Mons. P. Lejeune- LA LENGUA

LA ARMADURA DE DIOS

Sus pecados y excesos

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CAPÍTULO XV

LA LENGUA TEMERARIA

Sé que podrá el solo título de este capítulo parecer extraño al lector. Querer estudiar, sobre todo, los juicios temerarios y clasificar mi estudio con el nombre de lengua temeraria, ¿no es ello un contrasentido? Acaso lo sea, perro estoy seguro de ser absuelto por los moralistas, quienes no ignoran que del juicio pensado al juicio manifestado hay menos distancia que de la copa a los labios. Raras veces ocurre, en efecto, que un juicio temerario se quede en la mente sin manifestarse al exterior por medio de la palabra. Nuestros pensamientos y nuestros juicios son el manantial que principalmente alimenta nuestras conversaciones, tanto que puede sentarse como principio que tanto vale la manera de conversar cuanto vale la de juzgar. La materia que abordamos tiene, pues, relación evidente con nuestro estudio sobre el gobierno de la lengua. Y aunque la relación fuese menos estrecha no tendríamos por eso ningún escrúpulo en tratar de esta materia. ¡Mal haya la lógica que nos impida hacer una obra útil!

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Vamos a definir el juicio temerario. Es, dice la Teología, un juicio que se hace en perjuicio del prójimo, sin razón suficiente. Examinemos cada una de las palabras de esta definición.

Un juicio, esto es, un acto del espíritu que afirma, que sin temor de equivocarse dice: “Yo estoy seguro de que tal persona es culpable”. No se debe, pues, confundir el juicio con la sospecha o con la duda. Hay tres matices muy distintos, o más bien tres etapas qué señalan la marcha ascensional del espíritu hacia la afirmación categórica. Un ejemplo nos hará percibir mejor esta diferencia. Un objeto ha sido robado en nuestra casa. Rápido como el rayo pasa por nuestra mente un pensamiento: “¿Habrá sido tal persona el autor del robo?” ¿Será éste un juicio temerario? De ningún modo: sólo hay un nombre que la imaginación ha suscitado, una imagen que ella ha creado; pero no hay ni siquiera sombra de un juicio detenido. Pero sucede que con la reflexión toman cuerpo las sospechas, se afianzan, y hasta llegamos a decirnos. “Yo me inclinaría a creer que esa persona es culpable; sin embargo, no me atrevo a asegurarlo”. ¿Hay en esto juicio temerario? Tampoco; estamos en la duda, es decir, en un estado de suspensión de nuestra mente, que vacila entre dos opiniones. Luego, las vacilaciones se atenúan, se contraen y dan lugar a esta afirmación: “Estoy plenamente convencido: esa persona es culpable.” Esta vez hay exclusión de duda, declaración firme de la mente; por lo tanto, hay juicio.

Deseo también hacer observar que el juicio, para constituir un acto que implique responsabilidad, debe ser reflexivo, razonado. Los escrúpulos pueden expresarse en éste como en cualquier otro acto de nuestra vida moral, y las pobres víctimas de este mal pueden imaginarse entonces que su vida no es sino una trama de juicios temerarios. Por más que los examinen sin cesar, los desechen y protesten de su fe en la inocencia del prójimo, el escrúpulo encuentra pronto una rendija por donde entrar. ¿Qué hacer cuando un juicio, desechado muchas veces, vuelve de nuevo a la mente? Es muy sencillo: conviene no hacer absolutamente nada; es preciso mirar muy de frente al escrúpulo (porque no es otra cosa semejante juicio) y decir: “Quédate, si te empeñas en ello; yo no me tomaré el trabajo de desecharte”. Y es porque, en efecto, no hay allí más que una sombra, un fantasma de juicio; una de esas sombras, uno de esos fantasmas que asedian a ciertas naturalezas y que en ellas tienen, por desgracia, todas las apariencias de la realidad.

He afirmado en la definición que el juicio, para ser temerario, debía formarse sin razón suficiente. Hay veces que no hay lugar a la duda: el mal se revela con evidencia; se manifiesta sensiblemente al exterior, y basta tener ojos para comprobarlo. ¿Será, pues, falta censurar interiormente ese mal, estigmatizarlo en el fondo de la conciencia? Mil veces no; hasta es conveniente sentir esos odios enérgicos que, mientras respetan a las personas, son intransigentes con el mal; esas convicciones vigorosas que temen ceder, tienen horror a las transacciones y cuidan siempre de rectificar y mantener las fronteras entre el vicio y la virtud. La censura que una conciencia recta inflige al vicio descarado es como un juicio anticipado de Dios, como una venganza de la virtud ultrajada. No está, pues, prohibido juzgar interiormente al prójimo, con tal que haya razones suficientes; y por razones suficientes entiendo yo motivos capaces que tenga para formar el juicio una persona grave, prudente, sin prevenciones de ninguna clase.

