DEGENERADOS SEXUALES

Asedio del enemigo

PADRE CASTELLANI: PROFETIZANDO DESDE 1953

LITERATURA DESAGRADABLE

(Dinámica Social, Nº 32, Buenos Aires, abril de 1953)

Hay algo que no anda marchando bien en las máximas esferas dice el gran Kai-Lung, de Ernesto Brahmacuando los hombres se vuelven mujeres y las mujeres hombres”.

Traducido y publicado en Méjico por una compañía estadounidense, se ha difundido recientemente entre nosotros un voluminoso “estudio” (?) sociológico-psicológico-jurídico perteneciente a la desagradable literatura de nuestros días acerca de la sodomía (Donald Webster Cory: El Homosexual en Norteamérica. Colección Ideas, Letras y Vida – Compañía General de Publicaciones, México City, año 1952).

Este señor del hemisferio norte, que se cubre con un pseudónimo, defiende el vicio contra natura, se ufana de él y reclama para él “la igualdad” … ¿Qué igualdad? ¡Santo cielo! Con gran éxito, la Revolución Francesa predicó al mundo la igualdad; pero nunca jamás la explicó. Se está haciendo necesaria una buena explicación de la igualdad.

¡Igualdad! oigo gritar

Al jorobado Fontova

Y me pongo a cavilar:

¿Querrá verse sin joroba

O nos querrá jorobar?

Jorobarnos quiere este buen señor. Desde que la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel a André Gide, muchos otros desgraciados se han puesto a imitarlo en lo que tuvo de peor, y no en lo que tenía de bueno —no gran cosa, por cierto—.

Como estudio psicológico, que es como lo vendieron, el libro es desvaído y opaco, prácticamente nulo. El hombre no ve claro ni siquiera en sí mismo, y se contradice no pocas veces. Está dominado por el sentimiento, por la lástima y por el “orgullo” de sí mismo; y con la inteligencia prácticamente embebida en esa melaza sensiblera… y pútrida.

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Como documento psicológicosirve, indirectamente: descubre la mentalidad del sodomita, y justifica el horror natural que la gente les tiene… “el mundo hostil”, como lo llama él. En cuanto a los sodomitas, no los llama con su antiguo nombre, sino con el sorprendente término de “gays” (“alegres”).

Finalmente, considerado como alegato en pro de privilegios legales y sociales —que eso en puridad quiere ser el libro— en favor de los medicalmente llamados no “alegres” sino degenerados sexuales… no es sino una miserable sarta de sofismas.

No convence ni de lejos… más bien lo contrario. La autoridad del autor, aun cuando relata o refiere, es débil o nula: forzado a un constante disimulo, el sodomita tiene la mentira fácil.

La lista de grandes hombres, por ejemplo, que habrían sido sodomitas, es notoriamente falsaria: fuera de Gide, Walt Whitman y Marcel Proust —que no sabemos si han sido grandes hombres—, de los demás que se nombran no consta cierta la “prerrogativa”; y de algunos, como Baudelaire o Miguel Ángel, consta cierto la normalidad...

Típico de la mentalidad biased del elegante es también la arbitrarísima inclusión entre los libros pertenecientes a la literatura “pro-Sodoma” de obras como Tete d’Or de Paul Claudel, Stalky and Co de Kipling y hasta ¡Boy! del Padre Coloma. De ese modo se podría añadir también la Eneida de Virgilio, por la amistad de Niso y Euríalo; el Libro de los Reyes, por la amistad de David y Jonatás; y ainda mais toda la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, por los elogios a la amistad masculina.

¡Qué maestros nos están mandando de México y Yanquilandia!

Si se examina el fondo del brumoso pensamiento del autor, lo que pide en puridad es privilegios para los sexualdegéneres por el hecho de serlo; y nada menos.

Efectivamente, exige una imposible ’’igualdad” jurídica y social, que no es actuable sin embromar a todos los demás, como un jorobado que pidiera jorobadificasen a todos los derechos para que él no fuera desigual.

Para obtener la supresión de las molestias naturalmente inherentes o consiguientes a la aberración contra natura, de hecho habría que darles privilegios a los señores sodomitas practicantes, que probaran fehacientemente que lo son en regla.

