Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY

 

Sermones-Ceriani

FIESTA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY

Pilato entró, pues, de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el Rey de los judíos?” Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o te lo han dicho otros de Mí?” Pilato repuso: “¿Acaso soy judío yo? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Replicó Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que Yo no fuese entregado a los judíos. Mas ahora mi reino no es de aquí.” Le dijo, pues, Pilato: “¿Conque Tú eres rey?” Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.” Pilato le dijo: “¿Qué cosa es verdad?”

En esta Fiesta de Cristo Rey, mientras los despojos de la Patria se reparten, demócrata y demoníacamente, una vez más contra la voluntad de su Rey y Señor, nosotros proclamamos la Realeza absoluta de Nuestro Señor Jesucristo sobre todas las cosas humanas, las naciones, las sociedades, las familias y los individuos.

Nada puede substraerse a su poder. Él mismo lo dijo antes de su Ascensión: Se me ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra.

León XIII, en Annum sacrum, y Pío XI, en Quas primas, lo han afirmado con claridad y firmeza: El poder de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que, por haber recibido el bautismo, pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de tal manera que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano.

Ahora bien, Jesucristo dijo Mi Reino no viene de este mundo; es decir, no viene de las potencias mundanas, de los soldados, de una elección ejercida por el pueblo o por los banqueros internacionales y las grandes potencias de las Altas Finanzas…

Sus Derechos vienen de su carácter propio, a causa de ser el Hijo de Dios. Los hombres no le dieron sus Derechos, y los hombres no pueden retirárselos. Pero los Derechos de Cristo existen, y las autoridades temporales tienen el deber de reconocerlos públicamente.

+++

Dios ha constituido al hombre de tal manera que no puede subsistir ni alcanzar su perfección temporal sin la cooperación con sus semejantes.

Esta naturaleza social del hombre tiene a Dios por autor, de tal modo que las sociedades, así como los individuos, son criaturas de Dios.

Dios quiso crear a una sociedad propiamente religiosa, la santa Iglesia, distinta de la sociedad civil. El hombre debe pues pertenecer a estas dos sociedades. Pero el hombre sólo tiene un único fin último. No puede ir en dos direcciones a la vez.

Ahora bien, la vida temporal se le da para preparar la vida eterna. El Estado, cuyo ámbito propio es lo temporal, no puede, pues, organizarlo independientemente del fin último.

No se encomienda directamente al Estado la felicidad eterna, pero sí indirectamente. Si lo descuida, olvida la parte más importante del bien común.

Debe, pues, el Estado realizar una política cristiana, esforzándose en poner de acuerdo las leyes civiles con las leyes divinas.

Pío XII enseña: De la forma otorgada a la sociedad, en armonía o no con las leyes divinas, depende y se infiltra el bien o el mal de las almas.

+++

Gracias a la Iglesia Católica y a su doctrina, todo cambió en el mundo: la teología, el dogma, la moral, las costumbres, la filosofía, la ciencia, las artes (la literatura, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura), la educación, el derecho, la política, la economía…; todo…; toda la vida del hombre quedó transformada…

Dice León XIII, en su Encíclica Immortale Dei: Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época, la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad.

¡Sí! Hubo un tiempo en que la doctrina católica iluminaba toda la vida del hombre y dirigía todas sus empresas. De este modo llegó a forjarse la Civilización Cristiana.

+++

Es necesario reconocer que la situación actual es consecuencia de la Revolución Anticristiana.

Las naciones, en conjunto, se habían convertido al Señor, que les trajo, junto con los dones sobrenaturales, los beneficios de una civilización completamente desconocida del mundo antiguo.

Pero, desgraciadamente, en el campo fértil se sembró la cizaña en medio del buen grano…

Tres gritos de guerra infernales sacudieron especialmente esa magnífica construcción, esa fortaleza católica:

1º) ¡Cristo, sí, Iglesia, no! Fue el alarido apóstata de Lutero y del Protestantismo…

2º) ¡Dios, sí, Cristo, no! Como respuesta a la negación de la Iglesia, el deísmo descargó su vocerío negando a Cristo…

3º) La revolución atea no tardó en dar su grito de guerra: ¡Dios ha muerto!

Especialmente, hace ya 230 años que un error sumamente pernicioso destroza a todas las naciones: es el laicismo. Consiste éste en la negación de los derechos de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo y de la Iglesia sobre toda la sociedad humana, tanto en la vida política y social, como en la vida familiar y privada.

Los propagadores de esta herejía han repetido el grito de los judíos deicidas: No queremos que este reine sobre nosotros. Y con toda la habilidad, tenacidad y audacia de los hijos de las tinieblas, se han esforzado por echar a Cristo de todas partes.

