La Soledad de María

Attendite et videte si est dolor

sicut dolor meus

La Soledad de la Virgen Maria.jpg

Dame tu inspiración, profeta Santo;

Préstame de tu canto la dulzura;

Quiero llorar con el doliente llanto

Que de Sión lloraste la amargura;

Quiero con triste y doloroso canto

Acompañar la acerba desventura

De una mujer, del Cielo la alegría,

Que hoy sufre en soledad dura agonía…

Vedla…, vedla… Del Gólgota en la cumbre,

Humilde y dolorida está de hinojos;

Del sol poniente el pálido vislumbre

Viene a bañarla en sus fulgores rojos.

Mustia, apagada la celeste lumbre

De sus hermosos y divinos ojos,

Al alto los dirige, y solitaria

Murmura en su dolor triste plegaria.

¡Cuánto ha sufrido! En su serena frente

Dejó el dolor inextinguible huella;

Se ocultó su sonrisa, y tristemente

Silencio de dolor sus labios sella;

De su llanto de fuego la corriente

Dejó surco profundo en su faz bella,

Y con el lirio de los valles triste

Su hermoso rostro de dolor se viste.

¡Cuánto ha sufrido! Por martirio tanto

Su amante corazón está oprimido,

Que ni siquiera puede en su quebranto

Exhalar ni un sollozo ni un gemido;

Secas están las fuentes de su llanto,

Que á torrentes sus ojos lo han vertido:

Ni suspira ni llora; resignada

En su inmenso dolor está abismada.

Vio a su Jesús morir, vio su amargura.

Vio su pasión, su angustia, su tormento,

Le vio subir del Gólgota a la altura

Y el sacrificio consumar sangriento.

—¡Oh heroísmo sin par!, oh desventura!

¡Oh abnegación sublime!, ¡oh sentimiento!

¿Qué fuerza superior te sostenía

¡Para que no murieses, oh María!

Y le viste expirar; su cuerpo inerte

Entre tus brazos tiernos estrechaste,

Y su semblante, que veló la muerte

Con tu llanto purísimo regaste.

Sus manos, su cabeza, ¡oh Madre fuerte.

Con cuanta pena y cuanto amor besaste!

¡Ah! ¡Cuántas veces a su roto pecho

Juntaste el tuyo de dolor deshecho!

¡Pobre madre! ¡Martirio prolongado!

¿Quién sufriera tormento tan impío?

Ni aun el cadáver ve del Hijo amado.

Que se le oculta ya el sepulcro frío.

Sin luz y sin ventura se ha quedado.

Sola con su dolor, mudo y sombrío;

Doquier que vuelve los nublados ojos

Halla amargura, soledad y abrojos.

¡Pobre Madre! Su pecho un solo instante

Hallar no puede la quietud perdida;

Anda en las sombras de la noche errante

Buscando su consuelo dolorida.

Mil veces llama a su Jesús amante

Con voz penetrante y afligida:

— “¿Dónde estás, Jesús mío, dice; dónde?”

Y solo el eco a su clamor responde.

“¿No miras mi dolor, Hijo adorado?

Ven, mi Jesús, mi corazón te llama;

Ven, ven, que sin ventura me he quedado;

Consuela el mal de quien te llora y ama”.

Lleva el aura su acento acongojado

Cuando así dice y suspirando clama;

Y la responde a su infeliz lamento,

“Sola”, diciendo, el murmurar del viento.

¡Sola! ¿Dónde encontrar podrá consuelo

A su penar acerbo y prolongado?

Si mira con amor el bajo suelo.

Todo aumenta la angustia de su estado;

Si mira con ternura al alto cielo,

Le encuentra a su gemir mudo y cerrado;

Murió Jesús, y los que el Cielo moran

La muerte de su Dios tan solo lloran.

“¡Sola!” ¡Cuánto dolor, Madre afligida!

