SIETE SANTOS FUNDADORES DE LA ORDEN DE LOS SIERVOS DE MARÍA

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

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LOS SIETE SANTOS FUNDADORES DE LA ORDEN DE LOS SIERVOS DE MARÍA (Siglo XIII).

En un período de dos años, de 1225 a 1227 siete jóvenes florentinos se asociaron a la Confraternidad de la Santísima Virgen —popularmente conocidos como los “Laudesi” o los alabadores—. Era la época en que la próspera ciudad de Florencia estaba acosada por alborotos políticos y perturbada por la herejía de los “Catari’. También era un tiempo de general relajación moral, aun donde todavía se conservaban prácticas de devoción. Estos
jóvenes, miembros de las familias más importantes de la ciudad, desde su infancia se habían ocupado más de asuntos espirituales que de los temporales, y no habían tomado parte en las contiendas locales. No está bien claro si ya eran amigos antes de asociarse a los Laudesi, pero en dicha confraternidad llegaron a estar íntimamente aliados.

Cada día estos siete hombres se despegaban más del mundo y se entregaban más al servicio de la Santísima Virgen. El mayor de todos era Bounfiglio Monaldo, quien se convirtió en su jefe, y los otros eran Alexis Falconíeri, Benedeto dell’Antella, Bartolomé Amidei, Ricovero Uguccione, Gerardino Sostegni, y Juan Bounagiunta. Tenían por director espiritual a Santiago de Poggibonsi, que era capellán de los Laudesi, hombre de gran santidad y discernimiento espiritual. Todos ellos siguieron el llamado a una vida de renuncia, y determinaron recurrir a Nuestra Señora en sus angustias.

En la fiesta de la Asunción, cuando estaban absortos en la oración, vieron a la Virgen en una visión, y Ella les inspiró el deseo de alejarse del mundo y de vivir en un lugar solitario sólo para Dios. Hubo dificultades porque, aunque tres de ellos eran célibes, dos eran casados y dos habían quedado viudos, los cuales tenían impedimentos.

Era necesario proveer convenientemente a los que de ellos dependían; pero eso se arregló, y con la aprobación del obispo, se alejaron del mundo. Se fueron a una casa llamada La Carmarzia, fuera de las puertas de Florencia, veintitrés días después de haber recibido el llamado. Su deseo era llevar una vida de penitencia y oración, pero en breve los continuos visitantes florentinos comenzaron a distraerlos y así decidieron retirarse a las laderas desiertas y selváticas del Monte Senario, donde construyeron una sencilla iglesia y una ermita, en la que llevaban una vida de austeridades casi increíbles.

A pesar de las dificultades para encontrarlos, los visitantes no dejaban de ir hasta los ermitaños y muchos deseaban unírseles, pero ellos se negaban a aceptar reclutas. Así continuaron viviendo por varios años, hasta que los fueron a visitar su obispo, Ardingo y el cardenal Castiglione, quien había oído hablar mucho acerca de su santidad. Quedó éste grandemente edificado, pero hizo una crítica adversa. “Vuestra manera de vivir”, dijo “se asemeja demasiado a la de las criaturas selváticas de los bosques, por lo que concierne al cuidado del cuerpo. Os tratáis de un modo que linda con la barbarie: y parecéis desear más morir al tiempo, que vivir para la eternidad. Tened cuidado; el enemigo de las almas se esconde a veces bajo la apariencia de un ángel de luz . . . Escuchad los consejos de vuestros superiores”. Los siete quedaron hondamente impresionados con estas palabras y se apresuraron a pedirle a su obispo una regla de vida. Les respondió que el asunto requería oración, y les rogó que no continuaran negando la admisión a los que buscaban unírseles.

Otra vez los solitarios se pusieron en oración para tener luz, y otra vez tuvieron una visión de Nuestra Señora, que llevaba en la mano un hábito negro, mientras un ángel sostenía un pergamino con el título de Siervos de María. La Virgen se dirigió a ellos y les
dijo que los había escogido para que fueran sus siervos, que deseaba usaran el hábito y siguieran la regla de San Agustín.

Desde aquella fecha, 13 de abril de 1240, fueron conocidos como Siervos de María, o Servitas. Al aceptar esta regla, los Siete Fundadores tuvieron que adoptar un modo de vida diferente lo cual dio mucha satisfacción a su antiguo amigo el obispo de Florencia. Santiago de Poggibonsi, que los había seguido, resolvió unírseles. Recibieron el hábito de manos del mismo obispo, y eligieron a Buonfiglio como superior.

De acuerdo con la costumbre, eligieron sus nombres de religión, por los cuales serían conocidos de ahí en adelante. Estos nombres fueron; hermanos Bonfilio, Alejo, Amadeo, Hugo, Sostenes, Maneto y Buonayunta. Por deseo del obispo, todos, excepto San Alejo, que en su humildad rogó ser dispensado, se prepararon para recibir las sagradas órdenes, y a su debido tiempo profesaron y fueron ordenados sacerdotes. La nueva orden, cuya forma era más parecida a la de los frailes mendicantes que a la de las órdenes monásticas, aumentó sorprendentemente, y en breve fue necesario fundar nuevas casas.

Los primeros sitios elegidos fueron Siena, Pistoia y Arezzo, y después se establecieron casas en Carfaggio, el convento e iglesia de la Santissima Annunziata en Florencia, y el convento en Lucca. Aunque los Servitas tenían la aprobación de sus superiores inmediatos, no habían sido reconocidos por la Santa Sede. Una y otra vez se hicieron esfuerzos para obtener el reconocimiento, pero los que deseaban ver abolida la nueva orden o absorbida por otra, ponían dificultades. El Concilio de Letrán había declarado que no deberían fundarse nuevas órdenes, y posteriormente el Concilio de Lyon había añadido aun más limitaciones. Cada vez que la petición de los Servitas llegaba al Papa, era puesta a un lado o no se la tomaba en cuenta.

Sólo hasta 1259 la orden quedó prácticamente reconocida por Alejandro IV, y no fue sino hasta 1304, más de sesenta años después de su fundación, cuando recibió la aprobación explícita y formal del Beato Benedicto XI. San Bonfilio había permanecido como prior general hasta 1256, cuando suplicó ser relevado, debido a su avanzada edad. Tuvo una muerte muy hermosa, en medio de todos sus hermanos, la noche del año nuevo de 1261. San Bonayunta, el más joven de los siete, fue el segundo prior general, pero expiró en la capilla poco después de su elección, mientras se leía el Evangelio de la Pasión. San Amadeo gobernó el importante convento de Carfaggio, pero regresó a Monte Senario a terminar sus días. San Maneto llegó a ser el cuarto prior general y envió misioneros a Asia, pero se retiró pronto para ceder el puesto a San Felipe Benizi sobre cuyo pecho expiró. San Hugo y San Sostenes fueron al extranjero; Sostenes a París y Hugo a fundar conventos en Alemania. Fueron llamados en 1276, y habiendo caído enfermos, murieron uno junto al otro, la misma noche. San Alejo, el humilde hermano lego, sobrevivió a todos los demás y fue el único que vivió para ver la orden en pleno vigor y definitivamente reconocida. Se dice que murió a la edad de ciento diez años.

Fueron contados entre los santos por el Papa León XIII en 1887.

 

VIDAS DE LOS SANTOS 

DE BUTLER

 

 

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea