PADRE LEONARDO CASTELLANI: LA ESPERANZA

SOBRE LA ESPERANZA Y SUS CONTRARIOS

Leopoldo Marechal se sirvió, en su novela Adán Buenosayres, de un imaginario “descenso a los infiernos” para hacer ver las miserias más típicas del ser argentino.

Estructura su infierno en torno a los ocho pecados capitales (que en la más antigua tradición eran justamente ocho, aunque hoy se cuentan siete). Cada círculo infernal responde a uno de los vicios.

El quinto es la pereza.

Al pretender abandonar el quinto infierno, Adán, el protagonista, se encuentra con unas apariciones que le cierran el paso. Son los “potenciales”, como los llama Marechal.

“Lector vidente, raro es el hombre que escondido en la intimidad segura de su alma, no haya inventado para sí destinos locos, aventuras imposibles, gestos desmesurados y personificaciones absurdas que, forjadas en el inviolable taller del ensueño, no se atrevería él a confesar ni bajo tortura”.

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PADRE CALMEL: LA ESPERANZA

La Esperanza Cristiana y las esperanzas humanas

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Al occidente y al oriente se han levantado falsos Cristos y falsos Profetas.

De muchos lados se nos promete el paraíso sobre la tierra. En particular, se prometen para esta tierra y para esta vida la liberación total, la destrucción de las servidumbres, tanto exteriores como interiores, la reunión armoniosa y feliz de todos los hombres, por fin regenerados y transfigurados.

En presencia de estas divagaciones fatales y con el fin de no dejarse extraviar, no es inútil recordar, lo más claramente posible, la naturaleza de la Esperanza Cristiana y su relación con las esperanzas humanas.

El objeto de la Esperanza Cristiana es propiamente sobrenatural y teológico; consiste en la vida eterna, la felicidad eterna con Dios.

El motivo de la Esperanza Cristiana es también sobrenatural y teológico: es la ayuda divina, la omnipotencia de la gracia de Jesucristo.

 

Podemos observar, a partir de la lectura de algunos textos del Nuevo Testamento que, a diferencia de los profetas antiguos, Jesús no prometió a sus fieles ni tener una familia armoniosa y próspera, ni aplastar a sus enemigos, ni la honra…

Sus promesas difieren sensiblemente del cuadro idílico de la felicidad del justo que se encuentra en los profetas, los salmos y en general en todos los pasajes del Antiguo Testamento, que nos muestran al fiel de Yahvé como alguien que encuentra, ya a partir de esta tierra, la recompensa y el éxito.

Consideremos como hablan diferentemente, en período de ocupación, los antiguos profetas y el Hijo de Dios.

Jesucristo se dirigía a judíos sometidos al Imperio romano. Ahora bien, Él no hace nada para liberarlos del yugo de los romanos. Les habló de otra cosa.

Esta otra cosa, es decir, el Reino Espiritual, sólo interesaba a un reducido número: ¿cuántos tenían la Esperanza Sobrenatural?

Jesucristo santificó el orden de las patrias terrestres, pero no vino según el orden temporal y de las patrias terrestres. Mi reino no es de este mundo.

Hay una muchedumbre de bienes muy importantes, perfectamente honestos y deseables, sobre los cuales Jesús no hizo ninguna promesa a sus discípulos.

Que se revuelvan en todos los sentido los Evangelios y las Epístolas de San Pablo, y no se llegará a encontrar ninguna promesa relativa a los bienes temporales.

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HORA SANTA DE DICIEMBRE

Para rezar en familia

Padre Mateo Crawley-Boevey

Nota: La hora Santa fue concebida por el Padre Mateo Crawley como parte de la Adoración Nocturna al Sagrado Corazón en los hogares; por tanto es aconsejable rezarla en familia asumiendo los padres y los hijos la lectura de los distintos protagonistas.

