NO MATARÁS

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

Sobre la pena de muerte

Vigésimo sexta entrega

 

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A continuación, y como complemento de los especiales sobre la pena de muerte, transcribimos el libro del Padre David Núñez:

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Continuación:

LA PENA DE MUERTE

Frente a la Iglesia y al Estado

BUENOS AIRES 1956

EPÍLOGO

Falta solamente que, para conveniencia de los lectores, epiloguemos en pocas páginas todo lo dicho, a fin de que, teniendo, por decirlo así, concentrado el razonamiento hecho, se puede penetrar mejor su fuerza y eficacia.

Esto nos servirá también para resolver en forma escolástica todas las dificultades contra la pena de muerte, que hemos propuesto y solventado en forma más difusa en las páginas anteriores, y aún algunas otras que, si bien están en alguna manera contenidas en las ya propuestas, con todo no dejará de traer algún provecho el proponerlas y solventarlas por separado brevísimamente.

315. — Al introducir el liberalismo la lenidad penal en los códigos modernos, dificultó sobre manera la paz social, que continuamente en forma siempre creciente se ve perturbada por la acción criminal de los malhechores, estimulado por ese falso humanitarismo del derecho penal, que farisaicamente escandalizado rechaza la pena de muerte como cosa incompatible con el adelanto de la moderna sociedad, cuya tranquilidad queda así frecuentemente en las manos ensangrentadas de la tiranía demagógica (n. 1-6).

316. — El hombre se ve impulsado a obrar por el interior desequilibrio que siente en su interior mientras no ha conseguido el bien que contempla su inteligencia como objeto de su felicidad, a la cual tiende por naturaleza, esto es, por voluntad de su Creador. Cuando regula sus acciones conforme a esa tendencia natural, realiza el orden establecido por el Creador, que consiste en la conveniente subordinación de todas las partes o seres ordenados, según la naturaleza de cada cual; empero cuando no la regula de esa manera, comete el desorden.

Ahora bien, la Autoridad es principio de orden social; luego ella está encargada, esto es, tiene el derecho y el deber de poner los medios adecuados para volver al orden violentamente a los asociados cuando se aparten de él. Ese derecho y esa obligación de la Autoridad es la razón del derecho penal, en virtud de la cual puede imponer las penas que sean necesarias, incluso la de muerte, para conservar el orden social, conforme a la voluntad del Creador (n. 7-24).

(317). — Esta voluntad general del Creador de conservar el orden social y por consiguiente de dotar a la Autoridad de todo el poder necesario para ello; es el fundamento directo o indirecto de todos los argumentos particulares que pueden presentarse en defensa de la pena de muerte.

He aquí el resumen de todos los presentados en esta obra.

I. — El bien común que voluntariamente impide el criminal es superior al de la vida del criminal; luego se ha de preferir, y así puede y aun debe la Autoridad hacer que éste parezca, para conservar aquél (número 26).

II. — En la sociedad el individuo es la parte, la sociedad el todo. Y así como en el cuerpo humano si se gangrena un miembro sin el cual puede vivir el sujeto, se la corta para salvar lo principal, que es el sujeto mismo; así se ha de cortar del cuerpo social al malhechor quitándole la vida; porque es como un miembro gangrenoso que acabaría por destruir toda la sociedad (n. 27-28).

III. — Si la Autoridad Civil no tuviera el poder necesario para conservar el orden social, la sociedad estaría mal constituida, por carecer de los medios necesarios para conseguir su fin. Esto no puede ser, porque esta imperfección habría que atribuírsela al Creador, cuyas obras son perfectas.

Luego si alguna vez es necesario imponer la pena de muerte para conservar el orden social, la Autoridad tiene ese poder recibido de Dios.

Ahora bien, la experiencia universal de todos los tiempos y países demuestra que hay hombres tan malvados a quienes ninguna otra pena que la de muerte basta para poderlos apartar totalmente del camino del crimen.

Luego la Autoridad puede imponer lícitamente a estos criminales la pena de muerte (n. 29-34).

Además, el fin primario de la justicia criminal exige que la pena guarde la debida proporción con la culpa; y como hay culpas que por su gravedad y consecuencias evidentemente merecen la pena de muerte, puede ésta en semejantes casos aplicarse (n. 35). Más aún, no solamente puede aplicarse lícitamente, sino que debe aplicarse; porque sólo el talión moral es el que realiza el principio de la proporción entre el delito y la pena, que es la base de la justicia penal (36-44).

