HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Cuadragésimo novena entrega

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DESVIACIONES HETERODOXAS


En el orden especulativo, y entre las capas superiores y dirigentes de la sociedad, tres han sido los errores principales que han dominado en este período: el racionalismo y semirracionalismo, el liberalismo y el modernismo. Del lado contrario a estos errores y como desviaciones lamentables del resurgir católico han brotado otros tres: el falso tradicionalismo, el fideísmo y el ontologismo.


En el orden más práctico, social y político, y en las capas más inferiores, han pululado ciertas corrientes y tendencias, cuyo error capital es el materialismo y el ateísmo. Estas corrientes son el socialismo, el comunismo y el anarquismo, y en la oposición cierto totalitarismo y racismo exagerados.


Claro está que la exposición detallada de todos estos errores nos llevaría demasiado lejos. Esbocemos al menos su naturaleza e historia.


ERRORES PRIMARIOS


1. El racionalismo
a) Su origen y tendencia
El racionalismo es un sistema filosófico y una orientación antiteológica.
Como sistema filosófico, parte del principio de que la razón humana es la única fuente del conocimiento. Por lo tanto, el racionalismo combate al agnosticismo, al escepticismo, al empirismo absoluto y al sensismo o sensualismo y también a la verdadera filosofía cristiana, que pone límites a la razón humana. En su estructura moderna, el racionalismo echa sus raíces en la duda metódica de Descartes, en la cual el yo y la conciencia del yo es el principio de todo conocimiento; la escuela de Wolff desarrolló este sistema racionalista, y Kant, con su Crítica de la razón pura, le abrió paso en los círculos científicos del siglo XIX.


El racionalismo más extremo o idealismo nace en la escuela de Hegel: toda realidad, aun la materia y sus leyes, brotan de un desarrollo lógico de la idea eterna. Por otra parte, la razón natural es la fuente y el único criterio y juez de la revelación.


Esta tendencia racionalista en materia religiosa nació del deísmo inglés, que ya con Shasterbury, Toland, Collins, Woolston, se aplicó a la crítica bíblica. De ahí pasó al racionalismo filosófico francés y a la llamada ilustración alemana. La razón humana se impone a sí misma sus leyes para hallar los principios de su moral, sin reconocer superior alguno y dando una explicación meramente filosófica y natural de los dogmas y de la Escritura.


Para la razón pura de Kant, los tres objetos de la actividad del espíritu humano, yo, el mundo y Dios, son elementos puramente subjetivos, formas a priori del entendimiento humano. La metafísica no tiene objeto. Pero si la razón pura desconoce a Dios, la razón práctica, en virtud del imperativo categórico, afirma un deber absoluto, que tiene como condición la libertad y obliga a admitir la fe en las ideas de Dios, de libertad, de inmortalidad.


b) Semirracionalismo de Hermes y Günther
En el campo de la teología católica, Hermes y Günther han propugnado un racionalismo mitigado o el semirracionalismo.


Jorge Hermes (1775-1831), que primero fue profesor en Münster y después en Bona, enseñaba que, como la filosofía y la teología no son antagónicas, los datos de la revelación deben ser conclusiones filosóficas.


El principio de la duda universal positiva, que Descartes aplicaba a la filosofía como principio de todo conocimiento, aplicado a la teología, debe ser el principio del conocimiento del dogma, el principio de la fe. Mientras podamos dudar, mientras no hayamos desterrado del alma toda duda, no hemos llegado a la verdad de la fe.


El error capital está en afirmar que no ya la duda metódica, sino la absoluta y positiva, es el punto de arranque y el supremo principio de toda ciencia, aun teológica, y que un conocimiento cierto sólo se consigue gracias a la absoluta necesidad de la razón práctica, pues sola ella puede transformar en certeza objetiva la persuasión subjetiva de la razón teórica. Con esto, según los principios filosóficos de la escuela racionalista, la razón es la norma y el motivo de la fe cristiana. Esta razón humana debe investigar y demostrar todas las verdades reveladas por sus razones íntimas.
Hermes enseñó, además, otros errores, como acerca del estado del hombre antes de la caída, acerca de la justificación, la gracia, etc.


Estas ideas quedaron formuladas en sus obras Investigación sobre la interna verdad del cristianismo e Introducción a la teología cristiano-católica.


Su influjo fue considerable, sobre todo en la Renania; pero fue atacado por Binterim, Seber, Sieger, Perrone y Kleutgen. Por parte de la Iglesia intervino enérgicamente Augusto Clemente Droste von Vischering, primero como obispo de Münster y después como arzobispo de Colonia; Gregorio XVI condenó el hermesianismo el 26 de septiembre de 1835, muerto ya Hermes, y en 1836 declaró también condenada la Dogmática cristiano-católica, obra póstuma de Hermes.


