Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL CUARTO DOMINGO DE PENTECOSTES

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

 

CUARTO DOMINGO DE PENTECOSTES

Y aconteció que se agolpaban las gentes hacia Él, para oír la palabra de Dios, y Él estaba a la orilla del lago de Genesaret. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; y los pescadores habían saltado a tierra, y lavaban sus redes. Y entrando en una de estas barcas, que era de Simón, rogó que la apartase un poco de la tierra. Y estando sentado, enseñaba al pueblo desde la barquilla. Y luego que acabó de hablar, dijo a Simón: “Boga mar adentro, y soltad vuestras redes para pescar”. Y respondiendo Simón, le dijo: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, sin haber pescado nada; mas en tu palabra soltaré la red”. Y cuando esto hubieron hecho, recogieron un tan crecido número de peces, que se rompía su red. E hicieron señas a sus compañeros, que estaban en el otro barco, para que viniesen a ayudarlos. Y vinieron, y de tal modo llenaron los barcos, que casi se sumergían. Y cuando vio esto Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”. Porque él y todos los que con él estaban quedaron atónitos de la presa de los peces que habían hecho. Y asimismo, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y dijo Jesús a Simón: “No temas; desde aquí en adelante serás pescador de hombres”. Y llevadas las barcas a tierra, lo dejaron todo, y le siguieron.

Rema mar adentro… dirígete hacia aguas profundas… y echa las redes para pescar…

He aquí manifestada, por estas pocas palabras, la vocación de San Pedro.

Dirígete hacia aguas profundas… ¡Cuántas veces nosotros, de una o de otra manera, hemos escuchado esas mismas palabras, esta apremiante invitación!: Rema mar adentro y arroja las redes

Rema hacia aguas profundas…, dirígete a las aguas claras, frescas, puras, sanas y saludables… Apártate del fango de la orilla, de las aguas estancadas, tibias, impuras e insalubres…

Duc in altum significa o se traduce por grandes deseos, ideales nobles y elevados…

¿Y cuál fue la respuesta de San Pedro?

Tratemos primero de imaginar la escena: los discípulos habían pasado toda la noche en el mar infructuosamente; estaban cansados físicamente, pero especialmente estaban desanimados, con desgana y hasta tedio; consideraban inútil una nueva incursión con la intención de pescar…

¿Qué respondió San Pedro? Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada. Seguramente habrá agregado: Estamos cansados, y es de noche y no de día cuando se ha de pescar. A pesar de todo, agregó: No obstante, fiado en tu palabra, lanzaré las redes

Midamos toda la profundidad, calculemos toda la fuerza, ponderemos todo el peso de esas palabras: fiado en tu palabra, lanzaré las redes

¡Cómo calan profundamente en nuestra alma! ¡Qué dulce presión ejercen sobre nuestro corazón! ¡Cómo descarga su peso el lastre de nuestra pusilanimidad y nos elevan por la magnanimidad!

San Pedro conocía bien su oficio…, sabía que, humanamente hablando, era inútil aventurarse nuevamente hacia alta mar y lanzar las redes…; pero también conocía a Nuestro Señor y por eso, en su Nombre, confiado en su palabra que no se engaña ni engaña, se dirigió mar adentro y echó las redes para pescar…

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¡Cuántas veces pensamos nosotros, y estamos seguros, y tenemos razón, de que, humanamente hablando, algo es difícil, inútil y hasta imposible!

Pero, ¡cuán pocas son las ocasiones en que reaccionamos sobrenaturalmente y, confiados en su palabra, apoyados en la acción divina de Nuestro Señor, emprendemos lo que Él nos pide y que a nosotros nos parece un disparate!

¡Qué escasas son las oportunidades en las que en nuestra vida confiamos en Jesucristo, confiamos en su palabra y, contra toda esperanza, contra todo cálculo humano, remamos mar adentro y lanzamos las redes!

Cuando llega el momento de conducir nuestra vida hacia alta mar, cuando después de días y años de trabajo infructuoso el Señor insiste una vez más, cuando las dificultades aprietan y los hombros son débiles para cargar la Cruz…, preferimos la orilla, la playa; la seguridad que ofrece la tierra firme, sí; pero que implica la tibieza, el fango, la suciedad de la ribera…

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En torno nuestro aparecen peligros y tormentas; sin embargo, con el Introito de la Misa de hoy, nos exhortamos a nosotros mismos: El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién podré temer?

