LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte VI)

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LOS LUGARES SAGRADOS

LOS CEMENTERIOS

El Derecho eclesiástico considera a los cementerios como una prolongación de las iglesias y como lugares sagrados. Eran tan prolongación de las iglesias, en efecto en los primitivos tiempos, que estaban adosados a ellas y a veces en ellas mismas, pues se enterraba bajo sus pavimentos.

1. El respeto a los cadáveres

Desde que Dios pronunció sobre el primer hombre aquella terrible sentencia: “Morte morieris… in pulverum reverteris”, y ella se empezó a cumplir, comenzaron también los hombres, por instinto de conservación, a preocuparse de la suerte de sus cenizas.

Así, a Adán nos lo presenta la tradición sepultado en el lugar mismo en que, siglos después, estuvo enclavada la Cruz del Redentor. A Moisés, el mismo Señor lo hizo sepultar dignamente por ministerio de sus Ángeles.

En lugares a esto depurados fueron igualmente enterrados, después de ellos, judíos y gentiles, y hasta los mismos salvajes tuvieron siempre cuidado de no arrojar al azar los cuerpos de sus muertos, sino depositarlos en sitios seguros y respetados.

Entre los romanos estuvo algún tiempo en boga la práctica inhumana, con mucha razón reprobada por la Iglesia, de la cremación de los cadáveres; pero aun ellos respetaban y honraban las cenizas, recogiéndolas y conservándolas como reliquias queridas en preciosas urnas funerarias.

2. Primeros cementerios cristianos

Lo que los judíos y gentiles y todos los pueblos y razas de la antigüedad, sin exceptuar las tribus salvajes, practicaban con los cadáveres por simple inclinación natural, comenzaron a hacerlo los cristianos con miras sobrenaturales, considerándolos como ruinas veneradas de los que fueron templos de Dios, y como flores de la futura gloriosa resurrección.

Por eso, no sólo los cuerpos de los Mártires y de los Santos, sino hasta los más vulgares, recibieron honorífica sepultura: al principio, en las Catacumbas, luego en los mismos templos o basílicas o en sus criptas, o bien en descampado; pero nunca lejos de las moradas de los vivos, sino en torno de alguna iglesia u oratorio y a la sombra de la Cruz.

A los ojos de los cristianos, no eran los sepulcros pudrideros de cadáveres, ni tierra maldita o de desolación; eran cementerios, es decir, “dormitorios” o “lugares de reposo” (eso significa la palabra), donde yacían durmiendo su dulce y pasajero sueño los difuntos; eran camposantos (otro hermoso nombre con que se les designa), sembrados de huesos humanos con gérmenes de resurrección.

3. Las Catacumbas

Las Catacumbas fueron los primeros y más dignos cementerios de los cristianos. Cuando las persecuciones de los emperadores los obligaron a ocultarse, sirviéronles también de lugares de reunión y de culto, pero esto sólo fue accidentalmente, pues su objeto o destino propio era funerario.

En los tres primeros siglos, sólo se proveían de estos sepulcros subterráneos las familias particulares, pero en esa época también empezó a tenerlos en propiedad la Iglesia. Los nombres de “Cementerio de Priscila”, de “Domitila”, de “Lucila”, etcétera, con que muchos son todavía conocidos, recuerdan su primer propietario; así como otros, “San Sebastián”, por ejemplo, evocan el Mártir principal que allí fue sepultado.

Aunque hubo Catacumbas en muchas ciudades, las más típicas e interesantes son las de Roma. Hállanse en las afueras de la ciudad, junto a las 15 vías principales antiguas. Forman una red laberíntica de galerías subterráneas y a distintos niveles. Pasan de 42 las exploradas metódicamente hasta hoy por los arqueólogos.

Un vestíbulo (ambulacre) sirve de entrada, y cuando se reúnen dos o tres galerías, se establece un ensanche destinado a panteón y capilla (cubículo), donde es celebrado el culto. En las paredes se abren las sepulturas en forma de nicho (locus o lóculos); pero cuando se quiere dar más importancia a la tumba se construye un sarcófago cubierto por una losa (mensa) dentro de una gran hornacina, constituyendo un arcosolium. Esta mesa sirve con frecuencia para altar donde se celebra el Santo Sacrificio”.