Cuando en 1846 Pío IX publicó su Encíclica Qui pluribus, determinando las relaciones entre la razón y la fe, los hermesianos obstinados pretendieron encontrar allí una aprobación de sus doctrinas. Hacia 1860 se sometieron los contumaces.


Casi al mismo tiempo brotaron ideas semejantes en Viena por obra de Antón Günther (1783-1863), natural de Bohemia, el cual, salido del noviciado de los jesuitas, se hizo sacerdote, y desde 1824 a 1854 publicó una serie de escritos de contenido filosófico y teológico que le conquistaron por el momento muchos admiradores.


Günther pretendía refutar los errores panteístas, mas para eso forjó un sistema semirracionalista que tenía algo de hegelianismo. No negaba la impotencia de la razón para alcanzar las verdades de la fe, pero afirmaba que, una vez en posesión de las fórmulas de fe, puede penetrar sus misterios y desarrollar el dogma con nuevas fórmulas. Las decisiones dogmáticas de la Iglesia son provisoras. Desechando como semipanteísta la filosofía de los Padres y de los escolásticos Günther quiere probar con su filosofía todo el contenido de la Revelación, aun los misterios de la Encarnación y la Trinidad, y pretende llegar a comprenderlos científicamente, aunque de hecho los deforma.


Así, por ejemplo, dice que la noción de la personalidad no es más que la conciencia del yo, y, por tanto, hay en Dios tres conciencias; consiguientemente, habrá tres substancias distintas, lo cual le conduce a una especie de triteísmo. En semejante error incurre al explicar el misterio de la Encarnación. Con tales demostraciones filosóficas, la fe se perfecciona hasta convertirse en ciencia racional. En cuanto al mundo y Dios, Günther quiere derribar el muro infranqueable que Kant levantó entre el númenon y el ser de las cosas y de Dios; de la conciencia del yo, al estilo cartesiano, deduce Günther la existencia de Dios como el Ser ilimitado e incondicionado.


Esta teología güntheriana revela un talento poderoso, aunque extraviado por filosofías extrañas. Y de hecho tuvo gran suceso. Los profesores Knoodot y Baltzer la enseñaron en las Universidades de Bona y Breslau; Merten, en el Seminario de Tréveris. Al ser condenado el güntherianismo en 1857, Günther se sometió. Su mejor refutador fue José Kleutgen.


Los sistemas de Hermes y Günther revelan el gran peligro de aplicar las teorías kantianas a la filosofía y, sobre todo, a la teología. Jacobo Frohschammer, sacerdote y profesor de filosofía en la Universidad de Munich, incurrió en semejantes excesos, afirmando que la razón debe penetrar libremente en todo el campo de la teología, y que la filosofía no puede someterse a la autoridad de la Iglesia, aunque deba hacerlo el filósofo.


2. El liberalismo
En las relaciones político-religiosas, el liberalismo ha sido la peste del siglo XIX. El liberalismo es esa tendencia del espíritu a rechazar toda barrera que impida la más completa libertad del individuo a pensar y obrar, así en la vida privada como en la pública. Se ha desarrollado esta tendencia en tres sectores principalmente, constituyendo las tres ramas del liberalismo: el sector filosófico-religioso, el sector político, el sector económico.


a) Liberalismo Filosófico-religioso
El liberalismo filosófico-religioso proclama la plena libertad del pensamiento y rechaza toda importuna barrera. Cierta justificada libertad en la investigación filosófica o científica se puede compaginar con las debidas consideraciones personales a los maestros y métodos antiguos; pero el liberalismo filosófico-religioso comienza atropellando toda autoridad, y en primer término, la eclesiástica.


Sin embargo, se dan varios grados en este liberalismo, desde el liberalismo impío hasta el llamado liberalismo católico. Los secuaces del primero niegan toda autoridad eclesiástica que esté sobre su propia razón; los últimos sólo ponen trabas a esa autoridad en el desempeño de su oficio.


Desde la falsa Reforma acá, el carácter distintivo de todos los errores y herejías ha sido la exageración de la libertad del pensamiento y la negación o limitación arbitraria de la autoridad religiosa establecida por Dios. Por eso con razón se ha llamado al liberalismo religioso la herejía de los tiempos modernos. El concilio Vaticano, al definir los límites de la razón y la revelación y al definir la infalible autoridad doctrinal de la Iglesia, hirió en el corazón al liberalismo.
En la vida pública se manifiesta este liberalismo en diversos grados: el ala extrema proclama la absoluta separación de la Iglesia y el Estado, dejando completa libertad de cultos y excluyendo positivamente toda religión o confesión o signo religioso en establecimientos y locales públicos; preconiza la secularización de las escuelas, hospitales, matrimonio, la supresión de toda subvención y de todo privilegio del clero.


