DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Séptima entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

 

Continuación…

La obra de Lacunza en España

En 1790, un extracto de la obra de Lacunza, La venida del Mesías…, había llegado a España. El Padre Luengo, que dio esa información, había visto una carta procedente de la Corte de Madrid; el autor calificaba a Lacunza de visionario, de iluminado, y hasta de hereje.

En 1802, según Bestard, un manuscrito que contenía la obra de Lacunza estuvo en manos de Francisco Gil de Taboada de Lemos, lugarteniente general de la Armada Real, fallecido en 1809. Las ideas escatológicas de Lacunza encontraron acogida favorable entre los jansenistas de la Península Ibérica. (1)

Félix Torres Amat, obispo de Astorga de 1834 a 1847, recomendaba la obra de Lacunza a los que estudiasen las Escrituras, agregando sin embargo que ofrecía peligros para los lectores profanos. (2)

Irving afirma que los trabajos de Lacunza fueron leídos con avidez en los círculos liberales y revolucionarios de España a principios del siglo XIX. (3)

Según Rossteuscher, el célebre orador español Juan Donoso Cortés (1809-1853), marqués de Valdagama, se inspiró en la obra de Lacunza. (4)

Lacunza encontró un acérrimo enemigo en Bestard, quien le echa en cara el haber abandonado la tradición patrística, sobre todo en lo que concierne al anticristo. Censura la distinción que hace entre dos resurrecciones y dos juicios, y afirma que el milenarismo es una herejía judaizante condenada por la Iglesia. Cuando hace la crítica de la identificación del sacerdocio católico con la bestia de dos cuernos y de la Iglesia con la ramera apocalíptica, llega al punto de comparar al abate Lacunza con Judas Iscariote. Pide al clero que suprima su obra. (5)

Habiendo solicitado Francisco de Benavides, impresor de Granada, una autorización para reimprimir La venida y abrir una suscripción a ese efecto, recibió del arzobispo de Granada, Blas Joaquín Álvarez de Palma, una censura en la cual hay cinco observaciones.

Lacunza es acusado:

1. de haber injuriado a los intérpretes católicos;

2. de haber favorecido a los herejes, enemigos de la Iglesia, en detrimento de los Padres de la Iglesia;

3. de haberse tornado muchas libertades en la interpretación de las Escrituras;

4. de haber atentado contra la tradición al limitar la autoridad de los Padres en materia de exégesis;

5. de no haber justificado satisfactoriamente las novedades de su sistema.

Como conclusión, la autorización pedida no fue acordada. (6)

Bestard ha publicado dos cartas dirigidas contra Lacunza, escritas por Agustín Dos-Barrios. (7)

El oratoriano Simón López, arzobispo de Valencia de 1824 a 1831, evidenció más imparcialidad. Le parecía que Lacunza se mostraba demasiado severo con los Doctores de la Iglesia; sin embargo, en una carta inédita, escrita en castellano y dirigida al Padre Ramón José Frías, (8) rector de la Compañía de Jesús, sugiere la idea de corregir la obra de Lacunza y de publicarla, previo permiso del Papa. Nuestro jesuita fue defendido de los ataques de Bestard por Cayetano Caballero Infante, abogado en Jerez de la Frontera. (9)

Es verdad que este autor se separa de su maestro en dos aspectos: la naturaleza del anticristo y la identidad de la Babilonia mística. Coincide con Lacunza en el método exegético y en la hipótesis del enderezamiento del eje terrestre, como también respecto a la conflagración final, la parusía y el reino milenario.

Caballero enumera a varias notabilidades favorables a Lacunza: el jesuita Puyal, Juan Claudio Denis, deán de la catedral de Zamora, Sebastián Labrador, chantre de la de Cádiz, Gregorio Montes, capellán de honor de Madrid y eminente predicador. Un monje del convento de Santo Domingo de Jerez de la frontera, Juan Pérez, dijo a Caballero que después de haber leído a Lacunza no podía más poner en duda la verdad del reino temporal y terrenal de Jesucristo.

