50 AÑOS DEL NOVUS ORDO MISSÆ

Conservando los restos

Especiales de Cristiandad

LA SUPRESIÓN DEL SANTO SACRIFICIO

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El 3 de abril de 1969, Jueves Santo aquel año, veía la luz la Constitución Missale Romanun presentando el Novus Ordo Missæ, la misa bastarda montiniana…

Estamos a cincuenta años del Novus Ordo Missæ…

Conocida es la foto en que se ve a Pablo VI en compañía de los observadores no católicos…, seis pastores protestantes…

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Estamos a cincuenta años de la segunda reforma protestante…

Con esa reforma no católica comienza la operación de supresión del santo sacrificio…

Radio Cristiandad publicará a lo largo de este año dos categorías de artículos: unos sobre la Santa Misa, especialmente en su sacrosanto Rito Romano; y otros mostrando la perversidad de la misa bastarda.

En primer lugar presentaremos una breve Historia de la Misa Tradicional… La Santa Misa en la Iglesia Primitiva; el período desde San Pedro hasta San Gregorio Magno; y la continuidad del Misal Romano desde este gran Pontífice hasta San Pío V.

Será necesario hacer un estudio detallado de los ataques protestantes en el siglo XVI contra la Misa Católica.

Enfrentando esa reforma, consideraremos la inmensa obra del Concilio de Trento, especialmente las definiciones y las condenas de su Vigesimosegunda Sesión, y el encargo hecho a los Sumos Pontífices que culminará con la promulgación de la Bula Quo Primum Tempore de San Pío V.

El demonio no podía quedarse tranquilo sin intentar suprimir el Sacrificio del Nuevo y Eterno Testamento. De este modo suscitará en la segunda década del siglo XX la desviación del Movimiento Litúrgico, que desembocará en la promulgación de la Constitución Missale Romanum de Pablo VI…

Estudiaremos en detalle el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missæ, las oraciones de la nueva misa y el espíritu protestante de la reforma litúrgica…

Llegaremos, Dios mediante, hasta los Indultos de 1984 y 1988 y el pérfido Motu proprio de 2007…

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HISTORIA DE LA MISA TRADICIONAL (I)

ANUNCIOS Y FIGURAS DE LA SANTA MISA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Dom Prosper Guéranger, eximio liturgista y abad de Solesmes, afirma que la Santa Liturgia es algo tan grande que para encontrar su origen hay que remontarse al mismo Dios; ya que Dios, en la contemplación de sus perfecciones infinitas, se alaba y glorifica sin cesar, amándose con un amor eterno.

Será necesario esperar al Verbo Encarnado para hallar en la tierra al perfecto adorador de la Santísima Trinidad. Enseña Dom Guéranger:

Dios ha amado tanto al mundo que le entregó a su Hijo único, para que éste lo instruyese en el cumplimiento de la labor litúrgica. Después de ser haber sido anunciada y prefigurada por cuarenta siglos, se le ofreció una plegaria divina, fue cumplido un sacrificio divino, y aún ahora y para la eternidad, el Cordero inmolado desde el principio del mundo se ofrece en el altar sublime del cielo y cumple a la inefable Trinidad, de una manera infinita, todos los deberes de religión en nombre de los miembros de los cuales Él es la Cabeza.

Sin embargo, incluso antes de la Encarnación el mundo nunca estuvo exento de liturgia, ya que, de acuerdo con la doctrina de San Agustín, como la Iglesia se remonta al principio del mundo, la Liturgia se remonta también a ese mismo principio.

De tal modo que en el Antiguo Testamento la Liturgia es ejercida por los primeros hombres en el principal y más augusto de sus actos: el sacrificio.

Basta pensar en los sacrificios de Abel y de Noé.

Abraham, Isaac, Jacob, ofrecen sacrificios de animales y erigen piedras para el altar que prefiguran el altar y el Sacrificio futuro.

Melquisedec, envuelto en el misterio de un Rey-Pontífice, teniendo en sus manos el pan y el vino, ofrece un holocausto pacífico, figura del Sacrificio de Jesucristo.

Durante toda esta época primitiva las tradiciones litúrgicas no son fluctuantes y arbitrarias, sino precisas y definidas. Es evidente que no son una invención humana, sino impuestas por Dios mismo; de hecho, el Señor elogia a Abraham por haber observado no sólo sus leyes y preceptos, sino también sus ceremonias.

