50 AÑOS DEL NOVUS ORDO MISSÆ

Conservando los restos

LA SUPRESIÓN DEL SANTO SACRIFICIO

Texto del vídeo publicado Aquí

Estamos a cincuenta años del Novus Ordo Missæ… Estamos a cincuenta años de la segunda reforma protestante… Con esa reforma no católica comienza la operación de supresión del santo sacrificio…

Luego de haber estudiado la historia de la Santa Misa desde San Pedro hasta San Pío V, y de haber analizado las diversas partes de la Santa Misa de Rito Romano y sus correspondientes oraciones, comenzamos a considerar los antecedentes de la misa nueva.

Hemos visto los antecedentes remotos, consecuencias de los errores protestantes, como son el Jansenismo, el Anglicanismo y el conciliábulo de Pistoya.

También hemos seguido de cerca la bien llamada herejía antilitúrgica y la obra de restauración llevada a cabo por Dom Guéranger, dando inicio al Movimiento Litúrgico.

Emprendimos el estudio de la desviación del Movimiento Litúrgico, que desembocará en la nueva misa.

Ya consideramos los tres focos principales de este fenómeno de desviación: en Francia, Alemania y Bélgica; y cómo llevaron a cabo la contaminación y radicalización de esa obra subversiva.

También vimos la subversión propiamente dicha y la reacción de Pío XII.

Hoy veremos la desobediencia, las peligrosas reformas realizadas por Pío XII y la preparación inmediata de la nueva misa, la bastarda de Bugnini-Montini.

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ESCUCHAR ESPECIAL DE CRISTIANDAD

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I LA DESOBEDIENCIA

El mensaje fue claro, todas las desviaciones del movimiento litúrgico fueron denunciadas; sus líderes sólo tenían que someterse, eliminar las ramas enfermas para permitir que el árbol produjese buenos frutos.

Pero lo contrario fue lo que sucedió: los neoliturgos redoblaron su prudencia con respecto a la autoridad, pero también los esfuerzos para hacer que sus innovaciones triunfasen.

Pío XII tuvo frente a él una fuerza subversiva, poderosamente organizada.

¿Cuáles fueron sus motivos? ¿Por qué se negaron a someterse a la autoridad de Pedro? San Pío X responde en la Encíclica Pascendi, cuando describe la psicología del modernista:

“Fácil es comprender por qué los modernistas se admiran tanto cuando comprenden que se les reprende o castiga. Lo que se les achaca como culpa, lo tienen ellos como un deber de conciencia. Nadie mejor que ellos comprende las necesidades de las conciencias, pues la penetran más íntimamente que la autoridad eclesiástica. En cierto modo, reúnen en sí mismos aquellas necesidades, y por eso se sienten obligados a hablar y escribir públicamente. Castíguelos, si gusta, la autoridad; ellos se apoyan en la conciencia del deber, y por íntima experiencia saben que se les debe alabanzas y no reprensiones. Ya se les alcanza que ni el progreso se hace sin luchas ni hay luchas sin víctimas: sean ellos, pues, las víctimas, a ejemplo de los profetas y Cristo. Ni porque se les trate mal odian a la autoridad; confiesan voluntariamente que ella cumple su deber. Sólo se quejan de que no se les oiga, porque así se retrasa el «progreso» de las almas; llegará, no obstante, la hora de destruir esas tardanzas, pues las leyes de la evolución pueden refrenarse, pero no del todo aniquilarse. Continúan ellos por el camino emprendido; lo continúan, aun después de reprendidos y condenados, encubriendo su increíble audacia con la máscara de una aparente humildad. Doblan fingidamente sus cervices, pero con sus hechos y con sus planes prosiguen más atrevidos lo que emprendieron. Y obran así a ciencia y conciencia, ora porque creen que la autoridad debe ser estimulada y no destruida, ora porque les es necesario continuar en la Iglesia, a fin de cambiar insensiblemente la conciencia colectiva. Pero, al afirmar eso, no caen en la cuenta de que reconocen que disiente de ellos la conciencia colectiva, y que, por lo tanto, no tienen derecho alguno de ir proclamándose intérpretes de la misma”.