En su forma mitigada, el liberalismo reconoce a la Iglesia, aun en la vida pública, y admite su colaboración; pero se muestra hostil a los derechos soberanos de la Iglesia y busca por todos los medios posibles coartarla en el ejercicio de su jurisdicción y poder.


También se puede llamar catolicismo liberal el conato de ciertos católicos de borrar de la vida pública ciertos factores religiosos. El liberalismo práctico fue condenado por el Syllabus y la Encíclica Quanta cura, de Pío IX, dada en 1864; León XIII nos trazó en varias de sus encíclicas la verdadera idea de libertad cristiana, condenando los errores opuestos.


b) Liberalismo político
El liberalismo político enaltece, enfrente de la autoridad civil, los llamados derechos individuales y se esfuerza por recabarlos políticamente. Padres de este liberalismo fueron Hobbes, con su obra De cive; Rousseau, con su Contrat social; Montesquieu, con su L’esprit des lois. En la independencia de los Estados Unidos y, sobre todo, en la declaración de los derechos del hombre de la Revolución francesa nació este liberalismo a plena luz.


También aquí caben matices y diferencias: los radicales llegan a proclamar la soberanía del pueblo, de quien, según ellos, procede, sin ninguna necesidad de Dios, toda autoridad. Los moderados admiten que la autoridad es de origen divino, pero exigen para el pueblo cierta participación en el gobierno con régimen constitucional. Como reacción contra el régimen absolutista de las pasadas centurias, este liberalismo hizo desaparecer las clases privilegiadas.


Las democracias modernas nacieron de aquí. Pero, con la proclamación de la soberanía del pueblo, fue este liberalismo político el portaestandarte de varias revoluciones y echó ciegamente por tierra una serie de instituciones históricas verdaderamente útiles, sin substituirlas por nada. Con frases hueras de una pretendida libertad soliviantó a las masas, menguó la autoridad del Estado y, con manifiesta contradicción, abusó de la fuerza del Estado contra los verdaderos derechos inalienables del individuo y de la Iglesia: escuela estatal obligatoria, prohibición de los votos religiosos, amortización de los bienes eclesiásticos.


c) Liberalismo económico
El liberalismo económico parte de un concepto optimista del hombre y supone que el bienestar de la sociedad y la felicidad de los particulares se conseguirá de la mejor manera posible dejando que las fuerzas naturales del hombre obren libremente. Así preconiza el libre ejercicio de las fuerzas económicas, desterrando toda traba estatal, corporativa y aun de orden ético en la producción y distribución de la riqueza; la libre concurrencia económica es el impulsor y el regulador mejor del organismo económico.


Modernamente se pretende explicar este principio con los principios evolucionistas de la selección natural. Por lo tanto, ha de reinar no sólo la libertad personal (supresión de la esclavitud, supresión de servicios), libertad industrial (supresión de toda traba en la elección de profesiones, supresión de privilegios y monopolios), libertad territorial (libre compraventa, libertad en las herencias y gravámenes territoriales), sino también libertad comercial (supresión de aduanas e impuestos) y libertad de trabajo o libre contrato.


El Estado debe proteger los derechos y la propiedad privada y, por lo demás, dejar hacer. Este sistema económico, tan favorable al capitalismo industrial, surgió en la Revolución francesa y, sobre todo, a principios del siglo XIX en Inglaterra. Ciertamente tiene el mérito de haber echado por tierra muchas molestas barreras de la producción y distribución de la riqueza; pero no ha tenido en cuenta los factores éticos y morales y pronto han aparecido sus taras: concurrencia fraudulenta, opresión de la pequeña industria, un abismo de descontentos entre las fabulosas ganancias de la empresa y la miseria de los obreros y deudas de los campesinos. Estas calamidades del sistema liberal han producido una reacción de excesivo intervencionismo y de socialización de los bienes de producción al estilo socialista. El capitalismo liberal en economía ha engendrado al socialismo y al estatismo exagerado.


Es verdad que en todo el complejo liberal hay algunos puntos en parte aceptables o al menos discutibles, y la condenación de la Iglesia no alcanza a todas sus partes. Los principios filosófico-religiosos son los perniciosos. Por desgracia, si el liberalismo económico en sus más desaforados abusos va de vencida, el liberalismo filosófico-religioso y político todavía vive en el ambiente del siglo.


3. Modernismo
a) Su naturaleza y origen
El modernismo significa la tendencia a acomodar el catolicismo a las llamadas exigencias de los tiempos modernos.
San Pío X, en su Encíclica Pascendi, del 8 de septiembre de 1907, nos describe el modernismo como un sistema filosófico-dogmático, que pretende poner para siempre a la Iglesia católica a seguro de todas las acometidas de la ciencia, deformando por completo la esencia misma del cristianismo.