HORA SANTA 1

Las cinco peticiones del Corazón de Jesús

Ahí lo tenéis; miradlo con fe viva: ese es Jesús… En esa Hostia divina lo vio su sierva Margarita María…; desde ella oyó su voz arrobadora, sus lamentos, los sollozos de su Corazón, despedazado por los tormentos del amor y de la ingratitud humana… Ahí le tenéis; miradle: ese es Jesús, el Dios tierno, dulce y misericordioso de Paray-le-Monial. Transportémonos en espíritu a esa capillita humilde y misteriosa, y, en compañía de la predestinada Margarita María, con la frente en el polvo y con el alma henchida en fervores de cielo, adoremos a Jesucristo, que nos quiere hablar, en esta Hora Santa, de los anhelos, de las tristezas, de las victorias y de las divinas promesas de su Sagrado Corazón… ¡Ahí lo tenéis, miradlo con fe viva: ese es Jesús!

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ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – NOVIEMBRE 2016 – 1° PARTE

LA FORTALEZA

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Noviembre de 2016.

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Definición: Una virtud cardinal infundida con la gracia santificante que enardece el apetito irascible y la voluntad para que no desistan de conseguir el bien arduo o difícil ni siquiera por el máximo peligro de la vida corporal.

a) Una virtud cardinal…, puesto que vindica para sí, de manera especialísima, una de las condiciones comunes a todas las demás virtudes, que es la firmeza en el obrar.

b) Infundida con la gracia santificante…, para distinguirla de la fortaleza natural o adquirida.

c) Que enardece el apetito irascible y la voluntad… La fortaleza reside, como en su sujeto propio, en el apetito irascible, porque se ejercita sobre el temor y la audacia, que en él residen.

Propiamente, la fortaleza, en cuanto virtud, reside en el apetito irascible para superar el temor y moderar la audacia.

Claro que influye también, por redundancia, sobre la voluntad para que pueda elegir el bien arduo y difícil sin que le pongan obstáculo las pasiones.

d) Para que no desistan de conseguir el bien arduo o difícil… Como es sabido, el bien arduo constituye el objeto del apetito irascible. Ahora bien: la fortaleza tiene por objeto robustecer el apetito irascible para que no desista de conseguir ese bien difícil por grandes que sean las dificultades o peligros que se presenten.

e) Ni siquiera por el máximo peligro de la vida corporal. Por encima de todos los bienes corporales hay que buscar siempre el bien de la razón y de la virtud, que es inmensamente superior al corporal; pero como entre los peligros y temores corporales el más terrible de todos es la muerte, la fortaleza robustece principalmente contra estos temores.

Y entre los peligros de muerte se refiere principalmente a los de la guerra.

Dos actos: La fortaleza tiene dos actos: atacar y resistir.

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PADRE DE CHIVRÉ: SUSTINERE…

PACIENCIA

maxresdefault-1La hora se volvió propicia para la tentación… Las dudas, los cansancios, las tibiezas, como un enjambre de desdichas alrededor de nuestro corazón, bordonean los aires fúnebres de su desaliento: “es demasiado duro, es demasiado largo, es demasiado doloroso, es demasiado doloroso”

Es en la paciencia que es necesario poseer su alma; y los tres cuartos de los cristianos lo olvidaron; y esto explica las traiciones y las defecciones…

Sustinere, sostener,  soportar, con alegría, en la esperanza y con la sonrisa de la alegría.

La Confirmación puso en nuestra inteligencia razones de “aguantar la vida”; razones de dominarla.

El cristiano soporta con suavidad. En las condiciones más irritantes para su temperamento, continúa con su deber.

El fuerte soporta con bondad mientras Dios quiera; y esta valentía da a su alma su libertad de acción.

El fuerte no habla sino a Dios de sus miserias; ve más allá de la prueba; su mirada llega mucho más allá de sus lágrimas; nublado por los llantos, pero encendido por la fe, posee esta indefinible expresión de suavidad muda y de indomable energía: se confirma en la paciencia.

Pero muy pocos comprenden eso, muy pocos; y por eso es que muchos son llamados a espléndidas santidades, pero pocos son los elegidos.