Según Caballero, poco después de la prohibición de La venida, decretada en Roma en el año 1824, un astrónomo español, José Sánchez Cerquero (1784-1850), había escrito una apología de Lacunza y la había enviado a Roma por su asistente. El asistente debió ser José de Luyando (1773-1835), al cual se ha atribuido un comentario inédito del Apocalipsis. El Papa recibió esa obra, la hizo examinar y la colmó de elogios.

Los archivos de los jesuitas de la provincia de Toledo poseían, hasta 1936, un trabajo manuscrito sobre Lacunza, escrito por un religioso. (10)

Antonio Galiana (1762-1826) dirigió dos cartas contra Lacunza, aunque rindiendo homenaje a la erudición bíblica de su adversario. (11)

Para la interpretación del Apocalipsis, Galiana adopta el sistema de la recapitulación. Nota con acierto que la parusía no tiene por objeto la predicación del Evangelio, lo que Lacunza parece haber olvidado, y que no hay que confundir la tierra nueva, descrita en los dos últimos capítulos del Apocalipsis, con el reino milenario, expuesto en el capítulo precedente. Niega todo restablecimiento de los sacrificios.

Un poeta de Sevilla, Gabriel García y Tassara (1817-1875), se inspiró en Lacunza al componer un himno al Mesías en 1852. He aquí algunos de sus versos: Baja otra vez al mundo, baja otra vez, ¡Mesías! Sí, Tú vendrás. Vencidos serán con nuevo ejemplo los que del santo templo apartan a tu grey. Vendrás, y confundidos caerán con los otros los nuevos fariseos de la caduca Ley Ya volverás, ¡Mesías! en gloria y majestad. (13)

Se ha establecido semejanzas entre Lacunza y José María Roldán (1771-1828), cura de la iglesia de San Marcos en Jerez de la Frontera. (13)

En el prólogo a su obra, Roldán dice haber escrito su explicación del Apocalipsis antes de la condenación de La venida.

Como Lacunza, Roldán piensa en un tiempo bastante largo entre el fin del anticristo y el juicio universal: una época de paz y de santidad para la Iglesia. Consiente en reconocer una parte de verdad en el discurso de Lacunza acerca de la ramera apocalíptica.

Es imposible enumerar a todos los escritores españoles que han mencionado a Lacunza o se han aprovechado de él. Conviene al menos que mencionemos a algunos:

Pedro Álvaro Navarro, que daba 1888 como fecha de la consumación de los siglos. (14)

Buenaventura Álvarez, y Francisco Tiburcio Arribas (1815-1876), que preconiza un milenarismo espiritual; ve venir una apostasía general y anuncia que los judíos convertidos suplantarán a los cristianos infieles. (15)

Antonio Sanz y Sanz merece también una mención entre los discípulos de Lacunza. (16) Asegura que la obra de Lacunza, aparecida durante el pontificado de Pío VI, fue leída con edificación en toda la Iglesia y se continuó leyendo en los pontificados siguientes, hasta que circunstancias particulares y razones completamente extrañas al tema tratado por Lacunza motivaron su inclusión en el Índice.

Lacunza tuvo un discípulo relativamente fiel en Cristino Morrondo Rodríguez (1864-1931), canónigo de Jaén, autor de dos obras sobre las profecías. (17)

También Antonio Martínez Sacristán, fallecido en 1912, profesó cierto milenarismo, aunque con la creencia de una parusía postmilenaria. (18)

El milenarismo ha encontrado un defensor en Toribio Martín de Beláustegui, fallecido en 1924. (19)

Muchos escritores españoles han recibido en diversos grados la influencia de Lacunza. Mencionemos a Francisco Javier Caminero y Muñoz (1837-1884), al canónigo Ricardo Rodríguez Blanco, los jesuitas Valentín Casajuana, Juan Rovira y Florentino Alcañiz, como también a José Ramos García, C.M.F., Pablo Caballero Sánchez,C.M., Joaquín de Sangrán y González, Felipe Robles Dégano, José Julio María Matovelle (1852-1929), Ponciano González Maeso, canónigo de Zaragoza. (20)

Lacunza sufrió algunos ataques de parte del jesuita Juan Mir y Noguera (1840-1917). (21)

Notas:

(1) Fernando Prieto Mestas, Bosquejo del Jansenismo, por un prebendadode la S. Iglesia de Toledo (Biblioteca de Religión, VII, P.,1847, págs. 53, 56).

