Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido. Estas cosas os he hablado en parábolas. Viene la hora en que ya no os hablaré en parábolas: mas os hablaré claramente de mi Padre. En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, porque el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis, y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Sus discípulos le dijeron: He aquí que ahora hablas claramente y no dices ningún proverbio. Ahora conocemos que sabes todas las cosas, y que no es menester que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios.

Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre…

¿Qué significación tienen estas palabras respecto de Nuestro Señor Jesucristo, el Verbo Encarnado?

Inmediatamente, como introducción y para ambientarnos, evoquemos un magnífico párrafo de San Hilario:

“El Hijo salió de Dios y fue enviado por Él. Por esto dice: “Y creísteis que salí de Dios”. Esto lo dice de su nacimiento y de su venida, y así añade: “Salí del Padre y vine al mundo”. Lo uno se refiere a su Encarnación, y lo otro a su Naturaleza Divina. Porque el venir del Padre y salir del Padre no significa lo mismo, pues una cosa es salir de Dios en la substancia de su origen, y otra venir del Padre al mundo para consumar los misterios de nuestra redención. Y como el salir de Dios es poseer la sustancia de su nacimiento, ¿qué otro puede ser sino Dios?”

Contemplemos, primero, el misterio de la preexistencia eterna como Verbo de Dios “en el seno del Padre”.

Dios es Padre. Tiene un Hijo, engendrado por Él en el eterno hoy de su existencia.

El Padre engendra una Imagen perfectísima de sí mismo, que lo expresa en toda su divina grandeza e inmensidad.

Imagen perfectísima, Verbo mental, Palabra viviente y substancial del Padre, el Verbo constituye una segunda Persona, en todo igual a la primera, excepto en la real oposición de Paternidad y Filiación, que hace que la Primera sea Padre y la Segunda Hijo.

La segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo o Verbo del Padre, es Dios como el Padre, posee juntamente con Él y el Espíritu Santo la plenitud de la divinidad. Es Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, como confesamos en el Credo de la Misa.

El mismo Jesucristo lo proclamó abiertamente cuando dijo: El Padre y yo somos una misma cosa.

Ese Hijo muy amado, igual al Padre y, con todo, Persona divina como Él y distinto de Él, no se separa del Padre. El Verbo vive siempre en la inteligencia infinita que le concibe; el Hijo mora siempre en el seno del Padre, que le engendra.

Mora por unidad de naturaleza y mora también por el amor que Padre e Hijo se tienen.

Esta es, en sus líneas generales y en brevísimo resumen, la teología del Verbo de Dios, que subsiste eternamente en el seno del Padre: Salí del Padre

Por eso San Hilario dice: “… salir del Padre se refiere a su Naturaleza Divina… significa salir de Dios en la substancia de su origen… poseer la sustancia de su nacimiento, ¿qué otro puede ser sino Dios?”

Y San Juan Apóstol, en el inicio de su Evangelio escribe: En el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios, presentando al Hijo de Dios en tres frases que muestran sucesivamente cuatro verdades:

* La anterioridad del Verbo con relación a todo lo creado: En el principio era el Verbo.

* Su presencia eterna en Dios: Y el Verbo era junto a Dios.

* Su divinidad en cuanto Verbo: Y el Verbo era Dios.

* Su distinción de la Persona del Padre: si era junto a Dios Padre, es evidente que se distingue de Él.

Advirtamos la sublime elevación de estas ideas en medio de su aparente sencillez. Las palabras apenas varían y, sin embargo, el pensamiento se eleva sucesivamente, como en un vuelo circular, en un crescendo majestuoso, en el que San Juan va asentando, sucesivamente, las cuatro grandes afirmaciones que acabamos de señalar.

Él era, en el principio, junto a Dios. Como para acentuar su pensamiento y cerrar las relaciones del Verbo con Dios Padre, San Juan vuelve a tomar las ideas de las dos primeras frases: En el principio, o sea, antes que Dios creara al mundo, el Verbo era ya en Dios.

En los dos primeros versículos, el Águila gira en torno a la eternidad del Hijo en Dios: antes de la creación, de toda eternidad, era ya el Verbo; y estaba con su Padre, siendo Dios como Él.

Es el Hijo Unigénito, igual al Padre, consubstancial al Padre, coeterno con Él, omnipotente, omnisciente, infinitamente bueno, misericordioso, santo y justo como lo es el Padre, quien todo lo creó por medio de Él.

El Verbo de Dios permanece eternamente en el seno del Padre.

Ni siquiera la Encarnación pudo desplazarlo de aquel lugar de reposo eterno. Al asumir la humana naturaleza, el Verbo no experimentó el menor cambio ni inmutación. El movimiento de asunción afectó únicamente a la naturaleza humana, que fue elevada a la unidad de Persona con el Verbo eterno, sin que Éste experimentara el menor cambio o saliese un solo instante del seno del Padre, que le engendra continuamente en el inmutable hoy de su eternidad: ex utero ante luciferum genui te

El Verbo es el único que conoce al Padre en toda su plenitud infinita, puesto que es su propia Idea, su propia Palabra, su propia Imagen perfectísima. Y ese Verbo, Palabra divina del Padre, ha venido a la tierra para darnos a conocer, con palabras humanas, los misterios insondables de la vida íntima de Dios: Todo me ha sido transmitido por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Estas son, a grandes rasgos, las ideas fundamentales sobre el Verbo de Dios que expone San Juan en el maravilloso prólogo de su Evangelio.

