SAN HIPACIO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN HIPACIO
ABAD (370 – 446)

san hipacio

EN la primera mitad del siglo V se establecieron numerosos monasterios en Constantinopla y en las costas asiáticas del Bosforo, sobre todo en el distrito de Calcedonia. En 394 Rufino, prefecto del pretorio, hizo construir uno que se halla emplazado precisamente en esta población, en el barrio llamada de La Encina. Recién fundado, albergó monjes originarios de Egipto que a poco lo abandonaron, corriendo el edificio a su ruina, hasta que Hipacio, que ansiaba una soledad tranquila y segura, se estableció allí, lo restauró y lo gobernó por espacio de cuarenta años. Dióle tal desarrollo e influencia, que desde el siglo V sólo se le conoce con el nombre de «Monasterio de Hipacio».

Hipacio nació hacia el año 370 en Frigia, provincia del Asia Menor. Su padre, fervoroso cristiano y a lo que parece, abogado de profesión, dedicóle al estudio de las letras humanas en las que hizo notables progresos. Pero Dios, que le tenía predestinado para vaso de elección, permitió que inopinadamente surgieran serias desavenencias entre padre e hijo. Los malos tratos que recibió Hipacio y el deseo de evitar nuevos altercados, le hicieron concebir el propósito de alejarse del hogar paterno. Y poniendo por obra su determinación, abandonó su casa cuando apenas contaba catorce años, dejando que la Providencia encaminara sus pasos adonde mejor fuere servida. Era hacia el año 384. Habiendo entrado en una iglesia, que halló en el camino, oyó el texto del santo Evangelio que dice: «Y cualquiera que dejare casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre…, por causa de mi nombre, recibirá cien veces más, y poseerá después la vida eterna». Estas palabras impresionaron profundamente su ánimo y, juzgando por ellas que Dios le quería en el estado religioso, resolvióse a entrar en un convento y responder así al llamamiento divino.

Pocos eran los monasterios que a la sazón existían en la capital del Imperio de Oriente y sus alrededores. Isaac, monje siríaco, acababa de fundar uno en Constantinopla, llamado «Monasterio de Dalmacio», en memoria del santo personaje, antiguo oficial de la guardia de Teodosio el Grande, que lo organizó y gobernó durante más de un cuarto de siglo. Hipacio atravesó el Bosforo y, encaminándose hacia la Tracia, llegó al poblado de Halmirisos, lugar tranquilo y, al parecer, muy a propósito para dar comienzo a su vida de asceta. Para mejor asegurarse el sustento corporal entró al servicio de un rico labrador de los alrededores, que le confió el cuidado de sus ovejas. Aquella vida tranquila y apacible que le alejaba del bullicio del mundo y trato con los hombres no le disgustaba, pero su alma ansiaba todavía unión más íntima con Dios. Un sacerdote del lugar que acertó a pasar por donde el pastor apacentaba el ganado y cantaba alabanzas a Dios, prendóse de su dulce y armoniosa voz, acercóse a él y, conociendo por el continente recatado y mesuradas palabras que bajo los burdos vestidos del zagal se encerraba un alma no hecha para cosas de este mundo, le propuso ser cantor en los oficios de la iglesia. El joven aceptó el ministerio que iba a servirle de preparación a la vida monástica por la que tanto suspiraba. Pero Hipacio no cesaba un momento de pedir al Señor que se sirviera apresurar el momento en que, lejos del trato humano, pudiera dar rienda suelta a su espíritu de piedad y de penitencia. Sus súplicas fueron escuchadas. Dios se valió para ello de un santo abad, llamado Jonás, antiguo oficial del emperador Arcadio, con quien se juntó Hipacio en el año 386.

FERVIENTE RELIGIOSO

MUY pronto se hizo indispensable la construcción de un monasterio capaz de albergar a los numerosos postulantes que, atraídos por la elevada santidad de su fundador, acudían a ponerse bajo su dirección. Todos los religiosos contribuyeron a la construcción del edificio, trabajando con tanto ahínco que en poco tiempo estuvieron terminadas las obras.

