EN LA ESCUELA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

CONSERVANDO LOS RESTOS

SUMA TEOLÓGICA

Ia Parte

Cuestión 22

DE LA PROVIDENCIA DE DIOS

Respecto de la Providencia de Dios dilucidaremos estos cuatro puntos:

1º. ¿Es la Providencia un atributo de Dios?

2º. ¿Están todos los seres sometidos a la Providencia divina?

3º. ¿La Providencia de Dios se ejerce inmediatamente sobre todos los seres?

4º. ¿La Providencia divina impone necesidad a las cosas objetos de ella?

ARTÍCULO 1

¿Conviene a Dios la Providencia?

Objeciones por las que parece que la Providencia no es propia de Dios:

1ª. La Providencia, según Cicerón De invent., es una parte de la prudencia. Es así que la prudencia, cuyo objeto es el acertado consejo, como dice Aristóteles Eth., no puede convenir a Dios, en quien jamás reside la duda, ni tiene por consiguiente necesidad de consejo. Luego la Providencia no compete a Dios.

2ª. Todo lo que está en Dios, es eterno. Pero la Providencia no es eterna, porque tiene por objeto los seres existentes, que no son eternos, según San Juan Damasceno De fide orth. Luego no hay Providencia en Dios.

3ª. Nada hay compuesto en Dios. La Providencia parece ser alguna cosa compuesta, pues que en ella se comprenden la voluntad y el entendimiento. Luego no hay Providencia en Dios.

Contra esto está que el Sabio exclama: Más tú, oh Padre, todo lo gobiernas con la Providencia Sap., 14, 3.

Respondo: que se debe reconocer necesariamente en Dios la Providencia.

En Efecto, todo lo bueno, que hay en los seres, ha sido creado por Dios.

Pero en las criaturas se halla el bien, no sólo en su substancia, sino también en cuanto al orden de aquellas a su fin; y especialmente al fin último, que es la bondad divina.

Luego Dios es también el autor de este bien de orden, existente en las cosas creadas.

Y, puesto que Dios es la causa de las cosas por su entendimiento, y de igual manera debe en él preexistir la razón de cada uno de sus efectos; es necesario que la razón del orden de las cosas a su fin preexista en la mente divina; y esta razón es la que propiamente llamamos Providencia.

Ella es en efecto la parte principal de la prudencia, que comprende además la memoria de lo pasado y la inteligencia de lo presente; porque según nuestros recuerdos de lo pasado y la inteligencia de las cosas presentes conjeturamos como deben preverse las futuras.

Es propio de la Providencia, según Aristóteles Eth., disponer las cosas al fin, ya respecto del sujeto mismo, como se dice prudente el hombre, que ordena bien sus actos respecto al fin de su vida; ya por relación a los miembros de una familia, ciudad o reino, que le están sometidos, en cuyo sentido dice San Mateo: Siervo fiel y prudente, a quien el Señor puso sobre su familia Math., 24, 45.

Bajo este último concepto puede convenir a Dios la prudencia o la Providencia: no en el primero, toda vez que en Dios mismo no hay cosa alguna, que deba ordenarse a un fin, siendo Él mismo fin último; y esa misma razón del orden de las cosas a su fin se llama Providencia en Dios.

Por lo cual dice Boecio De consol., que la Providencia es la misma razón divina, constituida en Príncipe soberano de todos los seres, y que todo lo dispone; y disposición puede llamarse lo mismo la razón del orden de las cosas a su fin, que la de las partes al todo.

Respuesta a las objeciones:

1ª. Según Aristóteles Eth., la prudencia propiamente manda lo que la sana razón aconseja rectamente, y la perspicacia decide con acierto. Por consiguiente, aunque no compete a Dios consultar, en el sentido de indagar sobre lo dudoso; puede sin embargo dar órdenes o preceptos acerca de los seres, que se han de ordenar al fin, de los cuales tiene perfecto conocimiento, conforme a aquello Ps. 148, 8: Precepto puso, y no dejará de cumplirse. En este sentido compete a Dios la razón de prudencia y Providencia.

