Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos.

En lo que llevamos del Ciclo Litúrgico, ya hemos contemplado los misterios de la Encarnación, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, de su Gloriosa Ascensión a los Cielos y del envío del Espíritu Santo. La Santa Liturgia nos invita hoy a considerar y meditar el Misterio de la Santísima Trinidad.

La Iglesia honra a la Santísima Trinidad todos los días del año, y principalmente los Domingos; pero celebra una Fiesta particular el Primer Domingo después de Pentecostés para darnos a entender que el fin de los Misterios de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo ha sido llevarnos al conocimiento de la Santísima Trinidad y a su adoración en espíritu y verdad.

Esteban, Obispo de Lieja, instituyó solemnemente en su diócesis la fiesta de la Santísima Trinidad en el año 920; la cual se extendió poco a poco en las órdenes monásticas. Desde 1230 la Orden Cisterciense, extendida por toda Europa, la instituyó para todas sus casas. Se podía prever que la Sede Apostólica acabaría por decretar una fiesta que la Cristiandad anhelaba ver establecida en todas partes.

Juan XXII, que ocupó la cátedra de San Pedro hasta 1334, consumó la obra por un Decreto según el cual la Iglesia Romana aceptaba la fiesta de la Santísima Trinidad y la extendía a todas las iglesias.

De este modo, la fiesta de la Santísima Trinidad ocupó el lugar del Primer Domingo de Pentecostés, cuya Misa se conservó en el Misal. Por eso se conmemora, con sus oraciones después de las de la Fiesta, se reza su Evangelio como último Evangelio de la Misa y se la debe celebrar, de ser posible, uno de los tres días que preceden al Corpus Christi.

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Pues bien, el dogma fundamental del catolicismo, del que todo surge y al que todo converge, es el de la Santísima Trinidad.

De ahí que, después de haber recordado, uno tras otro en el Ciclo Litúrgico, a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, ejecutante de la Redención, a Dios Espíritu Santo, consumador de nuestra santificación, la Iglesia recapitula es este día este gran misterio que nos hace recordar, adorar y festejar en Dios la unidad de Naturaleza en la trinidad de Personas.

Por lo tanto, celebramos, festejamos y honramos hoy el misterio más grande e importante de nuestra santa religión: el misterio de la Santísima Trinidad.

Se trata, pues, de una verdad que es imposible comprender y demostrar naturalmente. Es una verdad que no podríamos conocer, si Dios no la hubiese manifestado y enseñado. Es una verdad revelada por Dios, que debemos creer, aunque no podamos ni comprenderla ni demostrarla. Es una verdad que nunca podremos abarcar ni penetrar en su totalidad.

El misterio de la Santísima Trinidad constituye la vida divina en sí misma. Quien escriba o hable sobre la Santísima Trinidad siempre deberá tener en cuenta la prudente amonestación de Santo Tomás: “Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues —como dice Agustín— en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse, o el fruto una vez logrado.”

El peligro procede de confundir entre sí a las divinas Personas, o en multiplicar su única Naturaleza, al distinguir las Personas.

La verdad contenida en el Misterio de la Santísima Trinidad es la de Dios uno en tres Personas realmente distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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Entrando en la consideración de este Misterio, decimos, en primer lugar, que la fe cristiana cree y confiesa un solo Dios: único en naturaleza.

Y, elevándose todavía más, la fe confiesa y venera la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad.

Desde los Apóstoles hasta nosotros, la Iglesia siempre ha profesado la fe en este sublime misterio, como se lo ve en sus Símbolos, en su Liturgia y en las Declaraciones de sus Concilios.

Dice el Prefacio de la Santísima Trinidad: Te damos gracias a Ti, Señor Santo, Padre omnipotente, eterno Dios, que con tu Unigénito Hijo y con el Espíritu Santo, eres un solo Dios, un solo Señor; no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia… Confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la Esencia, y la igualdad en la Majestad.

La distinción de las Personas divinas no destruye la unidad de Naturaleza, ya que al mismo tiempo que son distintas por sus relaciones incomunicables y por sus propiedades personales, las Personas divinas son iguales por su naturaleza y sus perfecciones absolutas.

Las Tres divinas Personas se distinguen entre sí únicamente por sus propiedades.

Es propio del Padre el ser ingénito; es propio del Hijo el ser engendrado por el Padre; y es propio del Espíritu Santo el proceder del Padre y del Hijo.

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En Dios hay dos procesiones: la del Hijo y la del Espíritu Santo.

El Padre no procede de nadie: es Principio sin principio.

El Hijo procede del Padre por vía de generación. Dios Padre, contemplándose, reproduce en sí mismo su propia imagen, perfectamente igual, consubstancial. Esta imagen viva y subsistente es su Hijo.

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por vía de amor. El Padre y el Hijo se aman infinitamente, y aspiran el uno hacia el otro, con el fin de ser un solo y mismo espíritu.

Este amor del Padre y del Hijo, viviente y subsistente, es el Espíritu Santo.

En Dios hay sólo dos procesiones, porque no hay en Él otras operaciones internas que conocer y amar.

