NO MATARÁS

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

Sobre la pena de muerte

Vigésimo segunda entrega

 

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A continuación, y como complemento de los especiales sobre la pena de muerte, transcribimos el libro del Padre David Núñez:

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Continuación:

LA PENA DE MUERTE

Frente a la Iglesia y al Estado

BUENOS AIRES 1956

SEGUNDA PARTE

ARGUMENTOS PRESENTADOS CONTRA LA PENA DE MUERTE

CAPÍTULO II

ARGUMENTOS QUE SE REFIEREN A LA JUSTICIA Y LEGITIMIDAD DE LA PENA CAPITAL

ARTICULO VI

LAS CONDICIONES JURÍDICAS DE LA PENA Y LOS ARGUMENTOS DE LOS ABOLICIONISTAS

268. — Llegamos ya al punto culminante de la controversia, al argumento Aquiles, como dice Naveiro, de los abolicionistas, por ser el que se ha repetido contra la pena de muerte y el que a su juicio es tan inconcuso que, como dice Carrara, aun hoy no se pudo combatir por los antiabolicionistas, sino con mentiras arcaicas desmentidas por hechos diarios (84).

Y Mecacci afirma que “es el más claro y el más evidente con que ha sido combatida” la pena de muerte.

269. — “He aquí, como la formula Ellero —dice Naveiro (nº 291 de la obra citada)—, siendo lo que voy a copiar, a mi juicio, lo mas saliente de cuanto se escribió sobre ese punto.”

“Es propio de los hombres el error, pues muy a menudo cree verdadero lo que después aparece falso… Los jueces humanos desempeñan un oficio casi divino; pero sin medios para ello, pues no pueden como Dios escrutar lo profundo del corazón.”

“Es verdad que castigan sólo cuando tienen la certeza de la culpabilidad del reo; pero, ¿esta certeza está conforme a la verdad? ¿Corresponde exactamente el conocimiento subjetivo al hecho realizado?”

“Pues si la necesidad de castigar obliga al magistrado, de buen o mal grado, a no dejarse llevar por la metafísica, sino a juzgar con los débiles medios de que dispone, buscando una certeza relativa, una probabilidad en su mayor grado y nada más, no por eso deja de pronunciar temblando su sentencia.”

“De donde se infiere que la mejor pena es la que puede ser revocada, pues ofrece el medio de reparar una sentencia injusta; pero el último suplicio es irrevocable, y de él fueron víctimas muchos justos que ahora se veneran hasta sobre los altares. Y no valen la revisión del proceso y las retractaciones para devolver una vida cruelmente arrancada. La irrevocabilidad y la irreparabilidad de la pena de muerte serían suficientes a condenarla para siempre, si se piensa en los muchos inocentes que fueron, son y serán injustamente condenados. Sin ella no habría sido manchada de sangre la historia de las grandes naciones. No se habría envenenado Socrates, ni habría sido envenenado Tomas Moro, ni quemado Jerónimo de Savonarola, ni habría sido sacrificado el Salvador. Este solo suplicio es un eterno anatema contra la pena de muerte.” (85)

270. — No me voy a extender ahora a refutar esta dificultad, casi la única un poco seria que puede presentarse contra la pena de muerte. Está ya solventada en otra parte de esta obra, y así no hay para que repetir lo que allí se dice. Véase los nros. 374-380.

271. — Sin embargo se hacen necesarias algunas observaciones para que, sirviendo de complemento a lo dicho en los números citados, pueda la dificultad quedar mejor rebatida y el lector mas persuadido y satisfecho.

272. — La primera observación es que en esta dificultad hay más retorica huera que verdad sólida; porque las pocas verdades que dice sobre la falibilidad de los jueces y demás, tanto se aplican a la pena de muerte como a cualquier otra. Más aun, lo que dice: “Es verdad que castigan sólo cuando tienen la certeza de la culpabilidad del reo”, o se ha de entender de los jueces malos, tiránicos y malvados; o de sólo los buenos. Si de los primeros, de esos no tratamos aquí; pues como muy atinadamente advierte Naveiro “una cosa son las penas de muerte injustas infligidas por los tiranos de todos los tiempos a personas inocentes cuyos hechos eran conocidos, y otra las impuestas in-merecidamente por los tribunales en virtud de errores de hechos. Las primeras, ¿quién las ignora?, son innumerables… los millones de mártires de la Religión cristiana sacrificadas por los Césares romanos, los miles y miles de católicos decapitados por Enrique VIII y por Isabel de Inglaterra (véase nº 55), las tan numerosas víctimas de Calvino en Ginebra” (86).