4. Los actuales cementerios

Dada la paz de la Iglesia por Constantino, los cuerpos de los Mártires se fueron trasladando a los templos, y allí se permitió que fueran en lo sucesivo sepultados: primero, los cristianos que morían en olor de santidad; después, los emperadores, obispos, fundadores de iglesias, etcétera y, por fin, todos los fieles.

Mas cuando ya no fue posible dar entrada a todos los fieles en la iglesia, construyéronse cementerios en derredor de la misma, o muy cerca, hasta que, en el siglo XVIII, empezó a regir la práctica de sacar los cementerios fuera de las poblaciones, alegando impías razones de salubridad.

5. La bendición de los cementerios

Los cementerios, ora estén contiguos a los templos o lejos de ellos, o bien en el centro de las poblaciones, son objeto de una bendición especial y solemnísima, reservada a los obispos. En los cementerios netamente católicos, esta bendición abarca toda el área; en los civiles, la bendición hácese por partes, sepultura por sepultura, a medida que lo piden los interesados, y en forma muy sencilla.

Para la bendición solemne prepárase, la víspera, en el cementerio una Cruz de madera de la altura de un hombre, a cuyo pie se coloca una estaca, en forma de tridente, para sostener tres velas. Al día siguiente, el oficiante y el pueblo se dirigen al cementerio, donde, delante de la Cruz iluminada, rezan unas oraciones y las letanías de los Santos. En el ínterin, el Prelado rocía con agua bendita todo el solar, y, vuelto al pie de la Cruz, prosigue las oraciones y bendice el lugar. Coloca, por fin, las tres candelas encendidas sobre la cabeza y brazos de la Cruz, la inciensa, la rocía con agua bendita y se retira. Si el oficiante es un Obispo, en vez de una Cruz se preparan cinco con sus correspondientes estacas y cirios, repitiéndose sobre cada una las mismas ceremonias.

El cementerio, así bendecido, conviértese en un verdadero camposanto, y los cuerpos allí enterrados descansan en el dulce regazo de la Religión y bajo las alas del Ángel tutelar de aquella augusta morada. Por eso se excluye de esos santos lugares a los excomulgados, a los suicidas y a los que públicamente han renegado de la Religión. Por eso se erigen en su recinto altares y capillas, se encienden velas y lámparas, se celebran misas. Por eso, también, se salvaguarda su santidad castigando su profanación.

6. Símbolos y epitafios

Es tradición muy edificante, recibida de las Catacumbas, adornar los sepulcros con símbolos y emblemas, y escribir en ellos leyendas y epitafios.

El emblema cristiano por excelencia es la cruz, y a su lado caen muy bien: el pez, el navío, el faro, el áncora, el cordero, el fénix, o simplemente la siempreviva o la tan clásica corona de laurel.

De los epitafios sólo pegan allí aquellos que proclaman la fe y la esperanza del difunto, o que invitan a los que visitan a rogar por ellos o a despreciar las vanidades de la vida.

Hay que reprobar como emblemas malos: las escenas mitológicas, los genios alados, las sombras lloronas, las columnas rotas, las estatuas de mujer con los cabellos desgreñados y con actitud desesperada, la muerte en figura de esqueleto con rostro de arpía y empuñando la guadaña, etcétera, por ser todos ellos resabios de paganismo y más aptos para desesperar que para infundir resignación. Asimismo se han de desterrar los epitafios ridículos, y más aún los paganos y blasfemos, cuales son: las quejas amargas contra la Providencia, las maldiciones contra el fatal destino, gritos desgarradores de corazones que no creen ni esperan, etcétera.

Son epitafios buenos: Hic jacet N.: “Aquí yace N.”; Hic requiescit in pace N.; Hodie mihi, cras tibi: “Hoy a mí, mañana a ti”. “Lo que tú eres yo lo fui; lo que yo soy, tú lo serás: polvo, ceniza, comida de gusanos”. Memento, homo, quia pulvis es: “Acuérdate, hombre, que eres polvo”. Ut quid diligis vanitatem?: “¿Para qué amas la vanidad?”. Pie Jesu, dona ei requiem: “Misericordioso Jesús, dale la paz”. R.I.P.: “Descanse en paz”. “Rogad por N.” ”Brille para ti la luz eterna!”, etcétera.