En la Sagrada Escritura vemos que Dios nunca pidió sacrificios humanos, salvo en una ocasión: la de Abraham, a quien Dios le pidió que sacrificase a su único hijo Isaac. Abraham obedeció; pero, en el último momento, Dios envió un Ángel para retenerle el brazo y ordenarle que ofreciera un cabrito en lugar de su hijo.

El mensaje es muy claro: el hombre realmente merece la muerte; en estricta justicia tendría que inmolarse en expiación por sus pecados. Pero sólo puede hacerlo con la autorización de Dios; solamente Dios es el señor de la vida y de la muerte, y nadie puede disponer de su vida o la de los demás sin autorización divina, aunque fuese para ofrecer un sacrificio. Pero esta autorización, Dios la da solo una vez en la Biblia (en forma de orden), para mostrar que es objetivamente correcta, y la retira de inmediato, para demostrar que no corresponde a sus propósitos. El hombre merece morir, pero en cuanto a Isaac, Dios quiere reemplazarlo con otra víctima.

Las narraciones del Antiguo Testamento deben considerarse como la preparación y la proclamación del Nuevo: los libros históricos de la Biblia hablan de hechos reales, pero ordenados por Dios para significar la venida de Jesucristo.

Para aquellos que se toman la molestia de estudiarla con la ayuda de los Padres de la Iglesia y de los comentaristas católicos, la Biblia es un fresco maravilloso organizado por Dios a través del tiempo para manifestar de antemano la salvación que enviará por medio de su Hijo.

Todos los sacrificios del Antiguo Testamento eran, pues, anuncios del Sacrificio sangriento de la Cruz y del Sacrificio incruento de la Misa.

EL CULTO DE LOS PATRIARCAS

El ritual preciso de los sacrificios hebreos fue dado por Dios a Moisés. Pero los sacrificios anteriores a la ley mosaica son también importantes y de sumo interés para la comprensión de la Santa Misa. De hecho la oración Supra quæ hace referencia a algunos de ellos:

Sobre las cuales ofrendas dígnate mirar con ojos favorables y semblante apacible, y aceptarlas como tuviste a bien aceptar los dones de tu siervo el inocente Abel, y el Sacrificio de nuestro Patriarca Abrahán, así como también el que te ofreció tu Sumo Sacerdote Melquisedec: sacrificio aquel santo, hostia inmaculada.

Veamos:

A) El sacrificio de Abel

El primero de todos es el sacrificio de Abel, quien “ofreció de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. Yahvé miró a Abel y su ofrenda” (Génesis IV, 3-5).

A este sacrificio de los corderos primogénitos se opone el de Caín, que ofrece los frutos de la tierra y el trabajo de sus manos, y que es rechazado por Dios.

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¿Por qué este rechazo? Debido a las disposiciones internas de cada uno, ciertamente, pero hay otra razón que nos da a Jean Vaquié: de los dos sacrificios, “el de Abel es sangriento, su víctima prefigura al Cordero inmolado. Se adapta al estado de decadencia del mundo después de la caída. Es expiatorio, porque de ahora en adelante hay lugar para el perdón. Así, el sacrificio de Abel es aceptado. El sacrifico de Caín es una ofrenda de alabanza, no sangriento. Habría sido suficiente antes de la caída. Pero no es suficiente ahora, porque “la muerte ha entrado en el mundo” y se ha hecho necesaria una redención sangrienta. Así es que el sacrificio de Caín no fue aprobado”.

La palabra hebrea usada en la Biblia para designar “la ofrenda” de Abel es aquella que después designará las oblaciones no sangrientas; después de haberla utilizado por primera y única vez para señalar un sacrificio sangriento; la Sagrada Escritura la usa a partir de entonces sólo para designar ofrendas hechas con harina acompañadas de una libación de vino.

El Salvador, se ha sacrificado igualmente una sola vez, y la primera, con efusión de su preciosísima Sangre; y este Sacrificio se reproduce continuamente, de modo incruento, en el sacrifico eucarístico.

B) Sacrificio de Noé

El sacrificio ofrecido por Noé después del diluvio es el primero a propósito del cual la Biblia habla de un altar: Después erigió Noé un altar a Yahvé, y tomando de todos los animales puros, y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar (Génesis VIII, 20).