“Aun cuando una acción tuviese cien aspectos — dice San Francisco de Sales — hay que mirarla siempre por el lado más favorable”. Lo cual significa que, en nuestros juicios, debemos inspirarnos siempre en las reglas de la caridad y evitar hasta la sombra de una sospecha injustificada.

¿Quiere esto significar que, cuando están en juego nuestros intereses, debemos permanecer sordos a los avisos de la prudencia y entregarnos, atados de pies y manos, a los explotadores y agiotistas que pululan por el mundo? No, ciertamente: no tomar contra un engaño o una injusticia siempre posibles las precauciones que una prudencia elemental aconseja sería hacer el papel de idiota. Sería muy cómodo, en verdad, que los bribones, bajo pretexto de que no se debe sospechar de nadie sin prueba suficiente, pudiesen a su gusto atracar y robar a las gentes honradas con quienes tienen ellos que tratar.

Algunos ejemplos harán comprender a los lectores mi pensamiento. Veis andar sobre vuestro tejado una persona cuya probidad desconocéis. Para demostrar claramente que la juzgáis incapaz de indiscreción o de improbi­dad ¿deberéis dejar abiertas vuestras cómodas o vuestro escritorio? Seguramente que no. Podéis usar de las mismas precauciones que si supieseis que esa persona era capaz de cualesquier atropello, con lo cual no se le hace ninguna injuria; solamente dais a entender que os faltan elementos para juzgar con acierto de su probidad. O, también, tenéis que hacer un contrato con alguien que os parece honrado, ¿podréis proveeros de las mismas garantías legales que si hubieseis de tratar con un bribón? Sí, ciertamente: recurrir a esas precauciones no es, en efecto, un acto de desconfianza, sino simplemente prevenir todas las eventualidades que pudieran surgir el día de mañana y mirar por el legítimo interés de ambos contratantes.

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Cuando procuramos averiguar en qué consiste la malicia del juicio temerario vemos que se nos revela desde luego como un acto que no está de acuerdo con la razón. ¿No nos faltan en efecto, las más de las veces, los elementos necesarios para leer en la conciencia, de nuestros hermanos como en un libro abierto? De este libro sabemos alguna, que otra palabra, deletreamos, a lo más, algunas frases; ¡y con eso pretenderíamos reconstituir el libro entero! ¿Qué haría la razón en semejante empresa?

¡Y aun quiera Dios que el juicio temerario no fuese más que un acto desacertado! Pero es más que todo eso: es un acto que nos hace culpables ante el Supremo Juez. Cuando Nuestro Señor pronunciaba aquellas palabras: “No hagáis a otro lo que no querríais se os hiciese a vosotros mismos”, traza la regla suprema de la moral, regla que habría de tener infinitas aplicaciones; a ella pues hemos de recurrir siempre para conocer nuestros deberes, para fijar nuestras incertidumbres e imprimir a nuestra vida moral una dirección segura y única. Procuremos, con la ayuda de esta regla, apreciar la injusticia del juicio temerario. Fundada en simples apariencias, en vagas sospechas, una persona sienta un juicio acerca de nosotros muy desfavorable, que nos aflige y hasta nos irrita a veces, y si un consolador inoportuno viniese a decirnos: “¿Por qué entristeceros de semejante juicio? ¿Qué mal os puede venir de todo eso? Vuestra reputación no ha padecido en el exterior el menor desdoro”, cada uno de nosotros puede muy bien responder: “Es cierto; pero yo no tengo solamente derecho a la estimación exterior: tengo derecho, mientras mi vida sea recta, a la estima interior y seria de todas las gentes honradas, y no puedo, sin protestar, permitir que se haga ese agravio a mi honor”. Así nos expresaríamos todos, y con razón. Pero ¿tendríamos derecho si, olvidados de nuestra legítima susceptibilidad personal, permitiésemos semejante injuria en perjuicio del prójimo, si destruyésemos dentro de nosotros con una ligereza culpable la estima a que tiene un derecho incontrastable? No se trata de emplear dos pesos y dos medidas, de armarse de severidad contra los demás, reservándose toda indulgencia para sí propio. O debemos declarar que un juicio temerario de que somos víctimas no tiene en, sí nada ofensivo contra nosotros, o nos condenamos a nosotros mismos cuando nos vemos en flagrante delito de injusticia sobre este punto,.

