SAN CIPRIANO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN CIPRIANO
OBISPO DE CARTAGO Y MÁRTIR (210?-258)

 

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SAN Cipriano es una de las figuras más excelsas de la floreciente Iglesia africana del siglo II de nuestra era. Siendo aún pagano, enseñó retórica. Fue de temperamento fogoso y entero, por lo que tendía a cierta intransigencia en la propagación de sus ideas.

En el ardor de la lucha contra el cismático Novaciano y en las discusiones doctrinales con el pontífice de Roma, arrastrado por su natural impetuoso, rozó un tanto los limites de la pura ortodoxia, pero la aureola del martirio que coronó su  carrera es prueba elocuente de la rectitud de intención que en todo lo guió y de su sincera voluntad de permanecer siempre fiel a Jesús y a la doctrina de su santa Iglesia.

Así nos lo dice en forma delicadísima y bajo los velos de la metáfora el doctor de la gracia San Agustín, africano como él e ilustre lumbrera de la Iglesia universal. Si alguna nube se levantó en el hermoso cielo de su alma, fue disipada por el glorioso resplandor de su sangre derramada por Cristo, pues los que tienen mayor caridad pueden tener, no obstante, algún retoño silvestre que el Divino Jardinero arrancará tarde o temprano.

CONVERSIÓN DE CIPRIANO

NACIÓ Cipriano en Cartago (África) por los años 200 a 210, de familia ilustre. Tascio Cipriano — el futuro Santo— distinguióse especialmente en las letras y sentó cátedra de elocuencia ya desde joven. Rico e instruido, y de gusto depurado y fino, pronto aborreció las doctrinas y prácticas paganas, ya que, lejos de satisfacer las nobles ansias de su alma, le abrían un vacío inmenso. En este estado, buscó un amigo en quien desahogarse; tuvo la buena fortuna de hallarlo inmejorable en la persona del sacerdote Cecilio, quien supo pintar tan magistralmente las excelencias de la religión de Cristo, que ganó para él su nobilísimo corazón.

Sumido en las lobregueces de una noche oscura —nos dice él mismo— “y a merced del borrascoso mar del mundo, vagaba a la deriva sin saber cómo orientar la nave de mi existencia; la luz de la verdad aun no había iluminado mis ojos. La bondad divina me decía que, para salvarme, debía renacer a nueva vida por las aguas santificadoras del bautismo; y que en ellas, sin cambiar de cuerpo, mi espíritu y corazón habían de purificarse. ¡Misterio insondable para mí, y espantoso dique que detenía la apacible corriente de mis halagadores vicios! Habituado a los refinados placeres de la mesa, ¿cómo podría ahora abrazarme a una severa austeridad? Hecho al lujo y ostentación en el vestir y a ver brillar el oro y la majestad de la púrpura en todas partes, ¿cómo deshechar la fastuosidad de la vida, para cubrirme con vestidos humildes y sencillos? ¿Acaso puede el magistrado resignarse a la oscuridad, habiéndose visto siempre rodeado del honor, de fasces y lictores? Lo que el hombre no puede, lo puede la gracia de Dios. A un pagano ese cambio le parecerá locura; mas, considerado a la luz de la verdad cristiana, será lo más noble, lo más recto y lo más cuerdo”.

Cecilio le presentaba el admirable ejemplo de tantas vírgenes, viudas y varones de toda edad y condición, que Cristo ha trocado por entero en verdaderos santos. Cipriano oyó admirado su elocuente relato y vio cómo desaparecían sus dudas cual se esfuma la niebla herida por los rayos del sol. Maduro examen precedió a su firme resolución; mas, una vez emprendida la marcha, no retrocedió jamás. Vendió sus bienes, puso el producto a disposición de la comunidad cristiana, según los principios de asistencia colectiva de los primeros tiempos de la Iglesia; hizo voto de continencia perpetua, y se dio a Jesucristo sin reservas de ninguna especie.

