SAN ALEJO FALCONIERI

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN ALEJO FALCONIERI

Uno de los siete Fundadores de los Servitas (1200-1310)

Sin título

ASENTADA en las risueñas riberas del Arno, era ya Florencia en los comienzos del siglo XIII una ciudad de gran lustre con sus hermosas torres, sus palacios, sus iglesias y sus elegantísimos soportales. Sus plazas y calles veíanse muy animadas con las riadas de gente, ora guasona y dicharachera, ora noble, elegante y fastuosa; ora comerciante, atareada y grave, ora guerrera y envalentonada. Los Falconieri sobresalieron en todo tiempo en los negocios públicos y en el manejo de las armas. En los comienzos del siglo XIII eran tintoreros, comerciantes y cardadores de lana, y poseían en la ciudad torres, almacenes y palacios. Tal era el ambiente en que nació Alejo Falconieri el año 1200. Eran nueve hermanos; el primogénito se llamaba Clarencio y más de una vez hemos de hacer mención de él en el decurso de estas páginas.

La juventud de Alejo transcurrió en un ambiente de odios, de discusiones y de crímenes que abren en 1215 la era calamitosa de Güelfos y Gibelinos; pero nuestro Alejo vivió apartado de toda contienda; el estudio y las prácticas piadosas absorbían todo su tiempo y ocupaban toda su actividad.

«Fue un sabio» —según atestigua el viejo cronista Mati—. Ninguna de las disciplinas que en su tiempo constituían el bagaje científico de los hombres de talla, le era desconocida, siéndole familiares la música y la retórica, la poética y la dialéctica, la física y las matemáticas. La actividad ardorosa con que se dedicó al estudio manifiéstase más tarde cuando se dedica a reunir un capital con que sufragar los gastos de los jóvenes estudiantes de su Orden que enviaba a la Universidad de París. Su piedad le movió a alistarse desde los más tiernos años en la cofradía de los Laudesi o Loadores, cuyo principal objeto era cantar las alabanzas de la Santísima Virgen. Tal decisión debía ser como brújula que había de orientar su vida.

VOCACIÓN DEL SANTO

EN efecto, en la capilla de la Cofradía, el día de la Asunción del año 1233, vióse favorecido Alejo con una visión que orientó su vocación de religioso y de cofundador de la Orden de los Servitas. Celebraban los cofrades, pertenecientes todos ellos a la alta sociedad de Florencia, la entrada triunfal de su Reina y patrona en los cielos, cuando la soberana Señora se apareció a Alejo en medio de un esplendente cortejo de espíritus celestiales. «Alejo, hijo querido —le dijo—; abandona el mundo, ven a la soledad, pues te elijo por siervo mío.» Al volver en sí en la capilla que había quedado solitaria y en la que acababan de apagarse las velas, vió Alejo con gran asombro yacentes sobre las duras losas, dominados aún por el sueño extático del que él mismo acababa de salir, a otros seis cofrades. ¡Cuál no seria la sorpresa y la emoción de todos al volver en sí y verse allí juntos sin haberse concertado de antemano! Entre ellos se hallaba Buenhijo Monaldi, alma pura y elevada, unida a Alejo por los lazos de una estrecha amistad. En cuanto a los otros cinco jóvenes florentinos, Buenhijo se los había dado ya a conocer, y todos se profesaban una sincera estima. Al reconocerse en aquella hora y en aquel lugar, adivinaron todos cuanto tenían que adivinar, pues cuando Buenhijo explicó a sus compañeros la visión que había tenido, no les contó nada nuevo. La Virgen había sugerido a cada uno en particular la idea de abandonar el mundo. La vida de estos siete siervos de Dios presenta muchos rasgos comunes: tienen las mismas revelaciones, practican las mismas diligencias y es imposible hablar de uno de ellos sin hacer referencia a los demás. Pero esa notable identidad no sólo se manifiesta en lo exterior, sino que se acrece por los sentimientos internos alimentados por una tierna y fraternal caridad que une sus corazones. Tan intensa ha llegado a ser esa caridad que ya no soporta la separación de los seres queridos, y la breve ausencia de una hora es para sus corazones un verdadero suplicio: sus almas ya no se regocijan más que en la vida común, practicando la «amistad de la caridad». Poco le costó a Alejo corresponder al llamamiento de la Virgen. Si los demás estaban enfrascados en los negocios, en los cargos públicos y alguno alado hasta por el matrimonio, él se veía libre de todo compromiso, no habiendo empeñado su palabra más que para conservarse en perfecta castidad, lo que le hacía vivir ajeno a la vida del siglo y sacrificar gustoso cualquier oportunidad de establecimiento mundano.