  • Allí donde vemos de razones para cesar, el Espíritu Santo ve razones para seguir…
  • Allí donde buscamos razones para huir de nosotros mismos, el Espíritu Santo ve razones para permanecer…
  • Allí donde quisiéramos encontrar razones para ceder, el Espíritu Santo ve razones para resistir…
  • Allí donde el sufrimiento clama a la rebelión, el Espíritu de amor convoca a la aceptación…

No tengáis miedo pequeño rebaño… Sigue sosteniendo los derechos de Dios, reprime todo temor, reprime todo miedo, antes que vosotros, yo conocí eso de puños alzados en torno mío en el Calvario, escuché el “tole… tole” de las burlas, de las injurias…

Defended la Verdad, y que vuestra fuerza de alma alcance su plena medida, aceptando los golpes de la adversidad.

No desconozcáis las legítimas audacias al servicio de las legítimas defensas; las exigencias de los derechos de la Verdad reclaman de vuestra parte el valor y el coraje que arremete cuando es necesario defenderlos.

Pero, una vez cumplido este deber, no desechéis la valentía, el temple y la impavidez que soporta…

MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR PARA HABLAR BIEN CON DIOS

 

Prosigue el mismo Entretenimiento.

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El Siervo. Oh Dios, en cuya presencia estoy, yo os adoro con todas las adoraciones, que os hacía Jesucristo durante su vida mortal, y las que al presente os hace en el Cielo y sobre nuestros Altares. ¡Qué felicidad, Dios mío, si yo pudiera estar siempre unido a este amable Salvador!

El Señor. No consiste sino en ti, hijo mío, no te contentes para esto con representártelo en los varios estados en que acabo de proponértelo; míralo también en diversos objetos que se ofrecen a tus ojos; porque no hay alguno que no sea obra de sus manos; todo ha sido criado por Él (Colos. c. 1.) y todo por Él subsiste, y así todo te lo debe traer a tu pensamiento, y excitar en tu corazón sentimientos de respeto y reconocimiento para con Él.

Sobre todo el hombre, que tiene una relación tan particular con el Verbo Encarnado, que participó de su naturaleza divina, y participa todos los días de su gracia, de sus méritos, de su propio Cuerpo, ¡qué asuntos no te da para que te eleves a Él, y le rindas a su divina Persona un tributo continuo de alabanza, de admiración y de amor!

El Siervo. ¡Ay Señor! Cómo no he pensado yo sin cesar en vuestro amado Hijo, que me representáis de todas partes bajo retratos tan sensibles. Las personas que frecuento, las criaturas que veo, y de quienes recibo a cada momento algún servicio, ¿no deberían ponérmelo delante de los ojos, luego que me sucede el perderlo de mi vista aunque sea por poco?

El Señor. Tú puedes aun sin estos socorros exteriores conservarte en su presencia; porque después que Él quiso hacerse semejante a ti, y servirte de alimento, tienes su imagen grabada en tu cuerpo y en tu alma; tú eres su santuario, su templo, lo posees no solamente espiritualmente, sino aun corporalmente; tú estás unido a Él, haces una cosa con Él; así no tienes que hacer sino entrar dentro de ti mismo para repetir y renovar su memoria.

El Siervo. ¡Oh maravillas de la sabiduría y bondad de un Dios! Bien puedo aplicarme aquellas palabras de consuelo, que este divino Salvador enderezó a sus Apóstoles, cuando les dijo que estaba en medio de ellos (Luc. 22). Como en efecto, y de cuantos modos, se hace presente a nosotros.

El Señor. Las diferentes relaciones que tú tienes con Jesucristo, son otros tantos lazos que lo unen a ti, y que recíprocamente debían unirte a Él; es tu Capitán, tu Maestro, tu Hermano, tu Esposo, tu Criador, tu Salvador, tu Dios. ¿Qué cosa hay más capaz de inspirarte el pensamiento y el gusto de su presencia?

El Siervo. Sería menester, oh Señor, olvidarme de mí mismo para no pensar más que en Jesucristo, a quien por tantos títulos pertenezco, y de quien todos los días recibo tantos bienes. Desdichado sería, oh Dios mío, desdichado sería cualquiera que no se acordase de este amable Salvador. Vos seréis, oh mi Jesús, el ordinario objeto de mis pensamientos y de mis afectos; nada de aquí en adelante podrá desviaros de mi memoria. Aquello que en la idea de los hombres es uno de los estorbos para vuestra presencia, me servirá a mí de medio para conservarme en ella; yo os veré, divino Jesús, en vuestras criaturas, yo os bendeciré y os amaré en ellas; Vos estáis presente en todas; todas, pues, os representarán a mí.