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7. Las visitas a los cementerios

El elevado concepto en que nuestros antepasados tenían a estos santos lugares y a sus “dormidos” habitantes, inspiróles hermosas prácticas de piedad y exquisitos monumentos de arte, en los que las lámparas votivas lucían entre inscripciones y símbolos bellísimos, y las plegarias y sufragios de los vivos infundían esperanza hasta en las moradas de los muertos.

Visitábanlos aisladamente y en procesión, llevando en sus labios el Responso y el Salmo de la oración, en sus frascos el aceite para la lámpara, manojos de flores en sus manos y una saludable tristeza en el corazón.

Jamás se les ocurrieron las profanaciones que hoy hieren nuestra vista y apenan nuestro corazón. Visitar los cementerios todos los días para llorar sin consuelo es, más que piedad, desesperación; visitarlos sistemáticamente todos los domingos y días festivos, faltando, también sistemáticamente, a la Misa de precepto, es simplemente una impiedad; cubrir con flores y esencias los cuerpos de los muertos y no hacer nada por sus almas, es paganismo puro; adornar sus sepulcros, perfumarlos con oraciones y mimar sus almas con misas y sufragios, es amor y piedad verdaderos y verdadera religión.

8. La cremación de los cadáveres

La cremación, aunque en sí no atenta contra ningún dogma católico ni está prohibida por ninguna ley divina, ha sido proscrita por la Santa Iglesia, principalmente porque sus partidarios han hecho de ella una profesión pública de irreligión y de materialismo, y un arma de combate contra el dogma de la resurrección de los cuerpos.

El Derecho Canónico establece, sobre el particular: Los cuerpos de los fieles difuntos deben ser sepultados, quedando reprobada su cremación. Si alguno de alguna manera ordenare que su cuerpo sea quemado, no es lícito cumplir esa su voluntad, y si ésta fuere anexa a algún contrato, al testamento o a otro cualquier acto, téngase por no hecha (Canon 1208). El Canon 1240 (§5) excluye de la sepultura eclesiástica a los que dejaren dispuesta la cremación de su cuerpo.

Además de la razón apuntada contra el sectarismo, que es la principal, militan contra la cremación razones de orden médico-legal, de espíritu cristiano y hasta de simple humanidad. Empero, no ha de confundirse con la cremación o incineración, la reducción de cadáveres, que es perfectamente lícita y permitida.

EL CULTO DE LOS DIFUNTOS

La Iglesia católica procede con los cristianos como solícita y cariñosa Madre. En vida, tiene para todos ellos su bautismo, su confirmación y toda la rica serie de sacramentos y sacramentales, y no quiere que, después de muertos, le falte a ninguno los merecidos honores y consuelos. Podrán olvidarlos y abandonarlos sus deudos, pero ella jamás. De su memoria ha hecho un culto, y un culto para aliviar sus almas, mientras estén en el Purgatorio, y para consolar y aleccionar a los sobrevivientes.

1. Antigüedad de este culto

El culto de los difuntos ha existido en todos los países, en todas las religiones y en todos los tiempos. La Iglesia católica depurólo de los resabios paganos y supersticiosos, y lo marcó con el sello divino de la verdadera religión.

No desdeñó ella los cuerpos de los muertos a los que, por el contrario, les prodigó honores y agasajos; pero preocupóse principalmente de sus almas.

No escatimó el consuelo a los sobrevivientes; pero se empeñó ante todo en aliviar a los difuntos. Encareció, sí, con soberana elocuencia, la fugacidad y mudanza del tiempo; pero lo que hizo resaltar por encima de todo fueron los gajes de la eternidad.

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Para que este culto fúnebre tuviese, antes de nada, un carácter y un valor de sufragio, era necesario rodearlo de ritos y ceremonias, de oraciones y de cantos sagrados, que formasen un conjunto litúrgico igualmente aprovechable para los vivos y para los difuntos.

Es lo que la Iglesia romana ensayó desde las Catacumbas, y la africana, y la española, y la gala, y todas las de Occidente y las de Oriente, casi desde los primeros tiempos.

Todas enterraban a los hermanos difuntos, aun a los no mártires, al son de himnos y salmos y entre el suave murmullo de las plegarias, ofrecían por ellos el Santo Sacrificio, y los inscribían en los dypticos para recordarles con frecuencia en sus asambleas religiosas.