Las masas de irlandeses degollados por Cronwel, los centenares de millares de franceses honrados de ambos sexos y de todas las clases y edades que fueron arrancados a la vida por la Revolución Francesa, lo dicen claramente (87).

273. — Mas para evitar estas atrocidades tiránicas, no vale declamar contra la pena de muerte, ni suprimir ésta en las leyes. Los tiranos, siempre que los haya, llámense reyes, dictadores, Asambleas o Gobiernos legalmente constituidos, tratarán de aniquilar a sus adversarios con razón o sin ella; y si la pena de muerte no existe, la restablecerán por Decretos dictatoriales o la pondrán en práctica simplemente sin necesidad de decreto.

¡Ejemplo, los “leales” (?) españoles! (88)

274. — Y si esas palabras de Ellero se han de entender de sólo los jueces buenos, entonces, como los jueces buenos “castigan sólo cuando tienen la certeza de culpabilidad del reo”, resulta que el ejemplo, algún tanto farisaicamente aducido, del sacrificio del Salvador, no viene a cuento. Porque si Pilatos “castigó teniendo certeza de la culpabilidad del reo”, ¿cómo se explican entonces sus mismas palabras? “¿Qué acusación traéis contra este hombre? Yo ningún delito hallo en Él… yo no hallo en Él crimen.” San Juan, c. 19, vv. 29-38; c. 19, v. 6; y en San Mateo, c. 27, vv. 23-24: “Dicen todos: Sea crucificado. Y el Presidente: ¿Pero qué mal ha hecho?… Inocente soy de la sangre de este justo: allá os la veáis vosotros.”

Mas aun, el mismo Jesucristo certifica que Pilatos le condenó no sólo sin certeza de la culpabilidad, sino con certeza de la inocencia cuando dijo al mismo Pilatos en San Juan, c. 19, v. 11: “Por tanto, quien a mí me ha entregado, es reo de pecado más grave que tú por condenarme.” Como si dijera: Ciertamente, también tú eres reo de pecado grave, porque aunque me condenes por terror, no por eso dejas de ser culpable, convencido como estás de mi inocencia.

En resumen, que si Pilatos condenó al Salvador sin certeza de su culpabilidad, procedió tiránicamente o sin justicia a sabiendas; y así el ejemplo propuesto no viene a cuento. Y si le condenó con certeza subjetiva, mintió cuando dijo: “Que no hallaba en Él ningún delito.” Y así ni es extraño que se siguiera tal sentencia de semejante juez, ni hay que hacer a todos los demás jueces la injuria enorme de compararlos con Pilatos.

275. — La segunda observación es que lo que se ha dicho del ejemplo aducido del Salvador, se puede proporcionalmente decir de los “muchos justos que fueron víctimas y que ahora se veneran en los altares”.

Pues es evidente que su condenación obedeció a la tiranía de quien les condenó contra toda ley justa, porque no puede haber ley justa que condene los actos porque murieron “los que ahora se veneran en los altares”; y sin certeza, ni siquiera subjetiva, de su culpabilidad, antes al contrario, con certeza de su inocencia. Si no que digan Ellero y todos los abolicionistas, si no estaría cierto Nerón de la inocencia de los cristianos que quemó vivos por haber, según él, incendiado Roma, cuando fue él mismo quien la mandó incendiar. Díganlo los revolucionarios de la Revolución francesa, los Stalin en Rusia, los Calles en Méjico, los gubernistas españoles, que por sarcasmo se llaman “leales”, de los centenares de miles de inocentes que han sacrificado a sabiendas por pura ferocidad sádica.

Luego tampoco estos ejemplos, y en general, todos los otros similares, tienen aplicación al caso presente.

276. — La tercera observación es que si la pena de muerte es irrevocable para aquellos a quienes se aplica; también lo es, por ejemplo, la de destierro, o la de cárcel para aquellos que por sentencia judicial mueran lejos de la Patria o en la obscuridad de una mazmorra. Y cuente el señor Ellero que entre estos hay también muchos que veneramos en los altares, por ejemplo, San Juan Crisóstomo, cuya fiesta celebramos hoy mismo cuando escribo esto.

Y no se me diga que hay una gran diferencia entre estos y los que son sentenciados a pena capital, y es que la pena de aquellos es siempre revocable, empero no así la de estos, por cumplirse en un instante, pasado el cual, ya no hay remedio posible. Porque, ¿qué le importa al otro que sea su sentencia revocable si, al fin y al cabo, por virtud de ella muere en el destierro o en la cárcel? Morirá por error subsanable, es cierto; pero el caso es que muere sin remedio, porque ese error de hecho no se subsanó; y por consiguiente tan perjudicial o quizá más, fue para el encarcelado, morir en la cárcel por error de sentencia subsanable, como para el otro morir de una vez, sin haber sufrido tanto, al filo de la espada.