IV. — La muerte voluntaria de un hombre no es intrínsecamente mala sino en cuanto que es injusta. Ahora bien, Dios, supremo Señor de la vida, puede conceder y de hecho ha concedido a la Autoridad todos los derechos necesarios para conservar el orden social, entre los cuales está el de imponer la pena de muerte cuando sea necesaria (317, III).

V. — El derecho de la sociedad a la propia vida vale más que el de cualquier ciudadano. Luego si a un ciudadano es lícito matar al invasor injusto que atenta contra su vida; a fortiori es también lícito a la sociedad, sin el cual la sociedad necesariamente perece (46).

VI. — Todo el mundo concede que en ciertos casos en que la vida de la Patria peligre, puede la Autoridad Militar justamente sancionar con pena de muerte la falta de alguna obligación gravísima. Ahora bien, si puede imponerla, también ejecutarla; porque la medida y licitud de la justicia o pena ejecutada, es la misma que la de la pena legalmente establecida. Luego si la pena de muerte es lícita en estos casos, también en todos los demás que sea necesaria (n. 47).

VII. — Todos los pueblos han creído unánimemente que ciertos crímenes merecían justamente ser castigados con la pena de muerte, y como lo han creído así lo han ejecutado oportunamente (n. 49-70).

Ahora bien, la creencia universal y unánime de todos los pueblos es objetivamente verdadera, esto es, prueba la verdad de su objeto. Porque todo efecto tiene su causa proporcionada, y la causa proporcionada, universal y constante de esa creencia no puede ser otra que la luz natural de la razón, movida por la misma evidencia objetiva de las cosas, en lo cual no puede errar la razón; porque ninguna facultad natural, de suyo, puede errar acerca de su objeto claramente manifestado, porque eso argüiría defecto natural, que redundaría a su vez en el Autor de la naturaleza, lo cual no se puede admitir (n. 49-50).

VIII. — Este argumento es a la vez de Autoridad y de razón. Es de autoridad, porque se apoya en la que tiene su autor, la cual es tan excepcional, que afirma de él San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia: Si Lugo llega a defender una opinión moral, él sólo la hace probable, aunque todos los demás autores defiendan la contraria.

Y es de razón, en cuanto que dice se pueden dar casos en que un tercero no solamente pueda, sino que, por caridad para con el prójimo, deba matar al agresor injusto de un inocente, aunque éste no quiera defenderse, con tal que no consienta en el mal que se le infiere.

Y el argumento que se saca de aquí en favor de la pena de muerte es que, como no se pueda dar obligación a lo que es injusto, si hay obligación a dar la muerte, ésta no sería injusta.

Ahora bien, la obligación de justicia, de suyo, es mayor que la de caridad. Pero se dan casos en que por caridad puede y a veces debe un tercero particular matar al agresor injusto de un inocente para defenderlo. Luego mejor podrá y aun deberá matarlo la Autoridad pública, que a ello, está obligada en justicia, cuando sea necesario para cumplir su fin de tutelar los intereses de los ciudadanos, y entre ellos el principal de todos, que es la vida (n. 71-75).

IX. — Hasta aquí se han presentado argumentos de razón, que pueden servir indistintamente para toda clase de personas, sean o no católicas. Pero los argumentos que de ahora en adelante se presentan tienen especialísima fuerza para los católicos, por ser sacados de la Sagrada Escritura, de la doctrina de los Santos Padres y de los Doctores y Teólogos de la Iglesia.

A) Argumento de la Sagrada Escritura.

El noveno argumento se funda en que la justicia humana se ha de acomodar e imitar en lo posible a la divina, porque es como el instrumento ejecutor de su providencia en el gobierno de los hombres.

Ahora bien, cuando la justicia divina dictaba por sí misma las leyes porque había de regirse el pueblo hebreo, su pueblo escogido, dictó muchas en que se imponía la pena de muerte para cierta clase de pecados, de los cuales se numeran en el texto por lo menos cincuenta y tantas clases distintas (n. 76).