Pudiera decirse también que en Dios la razón de las cosas, que deben ser hechas, es una especie de consejo; no porque investigue, sino por la certidumbre del conocimiento, a la que llegan a fuerza de investigaciones los que toman consejo; por esto San Pablo dice Ephes. 1, 11 que Dios hace todo según el consejo de su voluntad.

2ª. Al cuidado de la Providencia pertenecen dos cosas, la razón del orden llamada Providencia y disposición; y su ejecución, que se llama gobierno: lo primero es eterno, lo segundo temporal.

3ª. La Providencia está en el entendimiento, pero presupone la voluntad del fin; pues nadie dispone lo que debe hacerse por el fin, si no quiere este fin. Así es que la prudencia presupone también las virtudes morales, que dirigen el apetito al bien, como dice Aristóteles Eth. Y no obstante, aun cuando la Providencia se refiriese por igual a la voluntad y a la inteligencia divinas, nada podría deducirse en contra de la simplicidad de Dios; porque la voluntad y el entendimiento en Dios son una misma cosa.

<> 

ARTÍCULO 2

¿Se halla todo sometido a la Providencia de Dios?

Objeciones por las que parece que no todo está sometido a la Providencia de Dios:

1ª. Nada provisto es casual; y, si todo está provisto por Dios, nada habrá fortuito, ni habrá razón de ser para la casualidad y la fortuna, lo cual es contrario a la opinión común.

2ª. Todo proveedor sensato procura, cuanto le es posible, remover los defectos y vicios de aquellos cuyos cuidado ejerce. Vemos sin embargo muchos males en las criaturas, luego o Dios no puede evitarlos, y en este caso no es omnipotente, o no cuida de todos los seres.

3ª. Las cosas, que suceden necesariamente, no exigen Providencia o prudencia, por esto dice Aristóteles Eth. que la prudencia es la recta razón de los acontecimientos contingentes, respecto de los cuales han lugar el consejo y la elección. Ahora bien, puesto que hay muchas cosas que suceden necesariamente, no todo está sometido a la Providencia.

4ª. El ser abandonado a sí mismo no está sometido a la Providencia de otro, que lo gobierne. Pero los hombres son abandonados por Dios a sí mismos, según estas palabras Eccli., 15, 14: Dios desde el principio creó al hombre, y le dejó en la mano de su consejo; y especialmente a los malos Ps. 80, 13: Los dejé ir según los deseos de su corazón. Luego no todo está sometido a su Providencia.

5ª. Dice el Apóstol I Cor. 9, 9: ¿Acaso cuida Dios de los bueyes? Por igual motivo no se cuida de las demás criaturas irracionales. Luego no todo está sometido a la Providencia divina.

Contra esto está que se ha dicho de la Sabiduría divina Sap. 8, 1 que alcanza de fin a fin con fortaleza, y todo lo dispone con suavidad.

Respondo: que algunos filósofos, como Demócrito y los discípulos de Epicuro, han negado completamente la Providencia, suponiendo que el mundo era obra de la casualidad.

Otros han dicho que la Providencia no se extiende más que a los seres incorruptibles; y en cuanto a los corruptibles sólo según las especies, y no a los individuos, porque las especies son incorruptibles. En cuya representación dice Job 22, 14: Las nubes son su escondrijo, ni repara en nuestras cosas, y se pasea por los polos del cielo.

El rabino Moisés exceptúa de la generalidad de los seres corruptibles a los hombres en consideración al esplendor intelectual, del que participan; y respecto a los demás individuos corruptibles sigue la opinión de los otros.

Pero es necesario reconocer que la Providencia divina abraza no solamente todas las criaturas en general, sino también cada una de ellas en particular.

Lo cual se demuestra de este modo: como todo agente obra por un fin, la disposición de los efectos al fin tiene igual alcance que la causalidad del primer agente. Porque, si sucede que un agente produce un efecto no ordenado al fin, este efecto proviene de otra causa independiente de su intención.

Más la causalidad de Dios, que es el primer agente, se extiende a todos los entes, no sólo en cuanto a los principios de la especie, sino también a los individuales, tanto de los incorruptibles como de los corruptibles.