El testimonio de un sacerdote que ha asistido regularmente a esos círculos inmediatamente después de la guerra es demostrativo: “A veces había una atmósfera de suficiencia y de vanidad intelectual; en todo caso, la aguda conciencia de pertenecer a una élite. Era un medio para que algunos jóvenes religiosos brillaran y aseguraran una cierta promoción”.

El análisis de San Pío X fue preciso: dos defectos llevan al modernismo, es decir, la búsqueda de novedades y el orgullo:

“Los arrastra el vano deseo que el mundo hable de ellos, lo cual piensan no lograr si dicen solamente las cosas que siempre y por todos se dijeron. Y entre tanto, tal vez estén convencidos de que prestan un servicio a Dios y a la Iglesia; pero, en realidad, perjudican gravísimamente, no sólo con su labor, sino por la intención que los guía y porque prestan auxilio utilísimo a las empresas de los modernistas”.

Frente a Pío XII, los neo-liturgos adoptan las tácticas ya denunciadas por San Pío X:

“Nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, procuró oponerse enérgicamente, de palabra y por obra, a este ejército de tan grandes errores que encubierta y descubiertamente nos acomete. Pero los modernistas, como ya hemos visto, no se intimidan fácilmente con tales armas, y simulando sumo respeto o humildad, han torcido hacia sus opiniones las palabras del Pontífice Romano y han aplicado a otros cualesquiera sus actos; así, el daño se ha hecho de día en día más poderoso”.

El C.P.L. ya había tratado de minimizar la advertencia de Monseñor Gröber al publicar una traducción fantasiosa. Los obispos alemanes llevaron esta táctica a su clímax: cuando un decreto del Santo Oficio advierte al centro contra la “Gran Misa alemana” y prohíbe cantar el propio en alemán (29 de abril de 1955), el episcopado alemán desobedece y anuncia “una nueva aprobación de la gran misa alemana”.

Todo movimiento es uniformemente acelerado: la revolución litúrgica también. Vemos en este periodo la radicalización de las desviaciones, la infiltración de los revolucionarios a nivel nacional y romano y la impotencia de la parte sana de la jerarquía.

Bastará que desaparezca el dique, y las aguas infestadas de la herejía antilitúrgica anegarán el jardín de la Iglesia.

“Quien siembra vientos, cosecha tempestades”. Este adagio resume perfectamente este período de la historia de la liturgia: el viento lo han sembrado Beauduin, Casel, Parsch…; la tempestad la han de cosechar Bouyer, Bugnini, etc.

A partir del año 1950, las posiciones subversivas fueron dadas a conocer abiertamente en obras como “La vie liturgique” del Padre Bouyer. Este libro inaugura la hora de las confesiones y rechazos; confesiones, porque en él el Padre Bouyer afirma claramente las simpatías del movimiento por la herejía antilitúrgica; rechazos, porque en él se ridiculiza sin pudor a Dom Guéranger y a todo el movimiento litúrgico ortodoxo.

Descubrimos también en esta obra al Padre Bouyer como el inspirador de la “Institutio Generalis” del Novus Ordo Missæ y, especialmente, de su artículo 7°. No es temerario afirmar que él es uno de los principales responsables de la protestantización de la liturgia.

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Mientras en Francia y Alemania se multiplican las innovaciones (misa cara al pueblo; lecturas, cantos y comentarios en lengua vernácula; paraliturgias) y se estrechan los vínculos de los movimientos litúrgicos alemán y francés, en los demás países, como España, Italia, EEUU, el movimiento, inexistente o menos avanzado, sufre a partir de 1950 la influencia subversiva de los movimientos alemán y francés: el Movimiento Litúrgico pervertido se vuelve mundial.

II PELIGROSAS REFORMAS LITÚRGICAS

Las presiones sobre Roma se hicieron entonces enormes, y la Santa Sede se introduce en la vía peligrosa de las concesiones: vienen las primeras reformas litúrgicas de Pío XII.