(2) La Sagrada Biblia. Nuevo Testamento, II, Madrid, 1823, pág. 309, nota. Miguel Urzúa, en la Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, XII, pág. 150, se lamenta de que ese pasaje favorable a Lacunza haya sido suprimido en las ediciones posteriores al fallecimiento de Torres Amat (1772-1847).

(3) Edward Irving, Ben-Ezra, I, págs. XV, XVI.

(4) Ernst Adolf Rossteuscher (1822-1892), Der Aufbau der Kirche, 2ª ed., Basilea, 1886, pág.99.

(5) Juan Buenaventura Bestard (1763-1831), Observaciones que presenta al público por precaverle de la seducción que pudiera ocasionarle la obra intitulada La Venida del Mesías en Gloria y Majestad de J. J. Ben-Ezra,2 vols., Madrid, 1824, 1825. Debió haber un tercer volumen, que no se publicó.

(6) Juan Buenaventura Bestard, I, págs. 251-328.

(7) Juan BuenaventuraBestard, II, págs, 348-375.

(8) Ms. fechado: Santa Visita de Cocentayna, 23-6-1829. Colegio de Chamartín, Madrid. Razón y Fe, 1943, pág. 364.

(9)Cayetano Caballero Infante, La proximidad del fin del siglo, Madrid, 1875, con aprobación eclesiástica.

10) Manuel María Arce y Canto, ms. 1293.

(11) Antonio Galiana, Dos Cartas de Dumvicefeld a Cristófilo sobre el sistema de la venida del Mesías en gloria y majestad, Valencia, 1826.

(12) Gabriel García Tassara, Poesías, Madrid, 1872, págs. 462-466. Este poeta habló también del regreso del Mesías en otra poesía, “Las cruzadas” (Poesías, pág. 78): El volverá porque Luzbel se asombre, redimirá otra vez la criatura, y extendiendo su cruz de polo a polo, será la humanidad un pueblo solo.

(13) Roldán, Exposición literal del Apocalipsis, ms. Biblioteca Capitular Colombina, Sevilla, No. 83-5.

(14) Pedro Álvaro Navarro, Paz general de la Iglesia y del Mundo, Madrid, 1840.

(15) Buenaventura Álvarez, El misterio satánico , Madrid, 1874. Arribas, El Misterio de Iniquidad , Madrid, 1871; 2ª ed.,1873.

(16) Antonio Sanz, Daniel, o sea la proximidad del fin del siglo y principio del reino universal de Jesucristo, Madrid, 1862.

(17) Cristino Morrondo Rodríguez, La proximidad de la catástrofe del mundo y el advenimiento de la regeneración universal, Jaén, 1922. Jesús no viene, Jesús vendrá, o Catástrofe y renovación, 1924,

(18) Antonio Martínez Sacristán, lntroductio in studium sacrae apoc., Astorga, 1894.

(19) Toribio Martin de Beláustegui, La conversión de los judíos y el fin de las naciones, Barcelona, 1922.