Hizo su despedida de la familia, aunque conmovido, resuelto y generoso, y el 8 de septiembre de 1233 inauguraba en compañía de sus seis amigos una vida común de oración, trabajo y penitencia en la quinta denominada «Villa Camarzia», a los alrededores de Florencia. El director de la cofradía de los Laudesi, el joven y santo sacerdote Santíago de Poggibonzi había recomendado su empresa al obispo de Florencia, Ardingo, que los puso bajo su dirección. Una vez terminado el rezo del oficio Parvo, celebró el santo sacrificio de la misa, en la que todos comulgaron, y, a continuación, se despojaron los jóvenes patricios de sus ricos vestidos, revistiéronse del burdo sayal de los mendigos de Cristo, ceñido por un cinturón de cuero, y entonaron jubilosos en la humilde e improvisada capilla el canto, del Te Deum, eco fiel de la dulce alegría que inundaba sus almas. Terminado el himno se entregaron a Dios por los tres votos de religión y eligieron por superior a Buenhijo.

I.A ORDEN DE LOS SERVITAS.  PRIMERAS FUNDACIONES

ESTOS hombres, que pertenecían a las más opulentas familias de Florencia, acababan de vestir el burdo sayal y emitir el voto de pobreza, obligándose a ir de puerta en puerta en busca de limosna. Mas aconteció que el día de la Epifanía del 1234, Alejo y Buenhijo recorrieron pidiendo limosna el barrio de Oltrarmo y se llegaron a la rica mansión de los Benizi. Apenas traspasaron el umbral que daba al patio, cuando un niñito de cinco meses exclamó en brazos de su madre: «Mamá, esos son los siervos de María; dales limosna.» Tales palabras en boca del tierno infante denunciaban un milagro grandioso. Alejo debía encontrarse repetidas veces por los caminos de la vida con este niño llamado Felipe Benicio, que mas tarde había de brillar entre los siervos de María, cuyo nombre acababa de pronunciar. Ese prodigio de un niño de pecho que proclama a los Siete con el nombre de Siervos de María, se renovó con cierta frecuencia en los comienzos de esta Orden y contribuyó grandemente a granjearles la religiosa veneración de las gentes.

El cielo mismo había tomado a su cargo el declarar el nombre del naciente Instituto. Por lo cual decía Alejo más tarde: «Jamás ha llegado a mi conocimiento (y creo que tampoco al de los demás) que este título haya sido discurrido por los hombres; por eso he vivido siempre persuadido de que nos lo dio la Madre de Dios.»

A los pocos meses, los hechos milagrosos que acaban de referirse atrajeron mucha gente a «Villa Camarzia», deseosos de contemplar a estos santos huéspedes, consultarlos e imitarlos en cuanto podían. No era ello de su gusto, por lo cual abandonaron sin demora aquel primer asilo de su vida religiosa y se establecieron en el monte Senario, célebre desde entonces y cuyo solo nombre evocará en lo sucesivo el recuerdo de la Orden. Es el monte Senario una mole que yergue su cima a la altura de ochocientos metros al noroeste de Florencia, por detrás de las colinas de Fiésole. En sus laderas la naturaleza ha cavado grutas silvestres y cada uno dé los Siete elige una ermita. De iglesia les servirá un oratorio modesto que han erigido al pie de los más altos abetos en la cresta del monte.

La gruta que Alejo escogiera es la menos cómoda de todas, tan profunda y tan baja, que no es posible estar de pie. Sin embargo, abierta al nordeste le permite contemplar un dilatado horizonte de paz inalterable. Hoy se ve en ella una inscripción latina que traducida dice así: «Aquí estuvo oculto por largo tiempo el siervo de Dios Alejo Falconieri, crucificado para el mundo y sostenido con celestiales delicias.»