Debemos mantenernos junto al Señor; Él tiene en sus manos las riendas del gobierno del mundo; Él hará que el curso del mundo camine para nosotros pacíficamente, y que nosotros podamos servirle a Él confiada y alegremente, como se lo pedimos en la Oración Colecta.

El Padre Emmanuel comentó de manera admirable una oración tomada de la ceremonia del Sábado Santo.

Después de leer la historia del Diluvio, la Santa Iglesia, por medio de su Liturgia, dirige a Dios esta oración. Escuchad bien; es lo sublime de la fe, de la esperanza y del confiado abandono en la Providencia divina:

“¡Oh Dios!, fuerza inmutable y luz eterna, mira en tu misericordia el misterio admirable de tu Iglesia, y lleva a cabo muy tranquilamente la obra de la salvación de los hombres. Y que el mundo entero compruebe y vea: las cosas derribadas, restablecidas en su perfecto orden; las cosas envejecidas, rejuvenecidas y renovadas; y todas las cosas retornar a su integridad primitiva por Aquel de quien recibieron comienzo, Nuestro Señor Jesucristo”.

Destaquemos que la Iglesia pide a Dios que realice nuestra salvación muy tranquilamente.

Todas las agitaciones de este mundo apenas son dignas de la atención de Dios; y, en todo caso, no turban la paz divina en la cual Él parece dormir.

Dios lleva a cabo nuestra salvación, muy tranquilamente, ejecutando sus designios divinos, eternos e inmutables.

Destaquemos, además, cómo la humanidad derribada en Adán, trastocada en la vetustez en que la vemos, será restablecida, restaurada, rejuvenecida por Aquel mismo que es su Creador y Salvador.

El viejo hombre, la vieja civilización, deben ser destruidos…; y serán aniquilados…, pero el nuevo hombre renacerá, todo volverá a su integridad primitiva…; y se hará una gran calma, la paz bienaventurada y eterna.

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Sobrevendrán dolores y miserias; pero, para los que pertenecen a Cristo, todo eso es nada, comparado con la gloria que les será revelada un día; así nos lo asegura San Pablo en la Epístola.

De igual modo que toda la creación gime y espera ansiosamente el ser libertada de la cautividad del pecado y de su maldición, así debemos esperar también nosotros el momento en que se nos descubra la filiación divina en toda su gloria y claridad; es decir, hemos de ansiar la hora de nuestra futura resurrección y de nuestra entrada en la eterna bienaventuranza en cuerpo y alma.

Este anhelo sólo puede ser colmado por el Señor. Permanezcamos, pues, a su lado.

Esperamos la plenitud de la filiación divina.

¿Qué es, pues, el cristiano? Un hombre que espera.

¿Y qué es lo que espera? La futura gloria que se revelará en nosotros.

El verdadero centro de toda nuestra vida y actividad como cristianos está en el más allá. Estamos seguros del beatífico más allá; y ya lo poseemos, desde ahora, con nuestra esperanza. Esta esperanza es la fuente de toda nuestra dicha, de nuestra perenne y santa alegría, de nuestro optimismo cristiano.

El Padre no nos separará nunca de su Hijo. Dondequiera que Él se encuentre, allí estaremos también nosotros, hijos de Dios, con Jesús y en Jesús.

Del mismo modo que llegó para el Señor el día de su gloria, en la vida eterna del Cielo, con esa misma seguridad llegará también para nosotros el día de nuestra gloria en el alma y en el cuerpo.

Esperamos lo que ha de venir: la inmensa y eterna gloria que se manifestará en nosotros, en los hijos de Dios.

Levantemos, pues, nuestro espíritu y nuestro corazón y convenzámonos de que los dolores de esta vida no son nada, comparados con la futura gloria que se revelará en nosotros, cuando, después de esta vida, poseamos nuestra herencia eterna.

Si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo. Animados por esta esperanza, despreciemos los placeres, las alegrías y los halagos de este mundo y corramos veloces al encuentro de lo eterno, de nuestra verdadera y eterna felicidad.

¡Ver a Dios, poseer a Dios, gozar de Dios: he aquí nuestra eterna felicidad!

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La futura revelación de nuestra filiación divina… Debemos conservar fielmente y llevar hasta su madurez la vida de la gracia que se nos infundió en el Santo Bautismo.