Ahora bien, el altar es la figura de Cristo, en Quien se encuentran Dios y el hombre. Noé ofrece el sacrificio de todos los animales puros, y solamente el hombre no fue sacrificado, porque estaba reservado para que Jesucristo, el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo, fuese sacrificado cuando llegase el momento.

C) Sacrificio de Melquisedec

Luego viene un sacrificio bastante misterioso: el de Melquisedec.

Fue después de la victoria de Abraham que Melquisedec apareció brevemente en Génesis XIV, 14-20:

Y como oyese Abram que su hermano había sido hecho prisionero, reclutó entre los siervos nacidos en su casa a los más adiestrados, en número de trescientos diez y ocho, y persiguió (a los invasores) hasta Dan. Y habiendo dividido su tropa (cayó) sobre ellos durante la noche, él y sus siervos, los derrotó y los persiguió hasta Hobá que está a la izquierda de Damasco. Y recuperó toda la hacienda, y también a su hermano Lot con sus bienes; y asimismo a las mujeres y a la gente. Cuando regresaba tras la derrota de Codorlaómer y de los reyes que con él estaban, le salió al encuentro el rey de Sodoma en el valle de Savé, que es el valle del Rey. Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios altísimo. Y le bendijo, diciendo: “¡Bendito sea Abram del Dios altísimo, señor del cielo y de la tierra! ¡Y bendito sea el Dios altísimo, que puso tus enemigos en tus manos!” Y le dio Abram el diezmo de todo.

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Melquisedec, rey de Salem (Jerusalén), bendice a Abrahán, recibe diezmos de su mano y ofrece pan y vino al Altísimo.

Se refieren al misterioso rey-sacerdote el Salmo CIX, 4 y San Pablo (Hebreos VII, 1 y siguientes), haciéndonos ver que Melquisedec, sacerdote y rey, es figura de Cristo, el Sumo Sacerdote y Sumo Rey, y que su sacrificio de pan y vino es figura del Sacrificio del Nuevo Testamento (véanse el Canon de la Misa, y el Catecismo Romano II, IV, 78).

Hasta los nombres prefiguran la misión de Cristo. Melquisedec significa rey de justicia, y Salem significa paz.

Melquisedec ofreció un sacrificio de pan y vino en honor a Dios, como figura profética del sacrificio incruento que hoy se ofrece en la Santa Misa (cf. Denzinger 938).

Abram, en consideración al sagrado carácter de Melquisedec, figura de Cristo, aceptó los dones, figura de la Eucaristía, y en cambio dio al sacerdote la décima parte de todo el botín.

San Pablo cita este pasaje en Hebreos VII, 4, para mostrar la superioridad del Sacerdocio de Cristo.

Este gran sacerdote luego parece desaparecer como vino, y no hay rastros de él en la vida de Abraham. Sin embargo está citado en el Salmo 109, escrito por David para anunciar la venida del Mesías, a la vez Rey (v. 1 y 2) y Sacerdote (v. 4):

Oráculo de Yahvé a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies.”  El cetro de tu poder lo entregará Yahvé (diciéndote): “Desde Sion impera en medio de tus enemigos.” Tuya será la autoridad en el día de tu poderío, en los resplandores de la santidad; te engendró del seno antes del lucero. Yahvé lo juró y no se arrepentirá: “Tú eres Sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec.” Mi Señor está a la diestra de (Yahvé). En el día de su ira destrozará a los reyes. Juzgará las naciones, amontonará cadáveres, aplastará la cabeza de un gran país. Beberá del torrente en el camino; por eso erguirá la cabeza.

Jesucristo, frente a los fariseos, se atribuye explícitamente las palabras de este Salmo. Nuestro Señor, así mismo, subrayó el vínculo que une su sacerdocio con el de Melquisedec.

San Pablo desarrollará este aspecto en detalle en su Epístola a los Hebreos. Melquisedec, explica, es una figura de Cristo de muchas maneras:

Por su nombre: Melquisedec significa Rey de la justicia; y él es rey de Salem, que significa Rey de paz.