Han decretado la separación de la Iglesia y del Estado…; han negado a la sociedad civil la obligación de ayudar a los hombres a conquistar los bienes eternos…; han suprimido los crucifijos en los tribunales, hospitales y escuelas…; han introducido el desorden en la familia con leyes contrarias a la naturaleza del matrimonio…

Y, finalmente, han declarado intangibles sus leyes, haciendo del Estado un Dios.

La Historia pone de manifiesto que el laicismo liberal, que se pretende neutro frente a la religión, le es realmente profundamente hostil, terminó por deificar al Estado y se organizó en un sistema filosófico monstruoso e idolátrico: la “estato-latría”

Tanto el liberalismo como el totalitarismo son contrarios a Cristo: el individuo-rey del liberalismo hace desaparecer el Bien Común con los derechos humanos sin Dios; mientras que el Estado deificado del totalitarismo confisca el Bien Común en provecho de la facción que está en el poder, y así se cae en la esclavitud.

Solamente la primacía de Cristo Rey, que le quita al individuo y al Estado las coronas que le han usurpado, puede darle al Bien Común su verdadera primacía y asegurar su autenticidad.

+++

Me dirán: eso es muy bueno, pero es un ideal y no una realidad. En nuestros días, en efecto, los que mandan son los hijos de las tinieblas, los deicidas.

Es más, aquí se plantea una objeción lógica: De hecho, Jesucristo no fue nunca el Rey del Mundo.

Es cierto, hoy día, Jesucristo no reina de verdad… Pero, como Él mismo lo dijo, si los súbditos de un Rey se rebelan contra él, no deja, sin embargo, de ser su Rey; conserva el poder de castigarlos y de someterlos posteriormente. Si no tuviese este poder, no sería verdaderamente Rey.

La contraparte de la objeción y su refutación está, por lo tanto, en la respuesta de Jesucristo a Pilatos: Mi Reino no viene de este mundo. Jesucristo declara aquí solemnemente, al final de su vida pública, sus Derechos ante un tribunal y a riesgo de su vida…

Aparentemente han ganado los que decían: No queremos que este reine sobre nosotros; no tenemos otro Rey que el César… Pero, en la cumbre de la Cruz donde murió este Rey rechazado, había un letrero escrito en tres lenguas, hebreo, griego y latín, donde se podía leer: Jesús de Nazareth Rey de los Judíos

Y esta Cruz es la respuesta a los que hoy en día se escandalizan por la impotencia del Catolicismo ante la gran crisis espiritual y material que reina sobre la tierra.

Sí, hoy en día Jesucristo no reina de verdad, pero no deja de ser Rey; conserva el poder de castigar y de someter nuevamente a sus súbditos rebeldes.

El rechazo de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo por parte de las naciones es la causa de su ruina y de los gravísimos desórdenes de orden moral, político, social y económico que nadie puede controlar hoy.

La revolución triunfante establece, ahora, sobre las ruinas de las naciones apóstatas un nuevo orden mundial esencialmente anticristiano.

Por su parte, la Iglesia Conciliar coopera a esta obra sustituyendo la religión de Dios hecho hombre por el culto del hombre que se hace Dios.

Sin embargo, Cristo Rey no pierde sus derechos. El Salmo segundo, correlativo del ciento nueve, con su doctrina mesiánica y escatológica sumamente precisa, lo anuncia claramente:

¿Por qué se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos? Se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra Yahvé y contra su Ungido. “Rompamos, dicen, sus coyundas, y arrojemos lejos de nosotros sus ataduras.”

El que habita en los cielos ríe, el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará: “Pues bien, soy Yo quien he constituido a mi Rey sobre Sion, mi santo monte.”

¡Yo promulgaré ese decreto de Yahvé! Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado en este día. Pídeme y te daré en herencia las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los harás pedazos como a un vaso de alfarero.”

Ahora, pues, oh reyes, comprended; instruíos, vosotros que gobernáis la tierra. Sed siervos de Yahvé con temor y alabadle, temblando, besad sus pies, antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto. ¡Dichoso quien haya hecho de Él su refugio!

Se anuncia, pues, en este oráculo profético la conjuración que, si bien se inició en Israel contra el cetro de Jesús, ha continuado desde entonces contra sus discípulos; y sólo en los últimos tiempos —a los cuales parece estar próximo el mundo de hoy— asumirá plenamente la forma aquí anunciada: la apostasía de las naciones, en vísperas del triunfo definitivo del divino Rey, que el final de este Salmo nos promete.