277. — Finalmente, la cuarta observación es que todas las demás alegaciones que presentan los abolicionistas sobre el crecido número de los condenados a muerte injustamente, en primer lugar hay que tomar ese número con muchas precauciones, por estar muy abultado; en segundo lugar se puede responder que muchos más sin duda habrán sido los condenados a otras clases de penas tan injustamente como lo fueron los otros a la de muerte y tuvieron que satisfacerlas sin remedio, a pesar de toda su revocabilidad. Luego si por causa del error involuntario que pueda cometerse en la imposición de la pena de muerte hubiera esta de suprimirse, lo mismo se debería de hacer con todas las otras en cuanto son o pueden ser de hecho irrevocables. Y como esto siempre acontece, en todo o en parte al menos, la conclusión sería que habría que suprimir todas las penas (89).

Pero ya entramos en lo discutido en los números 374-380 del Apéndice, a que antes aludimos, y a los cuales remitimos al lector, porque en ellos está la solución propiamente dicha de esta dificultad, aunque ahora nos place brevísimamente condensar todo lo que allí y aquí se dice en la solución de la dificultad en forma escolástica.

278. — Hela aquí:

La Autoridad no tiene derecho a imponer al inocente una pena irreparable.

Es así que tal es la pena de muerte a la que puede ser condenado un inocente.

Luego la Autoridad carece del derecho de imponer la pena de muerte.

Respuesta:

Distingo la proposición mayor:

– no tiene derecho de imponer tal pena a un inocente, formalmente tal, esto es, conocido como tal, concedo;

– materialmente inocente, o sea inocente de hecho pero legalmente culpable, subdistingo:

– si esta falla procediera de la naturaleza misma de la potestad judicial, concedo que tal potestad no se extendiera hasta poder castigar al tal inocente;

– si empero esta falla o error se sigue SÓLO accidentalmente, de nuevo subdistingo:

– si se tratase de cosa no necesaria para la paz social o de un fin de poca importancia, también lo concedo;

– pero tratándose, como se trata, de cosa necesaria para la sociedad y de un fin importantísimo, niego que la Autoridad no puede castigar con la pena capital a un inocente de hecho pero que aparece culpable de derecho.

Contradistingo la proposición menor:

– puede ser condenado a la pena de muerte un inocente formalmente tal, o sea, conocido como tal, niego;

– un inocente material o de hecho, pero que legalmente aparece como culpable, subdistingo:

– por naturaleza intrínseca de la potestad judicial, niego;

– por causas extrínsecas o accidentalmente, de nuevo subdistingo:

– si se trata de cosa necesaria para la paz social o de un fin de gravísima importancia, concedo;

– si no as así, niego que por un error accidental pueda ser condenado.

Y dadas las distinciones niego el consecuente.

Si fuera verdad que hasta para evitar un error posible (no probable) involuntario hubiera de suprimirse la pena de muerte; también habría que dejar de practicar la medicina, pues bien sabido es que más de uno muere a manos de los médicos, que no hubiera muerto de otra suerte. ¡Cuántas operaciones fallan y acarrean la muerte por impericia de los médicos o por otros errores, difíciles y aun imposibles de prever y evitar!

Y no se diga que esto es necesario y lo otro no, porque no es cierto; pues si la amputación de un miembro gangrenado es necesaria para la vida del individuo; también lo es la muerte del criminal para la vida de la sociedad, que vale más que aquel.

(84) Carrara, “Programa del corso di Diritto criminale”, Parte generale, vol. 2º, c. 7º, 661 bis, pág. 40, 8ª edízione, Firenze 1897.

(85) Ellero, obra cit., 23, pág. 152 y sig.