Él no tiene ni padre ni madre, lo que significa, por un lado, que la Sagrada Escritura no indica ni su genealogía, ni el principio ni el final de su vida. Es figura de Nuestro Señor que, según su la naturaleza divina, es sin madre, y según su naturaleza humana, sin padre. Pero significa, sobre todo, que Melquisedec es sacerdote a título personal, y no debido a sus orígenes sacerdotales.

San Pablo enfatizó esto, porque para los judíos la descendencia carnal era indispensable para los sacerdotes, tomados de la tribu de Leví, y es bien sabido que Nuestro Señor salió de la tribu de Judá, una tribu a la que Moisés no ha atribuido el sacerdocio.

Además, Jesucristo vino a establecer un sacerdocio sobrenatural, totalmente libre de las leyes de la filiación humana, instituido, no según las prescripciones de una ley carnal, sino según el poder de una vida eterna.

Melquisedec, quien no tiene ni principio ni fin de vida, prefigura a Cristo, sacerdote por la eternidad; mientras que la institución carnal, que hacía sacerdotes a los de la sangre de Aarón, valía sólo hasta su muerte; eran sacerdotes sin juramento.

Santo Tomás especifica que Cristo es nombrado “sacerdote según el orden de Melquisedec”, no porque Él recibió el sacerdocio de este personaje, sino porque él, siendo sacerdote para siempre, es la imagen de Jesucristo y semejante al Hijo de Dios.

Abraham es bendecido por Melquisedec, y paga el diezmo. Sin duda, es el inferior el que es bendecido por el superior, y el pago del diezmo se somete a una autoridad superior. Ahora bien, Abraham es el padre de todo el pueblo elegido, y especialmente de la tribu sacerdotal de Levi y de los sacerdotes del orden de Aarón; en su padre, pues, son ellos los que se inclinan ante el sacerdocio de Melquisedec, la imagen de Cristo.

San Pablo no desarrolla el último parecido, que es evidente: el sacrificio de pan y vino ofrecido por Melquisedec es la prefiguración del Sacrificio eucarístico donde se ofrece el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

D) Sacrificio de Isaac (por Abraham)

Finalmente mencionemos el sacrificio de Isaac, reemplazado en el último momento por un cordero. Abraham prefiguró a Dios Padre, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, como escribe San Pablo a los Romanos (VIII, 32).

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Isaac, el único hijo del padre, que lleva sobre sus hombros la madera del sacrificio, prefigura a Cristo, que lleva la Cruz en la que se ofreció.

Como ya vimos, los sacrificios de Abel, Abraham y Melquisedec se citan en el Canon de la Misa como las figuras por excelencia del Santo Sacrificio.

EL CULTO MOSAICO

El mismo Dios le da a Moisés los detalles del culto que espera de los judíos: las leyes concernientes al santuario y sus ministros se entregan en el Monte Sinaí, y se exponen en el libro del Éxodo (XXIV-XXXI). Los ritos de los sacrificios se dan a continuación, y se describen en el libro del Levítico.

Dios establece así un sacerdocio, dado primero a Aarón y a sus hijos, transmitido por una unción de aceite santo. Describe las vestimentas sagradas que usan los sacerdotes durante el culto y prescribe numerosos sacrificios, sangrientos y no cruentos.

Los sacrificios no cruentos generalmente consisten en oblaciones de harina, de pan sin levadura y galletas, sobre los cuales se vierte aceite. Una parte se quema en el altar en honor a Dios, el resto es consumido por el sacerdote.

Mencionemos también el sacrificio del incienso, hecho en el altar de los perfumes.

Entre los sacrificios sangrientos tenemos:

— El sacrificio perpetuo: dos corderos debían ser inmolados cada día (uno por la mañana, el otro por la tarde), con harina, aceite y vino;

— Los sacrificios pacíficos (de agradecimiento o impetración: la persona que lo ofrece debe poner su mano sobre la cabeza de la víctima, antes de ofrecérsela al sacerdote, para demostrar que está allí unida. Después de ser inmolada, la víctima se divide en partes, de las cuales una se consume en el altar, la otra se quema, la última que comen los sacerdotes y los fieles que la ofrecieron;

— Los sacrificios por el pecado (sacrificios expiatorios) se ofrecían de la misma manera que los sacrificios pacíficos, con la diferencia de que los fieles que los ofrecían no tenían derecho a consumirlos; cuando los sacerdotes ofrecían estos sacrificios por sí mismos, nadie podía comer de ellos;

— Los holocaustos eran sacrificios de exclusiva adoración: la víctima era completamente quemada, sin que nadie comiese, para rendir un tributo completo y sin reservas al Dios soberano.