Ya en la casa del Señor, Hipacio determinó servirle, como dice el Evangelio, con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, dándose por completo a la práctica de las virtudes monásticas, edificando a todos con su obediencia, modestia y austeridad de vida. Pero no se crea que le era connatural el ejercicio de la virtud. Como San Pablo, sintió fortísimo el aguijón funesto de la carne que le hería vivamente el alma y, como él, viósele quejarse amorosamente a Dios. Dicen sus biógrafos que el demonio de la impureza le asaltó con terribles combates de los que salió victorioso, gracias a la confianza en Dios y a la mortificación corporal. Para vencer una tentación muy tenaz y violenta rehusó a su cuerpo toda bebida por espacio de un mes. Tal mortificación no pasó inadvertida a sus Hermanos, que avisaron al Prior. Dióle éste a beber un vaso de agua en el que había echado un poco de vino. No puede fácilmente imaginarse la repugnancia que sentiría nuestro Santo a tomar aquel refrigerio, tan opuesto a sus propósitos, y más sabiendo que en su vida había probado el vino. Sin embargo, como varón obediente, tomó el brebaje y lo apuró sin mostrar la menor contrariedad. Quiso Dios recompensar aquel acto de virtud otorgándole el triunfo sobre la maligna tentación. Confióle el abad Jonás el cuidado de los religiosos enfermos, y fue tanto su celo que no contento con atender a los del monasterio, pidió a su superior que le permitiera cuidar asimismo de los que yacían en el lecho del dolor en aquellas cercanías, carentes de asistencia facultativa. Obtenido el permiso, se multiplicó, por decirlo así, recorriendo todas las aldeas vecinas para prodigar sus cuidados a los enfermos y, si encontraba alguno abandonado en el campo — cosa muy frecuente en aquellos tiempos— , lo cargaba sobre sus hombros, lo llevaba a la puerta del monasterio e iba en seguida a la celda del abad, a quien suplicaba con lágrimas en los ojos que le permitiera recogerlo. El abad le otorgaba el permiso y entonces Hipacio le colocaba en la mejor celda del convento, asistiéndole con maternal solicitud.

EL CONVENTO DE RUFINIANOS

LA tranquilidad de que gozaba en el claustro fue alterada por la inesperada visita de su anciano padre, cuya existencia estaba acibarada por un pleito injusto que amenazaba los intereses de familia. Obtenida licencia del superior, partió Hipacio para Constantinopla en compañía de su padre, siendo voluntad de Dios que la suerte le acompañara en aquel enojoso enredo; retiróse luego a un arrabal de la población, donde llevó vida de asceta con gran edificación de cuantos le trataban. La fama de su virtud llegó pronto a conocimiento de otros dos ascetas, Timoteo y Mosquión, que vivían en aquella ciudad y que, deseosos de mayor perfección se unieron a él para formar una fervorosa Comunidad. Pero Hipacio echaba de menos la compañía de su santo abad Jonás y determinó volverse a su amado retiro. «El ruido del mundo me impide oír a Dios — dijo un día a sus compañeros— ; vuélvome, pues, al desierto, donde no se pierde ni una sola de sus divinas palabras. — Nosotros te seguiremos» —exclamaron al punto Timoteo y Mosquión. Y los tres, sin dilatar un punto la ejecución de su propósito, se encaminaron hacia las soledades de Frigia.

