LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte VII)

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LAS CEREMONIAS DEL CULTO

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La religión —dice Santo Tomás— tiene actos interiores, que son como principales y pertenecen por sí mismos a esta virtud; y tiene actos exteriores, que son como secundarios y ordenados a los interiores”.

El honor que por el ejercicio de la religión, es decir, por medio de la Liturgia, se tributa a Dios, no dimana, pues, solamente del alma, sino también del cuerpo; ya que el hombre entero, carne y espíritu, debe rendir homenaje a su Creador. Al obrar así, el hombre no solamente tributa a Dios un homenaje completo de todo su ser, poniendo al servicio de Dios cuanto de Dios ha recibido, sino que a la vez se excita a sí mismo y excita a los demás a la devoción, y trasluce al exterior, haciéndolos palpables, los sentimientos de su corazón.

He aquí la razón de ser de las ceremonias del culto, cuya variedad y significado vamos a estudiar, siquiera someramente.

1. ¿Qué son las ceremonias?

En sentido amplio entiéndese por ceremonia todo lo que pertenece al ejercicio externo de la religión. En sentido restringido, las ceremonias son las actitudes, acciones, gestos y movimientos exteriores, que acompañan a las oraciones y al ejercicio público del culto divino, del que ellas son partes integrantes y accesorias.

Por lo mismo, constituyen las ceremonias lo que podríamos llamar la sagrada litúrgica.

Teóricamente se distingue entre rito y ceremonia, pero en la práctica se suelen confundir ambos términos.

Rito, propiamente, son las preces que componen un acto litúrgico, y ceremonia son los gestos o movimientos que las acompañan.

En lenguaje corriente se usa indistintamente cualquiera de los dos términos para significar todo el conjunto de oraciones y gestos que constituyen un acto litúrgico; así decimos, v. gr.: la ceremonia o rito del bautismo, de la bendición de las palmas, etcétera.

La ejecución práctica de los ritos y de las ceremonias de cada acto litúrgico está regulada por las rúbricas, las cuales, por lo mismo, son como las reglas de la etiqueta divina, que velan por la integridad y dignidad del conjunto litúrgico. Se llaman rúbricas por estar escritas en los libros litúrgicos con tinta roja o encarnada.

2. Su objeto

El objeto de las ceremonias es múltiple. En primer lugar, ponen el cuerpo al servicio del alma, y a ambos al servicio de Dios; en segundo lugar, reflejan al exterior la fe de la Iglesia y del cristiano, ya que no son ellas más que un eco de lo que pasa en el interior; en tercer lugar, dan vida sensible y relieve a los actos del culto; y por fin, sirven de estímulo y de edificación para los que las ejecutan y para los que las ven.

La ceremonia enriquece y da belleza a los actos del culto, dándole variedad y significación; hace tangibles las ideas religiosas, las sensaciones y las verdades que contiene, y da expresión externa al simbolismo de la postura, de las acciones y de los movimientos. Las ceremonias son el complemento de la palabra hablada, y de gran importancia para una ejecución digna, comprensiva y edificante de las funciones litúrgicas, quitándoles toda fatigosa monotonía.

Por eso la Iglesia las ha fomentado y defendido siempre, las ha mandado observar con escrupulosidad y reivindicándolas contra los ataques de sus enemigos, principalmente de los protestantes, que las tildan de superfluas y supersticiosas.

Citando al Papa Pío XII en su encíclica “Mediator Dei”, diremos con el Cardenal Bona: “Aunque las ceremonias no contengan de suyo ninguna perfección y santidad, sin embargo son actos externos de religión que, como signos, mueven el alma a la veneración de las cosas sagradas, elevan la mente a las realidades sobrenaturales, nutren la piedad, fomentan la caridad, acrecientan la fe, robustecen la devoción, instruyen a los sencillos, adornan el culto de Dios, conservan la religión y distinguen a los verdaderos cristianos de los falsos y de los heterodoxos”.