Las raíces del modernismo filosófico se nutren en el agnosticismo y en la teología del sentimiento o de la inmanencia. El agnosticismo afirma que el hombre con su mera razón nada puede conocer en el campo religioso y sobrenatural. La teología del sentimiento procede de Jacobi y Schleiermacher: Dios y el mundo religioso no se encuentran en el camino de la razón, sino en el del sentimiento. En Francia representan la tendencia modernista Sabatier (Les religions d’autorité et la religión de l’esprit) y Ménégoz), según los cuales no poseemos a Dios por una conclusión, del entendimiento, sino por una resolución práctica bajo el instintivo impulso del sentimiento; ambos eran protestantes.
Las características del modernismo son las siguientes: el modernismo cambia por completo los conceptos de fe, religión y dogma; desfigura el concepto de revelación y sobrenatural; arruina la inspiración bíblica y la autoridad de la Iglesia.


En efecto, por su agnosticismo, el modernista no puede llegar a la fe y religión por medio de la revelación externa, sino por algo íntimo al hombre, por la vía del inmanentismo; ese sentimiento íntimo de la necesidad de un Dios existente es el comienzo de su religión y de su fe. Ese irrumpir del sentimiento religioso en los dominios de la conciencia es la revelación.


Por lo tanto, la Revelación no es la palabra de Dios, ni la fe es el asentimiento al testimonio divino; la fe no es producto del entendimiento, sino algo, alógico; es el aprehender a Dios por la intuición del corazón y la experiencia interna. Los dogmas son la expresión o espejo de ese sentimiento; no tienen en sí una verdad o realidad absoluta; son meros símbolos, que para ser vivos y vivientes deben irse acomodando a la fe y a los fieles de cada época. Como el dogma, también los sacramentos son exigencias y modos de sensibilizar la religión. La Sagrada Escritura se dice inspirada porque sus autores estaban bajo el entusiasmo e influjo de ese sentimiento extraordinario o vivencia religiosa.


La Iglesia brotó de la necesidad que sentían los fieles de comunicarse sus vivencias religiosas. La autoridad eclesiástica nace del pueblo y, por lo tanto, debe ser democrática; impone la separación entre la Iglesia y el Estado, y en todo lo externo, aun en la administración de los sacramentos, debe estar sujeta al Estado. La quintaesencia y corona de la doctrina modernista es la ley de la evolución: fe, dogma, moral, culto, Iglesia, todo evoluciona y cambia.


b) Consecuencias del modernismo
Las consecuencias de estas teorías son fatales. La primera es la completa escisión entre la fe y la ciencia, como pertenecientes a diversas esferas: la razón y el sentimiento. En los dominios de la fe no entra la ciencia; sólo en cuanto la fe transfigura un fenómeno concreto, v. gr., la vida de Cristo, y lo desfigura con añadiduras no históricas, pertenecen los fenómenos al dominio de la fe.


El modernista debe negar la resurrección de Cristo como agnóstico, puesto que sólo considera los fenómenos terrenos como realidad histórica; pero la afirma como creyente, porque toma la vida de Jesús como vivencia religiosa. De ahí la diferencia entre el Cristo de la historia y el Cristo de la fe.


El modernista, como historiador y crítico, que descansa sobre los principios agnósticos, inmanentistas y evolucionistas, no admite ninguna intervención de Dios en el mundo. De ahí la negación de los milagros, la revelación, la providencia.


La Encíclica Pascendi es una exposición sistemática del modernismo. Tal vez no haya habido nadie que haya defendido todos y cada uno de esos puntos y sacado todas y cada una de esas consecuencias que en la encíclica se reúnen y formulan; pero está sintetizada admirablemente la tendencia modernista, que por algún tiempo amenazó socavar los cimientos de la Escritura, el dogma y la Iglesia.


Muchas de estas ideas y tendencias apuntaban en varios escritores de la última década del siglo XIX. Era el momento en que los estudios religiosos se renovaban en Francia con crítica histórica y métodos nuevos, cuando de pronto uno de sus representantes, el abate Alfredo Loisy, discípulo del historiador Duchesne, y dedicado a la exégesis escriturística, se convirtió en adalid de las ideas modernistas con sus dos «libritos rojos» (L’Evangile et l’Eglise, 1902, y Autour d’un petit livre, 1903).