Es que la Iglesia no podía resignarse a desprenderse de sus hijos, sin darles antes una última muestra de cariño y de interés sumo, y sin dedicarles un como homenaje póstumo.

Otras madres —la madrepatria, por ejemplo—, sólo rinden tributo, después de la muerte, a los hijos privilegiados, a unos cuantos héroes, mientras a los demás los deja hundirse silenciosamente en el abismo del sepulcro; la Madre-Iglesia, en cambio, a cada cristiano, aun al más oscuro, le distingue con honras fúnebres.

Según las Constituciones Apostólicas (1. VIII, c. 42), los días señalados para el culto especial de los difuntos eran el 3°, el 9° y el 40°, más el aniversario, costumbre que sigue la iglesia griega. Un sacerdote griego del siglo VI, llamado Eustrato, da las siguientes razones: “Porque el pueblo de Israel llevó luto por Moisés durante 40 días; porque Jesucristo resucitó al 3º día, y porque se apareció a los Apóstoles después de los 8 días y subió al Cielo a los 40, la Iglesia determinó que los días 3º, 9º y 40º fueran consagrados a la memoria de cada difunto, solemnizándolos por medio de la ofrenda de sus oraciones y del Santo Sacrificio de la Misa”.

El “Sacramentario” Gregoriano y el Misal romano han sustituido el día 40º por el 30º; acaso por la práctica del “treintenario” gregoriano. El día 9º, cuya institución acaso responda al “novenario” pagano, fue suprimido por eso mismo, reemplazándolo por el día 7º, en razón, seguramente, al descanso hebdomadario del séptimo día, de la Biblia.

2. Liturgia de los difuntos

Pero, a la vez que como Madre amorosa, compórtase en este trance la Iglesia como Reina, y reina espléndida. La esplendidez ha llegado hasta a erigir para honra y solaz de todos y de cada uno de los difuntos, un monumento religioso, de los más bellos y armoniosos que se registran en los libros litúrgicos.

Consta de diferentes Misas y de un Oficio, amén del Memento diario en todas las Misas, de una Conmemoración general en sufragio suyo, el 2 de noviembre, y de frecuentes alusiones y recuerdos caritativos en los divinos misterios.

1. LAS MISAS

Las Misas por los difuntos actualmente son tres: la de las exequias, la del día aniversario y la cotidiana, las cuales, con algunas piezas propias, sirven para la conmemoración general del 2 de noviembre y para cualquiera otra circunstancia.

Las completa una serie de 17 oraciones, todas ellas preciosas, y un prefacio común, de introducción moderna, pero de factura antigua.

Se omite el Gloria, el Credo, la bendición final y otros cuantos detalles, sin los cuales el acto resulta menos solemne, sí, pero de mayor severidad.

Los textos han sido casi todos sacados de los diversos sacramentarios antiguos. La maravillosa secuencia Dies iræ, se encuentra en un manuscrito del siglo XII.

Antes del siglo IV, existían ya algunos ritos especiales expresamente en sufragio de los difuntos, pero eran todavía muy rudimentarios; celebrábase la Misa a su intención, pero todavía no había una Misa propia para ellos. Las preces más usuales eran a la sazón los salmos. La Misa actual es de aquellos tiempos, seguramente, pero no debió empezarse a usar como tal hasta el siglo V.

2. EL OFICIO

El Oficio es uno de los más antiguos y más bellos de la liturgia romana, y diríase hermano del de Tinieblas de la Semana Santa. Nos es desconocido su autor. Probablemente fue un monje del siglo VIII. Sea quien fuere, es notorio que se ajustó para componerlo a las reglas clásicas más primitivas. Consta de vigilias, maitines y laudes.

Es difícil hallar en ningún otro oficio de la Iglesia mayor inspiración y majestad y a la vez tanta verdad y sencillez.

La Iglesia —dice Hornstein—, depositaria de las promesas y consuelos de la inmortalidad, los proclama más especialmente a la vista del sepulcro. Si se oyen suspiros y gemidos y se oyen notas fúnebres y de gravedad que conmueven, también dulcifica esos lloros los cantos de alegría. Llora, es verdad, pero mejor inspirada que la desconsolada Raquel, calma su tristeza con la esperanza de la gloria. Si en los lamentos de los padres, de los hijos y seres queridos se deja sentir la debilidad de la naturaleza, en el canto de la Iglesia se manifiesta el poder, la calma y serenidad que produce la fe, en medio de los más tristes sucesos”.

