SANTOS MARCOS Y MARCELIANO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

San Marcos  y san Marceliano , hermanos mártires.

marcos y marcelino

Los valerosos y nobles caballeros de Jesucristo, Marcos y Marceliano, fueron romanos y hermanos de un vientre, y de ilustre sangre e hijos de Tranquilino y de Marcia, personas muy ricas y principales. Eran cristianos y ya casados y con hijos; mandolos prender por la fe de Cristo, Cromacio, prefecto de aquella ciudad, y después de muchos tormentos, los condeno a ser degollados, si dentro de treinta días no volvían en sí, y se arrepentían y adoraban a los dioses. En este espacio de tiempo, no se puede fácilmente creer las máquinas de que uso el demonio para derribarlos, las batallas que tuvieron, la batería y
asaltos que les dieron su padre, su madre, sus mujeres e hijos, sus deudos, amigos y conocidos que eran muchos, por ser ellos personas de tanta calidad y estima; todos dieron en ellos. Porque primeramente los visitaron otros caballeros, sus compañeros y amigos y con gran enojo y sentimiento, les dijeron: ¿Qué locura es esta, amigos? ¿Es posible que siendo nacidos en Roma y entre caballeros romanos, y no allá en Arabia o en Scilbia entre fieras, ni las canas de vuestro pobre padre, ni las lágrimas de vuestra afligida madre os muevan, para que dejéis ese desatina, que estos malditos cristianos os han puesto en la cabeza? Gran dolor disteis a vuestra madre, cuando de un parto os pario; pero ¿qué tiene que ver aquel dolor con el de ahora; viendo que en un momento os ha de perder y llorar la muerte de los dos juntos, a quienes juntamente dio la vida? ¿Este es el pago que dais a vuestros padres, y padres tan amorosos y que tanto han trabajado por vosotros? Si no tenéis lástima de los que os engendraron, tenedla a lo menos de vuestros dulces hijos: los cuales, perseverando vosotros en vuestra obstinación, perderán la hacienda, la nobleza y en un punto quedarán huérfanos, pobres e infames. Acordaos de vuestras mujeres, y no les deis con vuestras propias manos la muerte, por desear ellas tanto vuestra vida. Estando diciendo esto aquellos falsos amigos y verdaderos enemigos, entro la madre Marcia cargada de años y de dolor, y deshaciéndose por las muchas lágrimas, se derribo a los pies de sus hijos, y les dijo: Oh hijos míos, nacidos de mis entrañas, criados a mis pechos y sustentados con tantos trabajos y dolores míos; ¿qué desatino es este? ¿Así corréis a la muerte, de la cual todos los cuerdos huyen? ¿En un mismo tiempo queréis matará vosotros mismos, a vuestra madre y vuestro padre, a vuestras mujeres y a vuestros hijos? ¿Qué mal os habemos hecho, para que queráis cortar la cabeza de un golpe, a todos los que tanto os aman y desean vuestra vida? ¡Oh calamidad nueva y nunca oída, que yo vea los hijos que parí, ir tan de corrida a la muerte, y que ni mis lágrimas ni el llanto de toda Roma lo puedan detener! ¡Desventurada de mi! pues mis mis mismos hijos ruegan al verdugo que los mate, y no aman la vida sino para perderla, ni me quieren a mí oír que soy madre, y les doy consejo, que vivan, para poder ya vivir y gozar de la vida de ellos! ¡Como se han trocado las cosas, que los mozos con tanta ansia buscan la muerte, y los viejos lloran, porque se les acaba la vida! Estas razones decía la madre, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas, cuando el padre Tranquilino, sustentado a manos de dos criados suyos por su mucha edad y por la gota que padecía, entro desalentado donde estaban sus hijos aprisionados; y viéndolos, apenas pudo hablar por la fuerza del dolor. Al fin les dijo: Hijos, yo he venido a despedirme de vosotros y ofreceros para vuestro entierro, todo lo que yo tenia aparejado para el mio: aunque querría saber de vosotros, pues sois leídos vos tenéis por discretos, si jamás habéis oído o leído, que alguno, sino son los desesperados, desee la muerte: la cual siendo, como es el remate de nuestra vida, que es tan grande bien, no puede ninguno que tenga seso desearla. Vosotros corréis a la muerte sin guerra, sin fuerza, sin violencia, huyendo ella de vosotros. ¡ Oh qué locura, oh qué desatino!

Venid, mozos, y llorad conmigo a estos que por su voluntad se entregan a la muerte: venid, viejos, y acompañad al dolor que yo siento en mi vejez, causado de los que no quieren vivir, para que yo muera. Hubiera pasado adelante Tranquilino y soltado mas la rienda a sus lágrimas y dolor, si sus nueras y nietos no le hubieran interrumpido, los cuales entraron en la cárcel y sin hacer cortesía a nadie, porque venían fuera de sí, dando gritos, comenzaron a hablar con Marcos y Marceliano, de esta manera:

¡O desdichadas y malaventuradas mujeres que os tomaron a vosotros por maridos; pues así queréis huir de nosotras, por no vernos, ni ver a estos vuestros hijos! ¿Donde está aquella fe y aquel nudo indisoluble, en que os atasteis con nosotras y que no se puede desatar sino con la muerte? ¿Donde está nuestro amor, nuestra unión y aquella caridad que de dos cuerpos hizo un cuerpo, y de dos almas hizo una alma, y aquel entrañable afecto con que habemos vivido tantos años en tanta paz? O hijos que salisteis de nuestras entrañas, ¿conocéis a estos vuestros padres? Pluguiera a los dioses que nunca los hubiérais conocido, ni venido al mundo; pues que ellos son tan crueles, que quieren que los perdáis, no por mano de tirano ni de verdugo, sino porque ellos mismos se quitan la vida, para que vosotros no viváis y nosotras desdichadas muramos con ellos.