3. Diversas clases de ceremonias

Teniendo en cuenta que los actos externos del culto, comprendidos bajo el nombre de “ceremonia”, se ejecutan unos con toda la persona, como el andar, el sentarse, el ponerse de pie, etcétera, y otros con sólo algún miembro u órgano del cuerpo, como el mirar, el juntar o extender las manos, etcétera; podemos clasificar las ceremonias en dos grupos, distinguiendo entre los gestos y las actitudes.

Entre las actitudes, podemos considerar: el estar de pie, sentados, arrodillados, postrados, inclinados, con las manos juntas, con los brazos extendidos, con los pies descalzos.

Entre los gestos o ademanes: las cruces, las reverencias, las miradas, los besos, los golpes de pecho, los soplos, la imposición de las manos.

ACTITUDES

4. Las posiciones del cuerpo

La posición del cuerpo tiene en la Liturgia capital importancia, pues eso debe ser un reflejo fiel de lo que, en el momento de la oración, se siente en el alma y no se puede expresar sino de esa manera concreta y sensible. Hay ocasiones en que el hombre, espontáneamente, se pone de pie, se inclina, se sienta, etcétera, sin poderlo evitar, obedeciendo a ciertos impulsos del alma. Son estos impulsos interiores, precisamente, y estas actitudes espontáneas las que la Liturgia aprovecha, al ordenar que el cristiano unas veces ore de pie, otras de rodillas, otras postrado, otras inclinado y otras, en fin, sentado.

5. Se ora de pie para “demostrar nuestra confianza en Dios, nuestro Padre, y la santa libertad de nuestras relaciones con Él”; para significar también que se está alegre y libre de pesadas preocupaciones, y dispuesto, como soldado de Cristo, a unir la acción a la oración.

Primitivamente, la oración en pie era la favorita de los cristianos y la que ha quedado perpetuada en los mosaicos, sarcófagos y monumentos arqueológicos antiguos, en la persona del orante. Se le ve de pie con la cabeza y los ojos levantados, los brazos extendidos a manera de cruz y el rostro transfigurado. El orar de pie es propio de las fiestas, de los domingos y de las épocas de alegría. Es, sobre todo, del Tiempo Pascual, para honrar el misterio de la Resurrección y el triunfo del Salvador. Es la actitud que le corresponde al sacerdote mientras celebra la Misa, acto en el cual está haciendo de sacrificador y de pontífice y como suspendido entre la tierra y el cielo.

6. Se ora de rodillas para confesar la condición de criaturas delante del Creador y, por lo tanto, la sumisión y humildad, y para mejor demostrar el arrepentimiento y confusión por haber pecado. El orar de rodillas es propio, por lo mismo, de las ferias y épocas de penitencia, como el Adviento, las Cuatro Témporas, las Vigilias, las misas de Difuntos y, sobre todo, la Cuaresma, a excepción de los domingos. También lo es de las grandes oraciones de súplica, como las Letanías de las Rogativas; de las exposiciones del Santísimo, del Canon de la Misa, etcétera; y asimismo del acto de recibir las consagraciones, las bendiciones, los exorcismos y otros favores litúrgicos por el estilo

7. Se ora postrado sobre el suelo, en ciertos ritos, hoy escasos, en que el alma se siente más indigna de dirigirse a Dios, o que quiere moverlo más eficazmente a compasión, o se ve más necesitada por alguna muy grave obligación que contrae para el futuro. Tal sucede todavía en las Ordenaciones, Profesiones religiosas, Consagraciones de ciertas personas, y en algunas funciones de Semana Santa.