Dice San Jerónimo —uno de sus biógrafos, refiriéndose a nuestro Santo— que «no es corriente cosechar tan pronto como se ha sembrado… pero en Cipriano todo corre veloz hacia la plena madurez. La espiga precedió a la siembra…»

Recibió el bautismo, para el que estaba bien preparado, en el año 245 o 246, y quiso que fuera para él, según enérgica expresión suya, «muerte de los vicios y resurgimiento de las virtudes». Desde este instante puso al servicio del Cristianismo su privilegiado talento y su inagotable entusiasmo. Alimentó su espíritu con el estudio y la meditación de la Sagrada Escritura y de los escritores eclesiásticos, singularmente de Tertuliano, su compatriota. «Traedme al Maestro» — decía más tarde, hablando de los libros de éste.

No es de admirar esa identificación con el gran apologista cristiano, pues eran muy afines su psicología, dotes intelectuales, temperamento y carácter. En esta época compuso su Tratado de la vanidad de los ídolos y el Libro de los testimonios, en el cual prueba que la ley judaica terminó su misión con la venida del Salvador al mundo.

OBISPO DE CARTAGO.  LOS «LAPSI»

SIENDO neófito, fue elevado Cipriano al sacerdocio en atención a su gran saber y virtud. No había transcurrido un año desde su conversión cuando, sobreviniendo la muerte de Donato, obispo de la ciudad, el voto unánime de clero y pueblo lo llevó a ocupar la silla vacante. Mucho se resistió su humildad, mas hubo de acceder ante el clamor general. Gozaba entonces la Iglesia africana de no acostumbrada tranquilidad, circunstancia que aprovechó el celoso pastor para reavivar la disciplina eclesiástica, un tanto relajada. Mas, como no bastaran sus exhortaciones para Macar a los cristianos del triste estado de abandono y relajación de costumbres —parcial efecto de la paz y bienestar que por largo tiempo disfrutaron— .

Dios los sacudió terriblemente con el azote de la persecución (250), siendo el cruel Decio el instrumento de su venganza. Llevaba un año de gobierno en su diócesis cuando estalló la deshecha tempestad. Creyendo ser más útil a su pueblo, y aconsejado por los que le rodeaban, huyó de la furia de sus enemigos, y refugióse en un lugar seguro, no lejos de Cartago, mientras el alborotado oleaje del populacho reclamaba a gritos que Cipriano fuera presa de los leones. Desde aquel retiro mantúvose en comunicación constante con sus fieles y sobre todo con el clero que había podido quedarse con ellos, invitando a la penitencia a quienes habían claudicado, alentando a los débiles y enviando palabras de consuelo a los que yacían en las mazmorras de la prisión. Mucho tuvo que sufrir también Cipriano de sus enemigos personales, cuya rebeldía se manifestó ya desde su elevación a la silla episcopal y que arreció notablemente con la defección de los apóstatas que dejó tras sí la hoguera de la persecución. Respecto a los últimos lapsi, Cipriano decidió ser exigente con aquellos que, a la primera insinuación, habían corrido a ofrecer el sacrificio impío, pero menos severo con quienes habían claudicado después de una larga resistencia, e indulgente con los que, sin sacrificar, habían obtenido un certificado de sacrificio; atenuaba asimismo las penas en caso de peligro de muerte y absolvía a los que, teniendo posteriormente ocasión de sufrir por Cristo, lo hicieron con valor.

Tuvo que combatir, asimismo, el pretendido derecho de algunos vanidosos cristianos que, habiendo salido victoriosos de la prueba, se creían con facultad de expedir certificados de rehabilitación a los apóstatas.

Las decisiones de San Cipriano, aunque prudentes y moderadas, suscitaron larga controversia y sus ecos llegaron hasta Roma, en el pontificado de San Cornelio. Un Concilio, reunido en aquella capital, condenó el rigorismo de Novaciano, jefe de la secta y aliado de los enemigos de Cipriano. Saciada ya de sangre la fiera de la persecución, volvió Cipriano a su iglesia y recogió las ovejas descarriadas y amedrentadas. Señalóse su gobierno por la prudencia, firmeza y paternal amor con que procuró atraer a la verdadera fe a los que andaban apartados del redil.

