LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte XXVI)

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LITURGIA DE LA CONFIRMACIÓN

1. Doctrina de la Iglesia

El santo Crisma o Confirmación es un Sacramento que nos da al Espíritu Santo, imprime en nuestra alma el carácter del soldado de Jesucristo y nos hace perfectos cristianos.

Entre el Bautismo y la Confirmación existe la misma diferencia que hay en la vida natural entre la generación y el crecimiento, pues por la Confirmación crecen espiritualmente y reciben perfecta fortaleza en sus almas los que mediante el Bautismo fueron regenerados.

No es este Sacramento, como el Bautismo necesario para la salvación; pero a nadie, teniendo la oportunidad, le es lícito descuidarlo, y compete a los párrocos procurar que sus feligreses se lleguen a él oportunamente (Derecho Canónico, canon 787).

1. Materia

Es el Santo Crisma, o sea el ungüento que se compone de aceite y bálsamo con la solemne consagración del obispo.

2. Forma

Son las palabras que dice el obispo mientras hace la unción: “Yo te sello con la señal de la Cruz, y te confirmo con el Crisma de la salud, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

3. Ministro

El Ministro Ordinario es el Obispo, y el Extraordinario cualquier sacerdote con facultad para ello, sea por derecho común o bien por especial indulto de la Santa Sede (canon 782).

4. Sujeto

Todo bautizado puede ser válidamente confirmado, y para serlo también lícitamente y con fruto, debe estar en gracia de Dios y, si tiene uso de razón, suficientemente instruido (canon 786).

Aunque se difiere convenientemente, en la Iglesia Latina, hasta cerca de los siete años, se le puede, sin embargo, administrar también antes, si el niño se ve en peligro de muerte, o al ministro le parece que así conviene por justas y graves causas (canon 788).

5. Padrinos

Es de tradición que haya uno (canon 793) y que éste tenga uso de razón y edad conveniente, esté confirmado, no sea el padre ni la madre o consorte del confirmado y, al menos de opinar de otra forma el ministro por las circunstancias, del mismo sexo, y distinto del de Bautismo (cánones 795 y 796).

En ningún caso puede reiterarse este Sacramento, porque imprime carácter.

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Crismera de Sigüenza

2. Ceremonial de la Confirmación

Aunque breve y sencillísimo, el ceremonial de la Confirmación es hoy muy solemne y expresivo.

Data, más o menos, del siglo XIII; pues hasta entonces constaba poco más que de la crismación y de la invocación del Espíritu Santo sobre los confirmados.

Podemos dividirlo en tres partes, a saber:

1ª) Plática e imposición de las manos;

2ª) Crismación;

3ª) Preces y Bendición final.

En la primitiva Iglesia se administraba la Confirmación, por regla general, inmediatamente después del Bautismo, pues era el obispo el ministro ordinario de ambos sacramentos.

Para ello, del Baptisterio eran conducidos los neófitos al consignatorium, o lugar de la Confirmación.

Salidos de la piscina —escribía Tertuliano—, somos ungidos con una unción bendita… Después se nos impone la mano por medio de la bendición, invocando e invitando al Espíritu Santo… Entonces, aquel Santísimo Espíritu baja gustoso del Padre sobre los cuerpos ya limpios y benditos”.

Que es lo mismo que escribía San Cipriano: “Esta es la costumbre que se conserva entre nosotros: en seguida del bautismo solemne, los neófitos son presentados al obispo, y reciben el Espíritu Santo en virtud de nuestra oración y de la imposición de las manos; por fin, la señal de la Cruz del Salvador completa la acción de la gracia”.

Solamente cuando el sacerdote o el diácono bautizaban en caso de urgente necesidad o en iglesias donde no residía ningún obispo, era permitida la separación, pero una separación lo más breve posible, a fin de no dejar expuestos —escribe San Pedro Damiano— a los recién bautizados a los continuos y encarnizados ataques de Satanás.

Hasta el siglo XIII fue ésta casi la práctica general, pero desde entonces se fue haciendo común la costumbre contraria, y la separación más y más completa.

Fue entonces cuando el ceremonial de la Confirmación, que a causa de su unión con el Bautismo era simplísimo, recibió algunas adiciones hasta llegar a la forma actual.

