Padre Juan Carlos Ceriani: SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

¿No sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda librado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre Él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

La idea fundamental que desarrolla San Pablo en este pasaje de su Carta a los Romanos es la de que el hombre, una vez obtenida la justificación, ha roto totalmente con el pecado: los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él?

La respuesta, dentro de su brevedad, incluye ya la sustancia de toda su argumentación, que en los versículos siguientes no hará más que desarrollar: morir al pecado es romper con él toda relación; a su vez, vivir en el pecado significa seguir obedeciendo a sus concupiscencias y sujetándose a él como esclavos.

Pero esa afirmación, de que hemos muerto al pecado, era necesario probarla. San Pablo lo explica haciendo un fino análisis del significado espiritual del bautismo.

Son versículos de riqueza teológica extraordinaria, que nos llevan hasta la raíz misma de nuestra vida sobrenatural, a través de nuestra inserción en Cristo.

La afirmación fundamental está en el versículo que dice cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte hemos sido bautizados.

Al hablar de bautismo en Cristo Jesús, San Pablo va más lejos de la simple afirmación del hecho del Bautismo. La idea a que directamente apunta San Pablo es la de inmersión en Cristo producida por el sacramento del Bautismo.

Dicha idea es sugerida a San Pablo por el mismo verbo bautizar, sumergir, y por el hecho de que el Bautismo se administraba entonces por inmersión, sumergiendo completamente en el agua al bautizado.

Hemos, pues, de ver aquí dos cosas: una realidad y un simbolismo.

La realidad es que por el sacramento del Bautismo quedamos unidos místicamente a Cristo y como sumergidos en Él.

El simbolismo está en el hecho mismo de la inmersión en el agua bautismal, imagen de nuestra inmersión en Cristo.

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Pero San Pablo no se detiene aquí, sino que concreta más; y dice que esa inmersión en Cristo producida por el Bautismo es inmersión en su muerte.

Con ello quiere decir que, por el Bautismo, Nuestro Señor nos asocia de una manera espiritual, pero real, a su muerte redentora, quedando muerto nuestro hombre viejo o cuerpo de pecado; es decir, murió el hombre tal como estaba antes del Bautismo, inficionado por la concupiscencia y esclavo del pecado. Asociados y como sumergidos en su muerte, hemos roto totalmente con el pecado.

San Pablo no se contenta con el aspecto negativo de nuestro morir al pecado, sino que hace hincapié también en el aspecto positivo de nuestra resurrección a nueva vida.

Por eso, comienza ligando a la idea de muerte la noción de sepultura, con lo que el cristiano, muerto sepultado con Cristo, tiene ya completo, como Cristo, el punto de partida hacia la resurrección.

Esta idea de resurrección, igual que la de muerte y sepultura, está también simbólicamente representada en el rito del Bautismo, que tiene un doble momento, el de la inmersión (imagen sensible de la muerte y sepultura) y el de la emersión (imagen sensible de la resurrección).

En resumen, lo que San Pablo quiere decir es que, por el Bautismo, quedamos incorporados y como sumergidos en Cristo, en su muerte y en su vida, haciéndonos así aptos para que lleguen hasta nosotros los beneficios del Calvario.

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Todo esto nos lleva a tratar la cuestión de los Sacramentos en general y del Bautismo en particular.

Entrando en tema, se llama Sacramento lo que es signo de una realidad sagrada que santifica a los hombres.

Un Sacramento es una cosa sensible, instituida por Jesucristo para significar y producir la gracia. No es un mero signo, como quieren los protestantes y los modernistas; sino que significa la gracia que produce, y produce la gracia que significa.

Cosa sensible no quiere decir solamente cosa material (agua, aceite, etc.), sino también cuanto cae bajo los sentidos (palabras, gestos, etc.).

Esa cosa sensible ha sido instituida por Jesucristo, no inventada por los hombres, y ni siquiera por la Iglesia, si bien ésta la ha acompañado de ritos y ceremonias útiles, más no esenciales.

Esa cosa sensible significa, es decir, representa a la inteligencia, por medio de un rito externo, lo que produce, o sea, la gracia.