Luego es necesario que todo lo que de cualquier modo tiene ser, sea ordenado por Dios a un fin, según esta frase del apóstol Rom. 13, 1: Lo que es de Dios, ha sido ordenado por Él.

Ahora bien, no siendo la Providencia divina otra cosa que la razón del orden, por el cual todas las cosas se refieren a su fin; es necesario que todas las cosas en tanto dependan de la Providencia divina, en cuanto participan del ser.

Asimismo se ha demostrado anteriormente que Dios conoce todas las cosas universales y particulares, y, siendo su conocimiento respecto de las cosas, lo que el conocimiento del arte respecto de las obras del artista; es necesario que todo se halle sometido al orden, que ha establecido, a la manera que las obras del arte están sometidas a las reglas del arte mismo.

Respuesta a las objeciones:

1ª. Hay una gran diferencia entre la causa universal y particular. Hay efectos, que pueden hallarse fuera del orden de una causa particular; más ninguno, que se separe del de la causa universal. Porque un efecto no se sustrae a la influencia de la causa particular, sino por la intervención de alguna otra causa particular impediente, como el agua impide arder a la madera. Por lo tanto, estando todas las causas particulares contenidas en la causa universal, es imposible que ningún efecto eluda el orden de esta. Más todo efecto, que se sustrae al orden de una causa particular, se dice casual o fortuito respecto a esta causa; pero en cuanto a la causa universal, cuya influencia no puede eludir, dícese provisto; al modo que el encuentro de dos criados, aunque para ellos sea casual, es sin embargo provisto por el amo, que intencionalmente los envía a un mismo sitio, sin que uno sepa del otro.

2ª. Hay una gran diferencia entre el que tiene cuidado de una cosa particular, y el que provee a todo; puesto que el proveedor particular aleja, en cuanto está de su parte, lo defectuoso de lo que está sometido a su cuidado; mientras que el que provee a todo, permite algún defecto a ciertos seres, a fin de no perjudicar a la perfección del conjunto. De aquí resulta que las alteraciones y los defectos en los seres naturales se dicen contrarios a la naturaleza particular; mas son conformes al plan de la naturaleza universal, en cuanto al defecto de uno redunda en bien, quizá de todo el universo, porque la corrupción de un ser es causa de la generación de otro, por la cual se conserva la especie. Por consiguiente, extendiendo Dios su Providencia universalmente a todos los entes; entra en su designio el permitir ciertos defectos en algunos seres particulares, para no impedir la perfección del universo; si no hubiera algunos males, faltarían muchos bienes al universo. Así el león no viviría, si no matase a otros animales; y sin la persecución de los tiranos no admiraríamos la paciencia de los mártires. Por lo cual dice San Agustín Enchir.: Dios omnipotente de ningún modo consentiría mal alguno en sus obras si su poder y su bondad no fuesen tan grandes, para sacar bien aún del mal. En estos dos argumentos, que acabamos de resolver, parece que se fundaron los que excluían de la divina Providencia los seres corruptibles, en los que observaban la casualidad y el mal.

3ª. El hombre no es el autor de la naturaleza, pero hace servir para su uso las cosas naturales en las obras del arte y la virtud. Por esta razón la Providencia humana no se extiende a las cosas necesarias, que son efectos de la naturaleza; en tanto que la Providencia de Dios, que es el autor de todo lo que existe, se extiende a todas. Esta razón parece haber movido a los que sustraen de la Providencia divina el curso de las cosas naturales, atribuyéndolo a la necesidad de la materia, como Demócrito y otros antiguos naturalistas.