Establecidos ya cual lo deseaban, emprendieron con fervor creciente la vida que iniciaran en «Villa Camarzia», pareciendo más bien ángeles que hombres, pero viéndose no obstante precisados a causa de la pobreza del monte (que hasta las raíces y las hierbas les negaba) a descender a Florencia a mendigar, como poco antes, de puerta en puerta y con la alforja al hombro, el pan de la semana. Alejo y Manetto fueron los primeros designados para este ministerio. Pronto se vieron ante un problema ineludible, a saber: ¿Debían o no echar los cimientos de una nueva Orden? Porque la multitud que les hiciera abandonar «Villa Camarzia» se les venía ahora al encuentro y eran muchos los que solicitaban compartir con ellos la vida solitaria. Tal era el parecer del Prelado, amigo y consejero de los Siervos de María, y cuya simpatía velaba siempre por ellos. Pero por su parte, ninguno se sentía capaz ni digno de dirigir a los demás. Pronto se encargó el Señor de resolver sus dudas y de disipar sus escrúpulos y, convirtiéndose de ermitaños en monjes, hicieron la profesión en manos de su Obispo. Y lo que es todavía mejor: a instancias de éste, se ordenaron de sacerdotes, consiguiendo legitimar su situación los ya comprometidos por los lazos conyugales. Pero Alejo, predestinado a tan santo ministerio por su angelical pureza, no quiso nunca investirse de tal honor a pesar de las instancias que le hicieron. Mas por mucho empeño que ponga en evadir el cargo, su personalidad le pone en evidencia y él será el más nombrado y celebrado, juntamente con Buenhijo, en la historia de los siete fundadores de los Servitas. Corrían los primeros tiempos del nuevo Instituto y en las primeras páginas de su historia ya encontramos relatada la fundación de Sena por Alejo.

Llegó a la artística ciudad en 1239 según unos, y en 1243, según otros, no tardando en ser objeto de la veneración universal. Hablaba con tal encanto de Dios, de Jesús y de María, que movía los corazones y se ganaba la confianza del auditorio. Por otra parte los siete compañeros imprimieron al convento tal aire de santidad, que se transformó en un semillero de santos. Pasados los primeros años, aparece Alejo como la figura más destacada en la fundación de Cafaggio, junto a Florencia. Asiste a las primitivas fases de esta fundación, oscuras y humildes, pero también es testigo de su esplendoroso desarrollo. Al principio no dispusieron más que de una modesta capilla situada en el camino de Florencia al Senario. Los Servitas habían obtenido autorización para construir una especie de hospedería adosada a la capilla, que servía de refugio a los monjes que iban a la gran urbe. Al tratar más adelante de una fundación en Florencia, se pensó, por motivos de economía, en utilizar la hospedería. Para la decoración del oratorio, tuvieron Alejo y Buenhijo la idea de mandar pintar la escena de la Anunciación. No creyéndose el piadoso pintor encargado de aquella misión con habilidad bastante para reproducir fielmente el semblante de María, imploró la ayuda de los buenos religiosos, que unieron sus preces a las del artista. Pues bien, tales ruegos no fueron desatendidos, porque un pincel celestial fue trazando durante el sueño del artista lo que éste no hubiera jamás concebido. Ocurría según se cree por los años de 1252, y así empieza la historia de la célebre basílica de la Anunciata. La milagrosa imagen atrajo muy pronto a las muchedumbres, y el pequeño oratorio ya no fue capaz para contenerlas, por lo que se decidió la construcción de una verdadera iglesia, empresa favorecida al principio por abundantes donativos; pero viniendo éstos a faltar con el tiempo, hubo que suspender la obra. ¡Penosa desilusión! ¡Haber comenzado la iglesia y no poder terminarla! ¿Qué hacer? Alejo acude a Clarencio, su hermano, que había acumulado inmensa fortuna en sus negocios, si bien valiéndose de medios no del todo exentos de censura. Hízole presente el riesgo que corría su salvación eterna si retenía bienes mal adquiridos, y le sugirió la posibilidad de alcanzar el perdón de tal injusticia empleando ese «dinero dé iniquidad» en la construcción de la iglesia de Cafaggio. El papa Urbano IV le otorgó bula de composición. 