Primera parte: Plática e imposición de las manos

Revestido el obispo de sus ornamentos, provisto de mitra y báculo, como jefe y pastor de su rebaño, y rodeado de sus ministros, dirige a los fieles reunidos una breve plática de circunstancia.

En la iglesia catedral, lo mismo que en la de la más diminuta aldea, el obispo es el jefe de la familia cristiana, y en calidad de tal incúlcales los grandes deberes de la Religión.

Después, de pie, con un gesto de soberana autoridad, extiende sus manos sobre todos los confirmandos, como para derramar sobre ellos las gracias de lo alto, mientras pide a Dios Omnipotente que envía sobre ellos “al Espíritu Santo Consolador, con sus siete dones”.

Para más obligar a Dios, nombra a cada uno de estos siete dones, respondiendo cada vez el Coro “Amén”, como si se tratara de una aclamación.

El rito de extender las manos sobre las personas se estiló ya en el Antiguo Testamento, en la época de los Patriarcas, y significa la comunicación a otra persona de un carisma, de una virtud especial, hecha por un privilegiado, depositario de aquel don.

Al extender las manos el obispo en este momento, es como si las impusiera sobre cada uno de los confirmandos, pidiendo para ellos la efusión amplia y abundante de los dones y carismas del Espíritu Santo, completando la obra santificadora comenzada en el Bautismo. Con ellos robustecidos, pasarán de la infancia a la virilidad cristiana.

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Segunda parte: Crismación

El obispo, sentado en el sillón de su dignidad, moja su dedo pulgar de la mano derecha en el Santo Crisma, y a medida que los padrinos le van presentando a los confirmandos, impone dicha mano sobre la cabeza de cada uno de ellos y le unge en la frente, diciendo: “Yo te sello con la señal de la Cruz, y te confirmo con el crisma de la salud. En él nombre del Padre, etc.”.

Y al fin, le da un golpecito en la mejilla y lo despide con estas palabras: “La paz sea contigo”.

El santo Crisma que aquí se emplea es un ungüento que se compone de aceite y bálsamo y fue solemnemente consagrado por el obispo el día Jueves Santo.

Declara él admirablemente lo que se obra en el cristiano por este sacramento. Porque el aceite, que es pingüe y por su naturaleza fluye y se deslíe, expresa la plenitud de la gracia que de la cabeza, que es Cristo, se derrama y difunde sobre nosotros por el Espíritu Santo…; y el bálsamo, cuyo olor es suavísimo, ¿qué otra cosa significa sino que, cuando los fieles se perfeccionan con el sacramento de la Confirmación, despiden de sí tan suave olor de todo género de virtudes, que pueden decir con el Apóstol: Somos buen olor de Cristo para Dios. Tiene también el bálsamo tal virtud que preserva de la corrupción, y esto es muy propio para declarar la virtud de este sacramento, pues es manifiesto que, preparadas las almas de los fieles con la divina gracia que por él reciben, se pueden fácilmente preservar de la putrefacción de los pecados.

Úngese la frente con la señal de la Cruz para declarar que por ningún miedo ni vergüenza, de cuyos efectos suelen por lo común aparecer señales en la frente, se han de retraer los confirmados de confesar con libertad el nombre de cristiano; y también porque esta insignia y divisa del soldado de Cristo se debía imprimir en la parte más noble y visible del cuerpo.

El golpecito que el obispo le da en el rostro al que ya está ungido y confirmado, “es para que se acuerde que debe estar pronto, como fuerte guerrero, para sufrir con ánimo invicto cualquier adversidad por el nombre de Cristo”.

Este es el significado místico, pero el origen histórico de este golpecito, acompañado del saludo “Pax tecum” que le sigue, es seguramente una tierna caricia del Padre común de los fieles, el obispo, a sus hijos, antes de lanzarlos a la lucha de la vida cristiana.

Quizás recuerde también al golpecito que el amo daba a los esclavos, delante del juez, al concederles la libertad; y más todavía el espaldarazo con que, en la Edad Media, se estilaba armar a los caballeros: doble hipótesis ésta que significaría que al confirmado lo considera la Iglesia como un ciudadano libre, “con la libertad —como dice San Pablo— con que Cristo nos libró”, y como soldado y caballero oficial de Cristo.

Manda el Ritual que a los confirmados se les vende la frente con un paño, o por lo menos, que un sacerdote se la limpie con algodón en seguida de haber recibido la unción. Esto es una precaución y señal de respeto por el sagrado Crisma, para no exponerlo a la profanación.