A unos cuatro kilómetros de Calcedonia y próximo al mar, hallábase emplazado el arrabal de La Encina. En él poseía el prefecto del Pretorio, Flavio Rufino, una suntuosa quinta en donde gustaba pasar sus horas de descanso y solaz. No lejos de ella construyó una majestuosa basílica en honor de San Pedro y San Pablo, enriquecida luego con preciosas reliquias de ambos Santos Apóstoles. A la ceremonia de la dedicación (394) acudieron los principales obispos de la Iglesia Oriental, y para realzar la fiesta, el mismo Flavio quiso recibir, en aquella circunstancia, las regeneradoras aguas del Bautismo. Junto a la iglesia construyó un grandioso monasterio y para poblarlo vinieron de Egipto, la tierra del monaquismo, algunos monjes con el encargo expreso de cuidar el rico mausoleo que el prefecto se había preparado en la basílica. Tal fue el origen del cenobio de La Encina, más conocido en la historia con la denominación de «Monasterio de Rufinianos», nombre que se aplicó a todo el barrio Calcedoniano de La Encina en memoria de Rufino, propulsor de aquellas edificaciones.

Pocos meses habían transcurrido, cuando el 27 de noviembre de 395, Arcadio mandó matar a Rufino por malversador y arrogante y ordenó que arrojasen su cadáver al mar. Temerosos los monjes de verse englobados en la persecución que aguardaba a los amigos del antiguo prefecto del Pretorio, volvieron a Alejandría en el año 396. Las celdas del monasterio quedaron desiertas; y, si algún asceta se llegaba a ellas, no prolongaba su estancia, pues estaban tan arruinadas que, cuando el año 400 Hipacio y sus dos compañeros llegaron a aquellos parajes, la nieve y la lluvia penetraban por las goteras de modo lamentable.

ABAD DE RUFINIANOS

AQUEL destartalado e inhospitalario edificio sirvió de morada a Hipacio y a sus compañeros. Reparados el oratorio y algunas celdas, reanudaron con gran fervor la vida monacal repartiendo las horas del día entre la salmodia, el trabajo manual y la oración. Pronto aumentó la Comunidad con la llegada de algunos postulantes. En 403 se les unieron tres ascetas que el patriarca Teófilo había proscrito de Egipto; uno de ellos llamado Amonio murió en Rufiniano, siendo enterrado con pompa en el oratorio particular del monasterio.

Pero el infernal enemigo sembró la cizaña de la disensión en aquel oasis de paz. Graves desavenencias surgieron entre ellos hasta el extremo de pensar en disolverse. Timoteo no quería mandar, pero tampoco consentía que Hipació fuese superior. Éste, amigo de paz y armonía y más deseoso de obedecer que de mandar, abandonó secretamente Rufinianos y se encaminó hacia la cuna de su vida religiosa. Grande fue la alegría de los monjes de Halmirisos a la llegada de Hipacio; pero mayor fue el sentimiento de los de Calcedonia, cuando vieron la pérdida que para ellos suponía el alejamiento del Santo.

El año 406 el abad Jonás tuvo que ir a Constantinopla y los de Calcedonia aprovecharon la oportunidad para suplicarle que, como superior de Hipacio, le mandase volver al convento de Rufinianos, donde su presencia era tan necesaria. No fue cosa fácil decidir al fugitivo, pero al fin consintió. La calma renació en aquel lugar tan pronto como los monjes vieron que Hipacio, acatando la voluntad de Dios, accedió a ser superior de todos, cargo que ocupó durante cuarenta años.

DEFENSOR DE LA FE Y LA MORAL CRISTIANAS

ORDENADO sacerdote por el Obispo de Calcedonia, celebraba misa todos los domingos en la basílica de los Santos Apóstoles, siendo acérrimo defensor de la fe y de la moral cristianas. Prefería la vida retirada de su celda a la bulliciosa agitación de fuera; no obstante, cuando los intereses de la Iglesia de Constantinopla o la salvación de las almas lo exigían, sabía salir de su retiro y emplear activo y animoso celo. En cierta ocasión desbarató los planes de una fiesta de carácter pagano, que Leoncio, prefecto de Constantinopla, había organizado en el teatro de Calcedonia.