No obstante aportación tan cuantiosa, la iglesia no pudo terminarse tan pronto como se tenía pensado, pues en 1265 el papa Clemente IV publicó un breve concediendo indulgencias a los fíeles que contribuyesen con sus limosnas a la prosecución y suspirado remate de los trabajos. Aunque en este tiempo la familia había decaído del antiguo esplendor, Alejo continuó siendo el alma de la empresa. Gozaba, en efecto, de la confianza y afectuosa veneración de las familias pudientes de Florencia, de lo cual supo aprovecharse para conseguir eficaz ayuda con que poder terminar la obra.

Mientras tanto  desde 1254, Alejo ejercía el cargo de sacristán del Santuario, cargo que conservará hasta el ocaso de su vida, y era el limosnero del monasterio (limosnero perpetuo, pudiéramos llamarle), dispuesto siempre a salir a pedir limosna: los anales del monasterio hacen a menudo mención del Hermano viejo, particularmente en el decurso de los años 1287, 1288 y 1289, esto es, en los últimos de su vida, en los que va todavía a pedir en compañía del hermano Rogerio.

ALEGRÍAS Y TRISTEZAS

¡QUÉ tiernas alegrías reservaba a la piedad de Alejo su cargo de sacristán! El que se había tenido por indigno del sacerdocio, se desquita ahora para ayudar al ministro del Señor con sencillez candorosa y éxtasis de amor. El jueves de Pascua de 1254, antes de cerrar la iglesia vio a un joven en ademán estático; le toca suavemente la espalda como invitándole a salir. —Dios os perdone, Hermano Alejo —le respondió el joven—. Me echáis del paraíso. Era Felipe Benicio, el mismo que en 1234, hallándose todavía en pañales. había saludado a Alejo con el nombre de Siervo de María. Su vocación y su ingreso en la Orden de los Servitas era lo que se le representaba en aquella visión en aquel instante, y Alejo tuvo la fortuna de sorprender el secreto.

Al año siguiente, en el Capítulo celebrado en Cafaggio, Alejo y sus Hermanos renunciaban solemnemente por voto a poseer bienes inmuebles; el acta de la renuncia consta en una Bula de Alejandro IV, que aun se conserva y en la que se lee el nombre de Alejo; gran honra para él, poder recoger este detalle en un documento de tal importancia. En adelante le van a salir al paso una serie de pruebas, que irán alternando con ratos de felicidad y bienandanza. Entre 1257 y 1268, año tras año, ve morir a cuatro Hermanos suyos, los llamados Laudesi. En 1267, asiste a la promoción de Felipe Benicio al generalato de los Servitas. No es para descrita la alegría que Alejo sintió al ver ascender astro de tal magnitud al firmamento de su Orden; «este apóstol infatigable que recorre Europa entera predicando a Jesús crucificado y a María, Madre de los Dolores; este santo, en fin, que logra sustraerse a los honores de la tierra, y siembra los milagros a su paso y muere como ha vivido, discípulo del Crucificado, estrechando contra su corazón lo que él llamaba su libro: el Crucifijo».

En 1270, tiene la dicha de ver nacer milagrosamente en el hogar de su hermano Clarencio, ya septuagenario, a la futura Santa Juliana Falconieri. flor de pureza y de penitencia. Su tío trabajó con celo admirable para sembrar en el alma de la niña los gérmenes de la más delicada piedad, y tuvo la grata sorpresa de ver que había sembrado en tierra fértilísima. «;Oh —decía con frecuencia a Riguardata, la madre afortunada—, tu hijita más que criatura humana es un ángel del cielo!» Siguió amorosamente las ascensiones místicas de su sobrina y, habiéndole sugerido la idea de consagrar su virginidad y vida a Jesús y a María, asistió gozoso a su vestición y profesión religiosa en la rama femenina de la Orden, llamada de las Mantellatas, que fundó Santa Juliana. 