Los holocaustos debían ser consumidos por un fuego perpetuo, mantenido continuamente en el altar.

Finalmente, había dos sacrificios sangrientos particularmente importantes: el sacrificio de la Alianza, ofrecido por Moisés al pie de Sinaí; y el del Cordero Pascual, ofrecido cada año en memoria de la liberación de Egipto.

EL SACRIFICIO DE LA ALIANZA

Este sacrificio fue realizado solemnemente por Moisés para sellar en la sangre (“Esta es la sangre de la Alianza”) la aceptación por parte del pueblo judío del plan de misericordia establecido por Dios. El libro del Éxodo (XXIV, 3-6) refiere la historia:

Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahvé y todas sus leyes. Y todo el pueblo respondió a una voz: “Haremos todo cuanto ha dicho Yahvé.” Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahvé; y levantándose muy de mañana, erigió al pie del monte un altar y doce piedras según el número de las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes, hijos de Israel, que ofreciesen holocaustos e inmolaran becerros como sacrificios pacíficos para Yahvé. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, el cual respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahvé.” Y tomando Moisés la sangre roció con ella al pueblo y dijo: “He aquí la sangre de la alianza que Yahvé ha hecho con vosotros, a tenor de todas estas palabras.”

En la Epístola a los Hebreos (IX, 15-28), San Pablo aclara algunos detalles de esta ceremonia, transmitida por la tradición oral:

Por esto Él es mediador de un pacto nuevo a fin de que, una vez realizada su muerte para la redención de las transgresiones cometidas durante el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay un testamento, necesario es que se compruebe la muerte del testador. Pues el testamento es valedero en caso de muerte, siendo así que no tiene valor mientras vive el testador. Por lo cual tampoco el primer pacto fue inaugurado sin sangre, sino que Moisés, después de leer a todo el pueblo todos los mandamientos de la Ley, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos y roció con agua y lana teñida de grana e hisopo, el libro y a todo el pueblo, diciendo: “Esta es la sangre del pacto que Dios ha dispuesto en orden a vosotros.” También el tabernáculo y todos los instrumentos del culto, los roció de la misma manera con la sangre. Así, pues, según la Ley casi todas las cosas son purificadas con sangre, y sin efusión de sangre no hay perdón. Es, pues, necesario que las figuras de las realidades celestiales se purifiquen con estos ritos, pero las realidades celestiales mismas requieren mejores víctimas que éstas. Porque no entró Cristo en un santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el mismo cielo para presentarse ahora delante de Dios a favor nuestro,  y no para ofrecerse muchas veces, a la manera que el Sumo Sacerdote entra en el santuario año por año con sangre ajena. En tal caso le habría sido necesario padecer muchas veces desde la fundación del mundo; mas ahora se manifestó una sola vez en la consumación de las edades, para destruir el pecado por medio del sacrificio de sí mismo. Y así como fue sentenciado a los hombres morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio, así también Cristo, que se ofreció una sola vez para llevar los pecados de muchos, otra vez aparecerá, sin pecado, a los que le están esperando para salvación.

EL CORDERO PASCUAL

El gran sacrificio anual del Antiguo Testamento es el del Cordero Pascual, ofrecido en memoria de la liberación de la esclavitud egipcia.

Para convencer al faraón que liberase a los hebreos, Dios había enviado a su Ángel para exterminar a todos los primogénitos de Egipto. Solo fueron preservados los hebreos que habían marcado su puerta con la sangre de un cordero sacrificado y consumido por un rito especial, entregado por Dios a Moisés.

Por instrucción divina, este sacrificio debía ser renovado cada año, el cordero era preparado con el mayor cuidado, debía ser un cordero sin defectos, macho, de un año; ninguno de sus huesos debía quebrarse; debía asarse y, para este propósito, cruzado longitudinalmente por una barra de madera de granada (resistente al fuego), y transversalmente por otra barra, a lo largo de los dos hombros, que formaban una cruz con la primera. Este detalle lo debemos a San Justino.