El peligro era grave, porque el mal cundía solapado entre los católicos de muchas naciones. En Alemania apareció en 1903 el libro Christus, de Hermán Schell. En Italia se propagaban las ideas y tendencias modernistas por los Studi religiosi de Florencia y sobre todo con el talento novelístico de Fogazzaro, en su novela Il Santo (1905); poco después, con los escritos de E. Buonaiuti. En Inglaterra, el ex jesuita de Dublin Jorge Tyrrel, calvinista convertido, hacía imprimir en 1907 su obra Entre Caribdis y Escila, en la cual, como en otros escritos, exponía su concepto anti intelectualista de la religión y el evolucionismo dogmático. En Francia, E. Le Roy daba a luz su célebre artículo Qu’es ce qu’un dogme; Marcelo Hébert, L’évolution de la foi catholique en 1905, V Alberto Houtin, La crise du clergé en 1907. Con esto quedan presentados los principales personajes de este drama modernista y la época en que se desarrolla a plena luz del día.


c) Intervención decidida de San Pío X
San Pío X tuvo que intervenir vigorosamente. Ya en 1903 condenó las obras de Houtin y de Loisy, quien rehusó someterse. El 4 de julio de 1907 lanzaba el Papa el Decreto Lamentabili, condenando 65 proposiciones modernistas, y dos meses después, en septiembre, publicaba le Encíclica Pascendi, en que quedaban condenadas estas proposiciones en una exposición sistemática y doctrinal.


San Pío X reclamaba como remedio una formación sólida y segura de los seminaristas, garantizada por la selección de profesores de filosofía y teología; exigió la censura de libros en todas las diócesis y prescribió el Juramento antimodernista (1910) a todos los profesores, doctorandos, predicadores, prebendados.


Una manifestación del espíritu modernista es el llamado americanismo, y el movimiento francés llamado Le Sillón, dirigido por M. Marcos Sangnier.


Le Sillón, organización obrera influenciada por las ligas neutras o protestantes, se gloriaba de penetrar en los medios más heterogéneos, agrupando en sus filas así católicos como disidentes. Su órgano era el Bulletin de la Crypte, llamado así por el local subterráneo de sus reuniones semanales. Más tarde se llamó Le Sillón, revista mensual.


Al principio, la obra del genial y dominante Sangnier tuvo carácter marcadamente católico; tanto, que obtuvo las alabanzas de León XIII en 1902 y de San Pío X en 1903, así como de muchos obispos. Desde 1902 celebraban sus congresos anuales y organizaron sus salones de obreros, círculos de estudiantes, conferencias. El año 1905 señala el cénit de la obra. Pero desde 1902 la acción social de Sangnier fue transformándose en acción democrática y política, y desde 1905 fue desapareciendo más y más su carácter social y católico; se fueron rompiendo los lazos con la jerarquía, fueron excluidos los elementos eclesiásticos y se propuso como ideal de gobierno la democracia. La ruptura fue completa cuando, en el Congreso de Orleáns de 1907, Sangnier propuso como fin de Le Sillón la supresión de los partidos y la formación de un gran partido, en que pudieran entrar católicos, protestantes, librepensadores.


En este plan, Le Sillón recibía en 1910 una nueva organización con tres secciones: una para la educación cívica, otra para la política y un comité democrático de trabajo social interconfesional independiente de la Iglesia.


San Pío X, en carta dirigida a los obispos de Francia, Notre Charge apostolique, del 25 de agosto, prohibió esas nuevas orientaciones y mandó que los miembros de Le Sillón se agregasen a agrupaciones católicas diocesanas dependiendo de los obispos.


d) Nueva teología
En nuestros días se ha marcado una tendencia o conjunto de tendencias difíciles de determinar o definir, contra las cuales luchaban ya hace varios años algunos teólogos y revistas católicas. Sus raíces y derivaciones podrían encontrarse en la filosofía moderna, mas sobre todo se manifiestan en el campo de la teología y aun de la exegética.
Esta ideología, en conjunto, pudiera ser considerada como una ulterior evolución del modernismo, ya condenado por la Santa Sede; mas, por otra parte, una de sus manifestaciones más espectaculares durante estos últimos años ha sido el tan traído y llevado existencialismo. A todo este conjunto de tendencias, que coinciden en cierta oposición a la filosofía y teología tradicional católica, huye las concepciones de substancias y aun de dogmas firmes e inconmovibles y trata de encontrar fórmulas más en consonancia con los sistemas filosóficos modernos, se le ha designado con el nombre de Nueva teología.


En agosto del pasado 1950, el Romano Pontífice Pío XII, por medio de la Encíclica Humani generis, ha llamado la atención sobre estos errores, que, aunque no van designados con el título de «teología nueva», coinciden con lo que se venía designando como tal. Según el documento pontificio, estos errores se reducen a los siguientes:


Ante todo se nota la confusión de ideas entre los filósofos no católicos, como se manifiesta en diversos errores característicos de nuestros días, como el evolucionismo exagerado, el llamado existencialismo y el historicismo.


