LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte XXX)

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LITURGIA DE LAS ORDENACIONES

1. Clasificación de las Órdenes

El Sacramento del Orden es el primero de los dos que miran al bien de la sociedad. Tiene por objeto crear los ministros o miembros de la Jerarquía eclesiástica en vista del régimen espiritual de las almas.

Nadie puede llegarse a él por propia iniciativa, sino llamado por Dios, cuyo lugarteniente es el ordenado en el ejercicio de sus altísimas funciones espirituales. Estas funciones u oficios son múltiples y muy variados, y por lo mismo reclaman diversos órdenes de ministros, inferiores unos, superiores otros, e íntimamente relacionados entre sí, que se van creando gradualmente y en rigurosa escala mediante este Sacramento, que por eso se llama del Orden.

En la Jerarquía eclesiástica, la que, como acabamos de decir, nace de este Sacramento, podemos distinguir dos grandes Órdenes: el Orden Ministerial, o de ministros auxiliares del sacerdote, que lo forman de los Diáconos para abajo; y el Orden Sacerdotal, que son los Presbíteros y los Obispos.

La división más común, empero, de estas diversas Órdenes sagradas, es: en Mayores y Menores.

Pertenecen a las Órdenes Mayores, propiamente llamadas Órdenes sagradas, los Sacerdotes, los Diáconos y los Subdiáconos; y a las Menores: los Acólitos, los Exorcistas, los Lectores y los Ostiarios o Porteros.

La puerta de entrada a todas estas Órdenes es la Tonsura, que no es una Orden sino un rito que habilita a los candidatos para ir recibiendo gradualmente este sacramento.

Al estudiar la liturgia de las Ordenaciones, nos iremos dando cuenta del cuidado con que la Iglesia Católica va creando a sus Sacerdotes, haciéndoles pasar por las distintas etapas de la jerarquía hasta colocarlos en la cumbre del altar.

Dignidad tan sublime pide muy larga y muy lenta ascensión, y la Iglesia la ha dispuesto tan sabiamente, que maravilla a cualquiera que abra el Pontifical. Abrámoslo nosotros para maravillarnos.

2. La Tonsura

La puerta de entrada para todas las Órdenes es la Tonsura. “No es una Orden —dice Santo Tomás— sino un preámbulo para las Órdenes”. “Es —dice el Derecho Eclesiástico— una ceremonia que introduce oficialmente en el cuerpo del clero, separándolos de los laicos, a los que tienen la intención de llegar a ser sacerdotes, o que se juzga, con justo título, dignos de llegar a serlo un día” (Canon 973.

Es salir del mundo, para ingresar en el santuario; es romper los compromisos con los hombres, para ponerse al servicio de Dios, a quien el candidato considera como su única porción y herencia.

La ceremonia, por lo mismo, consta de dos partes:

La primera tiene por objeto separar al candidato del siglo y de sus vanidades, lo que realiza cortándole la cabellera y despojándolo del traje civil.

La segunda, incorporarlo a la clericatura, lo cual verifica haciéndole la tonsura y revistiéndolo de la sobrepelliz, cosa ambas que importan el uso habitual de la sotana clerical.

La cabellera ha sido siempre considerada como un elemento de vanidad, tanto para los hombres como para las mujeres. Por eso, cortar a uno la cabellera equivalía a inferirle una grave injuria y exponerlo a una fuerte humillación. Era también un género de penitencia, como la abstinencia y el ayuno, que los concilios imponían a veces por ciertos delitos. Así se comprende que la Iglesia, al empezar a crear un clérigo, le exija el sacrificio de la cabellera y la consiguiente humillación, a trueque de la alta dignidad a que lo destina en el santuario.

Al terminar la ceremonia, el obispo les hace a los nuevos clérigos esta grave admonición: “Hijos carísimos, debéis advertir que hoy habéis sido hechos del foro de la Iglesia y participantes de los privilegios de los clérigos…”

Efectivamente, en adelante los Tonsurados no son ya del mundo, sino de la Iglesia, ni pertenecen a la jurisdicción civil, sino a la eclesiástica, y empiezan a disfrutar de las grandes prerrogativas reservadas a los ministros de Dios.

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ART. 1º LAS ÓRDENES MENORES

A medida que los nuevos Clérigos van adelantando en edad, en ciencia sagrada y en virtud, el Obispo diocesano va invitándolos, de parte de la Iglesia, a ascender paso a paso las gradas del altar, presentándose a las Órdenes menores.

Se ordenan primero de Porteros, luego de Lectores, después de Exorcistas y por fin de Acólitos, que son los ínfimos grados de la Jerarquía Eclesiástica.