En 1282, muertos Hugo y Sosteño, queda nuestro Santo como único superviviente de los siete fundadores de la Orden. En 1285, ve también a San Felipe partir de este mundo a mejor vida. Esta muerte, ocurrida el 22 de agosto, al arrebatarle amigo tan querido, lacera fuertemente su corazón. El primer monasterio regular de las Mantellatas se va a levantar a su presencia, y su sobrina Juliana, elegida por Superiora a pesar de sus pocos años y de su profunda humildad, será como la regla viviente de la casa por su virtud acrisolada. En cambio, tiene Alejo que presenciar el triste espectáculo de la lucha encarnizada entre «Negros» y «Blancos» que hace estremecer a Florencia. Finalmente, sobreviene un acontecimiento feliz tras los muchos reveses de fortuna: la aprobación definitiva de su Orden, por Benedicto XI, el 11 de febrero de 1304.

PATRIARCA EXTRAORDINARIO. SANTA MUERTE

MUY contento hubiera entonado Alejo en aquel día el Nunc dimitiis; había vivido bastante y nada tenía que esperar ya en la tierra. Mas diríase que Dios iba hurtando la muerte a su siervo Alejo. Todavía dejó seis años a este nuevo San Juan en la villa de Cafaggio, recreándose entre sus hijos y renovándoles sus más caras recomendaciones: «Hijitos míos —les decía, mostrando a su Orden una predilección dictada por la piedad y que los religiosos de las otras le perdonarán gustosos—. tenemos una misión más digna y más grande que los hijos de San Francisco y de Santo Domingo: nuestra misión es la de ser santos y santificar el universo entero, lo cual hemos de conseguir meditando y haciendo meditar con profundo sentimiento, los Dolores de la afligida Madre de Dios y la Pasión de su querido Hijo.»

Tenía ya 110 años el heroico anciano y continuaba practicando las austeridades de toda la vida, siendo necesaria la autoridad del Prior de Cabaggio para moverle a aceptar algunas mitigaciones, a dormir siquiera fuese en miserable jergón y a tomar un poco de carne. Pero la vida se iba extinguiendo y la muerte llegó, como él había anunciado, el 17 de febrero de 1310, después de haberse confortado con los últimos sacramentos y rodeado de sus hermanos en religión. Apenas difundida la noticia de que se moría el patriarca de Cafaggio, el pueblo acudió presuroso a contemplar su envidiable muerte. El ver a nuestro Santo sonriente en espera de que la muerte terminara con su destierro, llenaba a todos de placer inmenso y sobrenatural.

Estaba rezando las cien Avemarias, como tenía por costumbre, cuando una  ráfaga de luz celestial inundó de repente la habitación y mansas palomas revolotearon en torno al moribundo: el Niño Jesús se le apareció, acercóse a él, abrió sus manos y dejó desprender sobre la frente serena una corona de rosas. En medio de ese festín del alma y al pronunciar la centésima Avemaria, entregó su espíritu este fiel siervo de María. Varios días estuvieron sus despojos mortales expuestos a la veneración de los fieles de Cafaggio, y luego fueron trasladados al monte Senario, para descansar al lado de los de sus Hermanos. Poco a poco fue cayendo su nombre en el silencio y su tumba en olvido.

Trescientos años transcurrieron antes que se iniciaran las primeras gestiones encaminadas a la glorificación del humilde siervo de Dios. Quisieron asumir este honor los descendientes de los Falconieri, que, en dos épocas distintas, invirtieron sumas considerables para sufragar los gastos de las causas de canonización de Alejo y de Juliana.

La del primero fue introducida en 1666, siendo declarado beato el 20 de noviembre de 1717, ocho años antes que los demás fundadores. Tras muchas dudas y debates, resultado del estudio simultáneo de las causas de los Siete, fueron canonizados todos juntos por León XIII en enero de 1888.

La Iglesia beatificó a Alejo antes que a los demás compañeros, pero juntó a los siete fundadores en la solemnidad de la canonización. La fiesta colectiva se celebra el 12 de febrero, mas en el martirologio está reservado el día 17 de febrero para la glorificación de San Alejo.

Dichosos todos cuantos siguen a estos Siete bienaventurados y comparten con la Virgen los dolores acerbos de esta Señora durante la Pasión de su divino Hijo. Pero más felices aún los que, aborreciendo toda culpa, se esmeran en no renovárselos con nuevas ofensas a la divina persona del Redentor. 

 

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

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