SAN EULOGIO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

San Eulogio, presbítero y mártir.

Eulogio di Cordoba3

 

La vida del bienaventurado, y glorioso mártir san Eulogio escribió, un con discipulo, y compañero suyo, llamado Alvaro, de esta manera. En el tiempo, que por justo juicio de Dios España fue castigada, y oprimida de los moros, nació san Eulogio en la ciudad de Córdoba, donde ellos tenían su principal asiento, de nobles, y ricos padres, para consuelo, y bien de muchos.

Su madre se llamó Isabel, y su abuelo Eulogio, como él. Desde niño se inclinó a todas las cosas de devoción, y piedad, y gustaba de estar en la iglesia de san Zoilo, mártir, y tratar con los clérigos, y aprender de ellos santas costumbres, y buenas letras. Después creciendo en edad, se dio con gran cuidado al estudio de la sagrada Escritura, y buscaba los maestros, que se la podían enseñar, y entre ellos tomó particular amistad con un santo abad, que se llamaba Espera en Dios, por sor hombre de muy buena vida, y muy versado en las divinas Letras. Con la ayuda de este abad, y con su gran ingenio, y diligencia, vino Eulogio a ser eminente, y famoso varón en las ciencias. Ordenóse de diácono, y después de presbítero y alcanzó grado, y nombre de maestro: mas no por esto se desvaneció; antes la ciencia iba acompañada siempre con la virtud, y cuanto mas crecía en la opinión de los hombres, tanto era mas humilde en la suya. Castigaba su cuerpo con ayunos, y penitencias: dábase mucho a la oración: era caritativo con los prójimos: visitaba los monasterios de los monjes, e informábase de sus instituyos, y reglas; procurando juntar en uno la vida religiosa de los monjes, y la doctrina, y predicación delos clérigos. Tuvo deseo de ir a Roma, para refrenar, y domar los apetitos de la carne con el trabajo de aquella peregrinación: mas el mismo Alvaro, que escribe su vida, y otros amigos suyos, le detuvieron, para que no lo hiciese; aunque quedándose en España con el cuerpo, fue a Roma con el ánimo, y voluntad. Levantóse en Córdoba una recia persecución contra los clérigos: porque el obispo de ella, llamado Rocafredo, o por temor del rey moro, o por lisonjearle, o por otros vanos respetos, e indignos de su persona y dignidad, hizo prender a muchos de ellos, y entre los demás a san Eulogio, que era como el preceptor de todos: y en la cárcel escribió un libro, llamado Documento de mártires, animando a los fieles a morir por Cristo, y a padecer en el martirio, como le padecieron Flora y María, dos santas vírgenes, en 24 días de noviembre; y a los cinco días después de su muerte, por voluntad del Señor, salieron de la cárcel Eulogio y sus compañeros, y por entonces cesó aquella borrasca. Mas como san Eulogio viese, que el obispo todavía favorecía al tirano y perseveraba en sus malas mañas, se abstuvo muchos
días de decir misa, por no comunicar con él, pareciéndole que era mejor privarse él de su devoción  y del fruto que podía sacar del santo sacrificio de la misa, que autorizar  y aprobar con él, lo que ehacia el obispo: el cual, como san Eulogio era persona tan insigne, y en quien todos los cristianos tenían puestos los ojos, le mandó so pena de excomunión, que celebras: y él por no hacerlo, porque juzgaba que, o no lo era licito, o que no era expediente, se partió do Córdoba camino d Francia. Llegó a Pamplona, donde fue hospedado, y regalado de Guiliesindo, obispo de aquella ciudad; y estuvo en un monasterio de san Zacarías, puesto en la falda de los Pirineos, y gozó allí de la conversación de muchos religiosos, y siervos de Dios  que en él había, con los cuales trabó estrecha amistad: y ellos cuanto mas trataban a Eulogio , mas se admiraban de sus raras virtudes, y de los excelentes dones con que Dios había adornado su alma.

Después estuvo san Eulogio en Zaragoza, en Siglienza, en Alcalá de Nares, y en Toledo: donde habiendo fallecido L’vistremio, arzobispo de su Iglesia, y juntándose los obispos de la provincia con licencia de los moros, como solían, para darle sucesor, todos eligieron a Eulogio por arzobispo de Toledo, estando ausente, por las grandes, y raras partes de santidad, doctrina  y prudencia que concurrían en él: mas el Señor no quiso, que tuviese efecto esta elección , ni que se sentase en aquella silla; porque le tenia aparejado otra de mártir mas gloriosa en el cielo.

Habia vuelto a Córdoba el santo presbítero, y en ella hallado gran confusión  y turbación de los cristianos, porque el rey de Córdoba Mahomad los perseguía con extraña rabia y furor, procurando desarraigar la religión  y nombre de Cristo de todo su reino. Muchos por temor se ausentaban, otros por su flaqueza renegaban; y no faltaban otros, que favorecidos del espíritu del Señor, ofrecían sus cuerpos a la muerte, para que sus almas gozasen de la vida, que nunca se acaba y con alegría derramaban su sangre por la fe de aquel Señor, que por ellos había derramado la suya en la cruz. En esta tormenta tan brava  y noche tan tenebrosa, envió el Señor a san Eulogio, para que resplandeciese como una luz venida del cielo, y como sabio piloto gobernase la nave de aquella Iglesia tan combatida de furiosas ondas, para que no diese al través, y del todo se hundiese: porque no se puede creer lo que confortó a los flacos, encendió a los caídos, y detuvo a los que iban a caer, con su vida, con su doctrina ycon los libros admirables  que escribió, animando a todos para pelear valerosamente por Cristo enaquella dura batalla y escribiendo después las victorias y coronas de los que habían bien peleado y triunfado gloriosamente del enemigo. Y aunque estas obras eran bastantes para que los moros le aborreciesen y le deseasen dar muerte, y para que el Señor le hiciese digno del martirio y le coronase  con los que él había hecho mártires por su exhortación; mas hubo otra causa particular del martirio de san Eulogio, que fue la que aquí diré.