(20) Francisco Javier Caminero, Manuale isagogicum in Sacra Biblia, Lugo, 1868. Ricardo Rodríguez Blanco, El gran misterio de la misericordia de Dios con la humanidad y el anticristo, Santiago de Compostela, 1901. Valentín Casajuana (1828-1889), Disquisitiones scholastico-dogmaticae, II, Barcelona, 1889, págs.489, 490. Juan Rovira (1877-1936), De opere messianico, Barcelona, 1920. La parusía, ed. Florentino Alcañiz, Granada, 1932. Florentino Alcañiz, Ecclesia patristica et millenarismus, Granada, 1933. La iglesia patrística y la parusía, Florida, Buenos Aires, 1962. José Ramos García, Apoc. schematica explanatio, Roma, 1938. Summa isagogico-exegetica in libros sacros, II, Roma,1940, págs. 341-377. Pablo Caballero Sánchez, La profecía de las 70 semanas de Daniel, Madrid, 1946, pág, 117. Joaquín de Sangrán y González, La profecía del Apocalipsis y los tiempos actuales, Madrid, 1929. ¿Una nueva edad del mundo?, Madrid, 1953. Felipe Robles Dégano, El siglo futuro, 1931, 1933. José Julio María Matovelle. Meditaciones sobre el Apocalipsis, Roma, 1922. Ponciano González Maeso, La revelación de San Juan, Zaragoza,1928.

(21) Juan Mir y Noguera, La profecía, Madrid, I, 1903, págs. 346-491.

CAPÍTULO 15

Recepción dada a La venida del Mesías en América Latina. 

Hacia el fin del siglo XVIII, había en Ímola, Italia, y en las ciudades vecinas buen número de jesuitas expulsados de todas las regiones de Hispanoamérica. Gracias a eso, la obra de Lacunza fue dada a conocer de un cabo al otro del continente sudamericano y de América Central, bastante tiempo antes de ser impresa. “Desde La Habana al Cabo de Hornos, no quedó villa americana de cierta importancia, a donde no llegaron ejemplares del milenario lacunziano”. (1)

En Argentina

En un pasaje de su Diario, donde el Padre Luengo menciona el envío a España de un extracto de Lacunza, se lee lo que sigue: “EI mismo extracto, o algún otro, ha franqueado el Océano, llegando a la ciudad de Buenos Aires, donde causó mucha conmoción y provocó graves disputas”. Luengo añade que los monjes franciscanos trataron de refutar el extracto en público, pero que éste salió victorioso de la prueba. Dice haber encontrado estas informaciones en una carta de don Isidro Lorca (aproximadamente 1750-1807), dirigida al P. Gaspar Juárez en 1788. Juárez era chileno. No tenía inclinación alguna hacia el milenarismo. Lorca se había enterado por José Lino de León, chantre de la catedral –a quien el canónigo Juan Baltasar Maziel (1727-1788) había dado una copia del extracto–, que numerosos curas, entre otros el Dr. Francisco de Ortega, hablaban elogiosamente del trabajo de nuestro jesuita. Este último llegó a escribir una apología de Lacunza.

El extracto disgustó a un abogado de Córdoba, Vélez, quien se propuso refutarlo. Dalmacio Vélez Baigorri (1731-1799) manifiesta su oposición hacia Lacunza, a pesar de que no lo conocía sino por un extracto anónimo. Le reprocha un orgullo luciferiano, y cree ver en él un precursor del anticristo. Vélez no perdona a Lacunza por sus ideas respecto a la residencia terrenal de los escogidos. Opina que los justos recibirán su recompensa en el cielo. José Lino de León presentó el manuscrito de Vélez al marqués de Loreto, (2) virrey del Río de la Plata, en junio de 1787. Este ordenó que todas las copias del extracto fuesen entregadas al comisario del Santo Oficio.

Lacunza tuvo otro adversario: Villafañe, uno de los pocos jesuitas que lograron volver a la Argentina hacia fines del siglo XVIII. Villafañe, que parece haber compartido las prevenciones de Camaño contra Lacunza, había hecho llegar a éste sus objeciones. La respuesta de Lacunza no lo convenció, como podemos comprobarlo al leer los extractos de las cartas escritas en 1803 y 1804, reproducidas por el Padre Furlong. (3)

El Padre Enrich atribuye a Villafañe un grueso volumen, no publicado, dirigido contra Lacunza. (4)

Miguel Martín Laguna ha dejado un comentario inédito del Apocalipsis, en tres volúmenes, el segundo de los cuales corresponde a una refutación de Lacunza.