Pío XII no consideraba de extrema gravedad el problema litúrgico que enfrentaba entre sí a los obispos alemanes. En efecto, escribió a Monseñor Gröber: “Tenemos una extraña impresión, como si, fuera del tiempo y del mundo, la cuestión litúrgica se presentase como el problema del momento” (Carta de Pío XII a Monseñor Gröber, del 22 de agosto de 1943.

Si con estas palabras Pío XII desaprobaba a los representantes del Movimiento Litúrgico, no dejaba, sin embargo, de minimizar el peligro.

Los innovadores pudieron así infiltrar su caballo de Troya en la Iglesia, haciéndolo pasar por la puerta indefensa de la Liturgia; apoyados por personas del entorno del Pontífice, como su propio confesor, el Padre Agustín Bea S.J., futuro Cardenal y defensor declarado del ecumenismo y principal intermediario de las relaciones con el judaísmo.

Es esclarecedor el siguiente testimonio de Bugnini: “La Comisión para la reforma de la Liturgia, creada en 1948, gozaba de la plena confianza del Papa, informado por Monseñor Montini, es más aún, inclusive semanalmente por el Padre Bea, confesor de Pío XII. Por esta vía se pudieron registrar notables resultados, incluso en los períodos en que la enfermedad del Papa impedía que cualquiera se le acercara”.

El Padre Bea estuvo en el origen de la primera reforma litúrgica de Pío XII, a saber, la nueva traducción litúrgica de los Salmos, que reemplazó a la Vulgata de San Jerónimo, tan odiada por los protestantes por ser la traducción oficial de la Sagrada Escritura en la Iglesia, y declarada “auténtica” por el Concilio de Trento. Si bien esta versión traduce con exactitud el texto hebreo, lo hace en un latín pesado, con muchos germanismos, poco poético e impropio para el uso litúrgico (particularmente respecto del canto gregoriano).

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Abraham Joshua Heschel y Agostino Bea

A esta reforma (Motu proprio In cotidianis precibus, del 24 de marzo de 1945), cuyo uso era, al menos en teoría, facultativo, y que tuvo poco éxito, siguieron otras reformas más importantes y cargadas de contenido:

El 18 de marzo de 1948 se funda una Comisión Pontificia para la reforma de la liturgia, con Aníbal Bugnini como secretario.

El 9 de febrero de 1951, la Sagrada Congregación de Ritos decretó la restauración de la vigilia pascual, que se celebraba el Sábado de Gloria por la mañana, a su horario natural en la noche de dicho día al Domingo de Resurrección.

El 6 de enero de 1953, se modifica la disciplina referente al ayuno eucarístico, por medio de la Constitución Apostólica Christus Dominus.

El 23 de marzo de 1955 decreto sobre la simplificación de las rúbricas del Misal y del Breviario. Decreto Cum hac nostra ætate.

19 de noviembre de 1955: Decreto Maxima Redemptionis, introduciendo el nuevo rito de Semana Santa; ya inaugurado en lo que respecta al Sábado Santo, ad experimentum, en 1951 (“Habiendo considerado el asunto con madurez, el Sumo Pontífice Pío XII, en el año 1951, restauró la liturgia de la Santa Vigilia de Pascua, que se celebraría temporalmente de acuerdo con el deseo de los Ordinarios y como un experimento”).

¿Qué pensar de las reformas realizadas por Pío XII?

Estas reformas quebrantaron la Liturgia y la disciplina en uno de los períodos más críticos de su historia; precisamente cuando el Movimiento Litúrgico desviado ajustaba su programa para llevarlo a la práctica.

Estos decretos fueron el comienzo de una subversión total de la Liturgia.

Todos los verdaderos liturgistas, todos los sacerdotes apegados a la Tradición, se vieron consternados.

La Congregación de Ritos no era en absoluto favorable a estos cambios.

Monseñor Gamber escribió: “El primer pontífice en haber aportado un cambio verdadero y real en el Misal tradicional fue Pío XII, con la introducción de la nueva liturgia de Semana Santa. Volver a poner la ceremonia del Sábado Santo en la noche de Pascua hubiera sido posible sin grandes modificaciones. Juan XXIII prosiguió la tarea con el nuevo código de rúbricas. Por lo demás, en esa ocasión el Canon de la Misa permaneció intacto y no fue para nada alterado, pero después de estos precedentes, es verdad que fueron abiertas las puertas a un ordenamiento de la Liturgia Romana radicalmente nuevo”.