Frente a estos errores se afirma la fuerza de la razón para conocer la verdadera religión; pero mientras algunos, abandonando las doctrinas del racionalismo, desean volver a los manantiales de la verdad revelada, cuanto con más entusiasmo enaltecen la autoridad de Dios Revelador, tanto más desprecian el magisterio de la Iglesia.


Por esto insiste el Papa en la misión e incumbencia de los teólogos y estudiosos católicos, los cuales proceden con cautela, procurando evitar todo peligro por el ansia de novedades y por un imprudente irenismo o miedo a las dificultades y a la lucha.


A continuación señala, ante todo, los errores en el campo de la teología. Tales son: una pretendida depuración de los dogmas católicos y su acoplamiento a los tiempos modernos; cierto relativismo dogmático, consecuencia de este espíritu de acomodación, y sobre todo un menosprecio sistemático del magisterio de la Iglesia y del Romano Pontífice. A este propósito establece el Papa la verdadera posición del magisterio eclesiástico frente a los teólogos, la autoridad que debe atribuirse a las encíclicas pontificias y la recta interpretación de la tradición, A continuación señala asimismo Pio XII los errores en la interpretación de la Sagrada Escritura y en el método empleado en la exegética, terminando con una breve reseña de las funestas consecuencias de esta doctrina, que son: diversos errores sobre el conocimiento de Dios, la creación, los ángeles, orden sobrenatural, pecado, Eucaristía y multitud de puntos doctrinales, así como también sobre la Iglesia.


En el campo filosófico no son menos reprobables los errores que se propagan. Por esto insiste el Papa en la solidez de la filosofía cristiana tradicional, muchos de cuyos principios no pueden ponerse en duda. Así, pues, se insiste en la excelencia de la filosofía de Santo Tomás y se rebaten las falsas imputaciones que a ella suelen hacerse: no es anticuada ni excesivamente intelectualista si se la cultiva e interpreta debidamente. En realidad, los nuevos filósofos destruyen la teodicea y la ética verdadera.


Para terminar, expone el Romano Pontífice algunos problemas científicos relacionados con el dogma, es decir, la verdadera posición católica frente a los mismos, en particular frente al evolucionismo antropológico, el creacionismo; frente al poligenismo, la defensa decidida del único origen de todos los hombres, que es Adán, y frente a ciertas audacias exegético-históricas, la historicidad de los primeros capítulos del Génesis.


Fácilmente se comprende la importancia del documento pontificio, que con tanto acierto señala los múltiples errores de estas tendencias modernas, designadas por los teólogos como teología moderna. Con razón ha sido ya designado este documento como un nuevo sílabo contra los errores de nuestros días.


ERRORES REACCIONARIOS


Como reacción contra el racionalismo, y sobre todo contra el agnosticismo de Kant y su escuela, que propagaba el ateísmo e indiferencia religiosa, surgieron ciertos conatos infelices para llegar a la verdad: el falso tradicionalismo, el fideísmo y el ontologismo.


1. El falso tradicionalismo
El vizconde de Bonald (1754-1840), persuadido de que la razón por sí sola no podía llegar al conocimiento de la verdad, sobre todo de los primeros principios metafísicos, religiosos y morales, afirmaba que nuestros primeros padres habían recibido por revelación divina el pensamiento y la palabra.


Según Bonald, el lenguaje es el instrumento de toda operación intelectual y moral; el hombre no pudo inventar el lenguaje; lo recibió del cielo, y con él las verdades dogmáticas y morales esenciales, como son la existencia de Dios, la inmortalidad del alma.


Esta revelación primitiva se nos ha ido transmitiendo de generación en generación por medio de la tradición. De aquí el nombre de tradicionalismo aplicado a esta filosofía, que no dejó de prestar algunos buenos servicios, inculcando la idea de tradición en un tiempo de revolución y de rompimiento con lo pasado.


Pero ¿cómo distinguir la tradición verdadera de la falsa?
Lamennais (1782-1854) creyó que la razón humana no puede tener sino una certeza instintiva o de hecho; pero el sentir común de los pueblos o de la humanidad en cuestión de religión y moral es lo único que nos garantiza la certeza de derecho. La tradición se nos transmite por el sentir común o por el sentido común universal. Por eso Lamennais dio tanta importancia al pueblo como factor de progreso, y así se explica la famosa teoría de la libertad de pensamiento, de prensa y de conciencia, que él reivindica con tanto ardor. De esta suerte Lamennais fundió en uno el tradicionalismo con el liberalismo.


La falta de formación teológica, tanto en Bonald como en Lamennais, fue la ocasión de estos errores. Gregorio XVI condenó por dos veces la doctrina de Lamennais, primero en su Encíclica Mirari vos, de 1832, y después en Singulari Nos, de 1834.