Uno de los mejores y más poderosos medios para realizar esta tarea consiste en esperar al Señor, en aguardar su futuro retorno con un apasionado y ardiente anhelo.

El día en que vuelva el Señor, se manifestará en nosotros la gloria de la gracia y de nuestra filiación divina. Es decir, nuestra vida de la gracia alcanzará su pleno desarrollo, su madurez y perfección.

La Epístola nos habla de esta revelación o manifestación de la gloria de la vida cristiana, pero también de la renuncia y del dolor.

El cristiano vive con la esperanza del retorno del Señor. Nosotros gemimos en nuestro interior y esperamos la plenitud de la filiación divina.

Nos hemos salvado por la esperanza. Nuestra esperanza es infalible. Pero implica el dolor de la no consumación…

Nuestra actual filiación divina es la garantía de nuestra futura gloria.

Todavía no se ha manifestado en nosotros la futura gloria; pero poseemos la inquebrantable esperanza de la futura revelación de nuestra filiación divina.

Sursum corda… ¡Arriba los corazones!, arriba, por encima de lo presente, de todo lo temporal. Hemos sido creados para lo eterno, para la vida de la eterna gloria, en la eterna posesión y disfrute de la misma gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Ahora tenemos que padecer con Jesús, para poder ser glorificados después con Él.

Suframos, sí, pero con el hondo convencimiento de que esta leve y momentánea tribulación nuestra nos acumula, para la eternidad, un sublime e inmenso peso de gloria.

No pongamos, pues, nuestra mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles, en la futura gloria que nos espera y que se manifestará en nosotros.

Esta gloria es nada menos que la posesión y el goce de la bienaventuranza de Dios y del Señor glorioso en el Cielo. Por eso, suframos ahora alegre y virilmente, animados por la fe y por la esperanza de la gloria que se nos ha de dar a los que acompañemos a Cristo en su camino de cruz, de pobreza, de renuncia, de humillaciones, de desprecios y tribulaciones.

Él tornará otra vez a nosotros, y entonces nos colmará de su gloria. La vuelta del Señor debe ser nuestra constante luz, nuestro sostén inquebrantable.

Impulsados por la virtud del Espíritu Santo, que habita en nosotros, sigamos la indicación del Señor: Duc in altun… dirígete a plena mar, en medio de las tempestades y olas, de las luchas e inquietudes de la vida.

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El secreto de nuestra felicidad está en el reconocimiento de la voluntad de Jesús sobre cada uno; en la aceptación sin reservas y en el abandono sin condiciones en esa voluntad.

Él tiene todo el derecho de decirnos duc in altum sin consultar ni tener en cuenta nuestra voluntad, nuestros criterios, nuestro amor propio, nuestra mediocridad, nuestra tibieza, nuestros temores…

Jesús tiene derecho a mandar a uno que le sirva ganado batallas y fortalezas, y al otro perdiéndolas. Tiene derecho a presentar a uno de una sola vez todo el camino que ha de recorrer en su vida, y descubrir al otro sólo el palmo de tierra donde ha de dar el paso inmediato. Tiene derecho de honrar con ignominias, elevar con abatimientos, enriquecer con escaseces, inundar de gozo hartando de hiel…

No nos cansemos, pobres ignorantes, no nos cansemos en buscar la paz y la alegría por los senderos de este bajo mundo… ¡Ahí no está! Y si nos empeñamos en ello, estaremos condenados a inquietud perpetua.

Debemos abandonarnos a la divina voluntad sin reparos; y cuando el amor propio, el gran ladrón de la paz y de la alegría, nos pida cuenta o razón, no le demos más que ésta: porque Jesús me dijo duc in altum.

Y si hiciéramos así, si contra toda esperanza remásemos mar adentro y lanzásemos las redes, cuántas serían las oportunidades en las cuales, rendidos por la evidencia, vencidos por el milagro, tendríamos que caer a los pies del Señor, como San Pedro, diciéndole: Apártate… apártate de mí, porque soy un pobre pecador… ¡Apártate!, porque no merezco el milagro de tu gracia, ni los milagros de tu misericordia y tu bondad.

Sí, rememos mar adentro; y cuando estemos en alta mar, incluso si el corazón sufre y el pulso tiembla, respiremos el aire puro y fresco; y nuestras almas se sentirán dichosas de saber que es en Nombre de Jesús y para Él que lanzamos las redes…