Recordemos que el Gral. Manuel Belgrano hizo imprimir en Londres una edición de La venida en 1816. Entre los hombres políticos argentinos que supieron apreciar el carácter y la obra de Lacunza, hay que colocar, a la par de Belgrano, a Domingo Faustino Sarmiento. (5)

Cháneton afirma: “Debemos a Lacunza la formación espiritual de una de nuestras personalidades menos conocidas, pero más originales. Me refiero a Francisco Ramos Mejía (1773-1828)”. (6)

Ramos Mejía poseía un ejemplar de La venida, de la edición londinense de1816. Las notas críticas que distribuyó a lo largo de la obra nos muestran que leía a Lacunza con absoluta independencia de espíritu. “Aconsejo al joven eclesiástico que lea y haga un estudio formal de la obra del incomparable americano Lacunza, honra no sólo de Chile, que fue su patria, sino de todo nuestro continente, titulada Segunda venida del Mesías en gloria y majestad, por Juan Benjamín Abén Ezra, impresa en Londres a expensas del general don Manuel Belgrano”. (7)

Quién habla así es Juan Ignacio de Gorriti (1766-1842), arcediano de la catedral de Salta. Deplora que se impida al pueblo la lectura de la Biblia y cree que leyendo a Lacunza se facilitaría el entendimiento de toda la Escritura en la Argentina. (8)

La escatología de Lacunza fue rememorada por Josa.

Lacunza encontró un admirador en Paul Besson (1848-1932), del Jura Bernés, pastor bautisté Ignacio Olmedo, (9) quien cita también a Urzúa, R. Eyzaguirre, Toribio Martín de Beláustegui, y Morrondo.

El Dr. Gustavo Martínez Zuviría publicó bajo el seudónimo de Hugo Wast, El sexto sello, (10) en el que hay extractos de Lacunza. Los puntos de contacto con Lacunza son numerosos: el literalismo en la interpretación de las profecías bíblicas; el sentido escatológico atribuido a la oración dominical; la apostasía final de Roma; la conversión de Israel y de la humanidad, después de la destrucción del anticristo; el advenimiento premilenial de Cristo; la tierra transformada, pero no destruida, y la confusión de la nueva tierra con el período milenario.

En Uruguay

En el Uruguay, un manuscrito de La venida, tomo I, sin fecha y sin el nombre del copista, se encuentra en la Biblioteca Mariano Soler (Catedral de Montevideo).

Antonio van Rixtel, S.C.J., autor de una obra dactilográfica (11) es partidario de cierto milenarismo, pero se separa de Lacunza en muchos aspectos.

Notas:

(1) Abel Cháneton (1888-1943), En torno a un Papel anónimo del siglo XVIII, Buenos Aires, 1928, pág. 24.

(2) Nicolás Francisco Cristóbal del Campo, Cuesta de Saavedra, Rodríguez de las Varillas de Salamanca y Solís, marqués de Loreto, virrey de 1784 a 1789. Dalmacio Vélez, Impugnación al papel anónimo sobre la segunda venida de Cristo. El manuscrito, compuesto de 34 fs. y fechado en diciembre de 1786, se conserva en los Archivos de Buenos Aires. Ha sido publicado por Abel Cháneton.

(3) Guillermo Furlong-Cardiff, S.J., El P. Joaquín, Camaño y Bazán, Boletín del Instituto de Investigaciones históricas, págs. 249, 250, Buenos Aires, 1928.

(4) Francisco Enrich (1817-1883), Historia de la Compañía de Jesús en Chile, tomo II, Barcelona, 1891, pág. 459.

(5) Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), Obras completas, tomo III, Santiago de Chile, 1885, págs. 47, 51.

(6) Clemente Ricci, Francisco Ramos Mexía y el Padre Lacunza. Buenos Aires, 1929. Daniel Hammerly-Dupuy, Defensores latinoamericanos de una gran esperanza, págs. 115-141. Buenos Aires, 1954.