Todos estos sacrificios, aunque solicitados por Dios, no fueron suficientes para satisfacer su justicia. De más en más fueron cumplidos como formalidades puramente externas, ajenos de todo verdadero sacrificio interior.

Dios se preparó y anunció un nuevo sacrificio, y lo dio a conocer a sus Profetas.

La Alianza contraída al pie del Sinaí iba a ser reemplazada por una Nueva Alianza, anunciada por Jeremías (XXXI, 31-34):

He aquí que vienen días, dice Yahvé, en que haré una nueva alianza con la casa de Israel, y con la casa de Judá; no como la alianza que hice con sus padres cuando los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto. Ellos quebrantaron esa alianza, y Yo les hice sentir mi mano, dice Yahvé. Ésta será la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Yahvé: “Pondré mi ley en sus entrañas, y la escribiré en sus corazones; y Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán ya que enseñar cada cual a su compañero y cada cual a su hermano, diciendo: “¡Conoced a Yahvé!”, porque todos ellos me conocerán, desde el menor hasta el mayor, dice Yahvé; porque perdonaré su iniquidad, y no me acordaré más de sus pecados.

Esta Nueva Alianza no será sólo externa: los hombres serán movidos al bien como desde adentro; y también será una revelación del Señor mismo sin el intermediario de ningún profeta. Estará acompañada de un nuevo sacrificio, como Dios dijo por Malaquías (I, 10-11), el último profeta del Antiguo Testamento:

No tengo complacencia en vosotros, dice Yahvé de los ejércitos, y no me agrada la ofrenda de vuestras manos. Porque desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi Nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi Nombre incienso y ofrenda pura, pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé de los ejércitos.

La palabra “mincha”, aquí traducida como “ofrenda”, es la misma que se usa por primera vez en las Escrituras para describir el sacrificio sangriento de Abel, y que después designa sólo ofrendas no sangrientas basadas en harina y vino. Es como si significara que el nuevo pacto debía establecerse una vez en la sangre, y luego renovarse de una manera incruenta.

El Rey David, inspirado por Dios, pone estas palabras en la boca del Mesías:

Tú no te has complacido en sacrificio ni ofrenda, sino que me has dado oídos; holocausto y expiación por el pecado no pides. Entonces he dicho: “He aquí que vengo.” En el rollo del libro me está prescrito hacer tu voluntad; tal es mi deleite, Dios mío, y tu Ley está en el fondo de mi corazón.

Todos los sacrificios del Antiguo Testamento han sido prescritos para anunciar el del Mesías; pero no habrá necesidad de prescripciones externas: Él cumplirá el sacrificio perfecto de sí mismo.

Los sacrificios del Antiguo Testamento fueron aceptables para Dios en la medida en que anunciaron este sacrificio venidero, pero ellos se tornaban insoportables cuando perdían este significado.

Ahora bien, cuando Herodes reinaba sobre Palestina, los grandes sacerdotes judíos que ofrecían sacrificios eran saduceos, que no creían en la resurrección; y los fariseos, por su parte, sólo se detenían en lo exterior de la ley, sin considerar el espíritu.

Este sacerdocio indigno no tardará en desaparecer, según la profecía de Daniel (IX, 26-27):

Al cabo de las sesenta y dos semanas será muerto el Ungido y no será más. Y el pueblo de un príncipe que ha de venir, destruirá la ciudad y el Santuario; mas su fin será en una inundación; y hasta el fin habrá guerra y las devastaciones decretadas. Él confirmará el pacto con muchos durante una semana, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación; y sobre el Santuario vendrá una abominación desoladora, hasta que la consumación decretada se derrame sobre el devastador.

En la víspera de la Encarnación, todas las civilizaciones percibían que estaban en un punto muerto.

Los paganos eran conscientes del estado de decadencia del hombre, y ensayaban ofrecer sacrificios a los dioses para implorar su perdón, pero no recibieron respuesta. Conscientes de su miseria, los paganos inteligentes comprendían, al mismo tiempo, la necesidad del sacrificio y lo ridículo de su religión; y algunos, como Cicerón, ni siquiera pudieron hacer auspicios sin arriesgarse a provocar la burla.

Entre los judíos, la Antigua Alianza se vaciaba de su significado por culpa de los propios sacerdotes; y la religión judía perdería en pocos años el templo de Jerusalén y el sacerdocio, lo que le impedirá doblemente el sacrificio.