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Los Sacramentos, propiamente hablando, se ordenan a significar nuestra santificación, en la que pueden ser considerados tres aspectos:

— la causa de nuestra santificación, que es la Pasión de Cristo;

— la forma de nuestra santificación, que consiste en la gracia y las virtudes;

— y el fin último de nuestra santificación, que es la vida eterna.

Por tanto, todo Sacramento:

— es signo conmemorativo del pasado, o sea, de la Pasión de Cristo;

— es signo manifestativo del efecto producido en nosotros por la Pasión de Cristo, que es la gracia;

— y es signo preanunciativo de la gloria futura.

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En cuanto a la necesidad, decimos que los Sacramentos son necesarios para la salvación del hombre por tres razones:

La primera está tomada de la condición del hombre, de cuya naturaleza es propio dirigirse a las cosas espirituales e inteligibles mediante las corporales y sensibles.

Y como a la divina Providencia corresponde atender a cada cosa según su propia condición, queda claro que es conveniente que la sabiduría divina ofrezca al hombre los auxilios de la salvación a través de signos corporales y sensibles, que se llaman Sacramentos.

La segunda razón está tomada del estado del hombre, cuyo afecto, al pecar, quedó sometido a las cosas corporales.

Ahora bien, debe aplicarse la medicina donde está la enfermedad. Por tanto, fue conveniente que Dios, mediante signos corporales, procurara al hombre la medicina espiritual. Porque si se le ofrecieran las cosas espirituales desnudas de corporeidad, su ánimo no se interesaría por ellas, por haber quedado tan inclinado a las cosas corporales.

La tercera razón está tomada del predominio que en la actividad humana tienen las cosas de orden material. Sería muy duro para el hombre prescindir totalmente en su actividad de estas cosas materiales.

Por eso le fueron propuestas en los Sacramentos algunas actividades materiales, para que ejercitándose en ellas provechosamente, evitase la superstición, como es el culto a los demonios, o cualquier otra práctica nociva y pecaminosa.

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Esto nos indica que en el estado de inocencia no eran necesarios los Sacramentos. La razón puede tomarse de la rectitud de aquel estado, en el que las cosas superiores dominaban sobre las inferiores sin que dependiesen de ellas en manera alguna.

De la misma manera que la mente estaba sometida a Dios, así las potencias inferiores del alma estaban sometidas a la mente, y el cuerpo lo estaba al alma.

Hubiera sido contrario a ese orden si el alma se hubiese perfeccionado en la ciencia y en la gracia mediante algo corpóreo, como sucede con los Sacramentos.

Por eso, en el estado de inocencia el hombre no tenía necesidad de Sacramentos, no sólo por lo que tienen de remedio del pecado, sino tampoco por lo que tienen de perfeccionamiento del alma.

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Viniendo ya al Bautismo, se enseña que el mismo fue instituido antes de la Pasión de Cristo.

En efecto, el momento de la institución de un Sacramento es cuando recibe el poder de producir su efecto. Pero el Bautismo recibió este poder cuando Cristo fue bautizado. Luego en aquel momento quedó instituido el Bautismo como Sacramento.

Sin embargo, la obligación de bautizarse fue impuesta a los hombres después de la Pasión y Resurrección, sea porque en la Pasión de Cristo acabaron los Sacramentos prefigurativos, a los que reemplazó el Bautismo y los otros Sacramentos de la Nueva Ley, sea también porque el hombre queda configurado por el Bautismo a la Pasión y Resurrección de Cristo en cuanto muere al pecado y comienza una nueva vida de justicia.

Por eso, fue preciso que Cristo padeciese y resucitase antes de imponer a los hombres la necesidad de configurarse a su muerte y resurrección.

Antes de su Pasión Jesucristo no impuso como precepto el Bautismo, que ya estaba instituido, sino que quiso habituar a los hombres a recibirlo, y especialmente al pueblo judío, para el que todos los acontecimientos eran prefigurativos, como dice San Agustín. Pero después de la Pasión y Resurrección impuso como precepto la necesidad del Bautismo no sólo a los judíos, sino también a los gentiles, cuando dijo: Id, enseñad a todas las gentes, bautizándolas…

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En el Sacramento del Bautismo se utiliza el agua para lavar el cuerpo y significar la ablución interior de los pecados.

Ahora bien, la ablución con agua se puede hacer no sólo con la inmersión, sino también con la aspersión o la infusión.