Los versículos 5 y 12-13 se refieren al Gran Día de Yahvé, tan frecuentemente anunciado por los Profetas, y que revela, en su lejano misterio, la primera y la segunda venida del Mesías, más o menos confundidas en una misma perspectiva: A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará… Comprended… antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto.

Llegado el momento previsto en el Salmo ciento nueve, el Padre lanzará este anuncio: Pues bien, soy Yo quien he constituido a mi Rey sobre Sion, mi santo monte, en respuesta a la rebeldía de los poderosos.

El Profeta Daniel anuncia este mismo triunfo de Cristo sobre sus enemigos, en la célebre profecía de la estatua quebrantada por la piedra que se desgaja sin concurso humano.

+++

Respecto del pronóstico para el futuro, sabemos que existen diversas predicciones y propuestas:

a)La ilusoria fantasía revolucionaria: con sus diversos proyectos y nombres de evolucionismo interminable.

b)Las esperanzas de restauración, basadas en revelaciones privadas.

c)La Profecía Divinamente Revelada: según la cual la situación actual seguirá deteriorándose, hasta llegar a la instalación del reino impío del Anticristo, con la restauración final en y por Jesucristo: El Reino de Cristo Rey.

Sabemos que las profecías bíblicas que se refieren al triunfo de la Iglesia en la presente edad señalan un crecimiento de la iniquidad que culminará con la apostasía.

Después de veinte siglos de cristianismo, el Reino de Cristo no es efectivo en ningún país, y no se vislumbra semejante realización, sino más bien lo contrario: terminantemente se nos enseña que, no sólo el mundo no mejorará, sino que, por el contrario, seguirá obrando el misterio de iniquidad, y que la creciente apostasía es señal que nos avisa que tenemos que levantar la cabeza y avivar nuestras esperanzas en la pronta intervención de Cristo.

Satanás, mediante un triunfo del espíritu de apostasía, ha de llegar a un reino que abarcará a todas las naciones; pues el Reino Mesiánico de Cristo será precedido del reino apóstata del Anticristo.

Se ha objetado que esta doctrina presenta una sombría perspectiva del futuro; que es la filosofía de la desesperación; que está opuesta a la idea popular de que el mundo va progresando en el bien. Muchos agregan, sarcásticamente: si todo esto es verdad, podemos cruzarnos de brazos y esperar la Venida de Cristo.

No se trata de cruzarse de brazos en una espera estéril de la Venida del Señor, sino de ser dóciles instrumentos en las manos del Espíritu Santo con el fin de apresurar la congregación de los elegidos y la presentación de la Esposa.

Aunque esta dura doctrina desagrada y desespera al cristiano mundano, el verdadero discípulo de Cristo la guarda con fidelidad y amor. Ella lo confirma no sólo en su fe en Cristo, sino también en su acatamiento a los dogmas de la Iglesia, y lo orienta en los tiempos tormentosos por los que estamos pasando.

El verdadero discípulo no se desespera ni pliega los brazos para esperar la Venida de Cristo, durmiendo, sino que lleno de una “viviente esperanza”, la más “bienaventurada esperanza”, se esfuerza por salvar a algunos de esta mundana generación pecadora y adúltera.

+++

La Realeza de Nuestro Señor llegará a su fin el último día, en que tendrá lugar la radiante venganza sobre sus enemigos y se transformará en su estado definitivo y triunfante en la gloria de la plenitud de sus Santos.

No hay término medio: o el reinado social del demonio o el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo.

Cristo Rey es la única esperanza de las naciones, y en Él esperan, en medio de la oscuridad, entre las ruinas que se han acumulado durante los siglos de apostasía.

Con la Iglesia, nuestra Madre, proclamamos que, hoy como siempre, Nuestro Señor Jesucristo es la única fuente de salvación, tanto de las sociedades como de los individuos, pues para lo material y lo espiritual, para lo temporal y lo eterno, ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, por el cual podamos ser salvos.

Preparémonos para su Venida… y aceleremos su Venida por la oración y el sacrificio.

Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras vidas transitorias y pobres pueden unirse a algo grande, triunfal, absoluto.

Vayamos a la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los Ángeles y de los hombres, para que se digne elegirnos para militar con su hijo Jesucristo, no sólo ofreciendo nuestras personas al trabajo, como dice San Ignacio, sino también comprometiéndonos con determinación en este combate por el Reino de Cristo contra las fuerzas del Mal…

Combate que es el eje de la historia del mundo, sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, que su Venida y su triunfo no están lejos, que su recompensa supera todas las vanidades de este mundo…

Adveniat Regnum tuum… ¡Jesucristo, que venga tu Reino!

Ut adveniat Regnum tuum, adveniat Regnum Mariæ… ¡A fin de que venga tu Reino, que venga el Reino de María!