(7) Juan Ignacio de Gorriti, Reflexiones sobre las causas morales de las convulsiones interiores de los nuevos estados americanos y examen de los medios eficaces para reprimirlas, Valparaíso, 1836, pág. 266; 2ª ed., Buenos Aires, 1916, pág. 243. Gorriti citaba de memoria: de allí esa inexactitud en el título y el seudónimo.

(8) Paul Besson, Manuel Belgrano, editor de un comentario del Apocalipsis, La Reforma, Buenos Aires, 1923, págs. 148-150.

(9) José Ignacio Olmedo, Restauración del Reino de Israel, Buenos Aires, 1937.

(10) Gustavo Martínez Zuviría, El Sexto Sello, Buenos Aires, 1941; Burgos 1946.

(11) Antonio van Rixtel, El Testimonio de Nuestra Esperanza, Montevideo, 1945

(Nota de Radio Cristiandad: La acogida del libro en chile, será tratada en apartado por otro autor)

Acogida y polémica en América Latina. 

En el Perú

Heriberto Álvarez de Lafuente, fallecido en 1908, que reivindicó para Andía y Varela el manuscrito publicado por Vaïsse, que Medina había atribuido a Miguel de Eyzaguirre, admite que éste ha escrito un resumen de la obra de Lacunza, más largo que el extracto de Vaïsse y posterior a 1803, fecha en la cual Andía y Varela escribió el suyo. (1)

Un decreto de la Congregación del Índice prohibió una obra impresa en Lima, en la cual se podía leer un elogio de Lacunza. (2)

Ángel Vicente de Zea, que había publicado en Lima (1825) el compendio de la obra de Lacunza hecho por Miguel de Eyzaguirre, publicó en 1838 una traducción abreviada de la obra de Vidal, que tuvo por autor a Andrés Herrero (1782-1838). La traducción completa fue impresa en Lima, en 1845. (3)

En el Ecuador

La Biblioteca Nacional de Quito posee un manuscrito: una diatriba contra Lacunza. (4)

El autor de ese escrito había oído hablar de la obra de Lacunza desde el año 1819; había visto un ejemplar en latín, enviado de Roma por un ex jesuita; en 1824 leyó la edición de Londres de 1816. Condena el milenarismo de Lacunza, como también el del Padre Lambert. Acusa a Lacunza de haber faltado al respeto a los Padres y de haber hecho prueba de inconsecuencia en el empleo del método literal. Mantiene la opinión de un anticristo individual y se burla de la idea de una Jerusalén celestial descendiendo del cielo a la tierra Respecto a la bestia de dos cuernos, en la cual Lacunza veía al clero corrompido, dice: “El clero secular y regular, por más relajado que esté, no es ciertamente el falso profeta, compañero del anticristo, pero debemos recelar con fundamento, que les estamos prestando auxiliares, y preparando sus caminos”.

En Cuba

Dice Bestard: “En 1814, al pasar por La Habana, vi toda la obra en tres tomos traducida al latín en poder de un eclesiástico, ejemplar que le habían traído de Italia”. (5)

En México

Hemos visto antes que al regresar a México, proveniente de Italia, Maneiro había llevado uno o varios manuscritos, gracias a los cuales la obra de Lacunza fue conocida en México antes aun de ser impresa. El Padre Decorme nos da informaciones interesantes acerca del recibimiento que brindó México a Lacunza. El clero lo leía con avidez. (6)

La edición de La venida impresa en Puebla tenía una aprobación de Antonio Joaquín Pérez y Martínez-Robles (1763-1829), obispo de Puebla de 1814 a 1829. Pedro Narciso Blanco, entonces capellán del convento de Santa Rosa, más tarde canónigo, escribió una refutación de Lacunza en tres cuadernos. (7)

El primero estaba destinado a mostrar los errores cometidos por Lacunza en lo que concierne a la Iglesia. Blanco quiso hacerlo imprimir en México, pero la obra de Lacunza había despertado tal entusiasmo, dice el Padre Arrillaga, (8) que dos censores negaron el permiso para que fuese impreso. Blanco consiguió hacer aparecer el tercer cuaderno en Puebla. (9)

Arrillaga hace del Padre Manuel Mercadillo, de la Orden de la Merced, un defensor entusiasta de Lacunza. (10)

Según Decorme, (11) la nueva edición mexicana de La venida (México, 1825) había sido preparada por un jesuita, Ignacio María Lerdo de Tejada (1786-1861).