Por eso, aunque sea más significativo el Bautismo de inmersión, puede, sin embargo, hacerse también el bautismo de aspersión o el de infusión.

Los hechos accidentales no hacen variar la sustancia de las cosas. Ahora bien, lo sustancial en el Bautismo es la ablución corporal con agua. Pero que la ablución se haga de un modo o de otro es accidental en el Bautismo. Por eso tal diversidad no destruye la unidad del Bautismo.

La inmersión expresa más claramente la imagen de la sepultura de Cristo. Pero también los otros modos de bautizar expresan esa imagen, aunque no tan claramente, porque, como quiera que se haga la ablución, el cuerpo del hombre o una parte de él permanece bajo el agua.

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Uno se incorpora a la pasión y muerte de Cristo a través del Bautismo, según la expresión de San Pablo: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él.

De donde se deduce que a todo bautizado se le aplica la Pasión redentora de Cristo como si él mismo hubiese padecido y muerto.

Pero la pasión de Cristo ha satisfecho de modo suficiente por los pecados de todos los hombres.

Por tanto, el que se bautiza queda libre de la pena que debería pagar por sus pecados, como si él mismo hubiese satisfecho de modo suficiente por todos ellos.

Si bien el Bautismo es capaz de quitar las penalidades de la vida presente, sin embargo no las quita ahora, sino que por su virtud desaparecerán de los justos en la resurrección, cuando este ser corruptible se revista de inmortalidad, como escribe San Pablo a los Corintios.

Y es razonable que suceda así.

Lo primero, porque por el Bautismo el hombre se incorpora a Cristo y se hace miembro suyo. Por tanto, es justo que se realice en el miembro incorporado lo que se ha realizado en la cabeza.

Ahora bien, Cristo, desde el primer instante de su concepción, estuvo lleno de gracia y de verdad. Asumió, sin embargo, un cuerpo pasible que, a través de la pasión y la muerte, fue resucitado a la vida gloriosa.

Pues, de modo parecido, el cristiano recibe en el Bautismo la gracia para el alma, aunque conserva un cuerpo pasible, con el que pueda padecer por Cristo, pero, finalmente, será resucitado para una vida impasible.

En segundo lugar, es conveniente que no desaparezcan las penalidades ahora para el ejercicio espiritual, o sea, para que, combatiendo el hombre contra la concupiscencia y las demás flaquezas, obtenga la corona de la victoria.

Por eso, comentando las palabras de la Carta a los Romanos: para que fuera destruido el cuerpo de pecado, dice la Glosa: Si después del bautismo continúa el hombre viviendo en esta tierra, tiene que luchar contra la concupiscencia y, con la ayuda de Dios, tiene que vencerla.

En tercer lugar, fue conveniente que no desapareciesen las penalidades aquí para que los hombres no se acercasen al Bautismo con el fin de obtener la impasibilidad de la vida presente en lugar de acercarse para alcanzar la vida eterna.

El pecado original siguió este proceso: primero, la persona contagió a la naturaleza, y, después, la naturaleza contagió a la persona. Pero Cristo, siguiendo un orden inverso, repara primeramente lo concerniente a la persona, y, después, repara, de modo simultáneo en todos, lo concerniente a la naturaleza.

Por tanto, el Bautismo borra instantáneamente en el hombre la culpa del pecado original y también la pena, consistente en carecer de la visión divina, cosas ambas que pertenecen a la persona. Pero las penalidades de la vida presente, como la muerte, el hambre, la sed y otras semejantes, corresponden a la naturaleza, cuyos principios las causan, en la medida en que está despojada de la justicia original. Por tanto, estos defectos sólo desaparecerán en la reparación definitiva de la naturaleza mediante la resurrección gloriosa.

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Abrir la puerta del reino de los cielos es quitar el obstáculo que impide entrar en él.

Ahora bien, el obstáculo es la culpa y la pena consiguiente.

Ahora bien, el Bautismo borra totalmente toda clase de culpas y de penas.

Luego el Bautismo tiene como efecto consiguiente la apertura de la puerta del Reino de los Cielos.

Por eso San Pablo dice: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él… Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Dios mediante, continuaremos explicando y comentando todos los ritos del Bautismo el Domingo undécimo de Pentecostés.