Cada una de estas cuatro Ordenaciones comprende como tres fases: una advertencia o explicación de las obligaciones de cada Orden, la entrega de poderes y una oración para implorar sobre los ordenados las gracias necesarias para su cargo.

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3. El Portero u Ostiario

El Portero —dice el Pontifical— “debe tañer las campanas, abrir la iglesia y la sacristía y sostener el libro abierto delante del que predica”. Recibe las llaves como símbolo de su oficio.

Los porteros eclesiásticos traen su origen de los porteros de las casas patricias romanas, ya que las primitivas asambleas religiosas tenían lugar en ellas. Era un puesto de confianza. Ellos impedían la entrada a los no iniciados, de los excomulgados y, en general, de los importunos, y cuidaban de que el ruido exterior no turbara la paz y el silencio del templo. A este cuidado de la puerta agrega el portero el de convocar al pueblo a los divinos oficios, mediante el tañido de las campanas, y el de preparar los libros litúrgicos para las lecturas públicas.

La Iglesia, en el deseo de que el orden y el decoro más exquisitos reinen en todo lo que al culto se refiere, prevé todos los pormenores y designa para todo personas responsables.

4. El Lector

Es oficio del Lector —dice el Pontifical—: leer las cosas que se han de predicar, cantar las lecciones y bendecir el pan y todos los nuevos frutos”. Recibe el Leccionario como manual de su oficio.

El lector viene a ser, en su origen, como el primer catequista oficial, con poder y gracia para enseñar al pueblo en nombre de la jerarquía, de la que es ya miembro. Su enseñanza es exclusivamente bíblica, que a veces toma la solemnidad del canto para mayor expresión. Además de servir a las almas este manjar espiritual de la buena doctrina, bendecía el pan y todos los demás alimentos corporales que los fieles le presentaban, para que se acordaran que era Dios quien se lo suministraba cada día y que debían comerlos en su nombre y con nacimientos de gracias.

5. El Exorcista

El Exorcista —dice el Pontifical— debe arrojar a los demonios, avisar al pueblo que el que no ha de comulgar ceda el lugar a los demás, y proporcionar el agua para el ministerio”. Recibe el Libro de los Exorcismos y el poder para imponer las manos sobre los energúmenos y para arrojar a los demonios de los cuerpos de los posesos.

El oficio del exorcista era de suma importancia y de aplicación casi diaria en los primitivos tiempos del cristianismo, en que el poder de los demonios era entonces más manifiesto.

El exorcista ejercía su poder sobre los endemoniados, a los que imponía sus manos, los bendecía y los rociaba con agua bendita.

Papel suyo era también impedir que se acercasen a la comunión los indignos, que a veces se entrometían en el templo.

6. El Acólito

Finalmente —dice el Pontifical— “al Acólito compétele llevar el cirial, encender las luces de la Iglesia y suministrar el vino y el agua necesarios para el Sacrificio”. Recibe, como instrumento de su cargo, el cirial con una vela apagada y un cantarillo vacío.

El acólito, pues, sirve ya más de cerca al altar y se preocupa más directamente de todo lo concerniente al Santo Sacrificio. Cuida él de que haya luz, agua y vino, y presencia por sí mismo la gran Acción, pero todavía no le es permitido subir las gradas del altar.

ART. 2º LAS ÓRDENES MAYORES

Estos cuatro ministros inferiores del culto: el Portero, el Lector, el Exorcista y el Acólito, si bien son ya verdaderos ordenados y miembros oficiales de la Jerarquía Eclesiástica, todavía no han contraído con la Iglesia ningún compromiso definitivo. Ellos y ella pueden romper legítimamente los lazos sagrados que los unen, aunque con el consiguiente dolor por ambas partes.

Lo definitivo y lo indisoluble comienza en el Subdiaconado, que es, como hemos dicho, la primera de las Órdenes mayores. Por lo mismo la reciben los jóvenes clérigos ya en su mayoría de edad, para que más deliberadamente piensen a lo que de por vida se obligan.

7. El Subdiaconado

Antes de proceder a la ordenación, el obispo les avisa a los candidatos que todavía son libres de retirarse y de optar por la vida secular, pero que no lo serán ya después de haber recibido esta Orden, la que les obliga al voto perpetuo de castidad y a estar siempre al servicio de la Iglesia.