Decorme (12) nombra a otro admirador de Lacunza, el Dr. Manuel Gómez Marín (1761-1850).

Arrillaga escribió una refutación de Lacunza, (13) pero viendo que una obra polémica había sido publicada por Alfaro, en 1826, desistió de hacer imprimir la suya; se contentó con enviársela a Alfaro, invitándolo a que hiciese uso de ella para la continuación de la obra, que Alfaro había prometido. Pero no hubo tal continuación. Arrillaga veía en Lacunza a un continuador del jansenismo. Una cosa lo indisponía contra Lacunza: el ver que los liberales mexicanos se servían de la obra de nuestro jesuita, como en España, para combatir el ultramontanismo. Arrillaga se decidió a atacar al enemigo cuando apareció una disertación anónima favorable a Lacunza. (14)

Las apologías de Valdivieso y de Viescas fueron impresas por primera vez en México, en 1824, con aprobación de Lerdo y de Maniau. En 1826 apareció una obra anónima, interrumpida por el fallecimiento de su autor, Miguel Alfaro y Beaumont. Es una refutación, en un tono demasiado irónico, de Lacunza y de Valdivieso, en trece cartas dirigidas a Lacunza. (15)

Nuestro jesuita es acusado de ignorancia y de mala fe. Lacunza faltó al respeto a los comentadores católicos. Toda la tercera carta habla contra la hermenéutica de Lacunza. Hay una crítica bastante penetrante del milenarismo. Alfaro cree en una sola resurrección. Sostiene que la ramera del Apocalipsis es la Roma pagana de la antigüedad. Después de haber leído a Alfaro, Lerdo abandonó a Lacunza. Fue él mismo quien lo anunció a Arrillaga en una carta del 30-9-1829, escrita en Jalapa. (16)

José María Gutiérrez de Rozas (1769-1848), magistrado mexicano, aludió numerosas veces a Lacunza, pero nunca dijo su nombre. (17)

Para él, lo esencial es la doctrina de las dos venidas de Cristo. La segunda está próxima, como se ha podido comprobar por la lluvia de estrellas de 1833. El Señor volverá en gloria y majestad. Rozas sostiene que habrá dos resurrecciones literales y que el milenio será el triunfo del catolicismo. Afirma que los 1.290 y los 2.300 días de Daniel son años, y que esos períodos proféticos deberían terminar en el año 1847. Opinaba que el regreso de Cristo tendría lugar en 1848.

Notas:

(1) Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, tomo 19, 1916, No. 23, págs. 260, 261.

(2) Los diálogos argelinos, o conversaciones entre un eclesiástico y un árabe sobre la ley y voto del celibato, por el P. Lima. El decreto de prohibición tuvo lugar el 26-8-1822. Según la Diatriba de la cual hablaremos más adelante, es en el prefacio donde Lacunza está mencionado elogiosamente. Ignoro si ese prefacio fue redactado por el autor o por el editor americano. He encontrado extractos de esos diálogos en El Español, de Londres, 1813, II, págs. 126-137, 182-203, donde se los atribuye a un religioso español y se dice que constituyen una obra póstuma. Antonio Palauy Dulcet (1867-1954), en el Manual del librero hispanoamericano, 2ª ed., Barcelona, 1951, pág. 398, menciona una edición de Madrid, de 1821. Editor de El Español: José María Blanco y Crespo (1775-1841). La Biblioteca de Religión, XXV, Madrid, 1829, pág. 135, menciona una refutación inédita: Cartas en nombre de un español a un americano sobre (y contra) los Diálogos argelinos, por Juan Antonio Díaz Merino, Edic. París, IX, 1847, pág. 551.