Durante la fiesta debía ofrecerse un sacrificio a la diosa Diana en el altar que al efecto se había levantado en aquel coliseo. Sabedor de ello, Hipacio va en busca del obispo Eulalio y le suplica que prohíba aquellos festejos y haga cuanto pueda para impedir la ofensa que se va a hacer a Dios; pero dolorido ante la indecisión del prelado que no quería contrariar al prefecto, Hipacio tomó el asunto por su mano y, llevado de santa indignación, advirtió al prelado que estaba dispuesto a invadir el circo con sus Hermanos y derribar la imagen de Satanás en su altar impuro. Y, diciendo esto, encaminóse a todos los monasterios comarcanos y comprometió, en la santa lucha que preparaba contra los que trataban de resucitar las costumbres del paganismo, a los abades y  religiosos de aquellas santas casas.

Al anuncio de la formación de este ejército de monjes, el impío Leoncio tembló y, pretextando una enfermedad repentina, desistió de los juegos olímpicos que preparaba.

No era menor la firmeza de Hipacio cuando se trataba de conservar la pureza e integridad de la fe ortodoxa. Aconteció, hacia el año 428, que Nestorio, sacerdote de Antioquía, fue elevado a la sede metropolitana de Constantinopla. Antes que el nuevo prelado tomara posesión de su cargo, el abad de Rufinianos anunció a sus religiosos que, desgraciadamente y en plazo menor de tres años, Nestorio caería en la herejía y sería arrojado del seno de la Iglesia. Dios permitió que esta profecía llegara, como amonestación saludable, a oídos de Nestorio; mas, en vez de aprovecharla, se irritó tanto, que al trasladarse a su destino, de paso por Calcedonia, no se dignó detenerse en el monasterio de Hipacio. No se habían cumplido los tres años, y, efectivamente, el desgraciado Nestorio negaba públicamente la unidad de persona en Cristo y el título y cualidad de Madre de Dios a la Virgen María. Tan horribles blasfemias hallaron un valladar inexpugnable en el monasterio de Calcedonia; nuestro bienaventurado anatematizó al hereje y borró su nombre de los dípticos sagrados. El obispo de Calcedonia, Eulalio, protestó en favor de su metropolitano, por entender que Hipacio le censuraba con demasiada ligereza; pero el santo monje siguió firme e inquebrantable en su determinación de no citar en el canon de la misa el nombre de un heresiarca, indigno del título de pastor de la Iglesia.

MODELO DE CARIDAD CON LOS PROSCRITOS

ALEJANDRO, fundador de los monjes llamados «acemetas» o sin sueño, porque divididos en coros alternaban día y noche para entonar sin interrupción alabanzas al Altísimo, había recorrido diversos monasterios de Siria por espacio de varios años, sin hallar el ideal de perfección que se había forjado. Atormentaba su espíritu escrupuloso el divino precepto de la oración continua. Con algunos sirios que le confiaron la dirección de sus almas y a los que recordaba con frecuencia el mandato de Cristo: «Orad sin cesar», fue a establecerse en Constantinopla.