Un compromiso tan grave no se cumple sin especiales gracias del Cielo, las cuales piden para ellos el prelado y el pueblo con las Letanías de los Santos. A continuación les dice que consideren el alto ministerio que se les confía, “pues de la incumbencia del subdiácono es preparar el agua para el servicio del altar, ayudar al diácono, lavar los manteles del altar y los corporales, y presentar al mismo el cáliz y la patena para el Sacrificio”. Como instrumentos de su oficio reciben el cáliz vacío con la patena, unas vinajeras provistas de vino y agua, y el platillo con el manutergio. Luego el obispo les impone el amito, el manípulo y la tunicela (o dalmática), y les entrega el Epistolario con el poder de leer las Epístolas en la Iglesia.

8. El Diaconado

El Diaconado es la última etapa antes del Sacerdocio.

Para que no entre en él ningún sujeto dudoso, pregunta el obispo al clero y al pueblo allí presentes, si tienen algún cargo contra el candidato. Luego, dirigiéndose a él, le dice que piense en su gran dignidad, “pues le toca al diácono servir directamente al altar, bautizar y predicar”. Después le impone las manos, comunicándole el Espíritu Santo, para que “lo fortalezca y le dé resistencia contra el diablo y sus tentaciones”. Por fin, le reviste la estola y la dalmática y le entrega el Evangeliario, con el poder de leer el Evangelio en la Iglesia.

Aunque en casos especiales pueden los diáconos bautizar y predicar, su ministerio, está casi concretado al altar, donde es el servidor inmediato del celebrante.

Para la ordenación del diaconado la materia es la imposición de las manos del obispo, única prevista en este rito, y la forma está contenida en el Prefacio.

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Hasta aquí no hemos hecho más que seguir al joven Clérigo en su gradual ascensión hacia el altar. De lo puramente material: abrir y cerrar las puertas del templo, tocar las campanas, suministrar agua, etcétera, ha ido pasando a lo espiritual: arrojar los demonios, bendecir los frutos, leer, cantar, predicar, bautizar, etcétera. Ordenado de Diácono, es ya un verdadero ministro del culto, con poderes bien determinados sobre el Cuerpo real de Jesucristo y sobre el Cuerpo místico; pero todo eso se endereza a una meta sublime, que es el sacerdocio, el cual alcanza su plenitud en la Consagración Episcopal.

9. La Ordenación Sacerdotal

Conducidos los candidatos por el Arcediano ante su Obispo y a la presencia del pueblo, para que testifiquen uno y otro si aquéllos son o no dignos del sacerdocio, amonéstales el prelado sobre su alta dignidad y sobre los poderes que se les van a conferir, como a sucesores de los setenta y dos discípulos de Cristo y de los Ancianos.

En la ordenación sacerdotal, la materia es la primera imposición de las manos del obispo, en silencio, y no la continuación de ésta, que se hace extendiendo la mano derecha, ni la última imposición. La forma está constituida por las palabras del prefacio.

Podemos dividir la ceremonia en cuatro partes:

1ª Preámbulos

2ª Imposición de manos, unción y entrega de poderes

3ª Concelebración

4ª Ampliación de poderes.

1ª PREÁMBULOS

Los candidatos son conducidos por el Arcediano ante el Obispo, quien invita al público a que los denuncie, si acaso tuvieren algún cargo contra ellos. Luego los amonesta sobre la alta dignidad del sacerdocio y sobre los oficios de su ministerio, que serán: “ofrecer, bendecir, presidir, predicar y bautizar”.

Abrumados ante el anuncio de estos poderes y obligaciones, los candidatos se postran en tierra encomendándose a las oraciones de toda la Iglesia, en cuyo nombre el clero y los fieles cantan por ellos las Letanías de los Santos, al fin de las cuales el obispo, con tres gestos sucesivos, los “bendice”, los “santifica” y los “consagra”.

2ª IMPOSICIÓN DE MANOS, UNCIÓN Y ENTREGA DE PODERES

El obispo impone sus manos sobre cada uno de los candidatos, imitándole cada uno de los sacerdotes presentes, y luego él y ellos las extienden sobre todos los candidatos juntos. Sigue la entrega de los ornamentos sacerdotales (la estola cruzada y la casulla), la unción de las manos con el óleo de los catecúmenos, y la entrega del cáliz, provisto de vino y agua, y la patena con la hostia, dándoles el poder de celebrar.

La imposición de las manos significa que se separa a los candidatos del mundo profano y se los elige, definitivamente, para el servicio del altar, en nombre de Dios.

La estola y la casulla, que son los ornamentos propiamente sacerdotales, simbolizan respectivamente el yugo del Señor y la caridad.

Al ungirles las manos pide a Dios el obispo que Él mismo las consagre y las santifique, “para que todo aquello que bendijeren quede bendito, y lo que consagraren quede consagrado y santificado”.