El Señor. Acostúmbrate, hijo mío, a mirar así a Jesucristo en sus criaturas; considéralo sobre todo en ti, en donde Él reside y se manifiesta particularmente; y penetrado de su presencia habla interiormente con Él por actos de una fe pura, de una humildad profunda, de una caridad ardiente, de una tierna confianza, y de una perfecta entrega de todas las potencias de tu alma; de esta suerte te unirás a Jesucristo, lo sentirás en ti, gustarás de Él, y sin estorbo de las obscuridades de la fe, gozarás de su divina presencia; te sucederá como cuando alguno se halla en sitio obscuro con un amigo íntimo que, aunque por entonces no lo vea, lo siente cerca de sí, y tiene tanto gusto de hablar con él, como si lo viera verdaderamente. Tales y aún más vivos serán tus sentimientos para con el Verbo Encarnado; la importancia es que te persuadas bien de su presencia; para esto sírvete de los medios que te he propuesto; pero sírvete de ellos constantemente, piensa de tal manera en Jesucristo, habla con Él tan frecuentemente, que en fin se forme su imagen en ti (ad Gal. 4).

El Siervo. Señor, Dios de bondad que, para estrecharnos a Vos, os dignasteis de enviarnos vuestro único Hijo bajo nuestra propia figura, imprimid de tal suerte en mí espíritu la memoria de su presencia que jamás lo pierda de vista, haced que mis potencias estén todas llenas y poseídas de Él; que no sea yo quien viva, oh Dios mío, sino que Jesucristo viva en mí.

El Señor. Para adquirir esta unión perfecta con mi Hijo, ten una devoción particular para con su Sagrado Corazón. El Corazón de Jesús es lo que hay de más respeto y de más dulce atractivo en su santa humanidad; Él es el asiento del divino amor, el centro de las virtudes, la fuente de las gracias, el principio de todos los bienes que se han derramado y se derramarán en todo tiempo sobre la tierras; así, contemplándolo frecuentemente, concebirás de la Persona adorable de Jesucristo tan grandes sentimientos de estimación y de ternura, que nada en el mundo podrá borrarla de tu espíritu.

El Siervo. Señor, bien lo comprehendo. ¡Oh! ¿Será posible acercarse a este horno de amor, y no sentirse todo abrasado? ¿Será posible considerar los movimientos de este corazón amoroso, sus designios, sus sentimientos, sus comunicaciones, y sus maravillosas efusiones, sin estar penetrado de más vivo reconocimiento?

El Señor. No, hijo mío, no es posible. Toda alma que entrare en el agujero de la piedra, y que hiciere allí su morada, gozara de la íntima presencia del Esposo, conocerá cada día mejor su amabilidad, y cada día se inflamara más de su a amor.

El Siervo. ¿De dónde, pues, viene, oh Dios mío (permitid que os manifieste aquí mi admiración), de dónde viene que se esté con tanta frialdad y con tanta indiferencia a la vista de este amable Corazón? ¿Que se llegue hasta hablar mal de aquellos que, sensibles a sus atractivos, se empeñan en rendirle los tributos de respeto y de alabanza, que le deben por tantos títulos?

El Señor. ¿No sabes, hijo mío, que las prácticas más santas están expuestas a contradicciones, principalmente en sus principios? El demonio, viendo los grandes bienes que de esta sacarían los hombres, hace todos sus esfuerzos por impedir el progreso; yo lo permito también a fin de probar la fe de mis siervos, y dar un nuevo esplendor a la devoción, que yo les había inspirado. Pero la hora y el tiempo señalado en mis decretos eternos ha llegado; el Corazón de Jesús, aquel Corazón divino, que es el objeto de mis complacencias, y debe serlo de tu veneración, será conocido, reverenciado y amado en todo el mundo cristiano.