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Monseñor Klaus Gamber

El decreto “Maxima Redemptionis”, por el cual se introdujo en 1955 el nuevo rito de Semana Santa, habla exclusivamente del cambio de horario de las ceremonias del Jueves, Viernes y Sábado Santos, con el fin de facilitar a los fieles la asistencia a los Ritos Sagrados, vueltos a poner en la tarde después de siglos; pero en ninguna parte del decreto hay la menor alusión al dramático cambio de textos y de las ceremonias mismas, operado gracias al nuevo rito y en nada justificado por ningún motivo pastoral.

En realidad, el nuevo rito de Semana Santa fue un ensayo general de la reforma, como lo testimonia el dominico modernista Chenu: “El Padre Duployé siguió todo esto con una lucidez apasionada. Recuerdo que me dijo una tarde: «Si conseguimos restaurar la vigilia pascual a su esplendor primitivo, el movimiento litúrgico habrá vencido; me doy diez años para eso». Diez años después el asunto era un hecho”.

El nuevo rito de Semana Santa, al insertarse como un cuerpo extraño en el resto del Misal todavía tradicional, obedecía a los principios que reencontraremos en las reformas de Pablo VI de 1965.

El mismo Pablo VI, en su Constitución Missale Romanum, dirá:

Desde que comenzó a afirmarse y a extenderse en el pueblo cristiano el movimiento litúrgico, que —como afirmaba Nuestro Predecesor Pío XII, de venerada memoria— debe ser considerado como un signo de las disposiciones providenciales de Dios sobre nuestra época y como un paso saludable del Espíritu Santo por la Iglesia, se percibió claramente que los textos del Misal Romano necesitaban ser revisados y enriquecidos. El mismo Predecesor Nuestro, Pío XII, inició esta obra de revisión con la restauración de la Vigilia pascual y de la Semana Santa, que constituyeron el primer paso de la adaptación del Misal Romano a las exigencias de la mentalidad contemporánea [Nota del original: Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Decreto Dominica Resurrectionis, del 9 de febr. de 1951: A.A.S. 43 (1951), pp. 128 ss.; Decreto general Maxima redemptionis nostræ mysteria, del 16 de nov. de 1955: A.A.S. 47 (1955), pp. 838 ss.].

Citemos algunos ejemplos de esas exigencias de la mentalidad contemporánea:

Pablo VI suprimirá el Salmo “Judica me” con las oraciones al pie del altar; la Semana Santa de 1955 ya lo había anticipado (ver la 1ª y 9ª herejías antilitúrgicas).

Pablo VI suprimirá en 1965 el último evangelio; en 1955 se lo suprime de la Semana Santa (ver la 1ª y 9ª herejías antilitúrgicas).

Pablo VI (siguiendo a Lutero) querrá la celebración de la Misa “cara al pueblo”; el Novus Ordo de Semana Santa comienza con la introducción de tal uso tanto como es posible, especialmente el Domingo de Ramos (ver la 1ª herejía antilitúrgica).

Pablo VI quiere ver la disminución del papel del sacerdote, reemplazado de una punta a la otra por los ministros; ya en 1955 el celebrante no lee más las lecturas, epístolas y Evangelios (Pasión), que son cantados por los ministros y va a sentarse o permanece de pie en un rincón (ver la 11ª herejía antilitúrgica).

Pablo VI, bajo pretexto de restaurar el antiguo rito romano, suprime de la Misa todos los elementos de la liturgia “galicana” (anterior a Carlomagno), siguiendo el desgraciado “arqueologismo” condenado por Pío XII. Así desapareció el ofertorio (con gran alegría de los protestantes), reemplazado por un rito talmúdico que nada tiene que ver con el antiguo rito romano.