Y al entregarles el Cáliz y la Patena, les dice: “Recibe el poder de ofrecer a Dios el Sacrificio y de celebrar Misas, tanto por los vivos como por los difuntos, en el nombre del Señor”.

3ª CONCELEBRACIÓN

El obispo continúa la Misa concelebrando con él los nuevos sacerdotes, pues lo son ya. Al llegar el Ofertorio, se acercan en grupos al Obispo para ofrecerle cada cual un cirio encendido, símbolo de su total entrega a Dios y a su Iglesia. En el momento oportuno reciben del prelado el ósculo de paz, y por fin comulgan, de manos del mismo.

Al final de la Misa, el obispo les anuncia que ya no son ellos seres vulgares y ni siquiera simples siervos de Dios, sino sus amigos, como se lo ha Dios demostrado obrando en ellos tales maravillas. A este título de “amigos de Dios”, corresponden ellos con una pública profesión de fe, recitando juntos el “Credo”, que ha de ser en adelante el tema fundamental de su predicación.

Con esto quedan constituidos en verdaderos sacerdotes y tienen ya pleno poder sobre el Cuerpo real de Jesucristo, que cada día han de renovar en el altar y comer ellos y dar de comer a los demás.

4ª AMPLIACIÓN DE PODERES

A continuación, el obispo amplíales el poder maravilloso de celebrar, con el de perdonar o absolver a los pecadores, por estas palabras: “Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonáreis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviéreis, les serán retenidos”. Y para indicar que son ya sacerdotes completos, les despliega la casulla, la cual hasta este momento tenían plegada por detrás.

La ceremonia termina prometiendo los nuevos sacerdotes obediencia a su prelado, y recibiendo de él el ósculo de paz.

He aquí el sacerdote completo, con los poderes de bendecir, gobernar, predicar, bautizar y absolver. Con cuánto cuidado lo ha preparado la Iglesia para hacerlo depositario de todos estos poderes. El sacerdote es la obra maestra de la Iglesia; de él depende el éxito de su divina misión. Compréndanlo así los fieles para respetarlo, amarlo y defenderlo, como a algo que es muy querido de Dios, ya que verdaderamente el sacerdote es otro Cristo.

10. La Consagración episcopal

Del sacerdocio ordinario pasa el ministro de Dios a la plenitud del sacerdocio, mediante la Consagración episcopal. Esta consagración es una verdadera Ordenación, o sea, la administración de un Sacramento, el del Orden, en su grado más alto y con la máxima solemnidad.

La ceremonia de la Consagración episcopal consta de tres partes bien distintas, a saber:

1ª, La preparación

2a, La Ordenación o Consagración propiamente dicha

3a, La bendición y entrega de las insignias.

En la Ordenación o en la Consagración episcopal, la materia es la imposición de manos hecha por el obispo consagrante. La forma está contenida en el Prefacio.

1ª PREPARACIÓN

Tiene lugar antes de empezar la Misa y consta del Juramento de fidelidad del electo, del Examen y de la Profesión de fe.

En el Juramento promete solemnemente ser obediente y fiel a la Iglesia en la persona de sus legítimos Pontífices y representantes suyos, defender sus derechos, observar todos sus cánones, etcétera, y cumplir lealmente su oficio pastoral, empeñando su palabra ante Dios y ante sus santos Evangelios, que toca con sus manos.

El Examen versa sobre la disciplina y conducta del electo, de las que la Iglesia quiere asegurarse antes de proceder a la consagración.

La Profesión de fe consiste en admitir y confesar los dogmas fundamentales de la religión católica, acerca de los cuales le hace el obispo consagrante un minucioso interrogatorio.

2a CONSAGRACIÓN

Empieza con este solemne anuncio: “Tócale al Obispo —dice el Pontífice—, juzgar, interpretar, consagrar, ordenar, ofrecer, bautizar y confirmar”; en que brevemente se señalan los poderes de los Obispos.

Recordando que, a quien mucho se le da, mucho se le exige, los asistentes imploran los auxilios de Dios y de sus Santos, rezando por el electo las letanías de los mismos.

Todavía esto no es más que un preliminar. La Consagración propiamente dicha consiste en imponer el obispo consagrante las manos sobre la cabeza del electo, pronunciando las palabras sacramentales. Se completa con la unción de la cabeza y de las manos con el Santo Crisma: la de la cabeza, para que conserve él en su persona y la refleje constantemente en su vida la gracia del Espíritu Santo, y la de las manos para que “cuanto bendijere sea bendito, y cuanto santificare, sea santificado; y para que la imposición de su mano consagrada y ese su dedo pulgar, aproveche a todos en orden a la salvación”. Mientras todo esto se verifica, un capellán sostiene abierto y recostado sobre las espaldas y cabeza del electo el libro de los Evangelios, para significarle a éste que debe estar bien penetrado de la palabra de Dios, para ser un pastor verdaderamente apostólico consigo mismo y con su grey.