(86) Acerca de estas últimas, merece leerse el precioso folleto de J. Rouquette, “Les victimes de Calvin. Inquisition protestante”. París 1908, librairie Bloud. No menciono aquí ni debo mencionar, aunque alguien quizá crea lo contrario, los condenados a muerte por la Inquisición española, es decir, los declarados herejes por ella y condenados por los Tribunales civiles con arreglo a las leyes comunes. 1) Porque nuestras leyes en ese punto obedecían a principios comunes a la ciencia de su tiempo, y que en el nuestro también tienen notables defensores. Por consiguiente, todo lo demás que puede decir el que se encuentre en el caso, es que no está conforme con tales principios, no que fuesen tiranos los que los practicaban. 2) Porque en España ni los legisladores ni los tribunales, incluso el de la Inquisición, trataron nunca de imponer una doctrina nueva, en gran manera errónea y perturbadora de la paz común, persiguiendo a los mantenedores de la antigua, como hicieron los tiranos protestantes y revolucionarios indicados en el texto; sino lo contrario, trataron de defender la antigua, única verdadera, y de la cual estábamos en posesión, contra las innovaciones perturbadoras. 3) Porque ni la Inquisición ni las leyes cuya ejecución ella como jurado técnico facilitaba, se propusieron nunca defender y atacar por medio de la pena opiniones humanas discutibles, sino reprimir las propagandas contra la Religión de Jesucristo, Dios y Hombre, QUE TODOS ESTAMOS OBLIGADOS A ACATAR Y RECIBIR. No así los tiranos mencionados que, podrían no creer que la Religión Católica fuese divina, pero que no podían dudar que las doctrinas que en lugar de ella trataban de imponer, derramando torrentes de sangre, eran humanas, esto es, terrenas. Bajo la Inquisición, y bajo la Casa de Austria se pudo defender públicamente la República (¡Con los modernos Republicanos españoles, es crimen de lesa Patria defender la Monarquía!), el derecho de deponer a los Monarcas y de matar al tirano, etc. En cambio en la Revolución francesa guillotinaban a todos los monárquicos y a todos los que profesaban ideas conservadoras, como a todos los católicos y a todos los que no aprobaban las monstruosidades que ella perpetraba. (Exactamente lo mismo que lo que aconteció con los republicanos o revolucionarios españoles que derrocaron al Rey en el 1931.) 4) Los condenados a la última pena en virtud de los veredictos de la Inquisición fueron relativamente pocos; mientras que la Revolución francesa causó más muertes en un mes que la Inquisición española en 300 años. Por estas razones, como quiera que se la considere, no puede parangonarse ni remotamente la Inquisición referida con los tiranos mencionados en el texto. (Quien quiera cerciorarse de estas afirmaciones, vea a Gabino Márquez. Fundamentos de Religión, 3ª parte, págs. 264-5, Madrid 1915, y sobre todo a Méndez y Pelayo, “Heterodoxos Españoles”, y mejor aún las obras de A. de la Pinta O. S. A. y La Inquisición en España, de Bernardino Llorca, que pueden considerarse como la última palabra sobre la Inquisición española.)

(87) Sólo Marat, tan acérrimo adversario (?) de la pena de muerte que todavía en Agosto de 1790 presentaba a la Asamblea Constituyente su “Plan de legislación criminal”, cuyo objeto principal es abogar por la supresión de la pena de muerte; en el año 1792, en la última Convención, una vez que se hubo en-señoreado de ella junto con otros de su calaña, ¡pedía la guillotina para 270.000 personas! ¡Y esos eran los adversarios de la pena de muerte! Y sin ir más lejos, ¿no estamos presenciando en España ahora mismo lo que han hecho los traidores y asesinos de España, Azaña, Casares Quiroga, Prieto, Negrín, Companys y toda la demás comparsa que les precedió y les acompaña? Primero lucharon a brazo partido valiéndose de la calumnia, difamación y toda clase de violencias para abolir la pena de muerte, a fin de que, como dijimos antes, no se les aplicara a ellos cuando la tenían, más que sobradamente merecida muchas veces; y después que por la insensata clemencia de algunos, la cobardía de muchos y la traición de no pocos se apoderaron del Poder; han perecido ya a sus manos, mandados asesinar expresamente por ellos o amparando y estimulando a los asesinos, y eso de la manera más bárbara y cruel que pueda concebirse, miles y miles de personas, y todavía más en la Guerra que vino y se continúa SOLAMENTE POR SU CAUSA. (Recuérdese de nuevo que esto se escribía cuando sucedían estos hechos.) ¡Estos también eran adversarios acérrimos de la pena de muerte!

(88) Amor Naveiro, 1. c., nº 299-300.

(89) Rabaudi llegó a reunir 241 casos de errores cometidos en la imposición de la pena de muerte. Y Naveiro, que estudia estos casos de Rabaudi, y que después de reducir los que por diversas causas que allí se exponen vienen a quedar 100 casos; dice que esos 100, distribuidos entre 20 siglos, dan un promedio de cinco cada siglo; y como son muchos países distintos (Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Países Bajos, Norte América, etc.) vienen a reducirse a menos de uno por cada nación y en cada siglo. Véase Naveiro, 1. c., n. 307-308.

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