Muchos religiosos, deseosos de mayor perfección y de evitar las distracciones del trabajo por medio de la oración no interrumpida, abandonaron sus conventos para abrazar el género de vida de Alejandro; en poco tiempo hubo en el nuevo monasterio más de un centenar de moradores. Pero no tardó en surgir contra el fundador una violenta campaña. Los archimandritas —abades de monasterios en la Iglesia Oriental— no podían sufrir que sus Conventos se despoblaran en provecho del de Alejandro; la autoridad eclesiástica tampoco veía con agrado que arraigara aquella nueva doctrina que recordaba la de los euquitas o masalianos. Ese malestar originó la reunión de un sínodo para juzgar a Alejandro, el cual, aunque hizo cuanto pudo para defender su causa, acató el fallo que derrumbaba su obra: los adeptos que había conquistado en Constantinopla recibieron la orden de reintegrarse a sus antiguos monasterios; los demás habían de tornar a Siria, su patria, en compañía de Alejandro. Los proscritos hicieron alto en la basílica de los Santos Apostóles de Rufinianos, a una legua de Calcedonia. Cuando el obispo supo su llegada, enojóse en gran manera y lanzó contra ellos al populacho para obligarlos a salir del templo. Los monjes recibieron rudos golpes, y más que otros el pobre Alejandro, a quien dejaron tan malparado que no podía ni valerse por sí mismo, ni aun tenerse en pie; en tan lastimoso estado le llevaron al monasterio de San Hipacio. El santo abad acogió a Alejandro y a sus discípulos con religioso cariño. Informado de ello el obispo, dirigió a Hipacio un mensaje concebido en términos imperiosos y amenazadores y envió nuevamente al populacho con orden severa de manifestarse violentamente contra el santo abad y sus huéspedes. Pero la orden no pudo ser cumplida; los lugareños apreciaban mucho al abad para permitir fuesen atropellados injustamente él y los religiosos. Por su parte, Hipacio predijo que la misericordia de Dios lo arreglaría todo; y así sucedió efectivamente, pues la emperatriz ordenó a un oficial de su ejército que se informase detenidamente y actuase con decisión contra los perturbadores. Ello bastó para dispersar al populacho y sosegar el ánimo del irascible obispo. Un piquete montó la guardia junto al monasterio e Hipacio pudo descansar tranquilo, atender a los huéspedes y curar sus heridas. Mientras tanto, se produjo una reacción favorable a los proscritos, gracias al ascendiente de Hipacio y a la protección de la emperatriz; Alejandro y sus monjes pudieron establecerse tranquilos en Gomón, a orillas del mar Negro, al norte del Bósforo.

VIDA AL SERVICIO DE DIOS Y DEL PRÓJIMO

EL cuidado de la santificación de sus prójimos y su celo por la gloria de Dios, no impedían a nuestro bienaventurado dedicar gran espacio de tiempo a santificarse a sí mismo por medio de obras de piedad y de penitencia, siendo extraordinaria la vigilancia que ejercía sobre su carne, cuyos movimientos reprimía instantáneamente con rigurosas mortificaciones. Así que llegaba el tiempo de la santa cuaresma, se encerraba en su celda, cuya puerta hacía tapiar, dejando sólo abierto un estrecho tragaluz, para comunicarse con sus monjes en caso de necesidad. Allí pasaba los cuarenta días entregado a la oración, alternada con grandes maceraciones y no tomando otro alimento que un poco de pan y unas legumbres cada veinticuatro horas y, cuando llegaba el día de Pascua, salía de su encierro para ir a celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en la iglesia de los Santos Apóstoles, a la que asistía gran número de fieles, a quienes comunicaba el extraordinario fervor de que se hallaba poseído al cumplir aquel sublime acto.

La caridad de San Hipacio para con los menesterosos que acudían a las puertas de su monasterio no se medía por la abundancia o escasez de provisiones que en él había. A todos cuantos llegaban a pedir limosna se les daba su correspondiente ración: a veces, pura dar de comer a los demás, se privaba él de su propio alimento. El Señor recompensó el gran amor de su siervo otorgándole el don de milagros. Quiso Dios galardonar la austera y laboriosa vida de Hipacio con la recompensa de los justos. Ochenta años había vivido, cuando la enfermedad le visitó por última vez. Diez años antes de su tránsito al cielo ya había estado próxima para él la aurora de la eternidad; pero un novicio angelical, postrado a los pies del lecho del bienaventurado Hipacio, ofreció su vida por la del santo abad, y Dios aceptó el cambio, llevándose al joven novicio a las mansiones celestiales y dejando diez años más en la tierra a Hipacio, a fin de que aun le siguiera conquistando más almas para el cielo. Cumplido el plazo señalado para su redención, el moribundo abad anunció a sus monjes el inmediato fin de su destierro en este mundo y se hizo llevar al oratorio para recibir la Sagrada Comunión. Poco después descansó en el Señor.

Era el año 446, y probablemente el 30 de junio. Su cadáver fue enterrado junto al de Amonio en la iglesia del monasterio. El martirologio romano hace mención del monje frigio el 17 de junio.

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

 

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