2. Fideísmo
Más radical aún es el sistema de Bautain, profesor de Estrasburgo. Para llegar a la certeza, Bautain no se contentaba con la tradición de la primitiva revelación, que fácilmente pudo corromperse, sino que exigía la fe sobrenatural o fideísmo. Para él, la revelación, la Biblia, es la única fuente de los conocimientos y el único criterio de toda certeza; por la sola razón no podríamos demostrar filosóficamente la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma, etc.


El obispo de Estrasburgo censuró la doctrina de Bautain en su Avertissement de 1834, y Bautain hubo de firmar varias proposiciones antifideístas.


Hubo algunos, como A. Bonnetty, en sus Annales de philosophie chrétienne, y el P. J. Ventura y el lovaniense Ubaghs, que continuaron defendiendo cierto tradicionalismo o fideísmo mitigado. La Congregación del Indice mandó retractar estos errores a Bonnetty en junio de 1855.


3. Ontologismo
El ontologismo afirma o establece el principio siguiente: el orden del conocimiento sigue al orden de las cosas o los seres. Ahora bien. Dios es el primer ser y origen de todos los seres; luego el conocimiento de Dios es el primer conocimiento de nuestra inteligencia. La mente humana en su primer acto conoce directamente a Dios, y en Dios, como causa, se conocen todas las demás cosas.


Falsamente pretendían los ontologistas encontrar sus predecesores entre los Padres llamados platónicos, como San Agustín, San Anselmo, San Buenaventura.


Malebranche fue el padre del ontologismo moderno. En el siglo XIX, varios fueron sus defensores, aunque modificando el sistema, principalmente Vicente Gioberti, A. Rosmini, T. Mamiani, Fabre, Ubaghs, Laforet y el P. Gratry, el cual renovó cierto ontologismo mitigado, por el cual sostiene la visión natural de Dios como inmediata e innata, aunque en esa idea de Dios no se encierran los conocimientos, v. gr., matemáticos, lógicos o metafísicos. Siete proposiciones ontologistas fueron condenadas en 1861.


Muchos de estos errores reaccionarios fueron también condenados solemnemente en el concilio Vaticano al tratar de la revelación y de las relaciones entre la fe y la razón.


DESVARIOS SOCIALES


En el campo social, por una parte como fruto del materialismo y ateísmo reinante y por otra como reacción contra el capitalismo, hijo del sistema liberal, han brotado con ocasión del industrialismo y mecanicismo moderno una serie de desvaríos que, además de su carácter revolucionario, entrañan un conjunto de errores. Estos desvaríos son el socialismo, el comunismo y el anarquismo. Desde luego, todos ellos, como también el bolchevismo ruso, tienen una serie de factores comunes doctrinales y una misma finalidad. Su distintivo principal es la diversidad de procedimientos para conseguir el fin.


1. Socialismo
El socialismo ataca la propiedad privada en los bienes productivos y medios de producción y distribución de las riquezas. El socialismo pone en manos del Estado o de la sociedad, como propietario y organizador, los medios de producción y bienes productivos, como las tierras, materias primas, fábricas, máquinas, medios de transporte. Sólo el consumo queda a la disposición libre del individuo.


El origen del socialismo hay que buscarlo en la agudización de la llamada cuestión social, el desequilibrio producido por el capitalismo y la maquinaria, juntamente con la descristianización de la sociedad.


En Francia, país clásico de la revolución, aparecen los primeros teorizantes del socialismo con Saint-Simon, Fourier, Proudhon, Luis Blanc.


En Inglaterra, donde la introducción de la maquinaria produjo sus revueltas sangrientas y quemas de fábricas, lejos de prosperar el socialismo, se multiplicó el sistema de Trades Unions, debido tal vez al carácter inglés, poco amigo de utopías.


Entre los dogmatizantes del socialismo, Alemania va a la cabeza con Fernando Lasalle y, sobre todo, con Carlos Marx y Federico Engels.


A fines del siglo se realizó la escisión entre marxistas ortodoxos y revisionistas con Eduardo Berstein. De las ideas socialistas brotó el partido social democrático o partido socialista, que en todas las naciones ha tomado un auge alarmante. Fue adquiriendo tal influjo en los gobiernos y cámaras de las diversas naciones, que en esta primera mitad del siglo XX ha dominado por completo en varias naciones. Sus frentes populares han trastornado a Europa. En sus internacionales daban la orden del día para las revoluciones y con sus cuotas y subsidios las sostenían o empujaban.
El fuerte del socialismo está en la crítica despiadada del capitalismo; su flaco está en las soluciones sociales que propone a la cuestión social.