Según el mismo principio, el nuevo rito de Semana Santa suprime todas las oraciones de bendición de los ramos (salvo una), la epístola, el ofertorio y el prefacio que la preceden; así como el Viernes Santo, la misa de presantificados (ver la 1ª, 2ª y 3ª herejías antilitúrgicas).

Pablo VI suprime el Orden Sagrado del Subdiaconado; el nuevo rito de Semana Santa presenta a un Subdiácono cada vez más inútil, ya que lo reemplaza por el Diácono (al “levate” de las Oraciones del Viernes Santo) o por el coro y el celebrante (en la adoración de la Cruz).

Pablo VI quiso el ecumenismo. La nueva Semana Santa lo inaugura, llamando a la oración del Viernes Santo para la conversión de los herejes: “Oración por la unidad de la Iglesia”, e introduciendo la genuflexión en la oración por los judíos que la Iglesia negaba en rechazo al deicidio perpetrado el Viernes Santo.

Los simbolismos medievales son suprimidos (la apertura de la puerta de la iglesia con la Cruz procesional al canto del “Gloria Laus”, por ejemplo. Este rito simboliza la resistencia del pueblo judío, la entrada de Jesús en Jerusalén y la Cruz triunfal que abre las puertas del Cielo); la lengua vernácula es introducida (promesas del Bautismo); el “Pater Noster” recitado por todos (Viernes Santo); las oraciones por el Imperio reemplazadas por otras por los que gobiernan la “cosa pública”, de sabor muy moderno (ver la 1ª, 3ª, 5ª y 8ª herejías antilitúrgicas y la proposición XXXIII del conciliábulo de Pistoya).

La Pasión sufre gravísimas censuras: desaparece hasta la Última Cena, en la que Jesús, ya traicionado, celebró por primera vez en la historia el Sacrificio de la Misa. Como consecuencia, el relato de la institución de la Eucaristía resulta ausente de todo el ciclo litúrgico; es decir, ni una sola vez es mencionada en todo el Misal. (ver la 1ª herejía antilitúrgica).

El Viernes Santo se administra la comunión, contrariamente a la tradición de la Iglesia (ver Decreto “Sacra Tridentina Synodus”, de 1905, de San Pío X).

El Sábado Santo, ocho lecturas, de doce, son suprimidas (ver la 1ª y 9ª herejías antilitúrgicas).

En el Breviario se suprime el tan conmovedor “Miserere”, repetido en todas las horas (ver la 1ª y 9ª herejías antilitúrgicas).

Además, todas las rúbricas del nuevo rito de 1955 insisten continuamente en la “participación” de los fieles, por una parte, mientras que, por la otra, señalan como abusos muchas devociones populares (tan caras a los fieles) que acompañan la Semana Santa (ver la 6ª herejía antilitúrgica la proposición LXIV del conciliábulo de Pistoya).

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Aunque sintético, este examen de la reforma de la Semana Santa permite darse cuenta de la manera en que los “expertos” que fabricaron 14 años después la Nueva “Misa” hubieron de utilizar la Semana Santa para realizar en ella sus experimentos litúrgicos, que más tarde iban a aplicar a toda la liturgia.

Lo menos que se puede decir sobre estas reformas es que fueron inoportunas, y que constituyeron etapas de la realización de un complot mucho más amplio, urdido para la destrucción de la Iglesia, a través de la ruina de su Liturgia.

Pío XII aprobó reformas en la liturgia que, si bien no atacan directamente a la doctrina, sin embargo tienen una gran importancia en la estrategia de los neoliturgistas: saben que sus deseos sólo podrán realizarse después de la muerte de Pío XII; pero que esto será más fácil, si los fieles ya están acostumbrados a los cambios; además, podrán afirmar que se trata de la continuación de la obra de Pío XII.

 

III. DE 1958 A 1969: PREPARACIÓN DE LA NUEVA MISA

El Padre Bouyer dejó registrada esta importante anécdota: “La muerte de Pío XII nos fue anunciada. El viejo Dom Lambert Beauduin nos dijo: «Si eligieran a Roncalli, todo se salvaría; sería capaz de convocar un concilio y consagrar el ecumenismo. Tengo confianza, tenemos nuestra oportunidad. Los cardenales, en su mayor parte, no saben lo que tienen que hacer. Son capaces de votar por él»“.