4ª. Por eso de que Dios ha abandonado al hombre a sí mismo no queda el hombre excluido de la Providencia divina; únicamente se da a entender que el hombre no obra determinadamente por necesidad impuesta a sus actos, como las cosas naturales, que no se mueven, sino en tanto que un ser extraño las dirige hacia un fin; y no se mueven a sí mismas como dirigiéndose a él, cual lo hacen las criaturas racionales en virtud de su libre albedrío, con el que deliberan y elige; lo cual terminantemente expresan las palabras en mano de su consejo. Mas, por cuanto el acto mismo del libre albedrío se reduce a Dios, como a su causa; síguese necesariamente que está sometido a la Providencia divina todo cuanto se opera según Él, porque la Providencia del hombre está contenida en la Providencia de Dios, como la causa particular en la causa universal. Sin embargo la Providencia divina se ejerce de cierta más excelente manera sobre los justos que sobre los impíos, en el sentido de que nada permite de lo que pueda impedirles en definitiva llegar a su salvación, porque como dice San Pablo Rom. 8, 28: Todo coopera al bien para los que aman a Dios. Mas, por lo mismo que no retrae a los impíos del mal del pecado, se dice que los abandona; no empero hasta el punto de excluirlos por completo de su Providencia; en cuyo caso recaerían en la nada, si por ella no fueran conservados. Ese falso razonamiento parece haber movido a Tulio a negar la intervención de la Providencia divina en las operaciones humanas, acerca de las cuales deliberamos.

5ª. Teniendo la criatura racional en virtud de su libre albedrío el dominio sobre sus actos; está sometida de una manera especial a la divina Providencia, siéndole imputables sus acciones a culpa o a mérito, y haciéndose así acreedora a castigo o recompensa. En este sentido dice el Apóstol que Dios no se cuida de los bueyes; mas esto no significa que su Providencia no se extienda a las criaturas irracionales, como pensó el rabino Moisés.

<> 

ARTÍCULO 3

¿Ejerce Dios su Providencia inmediatamente sobre todos los seres?

Objeciones por las que parece que no Dios no provee inmediatamente a todos los seres:

1ª. Cuanto hay de dignidad debe atribuirse a Dios; y pertenece a la dignidad de un rey tener ministros, por cuya mediación provea a sus súbditos. Luego con mayor razón la Providencia de Dios no se extiende a todos los seres.

2ª. A la Providencia pertenece ordenar todas las cosas a su fin; y el fin de cada cosa es su perfección y su bien. Y, como toda causa debe conducir su efecto al bien, síguese que toda causa eficiente es causa de un efecto de la Providencia. Luego, si la Providencia de Dios se ejerciera inmediatamente sobre los seres, no habría causas segundas.

3ª. San Agustín dice Enchir. que es mejor no saber ciertas cosas que conocerlas, cuales son las viles; y lo propio opina Aristóteles Met. Debe por otra parte atribuirse a Dios todo lo que hay mejor; luego Dios no ejerce inmediatamente su Providencia sobre los seres viles y mínimos.

Contra esto está que se lee en Job, 34, 13: ¿A cuál otro ha establecido sobre la tierra? O ¿A quién ha puesto sobre el mundo que fabricó? Y, comentando estas palabras, dice San Gregorio Mor.: Gobierna por sí mismo el mundo, el que por sí mismo lo ha creado.

Respondo: que la Providencia comprende dos cosas: la razón del orden, según el cual las cosas se dirigen a su fin; y la ejecución de este designio, que es lo que se llama gobierno.

En cuanto a lo primero, Dios provee inmediatamente por sí a todos los seres, porque Dios los tiene a todos en su mente, hasta el más ínfimo; y a cada una de las causas, a que asignó algunos efectos, les dio la virtud de producir los tales efectos, por consiguiente es preciso que haya existido previamente en su misma razón el orden de todos los referidos efectos.

Respecto de la segunda la divina Providencia se sirve de ciertos medios; pues que gobierna lo inferior por lo superior, no por defecto de su poder, sino por la redundancia de su bondad, comunicando la dignidad de causalidad aún a las criaturas.

Así se desvanece la opinión de Platón, que, según San Gregorio Niseno De Prov., admitía tres Providencias:

La primera la de Dios soberano, quien primera y principalmente provee a las cosas espirituales, y como consecuencia a todo el mundo entero, relativamente a los géneros, a las especies y a las causas universales.

La segunda tenía por objeto los seres sometidos a la generación y a la corrupción; y pertenecía a los dioses, que se agitaban en rededor de los cielos, es decir, a las sustancias separadas, que imprimen a los cuerpos celestes su movimiento circular.

La tercera se refería a las cosas humanas, y era atribuida a lo demonios, que los platónicos consideraban como seres colocados entre los dioses y nosotros, según se refiere San Agustín De civit. Dei.