REDENTOR DE CAUTIVOS. LOS REBAUTIZADOS

POR entonces, los bárbaros irrumpieron con ímpetu en las fronteras más débiles del Imperio; varias ciudades de Numidia fueron saqueadas y numerosos cristianos cayeron prisioneros de los invasores. En este trance, dirigiéronse ocho obispos a Cipriano solicitando socorros para la redención de los cautivos. Vivamente impresionado por los relatos de los martirios que sufrían, Cipriano habló amorosamente de ello a sus fieles y logró con su elocuencia cuantiosas limosnas con las que pudo atender plenamente la súplica de sus colegas en el episcopado. Por la misma época suscitóse entre el papa San Esteban y Cipriano la delicada controversia de los rebautizados. Sin duda alguna para protestar contra el proceder de Novaciano que exigía el bautismo a los católicos que pasaban a su secta, Cipriano imponía lo propio a los extraviados que volvían a la verdadera fe, por creer que el bautismo de los herejes era nulo. En el mismo error habían incurrido algunos obispos africanos. Tal cuestión era no sólo disciplinaria como pensaba Cipriano, sino dogmática; pero a buen seguro que sus adherentes no alcanzaron a ver toda la amplitud e importancia que en este aspecto tenía.

Algún indicio de esta equivocada doctrina se hallaba ya en germen en el famoso tratado De la Unidad de la Iglesia (251), debido a la pluma de Cipriano, y escrito con estilo vigoroso y vehemente, como obra de polémica viva contra el hereje Novaciano. Asestaba rudos golpes al adversario; pero en el empeño de reducirlo, extremó el alcance de ciertos argumentos, sin caer en la cuenta de que con ello dañaba a la caridad.

En 255 y 256 congregó dos Sínodos o Concilios en los que se resolvió mantenerse en las decisiones anteriores sobre los rebautizados. Las conclusiones fueron rechazadas por el Papa en los siguientes términos: —Si alguno viene a vosotros de la herejía, no debéis innovar nada contrario a la tradición; solamente le impondréis las manos para la penitencia. La decisión del Romano Pontífice era clara, terminante e inapelable. Debía cerrar ya toda discusión; mas Cipriano, demasiado aferrado a su propio parecer, no cedió, y en un nuevo Concilio (257) se ratificó en sus anteriores ideas, lo que obligó al papa Esteban  a lanzar la amenaza de  excomunión sobre él y los obispos que le seguían en el punto debatido. La  controversia siguió en el mismo estado de tirantez hasta el sucesor del papa Esteban, Sixto II, «hombre bondadoso y pacifico», según expresión de los mismos obispos africanos. Una mayor comprensión por parte de éstos y  menos rigor, no en la doctrina, sino en los procedimientos, por parte del  Romano Pontífice, logró establecer la armonía entre las partes litigantes. 

NUEVAS pruebas amargaron el corazón del buen pastor. El emperador Valeriano, que al principio de su gobierno se había mostrado  «blando y bueno con los siervos de Dios», no tardó en seguir las  huellas sangrientas de sus predecesores. Movido tal vez por la codicia de  las fabulosas riquezas que erróneamente atribuía la voz pública a los cristianos, ordenó nueva y cruel persecución. En este doloroso trance todas las miradas se dirigieron a nuestro Santo. Fortunato, en nombre de los obispos,  solicitó un plan de conducta para la lucha que acababa de desatarse. Desde el destierro de Curubis, escribió Cipriano, en respuesta, el opúsculo sublime  De la Exhortación al Martirio (septiembre 257). Es una compilación de sentencias de la Sagrada Escritura, distribuida en doce capítulos. Sólo agregaba algún breve comentario, dejando amplio margen a las iniciativas de Fortunato y demás obispos, para una explicación adecuada a las necesidades de cada comunidad de fieles.  «He enviado — dice ingeniosamente— lana purpurada con la sangre del Cordero que nos ha salvado y vivificado; a vosotros os toca ahora tejer la  túnica apropiada a vuestras necesidades.» 