(3) Compendio de la Impugnación de la obra titulada: Venida del Mesías en gloria y majestad, dada a la luz por el abate Lacunza, Lima, 1938. Refutación de la obra titulada Venida del Mesías en Gloria y Majestad bajo el fingido nombre del Hebreo Christiano Juan Josafat Ben-Ezra, Lima, 1845.

(4) Diatriba sobre la obra intitulada Segunda Venida del Mesías en Majestad y Gloria, impresa en Londres, año de 1816, Ambato, 30-1-1825. El contenido de este manuscrito ha sido publicado en La Libertad Cristiana, Quito, 8 de marzo a 30de septiembre de 1894. Autor: Dr. Joaquín Miguel de Araujo (1774-1841). Véase Juan de León Mera, Revista Ecuatoriana, octubre, 1893, pág. 379.

(5) Juan Buenaventura Bestard (1763-1831), “Observaciones que presenta al público por precaverle de la seducción que pudiera ocasionarle la obra intitulada La Venida del Mesías en Gloria y Majestad de J. J. Ben-Ezra”, I, Madrid, 1824, pág. 6.

(6) Decorme, I, pág. 261.

(7) Pedro Narciso Blanco, Tentativa contra el sistema célebre de J. J. Ben-Ezra o Apuntes para la impugnación de la obra intitulada Venida del Mesías en gloria y majestad, primera parte, en que se examina el fruto de las observaciones, Puebla, 1823, ms. 27 fs. Colección Arrillaga, tomo 14, No 8, cuad. 2. Crítica de dos dictámenes sobre su impugnación de Josafat, impresa en Puebla en 1824, ms. 21 págs. Colección de opúsculos útiles, tomo 6. No. 4. Fragmentos de dicha impugnación o tentativa, ms. 218 págs. Tomo 6, No. 5. Archivo Colegio Jes., Méjico D.F.

(8) Arrillaga, El Observador Católico, tomo III, pág. 36, 1849.

(9) Arrillaga, Discurso en que se manifiestan las falsedades y errores de J. J. Ben-Ezra a cerca de la Iglesia cristiana, ms. 94-16 págs. Colección Arrillaga, tomo 14,No. 8, Blanco. Anotaciones a las censuras contra un discurso en que se manifiestan las falsedades y errores de Juan Josafat Ben-Ezra, acerca de la Iglesia cristiana, Puebla, 1824, 21 págs.

(10) Arrillaga, pág. 11.

(11) Decorme, I, pág. 263.

(12) Decorme, págs. 262-266.

(13) Arrillaga, Apuntamientos acerca de la obra de Josafat, ms. 179 págs. Colección Arrillaga, tomo 9, No. 13.

(14) Disertaciones critico-teológicas sobre las doctrinas de J. J. Ben-Ezra,escritas por un teólogo mexicano. Disert. I: Sobre el sentido literal de la Escritura, Méjico, 1848, 68 págs. Arrillaga dio su respuesta en El Observador Católico, Méjico 1849, tomo III, 19 de mayo a 23 de junio: La condenación dela obra de J. J. Ben Ezra, hecha por la Santa Sede, sostenida y vindicada contra un moderno apologista de la misma.

(15) Miguel Alfaro y Beaumont, Contestación del sacerdote Cristófilo a Juan Josafat Ben-Ezra sobre la venida del Mesías en gloria y majestad, tomo I, Méjico, 1826, IV-366 págs.

(16) Decorme, I, pág. 266.

(17) Consulta a los sabios sobre la aproximación de la segunda venida de N. S. Jesucristo. Toluca, 1835, 239 págs. Sobre de Rozas, ver Daniel Hammerly-Dupuy. Defensores latino-americanos de una Gran Esperanza, Florida, Buenos Aires, 1954, págs. 173-183.

Continuará…

 

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