toda propiedad privada será posesión de los príncipes de Israel, ellos poseerán toda la riqueza de la tierra. Así se realizará la promesa del Talmud el cual dice, que cuando el tiempo del mesías se acerque, los judíos mantendrán bajo sus llaves la propiedad de toda la gente del mundo…”

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ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. JUAN CARLOS CERIANI: DÍA 2

CERIANI

En el segundo día de los Especiales, tratamos en el 1º bloque sobre la claudicación ante los judíos de los “ministros” de la “iglesia conciliar”. En especial sobre la nota acerca de Mons. Pedro Martínez, obispo conciliar de San Luis y sus celebraciones de Januka y Pesaj con la comunidad judía (CLICK AQUÍ). Relación directa con Mons. Williamson y la Falsa Resistencia.

En el 2º bloque: El olvido del Apocalipsis. Sobre un trabajo de Mons. Juan Straubinger y con el anexo de la Encíclica de Pio XII.

AUDIOS DEL ESPECIAL:

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Biblia_Comentada_Mons_Juan_Straubinger_pdf_meoqui

Del libro “Espiritualidad Bíblica”

de Monseñor Juan Straubinger

(Editorial Plantín, Buenos Aires, 1949)

Sección “Escatología”

Tercer Capítulo

EL OLVIDO DEL APOCALIPSIS

I

Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro“, dice el Ángel a San Juan Evangelista después de haberle revelado los arcanos del Apocalipsis (Apoc. 22, 7). De modo que es una bienaventuranza guardar estas palabras, Obsérvese que guardar no quiere decir cumplir, pues no se trata aquí de mandamientos; guardar —o “custodiar” como dice el latín— quiere decir conservar las palabras en el corazón, como hacía María Santísima con las del Evangelio (Luc. 2, 19 y 51). No es otro el sentido de las palabras de San Pablo ccuando nos dice: “La Palabra de Dios habite en vosotros abundantemente” (Col 3, 16). Por lo demás, el secreto de toda Palabra de Dios consiste precisamente en eso: en que el guardarla o conservarla es lo que hace cumplirla, como lo dice claramente el salmista: “Escondí tus palabras en mi corazón para no pecar contra Ti” (Sal. 118,11).

Esta bienaventuranza que dan las palabras misteriosas de la Profecía del Apocalipsis, se extiende a todos, como se ve desde el principio (Apoc. 1, 13): “Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía y conserva lo que en ella está escrito; porque el tiempo está cerca”.

Tal afirmación de que “el tiempo está cerca“, está repetida varias veces en la profecía, y es dada como la razón de ser de la misma: “No selles (es decir, no ocultes) las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.” (22, 10). Compárese esto con lo que Dios dice a Daniel en sentido contrario, hablando de estos mismos tiempos de la vuelta de Cristo: “Pero tú, oh Daniel, ten guardadas estas palabras, y sella el libro hasta el tiempo determinado: muchos le recorrerán, y sacarán de él mucha doctrina” (Dan. 12, 4).

Este cotejo de ambos textos impone la conclusión de que si entonces, en tiempo de Daniel, algunas profecías habían de estar selladas, hoy es necesario, al revés, que las conozcamos. Si esto fuera así, si el esplendor de las maravillas de bondad y grandeza que Dios ha revelado al hombre, fuese conocido por todos los cristianos; si ellos se enterasen de que San Pablo nos revela misterios escondidos de Dios que ignoraban los mismos Ángeles (Efes. 3, 9 y 10), ¡cómo aumentaría su interés y su amor por la religión!. Entretanto, hoy se lamentan obispos europeos (Monseñor Landrieux. de Dijon, Monseñor Girlaeau, de Nimes, etc.) de la insuficiencia de la enseñanza catequística, por haberse convertido en “una suma de mandamientos y en un catálogo de pecados, vacío del contacto con la Persona de Cristo”, que es el Maestro y como tal se muestra en la Escritura.

El Ángel del Apocalipsis compara con los profetas a los que guardan las palabras de esa profecía (Apoc. 22, 9), y tan insuperable importancia atribuye Dios al conocimiento de esa Revelación, que, además de las bienaventuranzas ya citadas, cierra ese Libro, que es el coronamiento de toda la Revelación divina, con estas terribles amenazas: “Ahora bien, yo advierto a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: Que si alguno añadiere a ellas cualquiera cosa, Dios descargará sobre él las plagas escritas en este libro. Y si alguno quitare cualquiera cosa de las palabras del libro de esta profecía, Dios le quitará a él su parte del árbol de la vida, y de la ciudad santa, que están descritos en este libro” (Apoc. 22, 18 y 19, texto griego).

 II

Ante estas palabras de Dios, confirmamos claramente lo que ya sabíamos por el Evangelio, esto es: que en el cristianismo no hay nada que sea misterio reservado a algunos pocos. “Lo que os digo al oído predicadlo sobre los techos”, dijo Cristo en las instrucciones que dio a los doce apóstoles (Mat. 10, 27). Y al pontífice que le interroga sobre su doctrina, le dice: “Yo he hablado al mundo abiertamente… y nada he hablado en secreto… interroga tú a los que me han oído” (Juan 18, 20 s.). Por eso al nacer la Iglesia en el instante de la muerte del Redentor, el velo que ocultaba los misterios del Templo quedó roto de alto a bajo (Marc. 15. 38).

Tiempo es, pues, de que caiga de los ojos de nuestros hermanos ese velo que los aparta de conocerlo a Él, que es la Luz: y que desaparezca ese equívoco que aleja a las almas de la fuente de Agua Viva coma si fuese veneno.

Aun hoy, a pesar de tantas y tan insistentes palabras de los Sumos Pontífices que recomiendan la lectura diaria de la Biblia hay quien se atreve a decir con audacia que estas cosas son peligrosas, como si la Palabra de Dios, que es ”siete veces depurada” (S. 11, 7) pudiera contener veneno corruptor cuando el Espíritu Santo ha dicho que ella “transforma las almas… y presta sabiduría a los niños” (S. 18, 8), y Cristo enseña que éstos la entienden mejor que los sabios (S. Mateo 11, 25). ¡Ay de los que apartan a las almas de la Palabra de Dios! A ellos, a los falsos profetas, aplica San Juan Crisóstomo aquella maldición terrible de Cristo contra los sacerdotes de Israel, que ocultaban la Sagrada Escritura, que es la llave del cielo. ¡Ay de vosotros, hombres de la Ley, que os habéis guardado la llave de la ciencia! Vosotros mismos no entrasteis, y a los que iban a entrar se lo habéis impedido” (Luc. 11. 52).

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