La actividad interna de Dios no tiene ya más que operar cuando, por el entendimiento, produce la Persona infinita del Hijo, y, por el amor, la Persona infinita de Espíritu Santo.

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El misterio de la Santísima Trinidad está por sobre la razón, pero no es contrario a la razón; no es absurdo.

Se objeta que hay contradicción en decir que tres son uno. Sin embargo, la contradicción existiría, si afirmásemos que tres personas hacen una persona; o que una naturaleza hace tres naturalezas.

Creemos, lo que es bien diferente, que Dios es Uno y Trino; que la Unidad se refiere a la Naturaleza, y la Trinidad a las Personas.

El misterio de la Santísima Trinidad es incomprensible, pero no es ininteligible; podemos tener, por analogía, alguna idea imperfecta.

Cuando se trata de la Santísima Trinidad, la razón no demuestra nada: está más allá de sus fuerzas; balbucea; hace un rodeo; busca tanteando, como puede; hace inducciones; se detiene a meditar la fórmula dogmática, y eso es todo.

Llega, sí, a demostrar la existencia de Dios, a darse cuenta de que Él es; pero se halla impotente para escrutar, para sondear el misterio de su vida íntima: es desproporcionado a sus pobres medios de investigación.

Haría mal el entendimiento humano en sorprenderse de esta limitación, dado que lo íntimo del hombre, su secreto, su vida interior, se nos escapa… ¡Con mayor razón el misterio de la vida íntima de Dios!

Él es Uno en tres personas. De ello tenemos la certeza absoluta, puesto que Él nos lo ha dicho; pero esta noción sobreañadida, que nuestra inteligencia no habría encontrado por sí misma, escapa siempre a su comprensión y permanece como un puro objeto de fe.

¡La única naturaleza divina, en virtud de su eterna actividad, se afirma en tres personas!

No hay nada equivalente, ni parecido en el mundo mineral, vegetal y animal irracional; y todas las comparaciones son defectuosas.

Es en nosotros mismos, en el hombre, animal racional, donde podemos descubrir, como un vestigio, un pálido reflejo de la Santísima Trinidad.

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De hecho, el alma humana ha sido creada a imagen de Dios; nuestra alma debe tener con Dios alguna similitud, una lejana analogía, la cual, sin elucidar el misterio, nos lo deja presentir vagamente. Ella es espíritu; tiene esto de común con Dios; y lo que ocurre en ella nos da un cierto presentimiento de lo que ocurre en Él.

Advertimos primeramente que nuestro espíritu vive en un ritmo ternario: concibe el pensamiento, su pensamiento, nacido de él; el cual permanece en él, distinto de él y espiritual como él; verdadera eclosión de un ser nuevo, son dos: el espíritu generador (padre del pensamiento), y el pensamiento (hijo del generador, que se llama también su verbo).

Y cuando el espíritu se repliega sobre él mismo, en el momento en que el espíritu se contempla en su pensamiento, en el fruto de su concepción, se reconoce en él, como si estuviera frente a otro él-mismo, y se ama en ese pensamiento, porque en él se reencuentra.

Enseguida, un tercer elemento, un tercer término surge necesariamente: es el movimiento de complacencia, que llamamos el amor, el cual une al espíritu generador con el verbo que él ha engendrado.

Si este verbo humano, hijo imperfecto de un padre imperfecto, en lugar de ser inconsistente como una sombra, tal como lo es en nosotros, hubiera podido ser llevado a un grado de perfección en el cual tuviera conciencia de sí, como para ser alguien, con el sentimiento de su personalidad, se volvería con complacencia hacia su padre, el espíritu que lo ha engendrado, amándolo; y este amor, que sería su amor substancial, el amor recíproco y conjunto del padre y del hijo, que procedería de uno y otro, el cual los uniría a los dos sin confundirse con ellos, completaría esta miniatura de trinidad humana.

Nuestra alma, en efecto, sigue siendo una. Ella se conoce y ella se ama; no podría ser ni vivir sin conocerse, ni conocerse sin amarse.

Tenemos, pues, nuestra alma, que tiene conciencia de sí misma, y que se conoce en el pensamiento que elabora o engendra.

Tenemos el principio que conoce, y el término que es conocido. Por esta razón, se establece una distinción entre el principio que conoce y el término conocido.

El principio generador se vuelve con complacencia sobre el término engendrado; éste, a su vez, se complace en el principio que lo engendró; y esta mutua complacencia conlleva e implica un tercer término, que es el amor que procede de uno y otro.

Hay, pues, tres elementos imperfectos, pero irreductibles, coexistiendo en la unidad indivisa de nuestra alma: tres que se funden en uno sin confundirse; uno que se irradia en tres, sin fraccionarse.

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Ahora bien, si el alma humana es imagen de Dios, en Dios ha de darse la misma ley de actividad y de fecundidad, pero en el supremo grado de poder y de perfección. En Dios, todo llega a término, todo está completo, todo es perfecto.

Nosotros no mantenemos siempre nuestras facultades en ejercicio; hay interrupciones, impotencias y fatigas; una nada basta para impedir a un hombre pensar.