Juan XXIII realiza cambios en la liturgia y convoca el Concilio.

El 22 de febrero de 1962 firmó, durante una solemne ceremonia, la Encíclica Veterum Sapientiae, totalmente dedicada al latín; en la cual se reafirma firmemente la necesidad de su mantenimiento en la liturgia:

“Los Romanos Pontífices, no solamente han exaltado tanto la importancia y la excelencia de la lengua latina, sino que incluso han prescrito su estudio y su uso a los sagrados ministerios del clero secular y regular, denunciando claramente los peligros que se derivan de su abandono. También Nos, por lo tanto, impulsados por los mismos gravísimos motivos que ya movieron a Nuestros Predecesores y a los Sínodos Provinciales, deseamos con firme voluntad que el estudio de esta lengua, restituida a su dignidad, sea cada vez más fomentado y ejercitado. Y como el uso de latín se pone durante nuestros días en discusión en algunos lugares y muchos preguntan cuál es a este propósito el pensamiento de la Sede Apostólica, hemos decidido proveer con normas oportunas, enunciadas en este solemne documento para que el antiguo e ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiera caído casi en abandono, sea absolutamente restablecido”.

Juan XXIII ordena a los obispos que se aseguren de que ningún sacerdote escriba contra el uso del latín en la liturgia, o atenúe la voluntad de la Sede Apostólica en este punto:

“Velen igualmente con paternal solicitud para que ninguno de sus súbditos, por afán de novedad, escriba contra el uso de la lengua latina tanto en la enseñanza de las sagradas disciplinas como en los sagrados ritos de la Liturgia ni, movidos por prejuicios, disminuya en esta materia la fuerza preceptiva de la voluntad de la Sede Apostólica y altere su sentido”.

Sin embargo, en la historia de la Iglesia jamás un documento tan solemne ha sido tan rápidamente desobedecido…

Ocho meses después del comienzo del conciliábulo, varias comisiones prepararon los esquemas presentados a los obispos; todos estos esquemas son criticados por teólogos progresistas, y finalmente rechazados, con la excepción de uno: el decreto Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia, descrito como “una obra maestra” por el Padre Schillebeeckx (teólogo holandés hereje).

Una atenta lectura hace comprender la satisfacción de los progresistas: este esquema aparenta ser lo suficientemente conservador como para ser votado por los Padres conciliares; y, al mismo tiempo, es lo suficientemente ambiguo como para dejar abiertas todas las puertas a las maniobras modernistas.

Siguiendo con el ejemplo del latín, vemos que la Constitución ordena que el uso de la lengua latina se mantenga en los ritos:

“Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”.

Los conservadores están satisfechos con esto…

Pero los modernistas y progresistas, no sólo se aferran al “salvo”, sino que introdujeron en el texto una bomba de tiempo: el permiso de dar un lugar más grande a la lengua vernácula:

“Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos”.

Pablo VI, en la Audiencia General del 26 de noviembre de 1969, anuncia nuevamente el cambio del Rito:

“Todavía queremos invitar a sus ánimos a pasar a la novedad litúrgica del nuevo rito de la misa, que se establecerá en nuestras celebraciones del santo sacrificio, que comenzará el próximo domingo, primer domingo de Adviento, el 30 de noviembre”.

Luego reclama obediencia al conciliábulo y a los obispillos:

“Como hemos dicho antes, será bueno para nosotros darnos cuenta de los motivos por los cuales se presenta esta grave mutación: la obediencia al Concilio, que ahora se convierte en obediencia a los Obispos que interpretan y ejecutan sus disposiciones”.

Y declara:

“Aquí, está claro, se sentirá la mayor novedad: la del lenguaje. El latín ya no será el idioma principal de la misa, sino el idioma hablado”.