Despiértese el amor de padres en vosotros, que está dormido: abrid los ojos de la razón, que con el velo de la obstinación tenéis cubiertos: considerad a cuánta pobreza, a cuánta infamia condenáis a estos vuestros hijos inocentes, condenándoos a vosotros a la muerte. ¿Ni sabéis cuán infame es el nombre de cristianos? ¿A cuántos tormentos, suplicios y penas por las leyes están sujetos? ¿No sabéis que todos vuestros bienes están ya confiscados y que vuestros hijos quedan desheredados y pidiendo de puerta en puerta? ¿Esta llamáis piedad? ¿Mataros con vuestras propias manos y con un golpe dar la muerte a los padres que os dieron la vida, y las mujeres que en solos vosotros viven, y  a estos niños chiquitos, a los cuales así como disteis el Ser, así estáis obligados a conservarles ? Llegaos, hijos, a vuestros padres, llegaos, abrazadlos y besadlos, asíos a ellos y tenedlos: morid con ellos, porque vivir sin ellos os será mas cruda y dura muerte.

Cayeron como muertas las madres en el suelo, sin poder hablar mas palabra. Los hijos se  deshacían en lágrimas: todos los circunstantes sollozaban y con ojos llorosos y tristes se miraban unos a  otros; y ya las entrañas de Marcos y Marceliano se ablandaban, traspasados de dolor.

El glorioso san Sebastián se halló presente a todos estos encuentros y combates, como caballero de la corte imperial, que aunque interiormente era cristiano, encubría exteriormente su creencia y fe, para ayudar mas y mejor a los cristianos perseguidos: que por ser aquella persecución de Diocleciano y Maximiano tan horrible y espantosa, algunos desfallecían en los tormentos, y por no perder la vida, perdían la fe; y el santo mártir Sebastián les asistía, los esforzaba y socorría al tiempo de la necesidad, como hizo ahora con los dos santos hermanos, Marcos y Marceliano; porque viéndolos ya casi rendidos por la furiosa y continua batería, que sus domésticos enemigos les daban; juzgando que era tiempo de declarar lo que tenía encerrado en su pecho, y manifestar que era cristiano para que los dos hermanos no lo dejasen de ser y exponer su cuerpo a la muerte; para que las almas de ellos no perdiesen la vida comenzó con palabras graves y encendidas de amor de Cristo, a exhortarlos a la perseverancia y a la gloria del martirio: y hablo tan altamente de la brevedad, fragilidad y engaños de esta nuestra vida mortal, de la certidumbre y gloria de la bienaventuranza que esperamos los cristianos, que los santos hermanos se determinaron a morir, y los que estaban presentes se convirtieron a la fe del Señor y fueron compañeros en el martirio de aquellos mismos, a quienes antes con palabras, lágrimas y gemidos persuadían, que no muriesen por Cristo: y así pasado el término de los treinta días, un juez llamado Fabián, que había sucedido a Cromacio, y era hombre cruelísimo, mando atar a los santos hermanos en un madero y enclavar en él sus pies con duros clavos.

Allí enclavados , cantaban con gran alegría aquel verso de David: «O qué buena y qué alegre cosa es habitar dos hermanos en uno.» Y como el juez les dijese, que dejasen aquella locura, porque así serian libres de grandes tormentos ellos le respondieron que bien estaban allí, pues que estaban fijos en el amor de Jesucristo y que los dejase de aquella manera, hasta que la vida les dejase.

Estuvieron en este tormento un día y una noche, alabando al Señor y cantando a versos algunos salmos: y Fabian, vista su perseverancia, mando que los alanceasen, y con este género de muerte dieron sus almas a Dios. Sus cuerpos fueron sepultados en la vía Ardealina”.

Celebra la Iglesia su fiesta a los 18 de junio, que fue el día de su martirio, el año del Señor de 284, y el primero del emperador Diocleciano. Escriben de estos santos el Breviario romano, los Martirologios Romano, de Beda, Adon y Usuardo, y el Antifonario de san Gregorio, y Metafraste en la vida de san Sebastian que está en el primer tomo del padre Sario. En nuestros días, siendo sumo pontífice Gregorio XIII , a los 20 de junio del año del Señor de 1582, se hallaron los cuerpos de estos dos gloriosos santos mártires y hermanos, Marcos y Marceliano, y el de su padre Tranquilino, en una arca de mármol, en la iglesia de San Cosme y San Damián, que es título de cardenal diácono en Roma, y en la misma arca, a un lado, el cuerpo de san Félix, papa y mártir, el que condeno al emperador Constancio, como lo refiere el Martirologio Romano, a 29 de junio, y el cardenal Baronio en el tercer tomo de sus Anales.

Dr. José Palau

Leyendas de oro

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