Se distinguen en nosotros —y esto es una imperfección— la aptitud de obrar y la acción.

En Dios, esta imperfección no existe: el acto es permanente, sin defecto, sin mengua, sin tregua, sin decaimiento; acto permanente de una fecundidad constante y absoluta.

Nosotros nos esforzamos en vano en hacer pasar a nuestras concepciones lo mejor de nosotros mismos; trabajamos, sin lograrlo, para objetivarnos completamente en nuestros pensamientos… El Espíritu divino sí lo logra.

Se expresa bien la sentencia que dice que “ponemos toda nuestra alma” en ese intento; pero, infelizmente, no es más que una manera de hablar…

Dios Padre pone en ello todo Él mismo; se pone íntegramente… Y el Verbo concebido y engendrado por Él y de Él, constituye, en el seno de la naturaleza divina, sin dividirla, ese segundo término, el Verbo de Dios.

Y esta Palabra no es, como el verbo del hombre, solamente una modalidad inconsistente del espíritu, sino una entidad, una realidad substancial y viviente, que tiene conciencia de sí, que es sí-misma, que es alguien, distinto del Padre y consubstancial a Él. Es, como el Padre, una Persona.

Y en este Verbo, el Padre se reencuentra y se complace. Y el Verbo es capaz de transportarse, en un impulso reflexivo de amor filial, todo entero hacia el Padre que lo engendró.

Y este amor conjunto, recíproco y extático del Padre y del Hijo, que procede de entre ambos, que les es consubstancial, cuya perfección es adecuada a la de Ellos, y que tiene su personalidad, que tiene conciencia de sí, que es alguien, una Persona, es el Espíritu Santo, vínculo viviente de ardiente dilección que suelda, en la indivisible unidad de la naturaleza divina, la trinidad de las personas.

Le llamamos Espíritu Santo. Espíritu, no en la acepción ordinaria de la palabra, como se dice que Dios es puro espíritu, que el ángel es espíritu, que el alma es espíritu; entendiéndolo así, este nombre no sería el nombre específico de la Tercera Persona, puesto que el Padre también es espíritu, al igual que el Hijo es espíritu, mientras que ella es el Espíritu.

Veamos cómo.

El amor, en su grado extremo, no habla más, no canta más: calla; se exhala en suspiro, en un soplo en el cual el alma vibra entera.

Es en este sentido en el que se le da a la tercera Persona en la Santísima Trinidad el nombre de Espíritu. Spiritus, soplo, suspiro, que tiene su etimología común con las palabras espiración, aspirar, respirar, expirar.

Suspiro pleno y profundo en el cual se exhala el amor; soplo ardiente que destella de las fuentes mismas del ser; que sale de éste sólo para volver a él; al que se vuelve a encontrar, y retomar, y al que se lo aspira nuevamente con el mismo placer con el que se lo ha expirado, en ese juego incesante, de ritmo misterioso, de la respiración que es el signo y la condición de la vida interior, spiraculum vitae

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Por áridas, arduas e insuficientes que sean estas consideraciones, que fatigan el espíritu sin decirle nada al corazón, no son superfluas: hacen presentir aquello que ellas no pueden dilucidar.

Y, al haber explorado de esa manera, a tientas, las inmediaciones del insondable abismo, con una impresión de vértigo que deja al alma en paz, volvemos con mayor confianza al acto de fe; porque nos damos cuenta mejor de que el misterio, en suma, es una prueba de amor: Dios, en su bondad amorosa, ha querido decirnos más de lo que nosotros podemos comprender…

Gratias agimus Tibi propter magnam gloriam tuam…!

Tratándose, pues, del más difícil y sublime misterio de la Revelación, bástenos retener con religiosa exactitud los vocablos de Esencia y Persona, con los que está formulado el misterio; y creer que la unidad está en la Esencia, y la distinción en las Personas.

Decía el Padre de Chivré: Cuando se ha dado la vuelta completa a través de las solemnidades humanas, comprendidas las de la Iglesia, a pesar del verdadero respeto que merecen por lo que representan, uno vuelve un poco vacío y triste

¿Qué hemos de hacer, pues, para celebrar los más dignamente esta fiesta mientras aguardamos hacerlo por la eternidad en el Cielo?

Hemos de hacer cinco cosas:

1ª: adorar el misterio de Dios Uno y Trino;

2ª: dar gracias a la Santísima Trinidad por todos los beneficios temporales y espirituales que de Ella recibimos;

3ª: consagrarnos totalmente a Dios y rendirnos del todo a su divina Providencia;

4ª: pensar que por el Bautismo entramos en la Iglesia y fuimos hechos miembros de Jesucristo por la invocación y virtud del nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;

5ª: determinarnos a hacer siempre con devoción la señal de la Cruz, que expresa este misterio, y a rezar con viva fe e intención de glorificar a la Santísima Trinidad aquellas palabras que tan a menudo repite la Iglesia: Gloria sea al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo… Gloria a la Santísima Trinidad por los siglos de los siglos… Amén…