De donde, como por una parte es imposible que la justicia divina obre injustamente cuando premia a los buenos y castiga a los malos; y por otra ha impuesto como castigo muchas veces la pena de muerte; si cuando la impone Dios no es injusta, de suyo, tampoco cuando, imitando a Dios, la imponen los hombres con causa suficiente para ello (n. 76-84).

Y no se crea, como dicen algunos, que esto era sólo en la Ley Antigua, en la cual predominaba el rigor; pero no en la Nueva, donde ha de predominar el amor, por cuya causa Jesucristo abolió la pena de muerte.

De ninguna manera, San Mateo 26, 52; San Juan, Apocalipsis 13, 10 y San Pablo Hechos de los Apóstoles 25-11 atestiguan todo lo contrario (n. 80-84).

B) Argumentos de Autoridades Católicas.

El valor de estos argumentos es también inmenso, no sólo por la autoridad personal de los que los sustentan, sino también y principalmente porque esas autoridades son representantes de toda la opinión católica universal.

Entre los principales están Santo Tomás de Aquino, San Agustín, San Hilario, San Jerónimo y San Roberto Belarmino, todos ellos doctores de la Iglesia; el Padre Francisco Suárez, el P. Lugo, el P. Lesio, el P. Luis de Molina y el P. Sánchez, autoridades máximas en la materia; y otros muchos autores de muchísimo peso, citados en la nota (34), y cuya doctrina, no solamente nunca ha sido reprobada por la Iglesia, a pesar de decir textualmente, tratando de la licitud de la pena de muerte que “negaron que fuera lícito los HEREJES”… y que esta licitud la aprueban TODOS los teólogos, con Santo Tomás (n. 89-92); y esto no sólo no lo ha reprobado la Iglesia a pesar de que llaman HEREJES a los que defendieron la doctrina contraria, negando el poder que tiene la Iglesia para imponerla lícitamente (n. 93-100); sino que la misma Iglesia LA HA PRACTICADO, imponiendo ella misma varias veces la pena de muerte, con plena convicción de que podía hacerlo lícita y justamente (n. 101-107), en lo cual hubiera errado miserablemente en materia de buenas costumbres, si así no fuera, cosa imposible de acontecer, por ser MAESTRA INFALIBLE en esas materias (n. 107-108).

318. — Probada en el capítulo primero la justicia de la pena de muerte, se pasa en el segundo a probar su legitimidad, lo cual se hace relacionándola con los fines y condiciones de la pena (n. 109-113).

Los fines de la pena son varios, uno mediato y general, que es la conservación o restauración del orden social; y otros inmediatos y parciales que son: uno esencial, el de la expiación; otro no esencial pero necesario: la ejemplaridad; y otro ni esencial ni necesario, sino solo conveniente: la corrección.

Es evidente que el fin mediato y general depende de los inmediatos y parciales, aunque no depende de todas de la misma manera, y por consiguiente que obtenidos éstos, también se alcanzará aquel necesariamente.

319. — Ahora bien, que la pena de muerte cumpla con el fin esencial, es evidente; porque siendo la mayor de todas es la más apropiada para expiar la culpa, y si ella no la expía, mucho menos ninguna otra (nn. 115, 157-166).

320. — Que cumpla con el de la ejemplaridad, también es palmario, pues siendo la mayor, será la más temida, y por consiguiente la más apropiada para por medio del temor retraer al criminal de cometer el crimen, ya que la manera de evitar la pena es evitar el delito porque se aplica (116-131).

Y que de hecho sea esto así, no sólo lo abonan las razones aducidas en los números últimamente citados, sino también los datos estadísticos, por más que los adversarios quieran volverlos en favor suyo (132-141).

321. — Por lo que hace a las condiciones de la pena, también las cumpla, tanto las que provienen del fin esencial de la misma: la expiación, por ser la más personal y aflictiva, y por esta misma razón haber de guardar lo más posible todas las proporciones requeridas por la justicia para que no se convierta en suma injusticia (nn. 155-166, 175); cuanto las que debe tener por el fin necesario de la ejemplaridad, ya que todas ellas o se reducen a lo determinado previamente por la ley, o dependen de la prudencia y modo que se ha de guardar en su aplicación, a fin de que no resulten contraproducentes y obtengan el fin pretendido por la ley (nn. 167-173, 176). Y, finalmente, también cumple con lo que exige el fin correccional, pues aunque a primera vista aparece cierta imposibilidad de que pueda la pena de muerte cumplir con esta condición; sin embargo de esto la satisface tanto que quizá ninguna otra llegue a igualarla (nn. 174, 177-180).

