SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO XIV

Docebo iniquos vias tuas, et impii ad te convertentur

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Enseñaré a los pecadores vuestros caminos, y vuestra providencia, para que se conviertan, y se vuelvan a Vos.

Nadie ha recibido, Dios mío, efectos más visibles de vuestra Providencia y de vuestras misericordias, como yo; y así nadie está más obligado a agradecéroslas y enseñarlas a los pecadores, para que se conviertan y se vuelvan a Vos. Vos Señor os dignasteis velar en mi conservación, y sacarme de mil peligros, a que mi juventud y mi imprudencia me expusieron; os dignasteis concederme aun algunos años de vida, después de haberme reducido al último extremo, y habéis prolongado mis días para darme tiempo de conocerme, y volverme a Vos.

¡Ay! Si yo hubiera muerto en aquel tiempo en que me sorprendió una grande y violenta enfermedad, ¿qué sería de mí?; porque me acuerdo muy bien, que me hallaba tan oprimida que no podía formar un acto de contrición; y si alguna cosa deseaba, era el alivio y mi salud.

¿Qué traza esa en tal estado de prepararse uno a tan terrible viaje, de ocuparse en el examen de sus pecados, de concebir un verdadero arrepentimiento y de merecer el perdón de ellos por la vehemencia de su dolor? Una fiebre ardiente nos consume, tenemos la cabeza aturdida, todo el cuerpo padece y la naturaleza inquieta por aquella terrible separación con que se halla amenazada, no deja un momento de quietud para representaros, Dios mío, su miseria y aplacar vuestra ira; mas aún podía yo esperar que os sería agradable el ofrecimiento de mis angustias, y que mis desmayadas oraciones hallasen alguna gracia delante de Vos; y esta enfermedad debió de ser menos horrible para mí, que el golpe de apoplejía con que me castigasteis estos últimos años. Sigue leyendo

SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO XIII.

Ne projicias me a facie tua, et spiritum sanctum tuum ne auferas a me

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No me arrojéis de vuestra presencia, y no me privéis de vuestro santo espíritu

No puedo yo imaginar, sin un sumo espanto, el estado en que queda el alma cuando por el exceso de sus culpas se acarrea la desdicha de ser arrojada de vuestra adorable presencia. ¡Oh Dios mío! este punto de reprobación es tan funesto y terrible que, por más endurecida que esté en el pecado, por muchos malos hábitos que haya contraído, me parece que, como se lleguen a hacer serias consideraciones sobre una cosa tan espantosa, no habrá cosa alguna de cuantas penden de nuestro arbitrio que no hagamos de buena gana por librarnos de esta desventura.

Si un alma fue capaz de recibir algunas de vuestras divinas impresiones, Dios mío, no pienso que pueda jamás olvidarlas tanto que se exponga a peligro de ser arrojada de vuestra presencia. ¡Oh desdicha la mayor de todas las desdichas! ¡Oh perfidia, ingratitud, vanidad, venganza, disoluciones, mentiras, traiciones, que nos acarreáis tal desventura! ¿No sois vosotras pasiones muy funestas, y muy crueles? ¡Oh alma mía! rompe valerosamente esos formidables enemigos, destiérralos para siempre, y no te dejes engañar más de ellos, todavía es tiempo de alejarlos de tú, y de hacer que el bien suceda al mal; tiempo es aún de recurrir a las misericordias de tu Dios; debes juzgar, que para ti aún no están cerrados sus tesoros, pues hace tanto por ti, que te inspira el deseo de tu conversión y el temor de tu reprobación; pero no abuses de un momento tan precioso , y que tan presto pasa. Sigue leyendo

SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO XIII.

Redde mihi lætitiam salutaris tui, et spiritu principali confirma me

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Volvedme la alegría de vuestra asistencia saludable, y fortalecedme con un espíritu que me haga obrar el bien con voluntad plena y perfecta

No permitáis, Dios mío, que sea yo tan ingrata que desconozca la mano que siempre me ha socorrido en mis tribulaciones; ni tampoco permitáis que después de haber experimentado la alegría de verme libre de ellas, sea capaz de olvidarla.