Y encima desea el señor que se les den facilidades para contraer matrimonio con una mujer sana, fuerte, no-alegre y muy femenina, inteligente y comprensiva, para ’’jorobarla”, por un lado; y por el otro, para seguir practicando con otros “alegres” sus nefandas misas negras: original mormonismo.

¿Qué más? ¿No desean nada más los señores? ¡Pidan por esas bocas!

El autor eleva a los sodomitas a la democráticamente halagada categoría de minoría racial, y los equipara a otras minorías raciales muy señoras mías, a saber: a los negros, los judíos, los jesuitas, los sudetes, los polacos y los católicos de Estados Unidos.

Este es uno de los míseros sofismas en que quieren fundamentar el discurso, que raya en lo grotesco y en lo demente, por no hablar de lo repulsivo.

Mas el hecho obvio que es pasado por alto consiste en que: el sodomita es psicológicamente libre para hacer o dejar de hacer sus sodomías; y la sodomía consumada es un acto delictuoso, contra el cual repugna y clama hasta la misma natura; como indirecta o directamente resurte de la misma manera de hablar de este su panegirista, en sus malolientes disquisiciones y descripciones.

Por tanto, puede y debe ser sancionada legalmente cuando se convierte en un factor disolvente del orden familiar y social, sea minoría o mayoría.

Aunque por cierto, cuando monstruosamente se convierte en mayoría —que Dios nos libre y guarde—, es castigado directamente por el autor de la natura, según la Biblia; y según la filosofía también, que nos muestra a los pueblos dominados por tan fatídica plaga, como la Grecia corintiana y la Roma de los Calígulas y Augústulos, hundirse de cabeza en la debacle nacional.

Mas, ¿qué culpa tenemos “nosotros” de tener esa incurable inclinación? —dice este “alegre”…

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Pueden tener culpa o no de la “inclinación”; pero no se los sanciona por la “inclinación”, sino por sus actos probadamente libres, imputables y delictuosos.

Si “nacieron” con esa “inclinación” sin culpa propia —casi siempre por culpa de los padres, enseña la moderna ciencia psicológica—, su deber es ocultarla, resistir a ella y aguantarse, como si hubiesen nacido sádicos o… pirómanos; como nuestro deber de todos es resistir a todas las tentaciones que sean, naturales o innaturales.

A todos se nos exige que seamos sexualmente correctos, nos cueste o no nos cueste; y que a ellos les cueste más que a nosotros, es un cuento chino. Ahora, que si comienzan ellos alegremente a poner como principio primero de la Ética que “el hombre ha nacido para gozar”, como lo hace el autor en la pág. 37, y después no para de proclamarlo hasta la pág. 361… entonces no nos entendemos más…; y nosotros vamos muertos; porque esto ya no es un sofisma, sino un absurdo ético, que no ha defendido —así en absoluto— ninguna ética, ni la de los cirenaicos.

Y es que para poder abdicar de ese desdichado pseudoprincipio de “vivir para gozar” y para poder luchar con éxito contra esa desdichada pseudoinclinacion, no hay otra cosa que la religión, como admite también nuestro honesto Donald Webster Cory: “La sodomía no es un problema jurídico y psicoanalítico, sino primordialmente moral y religioso”, dice.

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Lot huyendo de Sodoma

Sin lo religioso es insoluble; y hasta ininteligible, si me apuran. ¿Y qué dice la religión de la sodomía? El nombre que le da ya lo dice: es uno de los cuatro pecados que “claman al cielo”, dice el viejo Catecismo de Astete.

¿Y por qué es uno de los cuatro pecados que claman al cielo? Pues simplemente por ser índice de profunda degeneración biológica, que está en su raíz primero; y es su fruto después en terrible “causalidad recíproca”, sembrando y desparramando el desequilibrio nervioso de que procede, y convirtiéndose a veces a la larga en demoniosis.

El hecho es que todos los pueblos sanos se han horripilado siempre ante la sodomía, y han castigado, a veces con las penas más severas, a los que cedían a ella. Esas sanciones son socialmente necesarias a veces, por duras o “bárbaras” que parezcan a nuestra mentalidad actual.

La tradición jurídica anglosajona las mantiene perseverantemente; y contra esa tradición insurge el autor de este desdichado libro, que sin placer comentamos, nosotros sabemos por qué.