Tercera parte: Preces y Bendición final

Mientras el obispo se lava las manos, el Coro canta una antífona pidiendo a Dios consolide en los nuevos confirmados lo que en ellos acaba de obrar, y el mismo prelado, como apoyando esta petición, dirige una hermosa oración, que termina por implorar que “baje el Espíritu Santo sobre los corazones de los que han sido ungidos y marcados con la señal de la Cruz, y habite en ellos dignamente y los convierta en perfectos templos de su gloria”.

Y los bendice con esta fórmula especial:”Bendígaos el Señor desde Sión, para que tengáis la dicha de ver, durante toda vuestra vida, los bienes de Jerusalén, y al fin consigáis la vida eterna. Así sea”.

Estos “bienes de Jerusalén” que les desea, son los goces del Cielo, los cuales debe ver constantemente el cristiano con los ojos de la fe y anhelar con la esperanza, para no perder la brújula en medio de las tormentas y halagos de la vida terrena. Que es, en otros términos, lo que pide aquella hermosa oración de la Iglesia que concluye así: “sic transeamus per bona temporalia, ut non amittamus aeterna” (que con tal arte usemos los bienes temporales, que no perdamos los eternos).

Finalmente, el obispo recomienda a los padrinos que inculquen a sus ahijados las buenas costumbres, y que les enseñen, pues están a ellos obligados por su oficio, el Padrenuestro, el Avemaria y el Credo, los cuales les hace él rezar consigo.

Efectos de la Confirmación

La Confirmación produce en el alma los siguientes efectos:

1º) confiere la gracia confortante,

2º) infunde el Espíritu Santo con sus dones,

3º) imprime carácter.

La gracia confortante, que también se llama gracia santificante “segunda” y especial, es la que da al confirmado la firmeza de la virtud, necesaria para las luchas espirituales de la vida. Per accidens, la Confirmación da también la gracia santificante “primera”.

El Espíritu Santo y sus dones se hacen presentes otra vez, en el alma del confirmado, con una presencia real y sustancial todavía más penetrante y más íntima que en el simple bautizado y con un sello peculiar de fortaleza.

Por el carácter impreso en la Confirmación, el confirmado se distingue no solamente de los infieles, como el simple bautizado, sino de los cristianos no militantes; recibe una facultad especial para profesar públicamente la fe de Cristo, y, además, se hace hábil para aspirar a las Órdenes sagradas, es decir, para ascender al grado de jefe del ejército de Cristo.

Los carismas exteriores: don de lenguas, donde profecía, don de curaciones, don de milagros, etcétera, que, al principio de la Iglesia, algunas veces se recibían con la imposición de las manos, no son esenciales, sino accidentales, y gracias gratuitas de Dios, que las da cómo, cuándo y a quiénes le place.

Estos carismas fueron los que sedujeron a Simón Mago, quien, como se cuenta en los Hechos de los Apóstoles (c. VIII), ofreció dinero a los Apóstoles, a trueque de poder él también comunicar a los demás el Espíritu Santo y sus carismas con la imposición de las manos.

La Confirmación de los enfermos graves

Por decreto de la Sangrada Congregación de Sacramentos, del 14 de septiembre de 1946, la Santa Sede concedió a los párrocos, vicarios y sacerdotes con cura de almas y con todos los derechos y cargas de párrocos, la facultad de administrar personalmente, como ministros extraordinarios, la Confirmación, válida y lícitamente, a todos los enfermos que se hallen en verdadero peligro de muerte, y del cual se prevé no han de escapar.

En estos casos se usa el ritual ordinario, y el sacerdote debe estar revestido, como mínimum, con estola blanca, si no tiene a mano la sobrepelliz.

Antes de empezar la ceremonia, ha de instruir algo al enfermo acerca de la Confirmación, y advertir a los presentes que el ministro ordinario de este sacramento es el obispo, y que si confirma ahora al enfermo grave es como delegado por la Santa Sede para este caso particular.

Se debe dejar constancia en el Libro de Confirmaciones de la parroquia, y dar además aviso a la Curia diocesana.

Las familias cristianas no deben olvidar este privilegio en favor de los enfermos graves, no confirmados, para no dejarlos morir sin las gracias y dones singulares que este sacramento confiere al alma, y de los cuales ésta tanto ha menester.