Sola en la situación más horrorosa;

Sola, y la prenda de tu amor querida

Muerta de muerte fiera y afrentosa!

¿Y aun puedes alentar? ¿Y aun tienes vida?

Te niega el Cielo muerte venturosa

Que a otros mártires da; tú, ¡oh Madre!, vives

Y martirio más grande así recibes.

Oh, sí, Jerusalén; la ciudad santa.

Delicias del Señor, un tiempo pura,

Cual fantasma precito se levanta

Entre la niebla de la noche oscura;

Y en torno, con horror que el alma espanta,

Se oye una voz que baja del altura

Diciendo aterradora y condolida:

“¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Deicida!”

Y María la escucha, y a su acento

Rasgar su corazón, morirse siente;

La voz es amenaza y es lamento

Por verdugos y víctima inocente:

Sin igual es su doble sentimiento

Por el Dios muerto y la deicida gente;

Es tu Hijo Dios; y ¡oh Madre de dolores!

También tus hijos son sus matadores.

¡Ah sin segundo, atroz; tormento horrible

(Aquí se hiela el corazón de espanto)

Comprender tu amargura es imposible;

Se abisma el alma en mares de quebranto;

Al humano lenguaje es indecible;

¿Cómo pudiste, Madre, sufrir tanto?

¿Ser también hijos tuyos los impíos,

Los malditos del Cielo, los judíos?

Lo quiso Dios. En el postrer momento,

Cuando de tu Jesús el alma huía.

En la cima del Gólgota sangriento.

Allí a la vista de la turba impía,

Oíste de su voz el dulce acento.

Que moribundo y triste te decía

Aumentando tu pena y tus dolores:

“Mujer, sé Madre tú de pecadores”.

¿Y qué fuera sino mujer bendita;

Sin ser tú Madre del mortal, qué fuera?

¿Quién del Cielo la cólera infinita

Y el brazo airado detener pudiera?

Pero en la tierra do el pecado habita

Naciste tú, celeste medianera,

Para ser entre Dios y la criatura

El lazo de la paz y la ventura.

Y ahora sola te ves; sola sufriendo

Lo que nadie sufrió, pobre María;

Donde volver tus ojos no teniendo.

Ni en quien calmar tu pena y agonía.

Al meditar en tu martirio horrendo

El alma se estremece, Madre mía,

Y se asombra al mirarte, Virgen pura,

Coloso de la humana desventura.

Y sola, en una tierra mancillada.

Con un delirio horrendo, entre insensible

Gente cuya dureza despiadada

Hace tu situación aun más horrible;

Entre la soledad más angustiada,

Con la pena y dolor más indecible.

Te oigo exclamar con voz que da agonía;

¡Mirad si hay pena cual la pena mía!

No la hay, ¡oh Madre!, no; ¿qué alma de hielo

No se enciende al mirar tu pecho herido?

¿Qué corazón, al ver tu desconsuelo.

No se siente de angustias oprimido?

¿Qué ojos te miraran, oh luz del Cielo,

Que llanto no derramen dolorido?

¿Quién habrá, Madre tierna, que te mire

Y con amarga pena no suspire?

¡Ah! Deja, Madre, que tus hijos fieles

Acompañen el tuyo con su llanto;

Deja que contemplemos tus crueles

Angustias y tu fúnebre quebranto.

Para que en tus pesares te consueles

Nada puede mi bajo, indigno canto;

Más déjame llorar a tu memoria,

Porque llorar tus penas es mi gloria.

Y hoy que te miro triste, desolada,

Hoy más te adoro, Madre de amargura;

Hoy todos, con el alma traspasada.

Lloramos tu dolor y desventura;

Hoy te vemos doliente, atribulada.

En soledad sombría, Virgen pura,

Y con el alma de ternura llena

Templar queremos tu profunda pena.

 Francisco Sánchez de Castro

One thought on “La Soledad de María

Los comentarios están cerrados.