Sean útiles para mi salvación Dios mío, las saludables asistencias que me habéis dado siempre. Reconozca yo en esto mismo que vuestras misericordias no tienen límites. Fortalecedme con un espíritu que me haga obrar el bien con voluntad plena y perfecta, quitadme los justos temores que me causan mis pecados; péseme de haberos ofendido, pero no me pese por el temor servil del castigo que merezco, si no por el exceso de amor que os debo.

Penétreme de dolor la consideración de mi ingratitud. Os mire yo, mi amable Jesús, en todos los tormentos a que os quisisteis exponer para rescatarme de la muerte eterna. Sigue leyendo

SOBRE LA MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

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Y nació de Santa María Virgen

En la doctrina de la Encarnación del Hijo de Dios dijimos que de este inefable misterio resultaban dos puntos de fe, que cedían en la mayor excelencia de María Santísima Nuestra Señora; y que por esto, y por ser dogmas de Religión exigían de nosotros un particular examen y cuidado.

El primero es la Maternidad de María Santísima respecto de todo un Dios humanado en sus purísimas entrañas. La exposición de este artículo reservamos para este lugar, como inmediato al nacimiento de su Santísimo Hijo; y su instrucción es de una utilidad inefable para el hombre.

En virtud de este dogma debemos creer que María Santísima es real y verdaderamente Madre de Dios. Este es el primero entre todos los atributos que le canta y celebra la Iglesia en sus letanías: Sancta Dei Genitrix, Ora pro nobis. Y el Espíritu Santo, como interesado en acreditar la hermosura y demás atavíos de su Esposa, nos hace ver en las divinas Escrituras esta inefable dignidad de la Señora en términos tan expresos, que podemos decir ser este uno de los dogmas más perceptibles de la Religión. En efecto, el Ángel que de parte de toda la Santísima Trinidad vino a anunciarle el grande misterio de la Encarnación, nos dejó un testimonio incontestable de esta verdad. Sabe María, le dice, que has de concebir en tus entrañas, y has de dar a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. No es esta sentencia de hombres; el Espíritu Santo asegura, que se ha de llamar Jesús el hijo de la Virgen: y siendo Jesús real y verdaderamente Dios, es preciso reconocer y confesar que Dios es hijo de María; y por consiguiente dice Santo Tomás ha de ser tenido por hereje al que se atreva a negar que María es Madre de Dios: Unde hereticum est negare beatam Virginem esse Matrem Dei.

El Santo Profeta Isaías habló de este misterio con expresiones tan terminantes, como podría hacerlo si lo hubiera presenciado; o por explicarme con más propiedad, habló de este misterio como que se lo hizo presente con particular empeño el Espíritu Santo, para que previniese los corazones de los hombres, y los dispusiese a creer una verdad tan útil como gloriosa a la especie humana.

Advertid hijos de Adán; advertid, dice, que una Virgen ha de concebir y parir un hijo. Ahora bien, el ser concebido y nacido es propio de la Persona, dice Santo Tomás. En ningún sentido adaptable, ni con la menor propiedad pueden semejantes predicados aplicarse a la naturaleza: Hipostasis est, non naturæ: y siendo la Persona de Jesús divina, como que es la misma Persona del Verbo, hemos de concluir, que la Persona del Verbo, Dios como el Padre y como el Espíritu Santo, fue concebida y dada a luz por María Santísima, que es la Virgen de quien habla Isaías; que esta Señora es Madre de una Persona que es verdadero Dios; y que es hereje el que se atreve a negar esta verdad: Unde hereticum est negare beatam Virginem esse Matrem Dei. Sigue leyendo

LETANÍAS LAURETANAS – QUINTA PARTE

REINA DE LOS ÁNGELES

1

Esta última parte de las Letanías reúne y exalta las excelsas grandezas de María celebrando su soberana realeza en el Cielo y en la tierra.

Por doce veces le damos el glorioso título de Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa del Rey; debemos invocarla como a Reina porque el título de Rey no sólo corresponde a cada una de las Personas Divinas, sino también a Dios – Hombre, el Hijo de María Santísima. Él mismo aprobó para su Persona este nombre: “Sí, como dices, soy Rey” (Juan 18, 37).