Piénsese en el trance de los clérigos que se ordenan, de los religiosos que profesan, de las vírgenes que consagran a Dios su virginidad, de los obispos que reciben la plenitud del sacerdocio, etcétera, y se comprenderá perfectamente que ésa y no otra menos humilde y enternecedora debe ser su actitud, para ganar al Dios de las misericordias y de todo consuelo. Igualmente, contémplese el cuadro doloroso de toda la Iglesia y el aspecto severo del mismo templo material, durante la Semana Santa, y se encontrará muy natural la actitud de los ministros de Dios, orando en silencio con el rostro pegado a la tierra. ¿Cómo se podría demostrar mejor, en todos esos casos, los sentimientos de confusión, de humildad, de indignidad y de abatimiento que entonces embargan el alma?

8. Se ora inclinado, es decir, con el cuerpo y la cabeza humillados, en esos trances intermedios en que ni nos oprime el dolor y la humillación, ni nos transporta el gozo y la confianza. La Liturgia prescribe esa actitud, en señal de profunda reverencia, durante la Elevación de la Misa y la Bendición con el Santísimo, al recibir ciertas bendiciones de los sacerdotes, al pronunciar ciertas frases como “Veneremur cernui” y otras que textualmente piden nuestro acatamiento.

En el Ceremonial de la Iglesia existen tres clases de inclinaciones: las profundas, que consisten en doblar todo el cuerpo, de modo que puedan cruzarse las manos sobre las rodillas; las medias o medianas, que exigen la inclinación de la cabeza y de los hombros, y las mínimas, que sólo piden una leve inclinación de cabeza. En las Órdenes monásticas la inclinación profunda suele ser muy frecuente, durante los Oficios, sobre todo al “Gloria Patri”, en las doxologías y en la oración colecta de la Misa.

9. El estar sentado es propio del que tiene autoridad o magisterio, o necesidad del que está enfermo o fatigado, o precaución del que tiene mucho que esperar; pero no es, ni ha sido nunca, actitud propia para orar. Por eso es que los antiguos, a excepción de los prelados y presbíteros, rara vez se sentaban en la iglesia, y cuando lo hacían, lo hacían solamente mientras las largas lecturas y sobre el limpio suelo o sobre alguna esterilla.

El sentarse en el templo les parecía a los antiguos posición demasiado cómoda y muelle, e impropio del siervo en presencia de su Señor. Por eso, hasta el siglo V o VI, ni siquiera se sentaban para la predicación, durante la cual, a lo sumo, se les permitía a los más débiles apoyarse en algún bastón. A los monjes y canónigos tampoco se les permitía sentarse, al principio, durante la salmodia o canto del Oficio, y cuando, andando el tiempo, empezaron a usar del privilegio otorgado a los fieles, “se sentaron primeramente sobre una simple estera, después en un taburete, el cual pronto tomó las proporciones de una silla o de un banco, el que después se convirtió en silla de coro”. El mismo proceso siguió el asiento de los fieles, hasta convertirse en silla o banco de iglesia. Mientras a los fieles, pues, y a los clérigos del coro sólo se les permite sentarse en tales y cuales casos de la Misa y de los Oficios, al celebrante y a sus ministros se les ordena hacerlo, considerando esa actitud como parte de su oficio y dignidad. De ahí nacieron las cátedras episcopales y los bancos de los presbíteros, que se colocaban en las primitivas basílicas en el testero del ábside.

10. Posiciones de las manos y de los brazos

Las posiciones de las manos y de los brazos juegan un papel importante en la Liturgia y ejercen poderosa influencia en los fieles que las contemplan. Los sacerdotes y ministros inferiores, mientras ofician en el altar, y no tienen cosa especial que hacer, conservan las manos juntas y estiradas; el celebrante, durante la Misa, unas veces extiende las manos y los brazos, otras las junta, las extiende, y las vuelve a juntar, y desde la Consagración hasta la Comunión inclusive, tiene unidos y como pegados los dedos índice y pulgar de ambas manos. Regulado como está todo esto con escrupulosidad, nadie dudará que ha de haber sido para dar a cada posición su significado. Veámoslo.