El conocimiento de este misterio es vital y fecundo para nuestras almas. Nuestro Señor Jesucristo, en su Oración Sacerdotal del Jueves Santo, exclama: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.

Jesucristo, cuyo misterio debemos estudiar, contemplar, asimilar y vivir, es el Hijo de Dios Encarnado, el Verbo hecho carne.

Antes de asumir la naturaleza humana, Jesucristo era Dios. Al llegar a ser hombre, no por eso dejó de serlo. En cualquiera de sus misterios, Él es siempre y ante todo el Hijo único del Padre, el Unigénito de Dios.

Hay un estado esencial que no abandona nunca; Él es el Hijo de Dios, viviente en el seno del Padre: Unigenitus Filius qui est in sinu Patris.

Ante todo, pues, debemos contemplar su divinidad, contemplar al Verbo in sinu Patris, pues todos los misterios de Jesucristo se fundan en su divinidad.

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Después de esta rápida visión de la teología del Verbo de Dios, tal como subsiste eternamente en el seno del Padre, abordemos ahora la segunda parte de nuestro comentario: Me voy a Aquel que me ha enviado… Otra vez dejo el mundo y voy al Padre…

San Juan nos enseña: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Este versículo es riquísimo en contenido doctrinal. El Verbo, que nace eternamente del Padre, se dignó nacer, como Hombre, de la Virgen Madre, por voluntad del Padre y obra del Espíritu Santo.

A su naturaleza divina se añadió la humana, en la unión hipostática. Pero su Persona sigue siendo una sola: la divina y eterna Persona del Verbo.

Así como se dice descendido del Cielo, no según la naturaleza divina, sino según la humana; así también se dice ascendido según la humana, y no según la divina. Sin embargo, por razón de la divina Persona y de la unión hipostática, el hombre aquel, Jesucristo, se dice que descendió y ascendió a los Cielos.

Se dice, pues, que descendió del Cielo porque el que primero estaba en el Cielo y en todo lugar, aunque estaba en la tierra, no se le veía; y al tomar la naturaleza humana empezó, de pronto, a ser visto en la tierra de la misma manera que si hubiera bajado del Cielo.

El Verbo se hizo hombre, carne; la cual connota la flaqueza humana en oposición a la gloria divina.

Por medio de su humanidad moró en medio de nosotros. Y una vez acabada su obra, regresa al seno del Padre: Me voy a Aquel que me ha enviado

Antes de la Pasión, levantando sus ojos al cielo, dijo: Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti —conforme al señorío que le conferiste sobre todo el género humano— dando vida eterna a todos los que Tú le has dado, y la vida eterna es: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, enviado tuyo. Yo te he glorificado a Ti sobre la tierra dando acabamiento a la obra que me confiaste para realizar. Y ahora Tú, Padre, glorifícame a Mí junto a Ti mismo, con aquella gloria que en Ti tuve antes de que el mundo existiese.

Es evidente, como dice San Agustín, que si pide lo que desde la eternidad tenía, no lo pide para su Persona divina, que nunca lo había perdido, sino para su Humanidad santísima, que en lo sucesivo tendrá la misma gloria de Hijo de Dios, que tiene el Verbo.

Jesús pide al Padre que también haga participante a su naturaleza humana de la gloria que Él posee, desde toda la eternidad, como Hijo de Dios.

En su Encarnación se despojó de sí mismo, ocultando la claridad y majestad de su naturaleza divina, se anonadó y se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Cumplió la misión que se le encomendara, llevando una vida de pobreza, de anonadamiento, de dolores, de amorosa sumisión al Padre y a su santa voluntad.

Ahora ya puede retornar a su casa.

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Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre…

Todo el Evangelio está aquí…, en esta frase…

Estas palabras reúnen de un modo rápido, solemne y profundo, toda la vida de Jesucristo, como Dios y como hombre: Salí del Padre, porque de Él procedo por generación eterna, y porque de su seno fui enviado a la tierra… Y vine al mundo, tomando carne de una Virgen, y apareciendo entre los hombres con esta carne, como hombre mortal. Otra vez dejo el mundo, y voy al Padre, sentándome a su diestra como Hombre, aunque no dejando de estar presente entre los hombres.

Toda la vida y todos los misterios de Jesús se encierran en estos dos viajes del Hijo de Dios: el de su salida del Padre para venir al mundo, y el de su salida del mundo para volver al Padre.

Eternamente presente ante el Padre, el Hijo divino, para cumplir un designio de la misericordia de Dios, hizo su viaje a la tierra, presentándose ante los hombres con el ropaje de su carne mortal.

Con los hombres vivió y por los hombres murió. Su vida se consumió en el solo anhelo de llevar consigo los hombres a Dios.

Dejó la semilla y se volvió al Padre.

Dice San Agustín: Bajó para levantar a muchos; Dios se hizo hombre, para que el hombre llegara hasta Dios.

No frustremos el penosísimo viaje de Nuestro Señor Jesucristo; ha venido a la tierra a buscarnos; seamos dóciles, y dejémonos llevar de su mano divina a Dios.

Dios mediante, retomaremos esta meditación en la Fiesta de la Ascensión gloriosa de Nuestro Señor a los Cielos.