Resulta que los Obispos votaron el texto que autoriza esta decisión, creyendo votar en la dirección opuesta…

De la misma manera, el esquema conciliar exige una renovación de la liturgia:

“Revísese el ordinario de la misa, de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión y se haga más fácil la piadosa y activa participación de los fieles. En consecuencia, simplifíquense los ritos, conservando con cuidado la sustancia; suprímanse aquellas cosas menos útiles que, con el correr del tiempo, se han duplicado o añadido; restablézcanse, en cambio, de acuerdo con la primitiva norma de los Santos Padres, algunas cosas que han desaparecido con el tiempo, según se estime conveniente o necesario”.

Los Obispos votan este párrafo sin adivinar que su propósito es la eliminación o modificación de importantes partes del Rito Romano.

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Recordemos que de las 1182 oraciones que contiene el Misal Romano, cerca de 760 (64%) de ellas fueron eliminadas completamente en la nueva misa. Y que del 36% de lo que se conservó, los revisores alteraron más de la mitad antes de introducirlas en el nuevo misal. Por lo tanto, de las 1182 oraciones, sólo 201 (el 17%) de la Misa Tradicional se mantuvieron intactas en la nueva misa.

Sólo el 17% de las oraciones tradicionales no fueron suprimidas o modificadas en la nueva misa…

El presidente de la Comisión de Liturgia Preparatoria, el anciano Cardenal Cicognani, se opuso con todas sus fuerzas a este esquema, que consideraba muy peligroso; pero su secretario fue el Padre Annibale Bugnini, un reformador convencido, que se esforzó por hacer firmar un texto, cuyo autor principal era él mismo, pero que no podía ser presentado a los Padres del concilio sin la firma del Cardenal.

Pablo VI obligó a este último a firmar. El anciano Cardenal estaba al borde de las lágrimas, agitó el documento diciendo: Quieren que lo firme, no sé qué hacer

Luego puso el texto sobre su escritorio, tomó una pluma y firmó. Cuatro días después falleció…

El 26 de febrero de 1964, Pablo VI creó una Comisión para implementar la Constitución conciliar. El Padre Bugnini era el secretario.

Las reformas se multiplican:

En 1965, el uso de la lengua vernácula está autorizado en todos los ritos, excepto en el Ofertorio, el Prefacio y el Canon de la Misa. Estas restricciones se levantaron el 4 de mayo de 1967 (habían pasado sólo cinco años desde que Juan XXIII dedicó toda una Encíclica al mantenimiento necesario del latín…)

Todo estaba preparado para la elaboración de una “nueva misa”, que se presenta a los Obispos el 24 de octubre de 1967:

La misa comienza, a elección, por Confiteor, el Kyrie o el Gloria (una sola de estas tres oraciones debe ser recitada).

El Símbolo de Nicea se reemplaza por el Símbolo de los Apóstoles, que es más corto y menos preciso.

No hay oraciones para el ofertorio: la ofrenda se hace en silencio.

El canon romano ya no existe: está completamente rehecho (incluso las palabras de la Consagración son modificadas).

Los ritos de comunión son abreviados.

Los Obispos se mostraron más bien reservados (57 “sí”, 43 “no” y 62 solicitudes de mejora).

El “Consilium” se pone al trabajo para lograr una apariencia menos revolucionaria, pero que, sin embargo, aparezca, según su mismo autor, “completamente diferente de lo que era antes”.

Se promulga el 3 de abril de 1969, con una “Institutio Generalis” (presentación general) que es inmediatamente criticada. Se trata del famoso Examen Crítico del Novus Ordo.

Dos cardenales romanos, entre los cuales el antiguo prefecto del Santo Oficio, le escriben a Pablo VI y sostienen que:

“El nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 22ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio”.

“LA REFORMA DE LA LITURGIA, PARA DURAR, DEBE LLEVARSE A CABO, NO POR MANOS DOCTAS, SINO POR MANOS PIADOSAS”, enseñó Dom Guéranger.

Quien agregó: “EN LA REFORMA DE LA LITURGIA HAY QUE CUIDARSE DEL ESPÍRITU DE NOVEDAD; LA ANTIGÜEDAD Y LA INMUTABILIDAD DE LAS FÓRMULAS DEL MISAL SON LAS PRIMERAS DE SUS CUALIDADES”.