Desde el siglo I el sacerdocio judío ya no existirá más. Además, como consecuencia de la confusión de las tribus de Israel, la genealogía de los levitas y de los sacerdotes es completamente incierta. Y, como si fuera poco, el templo, donde debían realizarse los sacrificios, será arrasado por los romanos en el año 70.

Había llegado el momento solemne. Las sombras figurativas se desvanecen para dar paso a la realidad. Se realiza el verdadero Sacrificio, que cumple todas las condiciones prefiguradas por los sacrificios anteriores:

— Es el Sacrificio de una Nueva Alianza, que debe ser sellada en la sangre; pero, al mismo tiempo, será perpetuado por un Sacrificio incruento, como el de Melquisedec.

— Es el Sacrificio de un lugar, como el del templo de Jerusalén; y, al mismo tiempo, será el Sacrificio universal, ofrecido de Oriente a Occidente en todas las naciones.

— Es el Sacrificio ofrecido por un descendiente de David; y será el sacrificio de los gentiles, según el rito de Melquisedec.

— Es un Sacrificio de un momento, como el de Isaac; y, al mismo tiempo, un Sacrificio perpetuo, como el del Cordero, que se sacrifica diariamente a lo largo de todo el día.

— Es el sacrificio de la adoración, como el holocausto, del cual la víctima se consume completamente en honor de Dios; y es un sacrificio de comunión para todos los fieles.

— Es Sacrificio pacífico de alabanza, y Sacrificio expiatorio, ofrecido por los pecados del pueblo.

— Es un Sacrificio único, como el que Moisés celebró para sellar el primer Pacto; y es el Sacrificio cuyo fuego sagrado nunca deja de arder.

— Es un Sacrificio perfecto, tanto en su víctima, que se ofrece voluntariamente a sí misma como Isaac, como en su sacerdote, que no necesita, como los sumos sacerdotes del Antiguo Testamento, ofrecer primero las víctimas por sus propios pecados.

— Es Sacrificio de liberación externa, como el Cordero Pascual; y sacrificio perfectamente interior, poniendo la ley de Dios en los corazones.

— Es un Sacrificio humano, como el de Isaac, y como el esperado por toda la humanidad; y es Sacrificio divino, ofrecido directamente a Dios por el Hijo de Dios sin intermediario.

San Juan Bautista anuncia: He aquí el cordero de Dios, el que borra los pecados del mundo.

Y Jesús declara: Esta es mi Sangre, la Sangre del Nuevo y Eterno Testamento, misterio de fe, que ha sido derramada por muchos en remisión de los pecados.

***

Santo Tomás, en la Suma Teológica, III Parte, Cuestión 73, Artículo 6, resume toda esta enseñanza:

En este sacramento se pueden considerar tres cosas: lo que es sacramentum tantum, o sea, el pan y el vino; lo que es res et sacramentum, o sea, el verdadero cuerpo de Cristo; y lo que es res tantum, o sea, el efecto de este sacramento.

Así pues, respecto de lo que es sacramentum tantum, la figura más importante de este sacramento fue la oblación de Melquisedec que ofreció pan y vino.

En lo que se refiere al mismo Cristo ya padecido, que es lo que se contiene en este sacramento, fueron figuras de Él todos los sacrificios del Antiguo Testamento y, muy especialmente, el sacrificio de expiación, que era un sacrificio solemnísimo.

Y en lo que se refiere al efecto, la figura principal fue el maná, que contenía en sí todas las delicias, de la misma manera que la gracia de este sacramento reconforta al alma con todos los deleites también.

Pero el cordero pascual prefiguraba este sacramento en estos tres aspectos.

En lo que se refiere al primero, porque se comía con pan ácimo, según la norma de Éxodo., 12, 8: comerán carne con pan ácimo.

En lo que se refiere al segundo, porque todos los hijos de Israel le inmolaban el día 14 de la luna, lo cual era figura de la pasión de Cristo, quien por su inocencia se llama cordero.

Y en lo que se refiere al efecto, porque la sangre del cordero pascual protegió a los hijos de Israel del ángel exterminador y los libró de la servidumbre egipcia.

Por todo lo cual, el cordero pascual es la figura principal de la eucaristía, porque la prefiguraba en todos estos aspectos.