Eso el texto, que el canto “está tan magistralmente apropiado que causa honda impresión en los corazones, los cuales al escucharlo no pueden menos de conmoverse y excitarse a compasión por las almas que gimen en el Purgatorio”.

La razón de no tener Horas menores, ni Completas, ni segundas Vísperas, procede, según Catalán, de la costumbre de las vigilias de los antiguos; pues acostumbraban ellos a llevar el cadáver a la iglesia el día anterior a las exequias, para dejarlo allí como un depósito y empezar el Oficio esa misma tarde, por las vísperas, y terminarlo la mañana siguiente, con maitines y laudes.

3. EL MEMENTO DIARIO

El Memento de los difuntos, que se hace todos los días en todas las Misas, dice así: “Acordaos también, Señor, de vuestros siervos y siervas N. y N., que nos han precedido con la señal de la fe y duermen el sueño de la paz. A ellos y a todos los que descansan en Jesucristo, os rogamos, Señor, que les concedáis el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz”.

Este Memento empezó a ser separado del Memento de los vivos en el siglo IV, Unas iglesias lo colocaron entonces en el Canon, otras, como la gala y la española, en el Ofertorio. San Gregorio Magno le asignó, en el siglo VI, el lugar que ahora ocupa.

4. LA CONMEMORACIÓN DEL 2 DE NOVIEMBRE

La conmemoración general del día 2 de noviembre la estableció San Odilón († en 1409), abad de Cluny, en los monasterios dependientes de su Congregación, de donde luego pasó a la Iglesia universal.

La Iglesia de Roma le ha dado mucha importancia estableciendo en ella un Oficio único, que es el de difuntos, completado con las Horas y enriquecido con lecciones de San Pablo y San Agustín, y extendiendo a todas las iglesias el privilegio de las tres Misas y del jubileo toties quoties.

Ya se entiende que esta Conmemoración anual de los difuntos no surgió de repente. Veníase preparando tiempos atrás, sobre todo desde el siglo VII. Ya San Isidoro de Sevilla († 636) estableció que el lunes de Pentecostés se “ofreciera el Santo Sacrificio por todos los difuntos”. Igual costumbre existía en otros países, sobre todo en los cabildos y monasterios. San Odilón recogió toda esta tradición y la concretó en una conmemoración general, que es la actual.

5. OTROS SUFRAGIOS

Aparte de esto, las rúbricas prescriben el rezo coral del Oficio de difuntos todos los lunes libres de Adviento y de Cuaresma y el primer día, también libre, de cada mes, fuera del tiempo pascual; y además, una memoria, perpetua, al final de cada Hora canónica, recitando la jaculatoria: Fidelium animæ per misericordiam Dei requiescant in pace. ¿Podía tomarse mayor interés la Iglesia militante por la Iglesia purgante, y unir con más tiernos lazos de amor a sus fieles vivos con los fieles difuntos? ¿Podía mostrarse más espléndida en el reparto de sus espirituales tesoros?

6. EXEQUIAS DE LOS PÁRVULOS

Llama párvulos la Iglesia a aquellos niños bautizados que no han alcanzado el uso de la razón.

Para sepultarlos observa la liturgia un rito especial. Manda que se les amortaje conforme a su edad y que se les rodee de flores y de plantas olorosas, para honrar su virginidad.

Para las exequias se emplean ornamentos blancos y no se usa, después de los salmos, ni en ningún otro momento, el estribillo lúgubre: Requiem æternam. Por ellos no se celebran Misas de difuntos, pues sus almas están en el Cielo, sino Misas de gloria, Misas de ángeles, para alabar y bendecir a Dios por ese nuevo bienaventurado.

Por lo mismo, los salmos y oraciones de las exequias de los párvulos son de triunfo y de júbilo; por más que a los deudos la separación del inocente justamente los entristezca y aflija.

En estos casos, los padres deben resignarse y consolarse pensando que sus hijos inocentes reinan ya, como Bienaventurados, en el Cielo, desde donde pueden ellos ayudarles con su intercesión.