Hasta 1848 en Inglaterra la sodomía consumada era penada ¡con horca!

Cuarenta y seis de los cuarenta y ocho Estados de los Estados Unidos de Yanquilandia mantienen en su legislación hasta ahora penas no tan draconianas pero muy severas contra ese desorden indecible; y esa legislación “medieval” es perfectamente defendible y justificable.

El Estado más benigno es el católico de New México —menos de un año de prisión o multa de 1.000 dólares—; y el más severo es el protestante de New York: hasta 20 años de prisión…

El alegato que el pseudónimo Donald levanta contra esa legislación tradicional y que la Publication’s General Company nos envía, es tan contradictorio como blancuzco, y tiende más a defenderla que a otra cosa en el sentir de cualquier persona formada: a persuadir que una sanción jurídica es conveniente a la sociedad para defenderse en lo posible de ese peligro y plaga. Que entre nosotros, helas, no es ni ilusorio ni desconocido.

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DELECTACIONES MORBOSAS Y CONTRA LA NATURALEZA

Santo Tomás de Aquino

Suma Teológica – Ia-IIae – Cuestión 31 – Artículo 7

¿Hay alguna delectación no natural?

Objeciones por las que parece que no hay delectación alguna no natural:

1ª. En efecto, la delectación en los afectos del alma es proporcionada al reposo en los cuerpos. Pero el apetito del cuerpo natural no reposa sino en un lugar connatural. Luego tampoco la quietud del apetito animal, que es la delectación, puede existir sino en algo connatural. Por consiguiente, no hay delectación alguna no natural.

2ª. Aquello que es contra la naturaleza es violento. Pero todo lo violento causa tristeza. Luego nada de lo que es contra la naturaleza puede ser deleitable.

3ª. Sentirse constituido en la propia naturaleza causa delectación, como es evidente por la definición de Aristóteles. Pero es natural a cada cosa ser constituida en su naturaleza, porque el movimiento natural es el que tiende a un término natural. Luego toda delectación es natural.

Contra esto está lo que dice Aristóteles, que ciertas delectaciones son morbosas y contra la naturaleza.

Respondo que se denomina natural lo que es conforme a la naturaleza.

Mas la naturaleza en el hombre puede tomarse de dos maneras:

Una, en cuanto que el entendimiento o razón constituye principalmente la naturaleza del hombre, pues por ella es constituido el hombre en su especie.

Y en este sentido pueden llamarse delectaciones naturales de los hombres las que se encuentran en lo que conviene al hombre según la razón, como es natural al hombre deleitarse en la contemplación de la verdad y en los actos de las virtudes.

De otra manera puede tomarse la naturaleza en el hombre en cuanto se contrapone a la razón, es decir, lo que es común al hombre y a otros seres, principalmente lo que no obedece a la razón.

Y en este sentido, las cosas que pertenecen a la conservación del cuerpo, bien en cuanto individuo, como la comida, la bebida, el lecho y cosas similares, o bien en cuanto a la especie, como el uso de las cosas venéreas, se dicen deleitables al hombre naturalmente.

Mas entre estas dos clases de delectaciones sucede que algunas son no naturales, absolutamente hablando, pero connaturales bajo cierto aspecto.

Porque acontece corromperse en algún individuo alguno de los principios naturales de la especie, y así, lo que es contra la naturaleza de la especie llega a ser natural accidentalmente a tal individuo, como es natural al agua que ha sido calentada el que caliente.

Así, pues, sucede que lo que es contra la naturaleza del hombre, ya en cuanto a la razón, ya en cuanto a la conservación del cuerpo, se hace connatural a un determinado hombre a causa de alguna corrupción natural existente en él.

Esta corrupción puede ser:

o por parte del cuerpo:

bien por enfermedad, como a los que tienen fiebre las cosas dulces les parecen amargas, y a la inversa;

o bien a causa de la mala complexión, como algunos se deleitan comiendo tierra o carbón o algunas cosas similares;

o también por parte del alma, como algunos, por costumbre, se deleitan en comer hombres o en el coito con bestias o con varones o en otras cosas similares, que no son conformes a la naturaleza humana.

La respuesta a las objeciones es evidente por lo expuesto.