Los cristianos de África estaban bien dispuestos para la lucha entablada.» Cipriano no sólo los confortó de palabra, sino que les enseñó con el ejemplo.

El 1 de octubre del año 257 fue llamado por Paterno, procónsul de África  cuya autoridad molestaba la fama y crédito del Santo. Los augustos emperadores Valeriano y Galieno — dijo el procónsul— se han dignado dirigirme una carta en la que me ordenan exija la práctica de las ceremonias del culto a nuestros dioses. Yo soy cristiano y obispo — contestó el Santo— . A Dios servimos nosotros y a Él dirigimos nuestras plegarias día y noche por todos nuestros amigos, por nuestros enemigos, y especialmente, por los emperadores. -¿Persistes en tu resolución? Resolución inspirada por Dios no puede variarse. Disponte, pues, para ir al destierro de Curubis. Allá iré —respondió el Santo. —Las órdenes recibidas son no sólo para ti, sino para los colaboradores tuyos» en esta ciudad; ¿quiénes son ellos?  -Como vuestras leyes proscriben la delación, me niego a responder. —No me importa; yo los sabré buscar. Los emperadores — añadió el proconsul— han prohibido toda reunión, incluso en vuestros cementerios, cualquier resistencia a esta soberana disposición será castigada con la muerte.

La antigua Curubis — actualmente Kurba— , lugar del destierro, estaba en la costa, cerca del cabo Bon; aunque es lugar apartado y solitario, no deja de ser ameno y de apacible estancia. En atención a los méritos y al  nombre de que gozaba Cipriano aun entre los mismos paganos, concediéronle autorización para que pudiera entrevistarse con el clero y fieles de la diócesis. En Curubis, como en Cartago, Cipriano fue el alma de su pueblo, que le honraba como a padre, ora promoviendo el celo de unos, ora dando normas a su clero, o exhortando a todos a permanecer fieles a Cristo. Al saber como sacerdotes y obispos venerables habían sido sepultados en las minas,  o donde morían en agonía lenta y espantosa, les dirigió profundamente conmovido una alocución, en la que les decía: «No me admira que los vasos de oro y plata hayan sido enviados donde los metales se guardan; por lo visto las minas han cambiado de condición y en vez de darnos metales preciosos, han determinado ahora recibirlos. vuestros pies están encadenados; vuestros cuerpos, templos del Espíritu Santo están sujetos por serviles ataduras; pero dan a vuestro espíritu más libertad para volar al cielo. ¿Acaso el contacto del hierro ha enmohecido vuestro oro? ¡Lejos del cristiano las cadenas que deshonran! Con las vuestras ganareisis la corona de vuestra victoria. ¡Oh pies gloriosamente atados!, el Señor los desatará. Pies encadenados ahora, para quedar libres por toda la eternidad; pies que ahora no pueden andar, pero que pronto emprenderán la gloriosa carrera hacia el Redentor. Desnuda tierra recibe vuestros cuerpos molidos por el trabajo y el dolor; pero, ¡qué descanso será recostaros con Cristo en la gloria! No abunda el pan, es cierto; pero el hombre no vive sólo de pan, sino también de la palabra de Dios. Carecéis de vestidos para protegeros del frío que os hiela; pero uno se halla bastante cubierto y ricamente engalanado cuando está revestido de Cristo. Han colocado la ignominia sobre vuestra cabeza medio afeitada; pero, puesto que Cristo es la cabeza del hombre, cualquiera que sea ese ultraje, todo sienta bien en una cabeza ennoblecida por la confesión del nombre cristiano.  Pedid — añadía al fin de su hermosa carta— , pedid al Señor que me lleve también hacia Él, que me saque de las tinieblas de este mundo para que nuestros corazones unidos por los lazos de la caridad y de la paz, después de haber luchado de consumo, se regocijen juntos en el cielo.»

