Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA MISA DE GLORIA DE RESURRECCIÓN

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

MISA DE GLORIA DE RESURRECCIÓN

Pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y sus vestidos blancos como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, que fue crucificado; no está aquí, porque ha resucitado, como lo había predicho. Venid, ved el lugar donde estaba puesto el Señor. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo ha predicho.”

Pascua significa Paso del Señor. Hace alusión esta fiesta al beneficio que Dios hizo a su pueblo con ocasión de la última plaga que envió a Egipto. La noche que el Ángel Exterminador recorrió las calles de Egipto degollando a los primogénitos de todas las casas.

Adoctrinados de antemano los judíos por Moisés, sacrificaron un cordero, con cuya sangre rociaron los postes y el dintel de sus puertas. Las casas que llevaban esta señal, fueron respetadas por el Ángel del exterminio.

Todo esto fue en figura. Pasó ya el tiempo de las figuras, y llegó la plenitud de los tiempos y la realidad, ante la cual sucumbe lo simbolizado.

A la misma hora en que un viernes pascual los sacerdotes degollaban en el templo de Jerusalén los corderos preceptuados por las leyes mosaicas, el verdadero Cordero de Dios era inmolado sobre el Ara de la Cruz a vista de todo el mundo.

El velo del templo se rasgó; su simbolismo había llegado a su fin. Cesaron las hostias y las víctimas de becerros, corderos y machos cabríos. La Sangre redentora de Cristo, figurada en los sacrificios de la Antigua Ley, se había derramado ya sobre la tierra.

Con Ella puede todo mortal rociar su alma y, prevalido de dicha señal, cerrar el paso al Ángel de la muerte; ningún enemigo puede penetrar en lugar santificado por la Sangre del Cordero de Dios.

Habiéndose entregado el Primogénito y Cabeza de toda la humanidad para ser inmolado por nuestra salud, la muerte eterna no puede extender ya su brazo descarnado sobre los regenerados.

¡Aleluya!… Salud, honor y gloria al que obró nuestra Redención.

Verdaderamente es digno, justo, equitativo y saludable alabarte en todo tiempo; pero principalmente y con mayor magnificencia en este día, en que Jesucristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Porque Él es el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo. Muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró nuestra vida.

¡Aleluya! Este es el día que hizo el Señor; regocijémonos y alegrémonos en él… ¡Aleluya!…

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Pero el paralelo de la Pascua mosaica y la cristiana no termina ahí. El sentido de nuestra Pascua no se agota con la oblación del Cordero pascual. No, nosotros participamos también de una manera real de los despojos del Cordero sacrificado.

En la Sagrada Eucaristía se nos ofrece en alimento la propia Carne del Hijo de Dios. El sentido de nuestra Pascua llega, pues, a su cumbre en la Comunión, convite pascual de la Nueva Ley.

Por eso volvemos a oír en ese augusto momento el mismo aviso de San Pablo:

“Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua; celebremos, pues, el banquete con los ácimos de la sinceridad y de la verdad”.

Acerquémonos, por consiguiente, a Él con un alma purificada previamente, por la confesión, de la levadura del hombre viejo, de los pecados, pues la Cena del Cordero no admite más que pan ácimo.

Es ese precisamente el momento sublime a que ha venido mirando la Liturgia de toda la Cuaresma, el digno coronamiento del camino de penitencia recorrido.

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Retengamos de la Resurrección de Jesucristo la lección que reiteradamente saca el Apóstol San Pablo del hecho magnífico de la nueva Vida que vive Jesucristo después de su muerte:

“Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? ¿Ignoráis acaso que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, en su muerte fuimos bautizados? Por eso fuimos, mediante el bautismo, sepultados junto con Él en la muerte, a fin de que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida. Pues si hemos sido injertados en Él en la semejanza de su muerte, lo seremos también en la de su resurrección, sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado; pues el que murió, justificado está del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que viviremos también con Él; sabiendo que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no puede tener dominio sobre Él. Porque la muerte que Él murió, la murió al pecado una vez para siempre; mas la vida que Él vive, la vive para Dios. Así también vosotros teneos por muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús”.

Así, la Resurrección de Jesucristo, fundamento de la fe y motivo y gaje de la esperanza del cristiano, es la piedra de toque para estimar el valor de toda nuestra vida en orden a nuestro destino eterno.

¿Hemos hecho nuestra su Resurrección? Viviremos eternamente.

¿No hemos con resucitado con Él? Entonces resucitará nuestro cuerpo, pero será para acompañar en su desgracia eterna a nuestro espíritu muerto.

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Jesucristo baja al sepulcro después de haber destruido nuestra muerte, que es el pecado; y sale de él resucitado para restaurar definitivamente nuestra vida, dice el Prefacio de Pascua.

Lo que hizo en el orden general de la redención, lo particulariza en el Bautismo en cada uno de nosotros.

A esta exposición doctrinal, agrega San Pablo una exhortación: la resurrección debe ser definitiva; pero quedan en el fondo de nuestra vida elementos que tratan de rebelarla contra Dios y destruir en ella la vida divina, haciéndola morir otra vez por el pecado. Hay que utilizar todo recurso vital para no sucumbir de nuevo, a fin de no contrariar las leyes de la resurrección espiritual:

“Que no reine ya más el pecado en vuestro cuerpo mortal, de tal manera que sirváis a sus concupiscencias; ni uséis de vuestros miembros para el pecado como armas de iniquidad; sino entregaos a Dios, como redivivos de entre los muertos, y dad a Dios vuestros miembros como armas de santidad y justicia”.

Tal es el misterio de la resurrección pascual: muertos con Cristo, resucitemos con Él; resucitados con Él, vivamos la misma vida que Él, que es la vida misma de Dios.

¡Qué bien ha interpretado la Iglesia este misterio de la transformación de la vida cristiana en Cristo resucitado! Durante todo el tiempo pascual la Liturgia hace oír la magnífica exhortación del Apóstol a los Colosenses:

“Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que son de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre; sentid el gusto de las cosas de arriba, no de las que están sobre la tierra”.

De la muerte a la vida; del pecado a Dios; de la tierra al Cielo; de la vida del hombre viejo según la carne a la del hombre nuevo según el espíritu.

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Pero nuestra Pascua de acá es transitoria.

Lo es, porque es temporal, y el tiempo es fugaz; no hemos llegado todavía al estado de inmortalidad definitiva, como nuestro Modelo Jesucristo resucitado.

Lo es, porque nuestra miseria nos hunde, tal vez con frecuencia, en el sepulcro del pecado de donde salimos un día para vivir la vida de Dios. La vida divina no conoce retrocesos, pero nosotros sí, que cien veces hemos puesto la mano en el arado y hemos vuelto la vista atrás.

Todo nuestro esfuerzo debe tender a “contemplarnos” cada día más con Jesucristo resucitado, para vivir más intensamente con Él la vida de Dios, y a no separarnos más de Él hasta que con Él celebremos la solemnidad de la Pascua definitiva y eterna.