            El juicio temerario es asimismo una injuria hecha a Dios, con la que se pretende usurpar su jurisdicción. “¿Quiénes sois vosotros — dice San Pablo — para atreveros a juzgar al servidor de otro? Que esté de pie o sentado, a su dueño pertenece juzgarle”. Sólo Dios conoce el fondo de los corazones. Sólo El ve y penetra la intención con que ha obrado un alma, y es mucho más misericordioso que nosotros, sabe de qué barro hemos sido formados y cómo los prejuicios, la educación y el ambiente influyen poderosamente en nosotros, nos disponen para el bien o el mal y atenúan o aumentan de esa manera nuestra responsabilidad. Los fieles de Corinto se habían atrevido a juzgar a San Pablo con poca benevolencia. “Hermanos míos — les escribe el Apóstol —, me preocupan muy poco vuestros juicios: es el Señor quien me ha de juzgar. Sin embargo, yo os doy el consejo de no juzgar antes de tiempo. Esperad la venida del Señor, quien, el día del Juicio, iluminará las tinieblas más densas y descubrirá los pensamientos y secretos de los corazones. Entonces solamente será cada cual juzgado en la forma que corresponda”[1].

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Ahora sólo nos falta decir dos palabras sobre la manera de contener esa inclinación que todos sentimos de juzgar temerariamente a nuestro prójimo.

El primer remedio que hemos de emplear aquí es la humildad. No se encontrará nunca asomo de ridiculez ni de injusticia en la forma en que una persona humilde juzgue a los hombres y las cosas, porque la caridad, que es siempre benévola, no corre jamás el riesgo de ser injusta o ridícula. Además, ¿acaso una persona humilde experimenta placer en formar el proceso de vidas ajenas? Ella tiene y reconoce demasiadas cosas que ordenar y cercenar en sí misma para emplear el tiempo y ocupar su imaginación en pensamientos sobre la vida de sus semejantes.

Cuando uno posee la verdadera humildad, al presenciar alguna acción que pueda tener opuestas interpretaciones, procura siempre juzgar e interpretar en favor del que la ejecutó. Y si el mal es tan evidente y la malicia tan manifiesta que no sea posible echarlo al olvido, aun halla medio de disculparlo, diciendo: “¡Esa pobre alma habrá sido víctima de una tentación muy fuerte!… ¿Cómo habría podido yo resistir en las mismas circunstancias? ¿No habría caído yo más pronto aún?…”

Por lo demás, quién sabe si esa alma, que nos parece muy culpable y a quien juzgamos tan severamente, no será más grato a Dios que la nuestra? Cuando San Agustín, siendo neófito, entraba en la asamblea de los fieles, tengo la seguridad de que había allí gentes que movían la cabeza y decían: “¿Podremos fiarnos de la conversión de ese hombre que ayer era todavía un gran pecador?” En el juicio de Dios, sin embargo, San Agustín valía mucho más que todos aquellos fariseos que fruncían el ceño y se arrebozaban, para pronunciar su sentencia, con aquel manto de rígido estoicismo que no sirve muchas veces más que para disimular secretas miserias. Pero, el remedio, por excelencia, de efecto infalible está en la pureza de vida. ¿Qué hay en el fondo de todos esos juicios inconsiderados que hacemos y formamos en perjuicio del prójimo? La necesidad de excusarnos ante nosotros mismos, la inclinación a disminuir una virtud en la que nosotros leemos la propia condenación. Ante el brillo que esa virtud difunde en su alrededor, nuestra malicia o nuestras debilidades aparecen más palpables, más repulsivas. Bien conocido es el proverbio francés: “Medir a todo el mundo por la propia medida”. ¡Qué gran verdad! Nuestros juicios serán siempre corno un reflejo de nuestra moralidad personal: severos, si nosotros somos viciosos; indulgentes, si somos virtuosos nosotros. “Para los malvados — dice el p. Faber — un santo no es sino un ambicioso, un porfiado o un hipócrita. Las gentes más sencillas serían para ellos verdaderos intrigantes y conspiradores. No saben más que aplicar al prójimo su propia capacidad para el mal”[2].

El remedio, cristianos lectores, queda, pues, bien indicado: procurad de veras la virtud, y desaparecerá la principal causa de vuestros juicios temerarios y al mismo tiempo se agotará por completo el manantial de donde brotan los pecados de la lengua.

 

F I N

[1]  Rom. Cap. XIV.

[2]  Conf. 22.