Tú ves felices presagios de esto en los testimonios públicos que acaban de dar ciudades enteras, que siguiendo el ejemplo de sus Pastores, se han, consagrado a este Sagrado Corazón (León, Marsella, Aviñón, etc.) y han detenido con esto mi venganza pronta a fulminar sobre las ciudades vecinas, y sobre todo lo demás del Reino los rayos de mi indignación.

El Siervo. ¡Oh Señor, qué admirable sois! Al tiempo que parecíais más irritado contra vuestro pueblo, al tiempo que le amenazabais el más terrible de todos los castigos, le disteis el medio de merecer vuestros mayores favores; le descubristeis el Corazón de vuestro amado Hijo, que es un abrigo seguro contra vuestra indignación, y una fuente inagotable de bienes.

El Señor. Si las reliquias de los Santos tienen tanta eficacia para conmigo, ¿qué poder no tendrá el Corazón de mi Hijo, que estando unido a la divinidad, participa de todas sus perfecciones y de todas sus prerrogativas? ¡Oh! ¡Si se conociera su excelencia y su mérito, qué confianza no se tendría con Él!

El Siervo. Vos solo, Dios mío, penetráis este abismo de perfecciones; Vos solo también podéis darme a mí entrada en Él. Concededme este favor, os lo pido por aquel celo que tenéis de la honra de vuestro amado Hijo, y de su Sagrado Corazón; abridme este adorable y del todo amable Corazón; descubridme las riquezas inefables, que en Él se encierran, para que yo tenga para con Él los sentimientos que se merece.

El Señor. Ningún objeto es más digno de tus anhelos, ni más propio para consolar una alma, alentarla y perfeccionarla; por esta razón he movido yo en todos tiempos a mis siervos a que le rindan un culto particular, y yo mismo he obrado diversos milagros para empeñarlos más a él.

El Siervo. Aquel que acabáis de hacer, oh Señor, es bien autentico (en Marsella se contuvo una peste); parece que Vos no nos heristeis con vuestro azote, sino para manifestar el poder y la caridad infinita del Corazón de Jesús.

El Señor. Tocado de la indiferencia de los hombres para con Él, he querido excitar su celo, descubriendo a sus ojos este Corazón divino, ardiendo de amor por ellos, y empeñado en socorrerlos. Propóntelo tú mismo, hijo mío, entra en Él frecuentemente con tu espíritu, reposa allí con mis fieles Siervos, y sacaras de Él con las mismas luces cada día más vivas, que te abrasarán más y más en su amor.

El Siervo. ¡Corazón de Jesús, reservorio de las almas puras! ¡Fuente de delicias, abismo de perfecciones! Objeto el más augusto y el más amable que hay en el universo; Vos seréis de aquí en adelante el blanco de mi amor, y el lugar de mi reposo: yo quiero vivir y morir en Vos, yo os escojo por mi morada, y no tendré otra que a Vos. Hic habitabo, quoniam elegi eam (Psalm. 131.)

JORGE DORÉ- POESIA

Buen Pastor
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Buen pastor que conduces a tus fieles
al reposo de místicas praderas,
permíteme seguir celosamente
el resplandor divino de tus huellas.

Quiero acampar en tus collados, donde
la paz no tiene fin y donde estrenan
blancas túnicas sólo quienes guardan
hasta la muerte tu verdad suprema.

No dejes que la vista se me nuble
y guíame a tus fuentes de agua fresca,
que un mundo en decadencia hoy bebe lodo
de pútridos aljibes en la tierra.

Se hace de noche universal. Los pueblos
caen cada vez más bajo. Las conciencias
–manchadas por el mal– son estandartes
oscuros donde ondean almas muertas.

Y es que muchos, negándose a servirte,
se sirven a sí mismos y se entregan
a placeres humanos y a utopías
que acaban en cenizas y en tristeza.

Tú que conoces todas mis angustias,
tú que perdonas todas mis miserias,
ayúdame a llevar tu cruz al frente
a pesar de las hordas que me increpan.

Buen pastor: acosado por los lobos
estoy, pero me aferro a tu promesa.
¡Cuánto suspira mi alma por paisajes
más altos que la luz de las estrellas!