Una doncella, nacida de padres nobles, aunque paganos, llamada Leocricia, vino a nuestra santa fe y se bautizó por persuasión de otra mujer cristiana, cuyo nombre era Líciosa. Los padres de la doncella con palabras blandas y con espantos, pretendieron apartarla de su santo intento; mas la santa doncella, teniendo mas cuenta con el padre que tenia en el cielo que con el de la tierra, no hizo caso de sus amenazas: pero temiendo su flaqueza, se salió de casa de sus padres, por medio de una hermana de san Eulogio, llamada Anulona, virgen dedicada a Dios; y el mismo san Eulogio, para que aquella oveja de Cristo no fuese tragada del lobo infernal, como buen pastor la recogió  y la puso en lugar secreto y seguro  y la mudaba muchas veces de una parte a otra: y ella con vigilias, ayunos, y vestida de cilicio y postrada en tierra en la iglesia de sanZoilo, ayudándola san Eulogio también con sus oraciones, pedía a Dios  que la librase de aquel tan instante peligro. Finalmente, por voluntad del Señor Leocricia fue descubierta  y vista  y hallada de sus padres con san Eulogio, que a la sazón había ido a verla  para animarla en aquella tribulación: y como los padres de Leocricia eran tan ricos y poderosos, tuvieron forma para prender a su hija y a Eulogio, y los presentaron delante del juez, acusando a la hija por haber huido de casa de sus padres, y a Eulogio  por haberla recibido y encubierto: el cual, siendo preguntado del juez si era verdad lo que contra él decían y porqué lo había hecho, respondió constantemente, que él, como sacerdote de Dios, tenía obligación de favorecer y enseñar el camino del cielo a todos los que viniesen a él con deseo de salvar sus almas; y así lo había hecho con Leocricia. Y como el juez mandare traer varas para azotar a san Eulogio, él con gran serenidad le dijo  que no se cansase; porque las varas no le podrían quitar la vida del cuerpo y mucho
menos a Cristo de su alma, pero que si le mandase matar con hierro, quedaría en algo satisfecho: porque le quitaría la vida temporal, aunque no la eterna  que era Cristo: y con esto comenzó a decir mal de Mahoma, falso profeta de los moros, y a predicar que solo Jesucristo era verdadero Dios.

Lleváronle a palacio, y fue presentado a los del consejo del rey: y uno de ellos, que era amigo de san Eulogio, teniendo de él lástima, le quiso persuadir que dijese allí bien de Mahoma para satisfacer a los del consejo, aunque después siguiese su ley y permaneciese en ser cristiano: mas el santo no se dejó persuadir de aquel, que con voz de falso amigo, era verdadero enemigo, y le pretendía pervertir: antes con mayor constancia y
firmeza comenzó a ensalzar la majestad y divinidad de Jesucristo y a vituperar las maldades, engaños, y abominaciones de Mahoma; y así los jueces dieron sentencia  que fuese degollado.

Al tiempo que le llevaban el martirio, uno de los privados y criados del rey que le había oído decir mal de su gran profeta Mahoma, revestido de Satanás, llegó a san Eulogio  y le dio una gran bofetada en su rostro. El santo sin turbación alguna ofreció la otra mejilla, diciendo que allí podría darle otra: lo cual hizo aquel nombre maldito, dando testimonio de su pérfida maldad; y el santo de ser verdadero discípulo de Jesucristo.

Llevaron a san Eulogio al lugar del martirio con gran tropel de gente y gritería, en donde hecha su oración de rodillas  y levantadas las manos al cielo  y armado con la señal de la cruz, dio su cuello al cuchillo  y fue degollado en 11 de marzo, día sábado, a la hora de nona, año de la Encarnación del Señor de 859.

Fue vista una paloma blanca sobre su cuerpo muerto: procuraron los moros echarla de allí, y por buen espacio de tiempo no pudieron, hasta que viéndose muy acosada de ellos, tomó vuelo y se asentó en una torre y desde allí miraba atentamente al santo cuerpo: el cual fue sepultado en el templo de san Zoilo por los cristianos al tercero día de su martirio. Escribió san Eulogio algunos libros con mucha doctrina y mayor espíritu y entre otros un memorial de santos y un apologético de mártires, y otro llamado Documento tambien de mártires: en los cuales pone las vidas y martirios, aunque con mucha brevedad, de algunos santos de su tiempo.

Cuatro días después del martirio de san Eulogio, la santa doncella Leocricia fue combatida terriblemente, para que dejase de ser cristiana; mas el que la había escogido para sierva y esposa suya, la defendió y amparó de todos los asaltos y máquinas de sus enemigos: y visto, que ninguna cosa era bastante para quitarle a Jesucristo, la degollaron y echaron su cuerpo en el rió, donde los cristianos le sacaron y sepultaron en la Iglesia de san Ginés.

Después el año de 860, según el cardenal Baronio, fueron trasladados los cuerpos de san Eulogio  y Leocricia a Oviedo, e hizo nuestro Señor algunos milagros por intercesión de estos dos santos y con ocasión de ellos se trasladaron otra vez sus cuerpos el año de 1300, a los 9 de enero, siendo obispo don Fernando Alvarez  y se colocaron en una grande arca de plata, y la pusieron en el secretario, que llaman la cámara santa, como lo dice Ambrosio de Morales en la vida de san Eulogio, cuyas obras hizo imprimir e ilustró con sus eruditas anotaciones.

 

Leyenda de oro

Dr. José Palau

 

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