DESPEDIDA A SUS FIELES.  EL MARTIRIO

PODRÍA creerse que el día de su martirio estaba aún lejos, ya que por entonces estaba en lugar seguro, y poco después le fue concedida una garantía mayor, al ser trasladado a un carmen situado cerca de Cartago. Desde este nuevo asilo siguió atendiendo a los asuntos de su ministerio y dando a los pobres los pocos bienes que aún le quedaban. Circulaban con insistencia rumores alarmantes sobre la marcha de la persecución; tanto en Roma como en otras partes del inmenso Imperio, se aseguraba que las víctimas se contaban por millares. Inquieto por tales augurios, Cipriano envió una embajada a Roma para enterarse de la exactitud o falsedad de dichos rumores. Los informes que trajeron los emisarios fueron por demás desconsoladores. Un edicto de Valeriano ordenaba «dar muerte inmediata a los obispos, sacerdotes y diáconos». Trescientos cristianos — la célebre Masa cándida— perecieron en Ütica en una sola noche, unos al filo de la espada y otros sepultados en una fosa de cal viva. Ante estas terribles noticias, muchos cristianos recomendaron a su santo Pastor que huyera de las furias de sus perseguidores. «De ningún modo —dijo Cipriano— ; quiero dar mi vida por Cristo. Ha llegado para mí el momento de pensar antes en la inmortalidad que en la muerte».

Sin embargo, obligado por sus amigos, al saber que el procónsul le buscaba, se escondió en la misma ciudad de Cartago. Acaecía esto a principios de septiembre del año 258. En su ocultamiento preparábase al martirio. Al saber que persistentemente se le perseguía y que los esbirros policíacos habían dado con su morada, nuevamente le apremiaban los amigos para que huyese, pero obedeciendo a un fuerte impulso que le llevaba a morir por Cristo, desoyó los ruegos, juzgando que a la prudencia humana se le había ya concedido lo que en justicia reclamaba.

Salió decidido a los jardines y dos oficiales del procónsul asieron al Santo, gozoso y con risueño semblante, subió al coche que le debía conducir al campo de Sixto, donde el procónsul, entonces convaleciente, tenía una quinta de recreo. Este magistrado, impuesto de la captura del Santo, fijó el juicio para el siguiente día y ordenó que fuera llevado al barrio de Saturno. La relación del martirio dice que el «pueblo de Dios» pasó toda la noche en vela mientras duró la pasión del santo mártir. Al día siguiente inmensa multitud de fieles le rodeó en el momento de ser llevado al pretorio.

Llega el procónsul y le dice: «—¿Eres tú Cipriano? —Sí. —Los santísimos emperadores han ordenado que sacrifiques. —No lo haré. — Reflexiona. —Haz tú lo que se te ha ordenado — contestó el santo mártir». El procónsul, consultado su consejo, condenóle a ser decapitado. La multitud siguió hasta la llanura de Sixto. Habiendo llegado Cipriano al lugar de la ejecución se desprendió de su manto, y púsose en oración con el rostro en tierra. Luego se quitó la vestidura, que era una túnica a la usanza dálmata, y se la entregó a los diáconos. Vestido de una túnica de lino, esperó al verdugo. A su llegada, ordenó el obispo que entregasen veinticinco piezas de oro a aquel infeliz.

Durante estos preparativos, los fieles extendían lienzos y toallas alrededor del mártir para recoger su sangre. Cipriano se vendó por sí mismo los ojos; el presbítero Julián y un subdiácono le ataron las manos; en esta actitud recibió la muerte.

Por la tarde, fueron en procesión a recoger el cuerpo del santo mártir para colocarlo en el mausoleo del procurador Macrobio Cándido. El Sacramentario Gregoriano fijó su fiesta el día 16 de septiembre.

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

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