Respuesta a las objeciones:

1ª. Es propio de la dignidad de un rey el tener ministros ejecutores de su Providencia; pero arguye imperfección en el mismo el no tener en cuenta lo que deben hacer. Porque toda ciencia práctica es tanto más perfecta, cuanto se conocen mejor los objetos especiales, sobre los cuales debe ejercitarse su acción.

2ª. La Providencia inmediata de Dios sobre todos los seres no excluye la intervención de las causas segundas, que son las ejecutoras de sus órdenes.

3ª. Para nosotros es mejor no conocer las cosas malas y viles, por cuanto el conocimiento de ellas nos impiden pensar en las mejores, pues no podemos pensar en muchas cosas a un mismo tiempo; y porque además el pensamiento sobre las cosas malas puede pervertir nuestra voluntad; mas no sucede lo mismo en Dios, que lo ve todo bajo un solo golpe de vista, y cuya voluntad no puede doblegarse jamás al mal.

<> 

ARTÍCULO 4

¿La Providencia impone necesidad a las cosas por ella provistas?

Objeciones por las que parece que la divina Providencia impone necesidad a las cosas que ella provee:

1ª. Todo efecto que tiene una causa por sí, que ya lo es, o que lo ha sido, y de la cual procede necesariamente, es un efecto necesario, como lo prueba Aristóteles Met. Ahora bien, la Providencia de Dios, como eterna que es, preexiste, y sus efectos se siguen necesariamente, toda vez que la divina Providencia jamás puede frustrarse. Luego la Providencia divina impone necesidad a las cosas que provee.

2ª. Cualquiera que toma sobre sí el cuidado de una cosa, le da toda la estabilidad posible, para que no decaiga jamás. Dios es soberanamente poderoso. Luego da a las cosas provistas por Él la estabilidad aneja a la necesidad.

3ª. Boecio dice De cons. que el hado, trayendo su origen de los principios inmutables de la Providencia, somete las acciones y fortunas a una indisoluble conexión de causas inevitables. Parece, según estas palabras, que la Providencia impone necesidad a las cosas, sobre las cuales ejerce su acción.

Contra esto está lo que dice Dionisio De div. Nom., que no corresponde a la divina Providencia alterar la naturaleza de los seres; y hay cosas, que por su naturaleza son contingentes. Luego la Providencia no hace necesaria las cosas contingentes.

Respondo: que la Providencia divina impone necesidad a algunas cosas mas no a todas, como han opinado algunos.

En efecto, es propio de la Providencia ordenar las cosas con arreglo a su fin.

Después de la bondad divina, que es un fin separado de los seres, el bien principal que existe en las criaturas es la perfección del universo; la cual no existiría, si no se encontrasen en ellas todos los grados del ser.

A la Providencia de Dios pertenece pues producir todos los grados de entes.

Por esta razón ha preparado causas necesarias para ciertos efectos, a fin de que se produjesen necesariamente; así como también ha dispuesto causas contingentes para los que deben acontecer de una manera contingente, según la respectiva condición de las causas próximas.

Respuesta a las objeciones

1ª. La Providencia de Dios tiene por efecto, no solamente hacer que las cosas se realicen de una manera cualquiera, sino contingente o necesariamente, Así pues lo que la Providencia tiene decretado se verifique infalible y necesariamente, se realiza infalible y necesariamente; y contingentemente lo que ha dispuesto que así se efectúe.

2ª. La certeza y estabilidad del orden fijado por la divina Providencia consisten en que las cosas que la misma provee sucedan todas de la manera que las ha provisto, ya de un modo necesario, o ya de un modo contingente.

3ª. Esa indisolubilidad e inmutabilidad de que habla Boecio se refieren a la certeza de la Providencia, que jamás es frustrada ni en su efecto ni en el modo de realizarse provisto por ella; y no a la necesidad de los efectos mismos. Es de notar, por otra parte, que lo necesario y lo contingente son propiamente anejos al ente en cuanto tal. Así, estos dos modos de necesidad y contingencia están comprendidos en la Providencia de Dios, puesto que ella abraza universalmente a todos los entes; mas no cae bajo la provisión de algunos particulares proveedores o provisores.