322. — La conveniencia de la pena de muerte salta a la vista considerando, aunque no sea más que someramente, los perniciosos efectos que producen aunque todos los órdenes sociales la falsa lenidad penal, introducida por puro epicurismo en la moderna criminología (números 186-202), en contraposición a la que se podría admitir y practicar siguiendo las enseñanzas de la doctrina católica (n. 183-185).

323. — Vamos ahora a exponer o solventar brevemente y en forma escolástica, como dijimos en el n. 314. las dificultades que difusamente quedan refutadas en los nn. 210 al 313.

324. — Dificultad:

El derecho de la Autoridad no es más que la suma de los derechos de los ciudadanos.

Pero nadie tiene derecho a quitarse la propia vida.

Luego tampoco nadie puede concederle a la Autoridad el que se la quitase, y por consiguiente ésta carece de derecho a imponer la pena de muerte.

Respuesta:

Esta dificultad se funda en el falso principio de Rousseau, de que el origen de la Autoridad proviene inmediata y únicamente del pueblo. Y digo que es falso ese principio porque toda Autoridad viene de Dios, autor de la sociedad. Por consiguiente, si Dios se lo concede, puede la Autoridad tener, y de hecho tiene, derechos superiores a los de cada súbdito en particular y a los de todos en común.

Además esta dificultad prueba demasiado, porque probaría que habría que suprimir casi todas las penas, y principalmente aquellas que, por imponerse por grandes crímenes, son más necesarias. ¿Qué ciudadano tiene derecho vgr. para deslomarse a palos? Y sin embargo nadie puede negar que lo tenga la Autoridad para hacer entrar en vereda al malandrín que no cese en sus bellaquerías con otros argumentos más suaves, aunque no sean tan evidentes como ese (n. 210-216).

325. — Dificultad:

Matar a un hombre es malo.

Luego una de dos, o la Autoridad nunca puede matar lícitamente a un hombre, o si le puede matar por haber hecho mal, ha de admitirse el principio de que es lícito hacer mal a otro porque éste también lo hizo; lo cual es evidentemente absurdísimo.

Respuesta:

Distingo el antecedente: es malo matar a un hombre por autoridad privada fuera del caso de legítima defensa, concedo; por autoridad pública, subdistingo: sin causa suficiente es malo, concedo; con ella, niego que sea malo.

Distingo el consecuente: es absurdo que se pueda hacer a otro un mal moral porque él hizo un mal, concedo; es absurdo que se pueda hacer un mal físico, subdistingo; alguna vez es absurdo vgr., cuando no sea necesario, concedo; es absurdo aun cuando es necesario, niego.

Además este argumento prueba demasiado, y por tanto no prueba nada.

Prueba demasiado, porque si valiera contra la pena de muerte también valdría contra todas las otras penas, que no por ser menores dejan de ser verdaderos males, y así no se podría imponer ninguna pena (n. 218-221).

326. — Dificultad:

El Quinto Mandamiento de la Le de Dios prohíbe matar, porque dice “No matarás”, de una manera universal y sin reserva alguna.

Respuesta:

Prohíbe no matar por autoridad privada fuera del caso de legítima defensa, o por autoridad pública pero sin causa suficiente, concedo; por autoridad privada en caso de legítima defensa, o sin esto por autoridad pública pero con causa suficiente para ello, niego que prohíba matar en esos casos.

Además el argumento de nuestros adversarios prueba demasiado, y por tanto no prueba nada.

Prueba demasiado, porque si la pena de muerte fuera contraria al Quinto Mandamiento, también lo es al Cuarto la privación de la potestad patria, al Quinto la privación de la libertad, al Séptimo la privación de bienes materiales; al Octavo la del honor, etc., etc. Porque en el mismo sentido que se dice: “No matarás”, se dice: “No hurtarás”, etc.

Luego si algo probara el argumento de nuestros adversarios contra la pena de muerte, también probaría por la mismísima razón contra todas estas penas, lo cual no admiten ellos de ninguna manera, y por tanto tampoco hay que admitir que la pena de muerte vaya contra el quinto Mandamiento (n. 222-229).

327. — Dificultad:

Es ley natural la conservación de todo ser mientras su existencia no es incompatible actualmente con la conservación de otros seres iguales.