3ª ENTREGA DE LAS INSIGNIAS PONTIFICALES

Dueño el nuevo obispo de las gracias interiores y de los altísimos poderes de su dignidad, la Iglesia entrégale las insignias exteriores que lo acreditan ante su grey de Pastor, de Esposo de la Iglesia y de Maestro. Estas insignias son:

– el báculo, símbolo del gobierno pastoral;

– el anillo, símbolo de su desposorio con su Iglesia y de su fidelidad a ella;

– la mitra, que es como el casco de defensa contra sus enemigos;

– los guantes, símbolo de las buenas obras,

– el Evangeliario, símbolo del magisterio eclesiástico que recibe.

El Obispo consagrante y el consagrado prosiguen la Misa interrumpida, y en el momento del Ofertorio, éste le ofrece a aquél dos cirios encendidos, dos panes y dos barrilitos de vino.

En la Comunión consumen ambos a porciones iguales, la misma Hostia y el mismo Cáliz.

Con el “Te Deum”, la Bendición del nuevo obispo a todo el pueblo y un augurio de felicidad de éste para su consagrante, se termina esta ceremonia, que deja al nuevo obispo en posesión de todos los poderes que Nuestro Señor confirió para la santificación, el magisterio y el gobierno de su Iglesia.

Queda así indicado el camino que recorre el ordenado, empezando por la Tonsura, y pasando por el oficio de Portero, Lector, Exorcista y Acólito; sirviendo en él al altar como Subdiácono y Diácono; ofreciendo en él el Sacrificio como verdadero Sacerdote, y recibiendo, en el Episcopado, la plenitud sacerdotal. Aquí está la Jerarquía completa de la Iglesia Católica.

11. La entrega del palio

El Papa, los Patriarcas y los Arzobispos, y por privilegio especial algunos Obispos, tienen como insignia particular el palio (pallium), que es actualmente una banda de lana blanca, estrecha y larga, que cuelga de ambos hombros del prelado, quedando los dos extremos que son de lana negra, a igual altura por delante y por detrás, estando sujeto todo él a la casulla con tres alfileres de oro adornados con piedras preciosas. En lugar de las coronas y corderinos, que antiguamente solía tener bordados, ostenta hoy varias crucecitas de lana negra.

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El palio, según reza la fórmula de la entrega, confiere al Electo la plenitud del oficio pontifical y el título de Arzobispo, Patriarca, etc., de modo que, hasta haberlo recibido, no puede el electo consagrar obispos, ni convocar a Concilio diocesano, ni confeccionar el Santo Crisma, ni dedicar iglesias, aunque sí puede confiar a otros estos ministerios. Ni siquiera puede hacerse preceder de la cruz arzobispal, sino tan sólo llevarla en pos de sí.

Por eso que, con ser el palio una insignia al parecer tan insignificante, es admirable observar cómo ha influido ella para asegurar, a través del tiempo y del espacio, la unión y dependencia de las Iglesias de Occidente a la Sede Apostólica.

El uso del palio es antiquísimo, y su forma ha sufrido, a través de los siglos, diversas transformaciones. Está hecho con la lana que se saca de los corderos bendecidos por el Papa el día de Santa Inés. Él también es luego bendecido por el mismo Sumo Pontífice y depositado por algún tiempo en la confesión del sepulcro de San Pedro, por lo que tiene el valor de una muy estimada reliquia.

Los autores eclesiásticos explican de diversas maneras el rico simbolismo del palio, mas todos convienen en afirmar que es sobre todo símbolo del celo y caridad que ha de poseer el que lo usa, estando siempre dispuesto, a ejemplo del Buen Pastor, a cargar sobre sus hombros a las ovejas descarriadas.

Para recibir el palio era necesario, antiguamente, que el interesado fuese a Roma en persona; pero, desde el siglo XII, está admitido que le sea entregado en su propia diócesis por un delegado pontificio. La entrega se realiza en una ceremonia especial, dentro de una Misa solemne que celebra el prelado delegado.

Es el palio una insignia tan personal, que sólo la puede usar aquél a quien ha sido entregada, y, a su muerte, debe ser con él sepultado. En caso de traslación de una sede a otra, el interesado debe pedir a Roma otro palio y, a su muerte, ser con ambos sepultado. Con ello quiere la Iglesia recordarle que de tantas almas ha de dar cuenta a Dios, en el tremendo tribunal, de cuantas hubiere recibido especial encargo.