El tener las manos juntas y estiradas mientras están ocupadas, es, en realidad, una conveniencia de mera cortesía y respeto en el altar; pero del hecho de estar eso ordenado por las rúbricas para las oraciones que reza el sacerdote antes de las bendiciones del Ritual, empezando por las solemnes de las Candelas, Ceniza y Ramos, y de que también las junta en el Canon de la Misa cada vez que tiene que bendecir el cáliz o la hostia, bien se podría sospechar que la Iglesia quiso significar con eso algún misterio especial.

En el tener las manos juntas y apretadas una con otra pudo muy bien querer darnos a entender, v. gr., que el sacerdote es el depositario de las riquezas de la gracia, las cuales vuelca sobre los objetos o personas que bendice, al abrirlas y trazar con la derecha la señal de la cruz.

La extensión de las manos y elevación de los brazos es la actitud que cuadra a las súplicas solemnes, como son las colectas y oraciones similares de la Misa, la gran oración eucarística o canon, la oración dominical, los prefacios y otras por el estilo. Es, sin duda, la actitud suplicante que mejor traduce las ansias del alma hacia Dios y la que más fielmente imita a Cristo orando por toda la humanidad en la Cruz.

En el extender y volver a juntar las manos y los brazos el celebrante, al volverse hacia el pueblo y saludarlo con el “Dominus vobiscum”, véase bien claro el deseo de estrechar a todos los presentes en un común abrazo y el de recoger, como en un solo puñado, los votos de toda la asamblea, para ofrecérselos a Dios en el común sacrificio.

Finalmente, el tener unidos y como pegados los dedos índice y pulgar de ambas manos desde la Consagración hasta la Comunión, es una simple medida de precaución para evitar que se desprendan las partículas que acaso se hubieren pegado al tocar la hostia.

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GESTOS

La Liturgia, como destinada que está a cautivar a todo el hombre y a multitudes de hombres y a despertar en ellos variedad de sentimientos, a la palabra hablada o cantada y a las diversas posiciones del cuerpo, une los gestos y los movimientos. Así su expresión es más vivaz y más comunicativa e impresionante su predicación.

11. Las cruces

De todos los gestos litúrgicos, el de trazar la señal de la cruz sobre las personas o las cosas es, no solamente el más noble, sino el más frecuente y elocuente. Hoy este gesto está concretado a dos modos: a hacerlo sobre uno mismo con los dedos de la mano derecha, o a trazarlo sobre los objetos o personas con esta misma mano levemente encorvada.

La señal de la cruz es una de las prácticas cristianas más copiosamente atestiguada en los monumentos arqueológicos y literarios de la antigüedad. Acerca de su uso casero escribía Tertuliano, ya en el siglo III:

Ora caminemos, ora salgamos o entremos, ora nos vistamos, ora nos lavemos, ora vayamos a la mesa o a la cama, ora nos sentemos o hagamos cualquier otra cosa, marquemos nuestra frente con la señal de la Cruz”.

Empezó por usarse sólo en la frente, y luego se extendió a la boca y al corazón. Tan pronto la hacían con toda la mano, como con tres dedos o con sólo el dedo pulgar. A veces era un signo mudo, pero las más iba acompañado de alguna breve jaculatoria o invocación. La forma actual de usarla sobre las personas data de hacia el siglo VIII, y es legado de los monjes.

En los simples fieles tiene la señal de la cruz el significado de una oración y de una adoración; en los sacerdotes, cuando la usan en la liturgia, es además un instrumento de bendición.

En la Misa se usa un sinnúmero de veces, para inculcar bien que es la renovación del drama del Calvario y que la Redención se obró por medio de la Cruz. También se usa en todo género de bendiciones y consagraciones, para significar que todos los bienes dimanan de la Cruz.

