SAN CIRILO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

San Cirilo Jerosolimitano, obispo у confesor.

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La vida de san Cirilo . patriarca de Jerusalen, que por esto se llama Jerosolimitano, y por distinguirle de otro san Cirilo que fue patriarca de Alejandría, escribió Juan Grodecio, dean glogoviense, recogida de lo que se halla de él en los autores de la historia eclesiástica; y la trae el padre Fr. Lorenzo Surio en el segundo tomo de las vidas de los santos; y es de esta manera:

Fue san Cirilo varón de grande integridad, letras y prudencia: y habiendo muerto Máximo, patriarca de Jerusalén, por sus excelentes partes fue puesto en aquella silla, siendo emperador Constancio, hijo del gran Constantino. Gobernó santísimamente su Iglesia  y entre otras alabanzas que le dan, es de gran caridad y misericordia para con los pobres: porque habiendo Dios enviado en su tiempo una hambre grandísima para castigo de los mortales, y siendo inumerables los pobres que acudían al santo prelado por remedio, y no teniendo él otro remedio que darles, vendió los bienes ,preseas y joyas de la iglesia  y con el precio de ellos socorrió aquella necesidad, despojando el templo material, por sustentar los vivos y espirituales templos de Dios, como lo hicieron san Ambrosio, san Agustín y otros santos prelados.

Siendo san Cirilo patriarca de Jerusalén, acaeció en ella una cosa rara y maravillosa. Un día de Pentecostes o Pascua del Espíritu santo, como a las tres horas después de salido el  sol, apareció sobre el monte Calvario en el aire una cruz mas clara y resplandeciente que el mismo sol, la cual llegaba con sus brazos hasta el monte Olivete, y duró tanto tiempo, que fue vista de toda la ciudad; porque dejando cada uno lo que tenia en sus manos, concurrió a ver este espectáculo y prodigio divino, y muchos judíos que le vieron fueron
alumbrados del Señor, y le reconocieron por Dios, y se convirtieron a nuestra santa fe; queriendo su divina Majestad con esta demostración tan evidente del cielo ilustrar el pontificado de san Cirilo, y detener al emperador Constancio, para que no favoreciese a los herejes arrianos, sino que estuviese fuerte en aquella fe y creencia que el emperador Constantino, su padre, por medio de otra cruz, que lo apareció también en el cielo , había
recibido y guardado; aunque él no lo hizo: y san Cirilo escribió a Constancio una grave y elegante carta, en que le da cuenta de este milagro que él mismo había visto, y le exhorta a seguir el estandarte de la cruz y servir al que por nosotros murió en ella.

Fue cosa notable y tan sabida por todo el Oriente esta aparición de la cruz, que se instituyó particular fiesta, para celebrar cada año a los 9 de mayo, que fue el día en que apareció.

Con esta señal del cielo estaban los pechos de la gente blandos y bien dispuestos, y Cirilo con su santísima vida y admirable doctrina, hacía grandísimo fruto, animando a los católicos y resistiendo a los herejes arrianos, que eran muchos y favorecidos del emperador Constancio , y llevaban a mal que el santo prelado deshiciese con tanta claridad las tinieblas de sus errores e ignorancia: y como eran poderosos, y armados con la potencia del emperador  y no menos insolentes, astutos y atrevidos, determinaron echar a san Cirilo de su silla, y quitar a los católicos un caudillo y pastor tan valeroso; para que quedando el ejército del Señor sin cabeza, y el rebaño sin pastor, pudiesen ellos mas fácilmente, como lobos, despedazarle y consumirle.

Para hacer esto con algún color, se juntaron algunos obispos herejes con Acacio, que era el principal, y traía grandes competencias con Cirilo, y encubriendo la verdadera causa que los movía, que era ser ellos arrianos y Cirilo amparo y columna de la fe católica, y tomando por achaque, que había vendido los ornamentos de la iglesia para dar de comer a los pobres, y que un farsante había salido a representar cierta comedia vestido de uno de ellos; le depusieron y privaron de su silla patriarcal y pusieron en ella a Heraclio, que era de su secta, para que la fomentase y la llevase adelante  como ellos pretendian; y muerto Heraclio sustituyeron a Hilario en su lugar.