A la diestra del Rey, el Salmista vio a una Reina, vestida con manto de oro, gozosa del poder que Dios le ha otorgado, de poder conceder a quien la invoca toda clase de gracias y bendiciones. Esta Reina es María que fue investida de esta dignidad cuando Dios Padre, desde toda la eternidad la eligió por su Hija, por Esposa del Divino Espíritu y por Madre de su Unigénito y fue constituida Reina, no solo de los hombres, sino también de los Ángeles, que son espíritus puros, muy poderosos, ágiles como el pensamiento y puros como la luz. Son inteligencias tan grandes que, si queremos honrar entre nosotros un entendimiento, lo llamamos angélico.

Los Ángeles son ministros del Omnipotente. ¡Qué honor tener dominio sobre estos espíritus tan nobles; ser Reina de súbditos tan numerosos y potentes! Y esta autoridad y poder corresponde a María Reina de los Ángeles, porque les aventaja en dignidad, es más excelsa que Ellos.

La raíz de su excelsa dignidad, de su autoridad y de sus privilegios se debe a que es Madre del Verbo Divino. Ella pudo decir con el Padre Eterno: “Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo 2:7).

La causa de tanta exaltación de María fue SU SINGULAR HUMILDAD.

Humildad es el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo con este conocimiento. Es un movimiento de “descenso” cuyo punto de partida es el falso lugar que nos señala el amor propio y cuyo término es la verdad. Por eso “la humildad es la verdad”. (Sta. Teresa).

Así, cuanto más llenos de amor propio, tanto más vacíos estamos de verdaderos méritos.

Veamos en la Anunciación el ejemplo tan grande de humildad de María. Ante la sublime revelación del Ángel que la proclama Madre de Dios, Ella protesta ser solamente la humilde esclava del Señor. La verdadera humildad se manifiesta en la obediencia.

¡Oh Madre amada. Reina de los Ángeles, alcánzanos la gracia de saber combatir nuestro amor propio para ser verdaderamente humildes!

 

REINA DE LOS PATRIARCAS

2

Patriarca es una palabra griega que significa padre o jefe.

Con el nombre de Patriarcas se honra a algunos Santos del Antiguo Testamento, elegidos por Dios como guardianes y depositarios de la fe en el futuro Mesías. Esta fe, avivada por las frecuentes revelaciones de Dios, fue transmitida por los Patriarcas a sus descendientes como un faro de luz en medio de las tinieblas de la ignorancia y del pecado.

También en los siglos cristianos se da por analogía el nombre de Patriarca a los Santos Fundadores de las más famosas Órdenes Religiosas, puesto que también ellos engendraron espiritualmente a la vida de la perfección evangélica a muchas almas.

Los Patriarcas fueron, bajo diversos aspectos, figuras de Jesucristo; lo representaron en varios misterios de su vida, de su muerte y de su obra redentora. Y en la debida proporción representaron también a María, pues quien representa al original, representa por lo mismo a la copia fiel. Sigue leyendo

LETANÍAS LAURETANAS – CUARTA PARTE

SALUD DE LOS ENFERMOS

1

El pecado original introdujo en el mundo la enfermedad y la muerte.

En medio de esta condición, cuánto necesitamos del médico; pero aún los más sabios y mejores, en muchos casos, no pueden curar algunas enfermedades.

La Santa Iglesia nos propone una Doctora poderosa, sabia y amorosa: La Santísima Virgen María, salud de los enfermos, que nos ayuda y conforta.

En primer lugar consideremos que Ella intercede por nosotros para adquirir la salud del alma y nos ayuda a apartarnos del mal que la destruye.

San Bernardo dejó en sus escritos, hermosos pensamientos acerca de nuestra amada Madre, que podemos aplicar para alcanzar la salud del alma:

  • Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, invoca a María, llama a María.
  • Si se agita la soberbia, la ambición o la incomprensión, mira a María, llama a María.
  • Si la ira, el egoísmo o el deleite en el mal violentan la navecilla de tu alma, mira a María, invoca a María.
  • En el peligro, en la angustia, en la ansiedad, piensa en María, invoca a María.
  • Si te turba la memoria de la enormidad de tus faltas, de la fealdad de tu conciencia y comienzas a sumergirte en la tristeza, en la desesperación, piensa en María, invoca a María.
  • No la apartes a Ella de tu corazón. No te saldrás del camino, si la sigues; no desesperarás, si le ruegas; no te perderás, si en Ella piensas. Si tú no te sueltas de su mano, no caerás; nada tendrás que temer y llegarás felizmente al puerto, que es EL CORAZÓN DE JESÚS.

