ASEDIO DEL ENEMIGO
(Precaución: Los vídeos publicados aquí contienen imágenes explicitas y no aptas para personas sensibles)
A pesar de que ya nada debería sorprendernos, hay cosas que todavía lo dejan a uno boquiabierto. Como por ejemplo, la moda entre los jóvenes –en las redes sociales– de rociarse con líquidos inflamables y prenderse fuego a modo de desafío o de diversión o ambos.
Lo triste es que los “likes” que reciben estos pobres codiciosos de reconocimiento y fama, son como pequeños espaldarazos que el mundo concede a su estupidez y superficialidad. Pero no les importa porque su público está al mismo nivel que ellos. Es por eso que usted comparte en las redes sociales algo provechoso o digno de meditación, o didáctico, o culto, y recibe 10 “likes” mientras un imbécil jugándose la vida con cualquier pirueta obtiene millones de seguidores. Y tras él, ya hay otros mil iguales esperando en cola para obtener mayor éxito aún con otra anormalidad superior.
Pero volviendo al tema de estos pobres que se prenden fuego –obviamente inspirados por susurros del averno– llama la atención que tienen algo en común con otras satánicas prácticas vigentes: la destrucción de la obra de Dios.
Hoy es frecuente ver mujeres presumiendo de la autodestrucción de su femineidad y además abogar por la destrucción de sus propios hijos dentro de sus vientres; a hombres destruir su masculinidad; a muchos deformar su anatomía con perforaciones y alteraciones en su cuerpo, repudiando su natural imagen, para asemejarse a animales y monstruos.

También presenciamos la destrucción de la inocencia infantil –muchas veces con la complicidad de los progenitores– mediante la perversión sexual (con el agravante de que ahora, además, confrontamos la amenaza de poner la virginidad de los chicos a disposición de pederastas y todo tipo de réprobos degenerados tan insaciables como el mal, comprometidos a lograr sus objetivos).






Y en cuanto a la religión respecta, el actual caballo de Troya –en su versión romana– que hoy relincha bajo la cúpula de San Pedro, destruye con sus sacrílegos cascos la obra de Dios desde la Vaticueva masónica y talmúdica, dejando de la tradición cristiana solamente huellas perdidas en un espinoso bosque de despreciable y apóstata modernismo teológico, mientras osa dárselas de Inmaculada Esposa de Cristo. (¿Pero habrá máyor blasfemia?).
Somos también amargos testigos de la destrucción de la obra de Dios no ya en el plano físico sino además en el moral, al presenciar los continuos e inicuos ataques contra el matrimonio y la familia, la destrucción del hombre por el vicio de las drogas, la destrucción de las naciones por planificadas invasiones de hostiles inmigrantes, la destrucción de la cristiandad por quienes esperan arrebatarle el trono a Dios, la destrucción de la virtud, de la belleza, de las patrias, de las banderas, de las fronteras…
En fin, que estos chicos que hoy juegan a la auto-inmolación con fuego, son podridos frutos de una sociedad adversa a Dios y a Su creación y ávida de la destrucción de todo lo que aún posea el inherente sello divino. Pero sobre todo, son milicia de una sociedad satanizada hasta el extremo de haberse materializado en ellos preludios de la promesa del fuego eterno que aguarda a todos los que participan en esta confrontación contra la Omnipotencia Divina mientras pisotean, jubilosos, las tablas de la ley.
NOTA: Terminando de escribir este artículo aparece otro lamentable y perturbador vídeo que confirma lo que señalamos en párrafos anteriores. Se trata de chicos disparándose dentro de la boca. ¡Ven, Señor Jesús!