12. Las reverencias

Consisten en ligeras inclinaciones de cabeza, y en genuflexiones sencillas o dobles, hechas al Santísimo Sacramento, al Crucifijo, o las imágenes o a las personas, a modo de saludo o de reverencia. Al saludarse los ministros sagrados entre sí, manifiestan la exquisita cortesía y delicadeza que reina en torno del altar; al doblar una o dos rodillas delante de los prelados, de las imágenes y del Santísimo, proclaman su fe y confianza en Aquél a quien representan. De estas reverencias están llenos la Misa y los Oficios, y los fieles deben hacerse una obligación el observarlas desde sus bancos, para unirse mejor a sus ministros.

13. Las miradas

El movimiento de los ojos es otra de las formas más insinuantes de expresión, y la Liturgia lo usa a menudo en sus ritos como un signo de adhesión, de recogimiento, de ternura y de admiración.

Casi siempre que el celebrante hace reverencia al Crucifijo o a la oblata, debe acompañar ese gesto con la mirada; mientras refresca la memoria de los difuntos en su Memento, mientras reza el Paternoster y las tres oraciones preparatorias a la Comunión, debe mirar fijamente a la sagrada hostia; y así en otras cuantas ocasiones. Con ello indica que está todo entero y con toda su atención y admiración en aquello que hace. A veces fija su mirada en el suelo, como signo de humildad y de recogimiento, y otras la alza al cielo, como anhelando volar a aquellas venturosas regiones.

14. Los ósculos

Los ósculos o besos son otro de los gestos usados a menudo en la Liturgia, ora como señal de afecto y de gratitud, ora como prueba de respeto y veneración, ora como testimonio de firme adhesión o de reconciliación.

Así el sacerdote besa el altar, la patena, el Misal, los ornamentos, etcétera; él, lo mismo que los fieles, besa las reliquias e imágenes de los Santos, el Crucifijo, la vela bendita, etcétera; los ministros inferiores besan la mano de los superiores y los objetos que se les ofrecen, etcétera. Cada uno de estos besos imprime un sello especial de religión en las personas o cosas que los reciben.

15. Los golpes de pecho

Golpearse el pecho es una de las señales más expresivas de dolor y contrición de corazón, y hácese, como instintivamente, al confesar las culpas y declararse pecador. La Liturgia lo admitió en sus ritos, como un gesto natural y necesario, para cuando se reza el “Confíteor” y el “Nobis quoque peccatoribus” del Canon de la Misa. Al practicarlo, creemos todos que así aplacamos mejor a Dios y que expresamos más sensiblemente nuestra compunción.

San Agustín, que hablaba delante de un auditorio de obreros o de hombres del pueblo y de marinos de muy cortos alcances, dice que cuando se leía en la Escritura un pasaje en que sonaba la palabra confiteor, la pobre gente golpeábase el pecho en el acto; por lo que se vio obligado a prevenirles muchas veces, en sus sermones, que era inoportuno hacerlo en los casos en que esa expresión no era de confesión de culpas, sino de alabanza.

La elegancia, tan connatural a la liturgia, pide que los golpes se hagan con las yemas de los dedos juntas, no con el puño.

16. Los soplos

Hablaremos de las insuflaciones y exuflaciones, y de su significado, al tratar del aire como elemento natural usado por la Liturgia en la próxima entrega.

17. La imposición de las manos

El rito de la imposición de las manos es común a todas las religiones, y se usa para significar la transmisión de una gracia o de un poder superior a una persona o a una asamblea. Es un gesto que usaron a menudo los antiguos patriarcas y del cual se valió con frecuencia también Nuestro Señor para obrar curaciones y conferir gracias.

En los exorcismos y en el Sacramento de la Penitencia, la imposición de las manos tiene la significación de absolver, de reconciliar.

En la consagración sacerdotal y episcopal y en la confirmación, es un rito esencial, por el que se significa la toma de posesión del Espíritu Santo y la comunicación de sus dones y poderes. En el Bautismo es un rito preparatorio, y en el Canon de la Misa, cuando el celebrante extiende sus manos sobre el cáliz y la hostia, inmediatamente antes de la consagración, subraya el carácter expiatorio de la augusta Víctima del altar.