Dice también San Bernardo que Jesús es miel en la boca, melodía en el oído y gozo en el corazón, pero, añade San Bernardo: también es MEDICINA.

Esta Medicina concede la salud del alma, si nos esforzamos por conseguirla (el enfermo debe tomar la medicina que le receta el médico para alcanzar la salud). María SALUD DE LOS ENFERMOS nos dio a Jesús, nos dio al MÉDICO DIVINO, nos dio la medicina.

En segundo lugar consideremos que el cuerpo humano está sujeto a contraer enfermedades que ponen a dura prueba la ciencia médica, enfermedades manifiestas o latentes, lentas o fulminantes, algunas contagiosas, que hacen sufrir a la humanidad.

Si en todo momento de la vida necesitamos la ayuda de Dios y del socorro y protección de María, esta necesidad se hace más sensible y urgente en la enfermedad.

Pidamos a nuestra Amada Madre su auxilio para nosotros y para nuestros familiares y Ella benignamente nos escuchará y nos ayudará.

Una madre vela a su hijo enfermo de día y de noche sin mostrar cansancio; estudia todas las formas de procurarle alivio, ruega y se sacrifica para curar a su hijo. ¿Qué la mueve? la mueve su amor, el amor que Dios puso en el corazón de las madres, y que es un pálido reflejo del amor maternal de María, amor vigilante y solícito cuando sus hijos están afligidos por la enfermedad.

El Evangelio nos dice que muchos enfermos fueron curados prodigiosamente por Jesucristo. Él le ha cedido en el Cielo a su Santísima Madre esta virtud, este dominio sobre la naturaleza doliente. Sigue leyendo

LETANÍAS LAURETANAS – TERCERA PARTE

ESPEJO DE JUSTICIA

1

Hemos de considerar, en primer lugar, lo que debemos entender por Justicia, porque esta palabra, tal como se emplea en el lenguaje de la Iglesia, no tiene el sentido que el lenguaje ordinario le atribuye.

Por justicia no debemos entender aquí la virtud de la lealtad, de la equidad (dar a cada uno lo que merece), de la rectitud en la conducta sino más bien la justicia o perfección moral, en cuanto abarca, a la vez, todas las virtudes y significa un estado del alma virtuoso y perfecto, de tal manera que el sentido de la palabra Justicia es casi equivalente al sentido de la palabra santidad.

Por esto, al ser llamada María espejo de justicia, lo hemos de entender en el sentido de que es espejo de santidad, de perfección y de bondad sobrenatural.

¿Qué se entiende al compararla con un espejo? Un espejo es una superficie que refleja algo, como el agua inmóvil, el acero pulido, la luna, etc.

Ella reflejaba a Nuestro Señor, que es la Santidad Infinita, Divina Santidad, por lo cual es llamada Espejo de la Santidad, o como se dice en las Letanías Espejo de Justicia.

María llegó a reflejar la santidad de Jesús viviendo con Él. ¡Cuán semejantes llegan a ser los que se aman y viven juntos! Cuando reina el amor entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos, amigos, con el tiempo se produce un maravilloso parecido que llega a manifestarse en la expresión de los rasgos de la voz, en el lenguaje y algunas veces hasta en carácter, opiniones, gustos. Esto también sucede, sin duda, en el estado invisible de las almas, en las cuales, para bien o para mal, se realiza esta transformación y semejanza.

Hemos de considerar ahora que María amaba a su Divino Hijo con un amor indecible, ya que lo tuvo consigo durante treinta años. Si estuvo llena de gracia antes de haberlo concebido en su Seno, debió alcanzar una santidad incomprensiblemente mayor después de haber vivido tan íntimamente con Él durante aquellos treinta años. Santidad que reflejaba los Atributos de Dios, con una plenitud de perfección, de la cual ningún santo puede damos una idea. Ella es el ESPEJO DE LA DIVINA PERFECCIÓN. Sigue leyendo