Luego quien mata a un hombre fuera del caso de necesaria defensa actual, va contra esa ley de la naturaleza, lo cual siempre es ilícita.

Es así que ese es siempre el caso de la pena capital, porque cuando el juez impone la sentencia ya pasó la necesidad de defensa.

Luego la pena de capital siempre es ilícita.

Respuesta:

1º Esa ley conservatriz universal a que aluden los adversarios si es física, es una pura fantasía inventada por Carrara y compañía para llevar el agua a su molino, o sea, defender su hipótesis absurda.

Al contrario, si alguna ley universal existe en este sentido, más que conservatriz de todo ser podríamos llamarla de destrucción de todo ser, ya que la experiencia de cada día nos muestra que todo lo creado tiende por sí mismo, por su propia naturaleza y esencia, tiende, digo, al desgaste y finalmente a la destrucción.

Y si esa ley es moral, no la negamos, por lo que hace a la obligación que tiene todo hombre de conservar la vida ajena, al menos negativamente, no destruyéndola. Lo que se niega es lo que los adversarios afirman sin probarlo, a saber, que esa ley alcanza también a la Autoridad cuando impone a los criminales la pena de muerte (230-235).

328. — Dificultad:

El derecho a la vida lo da la Naturaleza.

Luego sólo ella puede arrebatarlo.

Respuesta:

Concedo el antecedente y distingo el consecuente: sólo la Naturaleza puede arrebatarlo mientras el que lo posee no haga voluntariamente nada por donde merezca perderlo, concedo; si lo hace, niego que solo ella pueda, pues puede también la Autoridad.

Además el argumento prueba demasiado; luego no prueba nada. Prueba demasiado, porque también el derecho a la libertad, la fama, la propiedad etc. los da la Naturaleza; y sin embargo pueden perderse y puede la Autoridad arrebatarlos, cuando se abuse de ellos. Luego o no se pueden imponer penas contra estos derechos, o puede también imponerse la de muerte cuando sea necesaria (236-238).

329. — Aquí habríamos de resumir las dificultades de los deterministas de que se trata en el texto nn. 239-255, pero esto ni es fácil ni necesario; basta saber: 1º que sus dificultades se fundan en la hipótesis absurda de la negación de la libertad humana, y por tanto que las conclusiones lógicas de ahí derivadas han de ser necesariamente falsas. 2º Que, dada su teoría, han de negar necesariamente no sólo la pena de muerte, sino toda otra, porque sin libertad es imposible la culpa, y sin culpa toda pena es injusta. Y si dijeren que la pena, llamémosla así, es medio de defensa social, lo cual nunca puede llegar hasta la necesidad de la pena de muerte; responderse ha, que pues el límite del medio ofensivo no puede ser de ninguna manera de menor virtualidad y eficacia que el ofensivo, si en algún caso esa defensa social exigiese la pena de muerte, sin duda que podría ejecutarse. Empero que en ciertos y en muchos casos lo sea, ya que queda probado sobreabundantemente en los nn. 25-35 y otros.

330. — Dificultad:

Todo hombre tiene un fin que cumplir en esta vida, conforme a la voluntad de Dios.

Es así que la pena de muerte impide el cumplimiento de ese fin.

Luego impide el cumplimiento de la voluntad de Dios, y por tanto es ilícita.

Respuesta.

Concedo la proposición mayor y 1º: distingo la menor; impide el cumplimiento del fin último del hombre, niego; del próximo, subdistingo; sin causa suficiente, niego; con ella, concedo. 2º la menor simplemente; porque tratándose del caso particular de que tratamos: de criminales, éstos no cumplen el fin próximo para que Dios les ha destinado, que es servirle cumpliendo sus Mandamientos. Ahora bien, el criminal, por serlo, los quebranta; luego él es el que libremente no cumple la voluntad de Dios, y no la muerte que por ello se les impone la que le impide cumplirla.

Además este argumento prueba demasiado, luego no prueba nada. Porque toda pena equitativa que se hubiera de imponer por un crimen, merecedor de la muerte, tuerce más o menos y a veces impide completamente el conseguir el fin a que se refieren los adversarios, por ejemplo, la pena de reclusión un tanto prolongada. ¿Luego habrá que suprimir todas esas penas? (n. 258-260).

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