Carlos Marx, en su obra Das Kapital, publicada por Engels en 1893, expone su teoría del valor y del plusvalor y su teoría del concepto materialista de la historia. Según Marx, todo se debe al trabajo y se lo apropia injustamente el capital; con esa teoría quiso justificar su idea de nacionalizar o comunizar los bienes productivos y los medios de producción, arrancándolos a la propiedad particular. Con su teoría de la concepción materialista de la historia aplicada aun a la religión y moral, grabó en la frente del socialismo y sus congéneres el sello de enemigos del cristianismo y de toda idea religiosa.


Para esos partidos, la religión es el opio del pueblo, que los adormece en sus males con la esperanza en la otra vida y les quita los arrestos para reivindicar sus derechos y hacer la revolución.


Se ha hablado de un socialismo y aun comunismo cristiano: para ello se ha acudido a pasajes del Evangelio y a la primitiva Iglesia. Si por socialismo se quiere entender la fraternidad universal del género humano y lo que se afirma es que los bienes materiales han sido distribuidos por Dios para bien y provecho de todos, con la obligación de dar el que tiene al que no tiene, eso es y será siempre evangélico, patrístico y cristiano. Pero el cristianismo siempre ha defendido el derecho de propiedad y la caducidad de los bienes de esta vida; nuestra patria es el cielo.


En este sentido hablan las Encíclicas inmortales de León XIII Rerum novarum y de Pío XI Quadragesimo anno, que definen la posición de la Iglesia en la cuestión social, condenando el liberalismo capitalístico y abogando por un régimen de trabajo, no sólo de caridad; sino de estricta justicia. Pero también en una porción de encíclicas y documentos diversos la Iglesia ha condenado los principios falsos y anticristianos del socialismo, comunismo y anarquismo, como en la solemne Encíclica de Pío XI sobre el comunismo.


2. El comunismo
El comunismo niega radicalmente el derecho de propiedad. No sólo los medios de producción y bienes productivos, sino los mismos productos los lleva al común del Estado o de la sociedad. En sus tendencias más radicales y libertarias, el comunismo llega hasta proclamar la comunidad de mujeres y la educación de los hijos por el Estado, deshaciendo la familia. Lenin, el padre de la revolución y jefe de la dictadura rusa, es su figura más destacada.


3. Anarquismo
Pero tanto el socialismo como el comunismo tratan de obtener su fin por medios más o menos legales. En cambio, el anarquismo se propone como finalidad concreta acabar con el Estado y con toda autoridad, como primer paso para establecer el nuevo orden de cosas.


Los medios serán más o menos violentos, según el mayor o menor furor de sus actuales cabecillas; pero ninguno retrocederá ante el atentado y la dinamita. En la propaganda de los hechos, la única admitida por ellos, todos los medios son buenos si son conducentes al fin.


Los jefes del anarquismo histórico, pues en estos últimos decenios se han multiplicado mucho, fueron el inglés Godwin, el francés Proudhon, el alemán Reclus, el ruso Bakunin y el príncipe Pedro Kropotkine.


En algún sentido, también el alemán Maximiliano Stirner y el americano Benjamín Tucker son comunistas y anarquistas y todo lo que sea necesario para revolucionar al mundo.


El comunismo, se suele decir, es el mayor enemigo que ha amenazado a la sociedad y a la religión.


Socialismo, comunismo y anarquismo, en sus tendencias particulares, se han desgarrado varias veces entre sí como perros rabiosos; pero cuando se trata de conseguir sus fines comunes, han sabido aunarse: Francia, Méjico, España y Rusia han sido ejemplos vivientes, altamente aleccionadores.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia

Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica

Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero

Bula Exurge Domine

Bula Decet Romanum Pontificem

Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)

Vigésimo novena entrega:  El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo 

Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo

Trigésimoprimera entrega:  Calvino. La iglesia reformada

Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo

Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)

Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes

 Trigésimoquinta entrega: Las sectas sismáticas orientales

Trigésimosexta entrega: La iglesia y el absolutismo regio

Trigésimo séptima entrega: España y Portugal. El regalismo

Trigésimo octava entrega:  El imperio alemán. Febronianismo y Josefinismo

Trigésimo novena entrega: La Iglesia y los disidentes

Cuadragésima entrega: El jansenismo

Cuadragésima primer entrega: El jansenismo, continuación.

Cuadragésima segunda entrega: En plena lucha jansenista

Cuadragésima tercera entrega: Aspecto moral del jansenismo

Cuadragésima cuarta entrega: Blas pascal, abanderado del jansenismo

Cuadragésima quinta entrega: Blas Pascal, abanderado del jansenismo, continuación

Cuadragésima sexta entrega: Queshel, tercer caudillo del jansenismo

Cuadragésima séptima entrega: Confesiones disidentes. Los protestantes

Cuadragésima octava entrega: Las confesiones orientales

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