De esta manera fue desterrado san Cirilo de los herejes, como lo fueron en aquel tiempo otros muchos santísimos y doctísimos obispos, que eran los pilares de nuestra santa religión, y padeció muchas y graves persecuciones y calamidades.

Mas después, habiéndose juntado un concilio en la ciudad de Seleucia, fueron llamados Acacio y sus secuaces, para que pareciesen y diesen razón de lo que habían hecho contra san Cirilo: pero nunca se atrevieron a comparecer, porque tenían mal pleito, y la mala conciencia los acusaba y condenaba: y en aquel concilio san Cirilo fue restituido a su dignidad, y Acacio privado de la suya, y sus compañeros excomulgados y condenados.

Con esta sentencia volvió el santo prelado a su Iglesia, con gran gozo de los buenos, y rabia y pena de los malos. Y aun san Gerónimo, hablando de san Cirilo, dice que no una, sino muchas veces fue echado de su Iglesia por la fe católica, y otras tantas restituido a ella.

Demás de las otras excelencias, que tuvo san Cirilo, fue una el don de profecía; porque habiendo sucedido en el imperio Juliano, apóstata, a Constancio, su primo hermano, y queriendo favorecer a los judíos contra los cristianos, mandó que se tornase a edificar el templo de Jerusalén para que en él los judíos hiciesen sus sacrificios y ceremonias.

Comenzóse la obra con grande aparato, y suntuosidad, y echáronse los cimientos muy hondos y firmes; y san Cirilo dijo, que no quedaría piedra sobre piedra de aquel edificio, porque así lo había dicho Cristo nuestro Señor.

La noche siguiente vino un temblor de la tierra tan grande y espantoso, que arrancó y sacó las piedras que se habían echado en los fundamentos de aquel templo, y las esparció por diversas partes, y sobrevino un fuego del cielo que quemó y consumió todos los instrumentos que tenían aparejados para aquel edificio. Y como concurriesen muchos judíos a ver este milagro, parecieron unas cruces resplandecientes, tan impresas y esculpidas sobre los vestidos de ellos, que por ningún arte ni industria se las podían quitar: y vióse cuán verdadera había sido la profecía de san Cirilo; y el apóstata Juliano quedó confuso, y muchos de los judíos se convirtieron a nuestro Señor Jesucristo.

Muchos y graves trabajos padeció nuestro Cirilo de los herejes por defender nuestra santísima religión, y largos años, imperando en Oriente Constancio, Juliano y Valente, que todos tres fueron emperadores y enemigos de la fe católica, y la persiguieron crudamente. Mas después que sucedió en el imperio el gran Teodosio, príncipe no menos piadoso que valeroso, Cirilo tuvo paz en la Iglesia por espacio de ocho años, y la gobernó admirablemente; y cargado de años y merecimientos, pasó de esta vida a la eterna a los 18 de marzo del año del Señor do 386, que fue el octavo de Teodosio, según el cardenal Baronio.

De san Cirilo hacen mencion el Martirologio romano, y el concilio Constantinopolitano en una epístola que escribe a san Dámaso, papa, y le llama «Reverendisimo y Santísimo Obispo;» y dice, que había muchas veces, y en varios lugares peleado las batallas del Señor contra los herejes. Los griegos le celebran en su Menologio, y los escritores de la historia eclesiástica, Sozomeno, Sócrates, Xeodoreto y Nicéforo, le alaban como a varon santísimo y doctísimo, y martillo de los herejes.

Escribió san Cirilo, siendo mozo, un libro de grande erudición, que llamó Cathecheses: el cual, traducido de griego en latín por el mismo Juan Grodecio, que escribió su vida, en nuestros días ha salido a luz con gran beneficio de la santa Iglesia.

 

LEYENDA DE ORO

DR. JOSÉ PALAU

 

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