Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA

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SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía. Dice su madre a los sirvientes: Haced todo lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Sacad ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta este momento. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus milagros. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

El milagro que hizo Jesús en las bodas de Caná, la maravillosa conversión del agua en vino, no sólo es el primero de sus milagros, sino también uno de los más interesantes e instructivos.

Es atrayente la trama de la historia, tal cual la narra el Evangelista, por lo que dice y por lo que deja entrever.

Y son altamente pedagógicas las múltiples enseñanzas, cubiertas con el transparente velo de la historia.

De estas enseñanzas escojo tres principales, como materia de nuestras consideraciones:

la mediación de María, que movió a Jesús a obrarlo;

la manera divina con que Jesús realizó el milagro;

los amorosos designios eucarísticos que, al hacerlo, entretenía Jesús en su Divino Corazón.

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Si es dulce para nuestro corazón contemplar la gloria divina del Hijo, también lo es recordar la bondad y el poder de la Madre, a cuya intercesión se debió el milagro, que manifestó la gloria del Hijo.

Consideremos, para nuestro consuelo, esta intervención de la Madre.

Por de pronto, parece que Jesús fue invitado a las bodas en atención a su Madre. La presencia de María fue la que determinó la asistencia de Jesús al convite.

También la iniciativa en la operación del milagro se debió a la Virgen, a aquella su finísima perspicacia y a la bondad y ternura de su Corazón, que no sufría el sonrojo de los pobres esposos, que tan amablemente la habían invitado.

Claro está que la perspicacia y la bondad del Corazón de su divino Hijo eran inmensamente mayores; sin embargo, en vez de tomar Él directamente la iniciativa, inspira a su Madre que la tome Ella.

Tal es la ley de su divina Providencia: hacer intervenir antes a su Madre, para que prepare su divina intervención.

¡Siempre será de este modo! ¡Siempre!

Así entendida, esta ley en nada deroga los derechos de Cristo, ni en cuanto hombre, ni en cuanto Dios. Así lo han dispuesto la Sabiduría y la Bondad divinas.

Recordemos, de paso, las virtudes que ejercita y muestra la Virgen Santísima en su piadosa intercesión.

La primera es su bondad en interponer su valimiento en favor de aquellos pobres esposos.

A su bondad corresponden su discreción y delicadeza en proponer a su Hijo la necesidad de los esposos: No tienen vino; su humilde silencio, ante la aparente repulsa de Jesús; su heroica confianza en no desmayar ni desistir en su demanda; su modestia en retirarse, luego que interviene Jesús.

Hermosos ejemplos, por los cuales su piadosa intercesión puede ser para nosotros no menos útil que para aquellos buenos galileos.

Partiendo de aquí a más altas consideraciones, en este hecho descubrimos dos aspectos importantísimos de la persona y dignidad de la Santísima Virgen: su maternidad y su asociación a la obra redentora de Cristo.

La maternidad, no precisamente en lo que tiene de físico y real, sino en las relaciones comunes que según la apreciación vulgar establece entre la madre y el hijo, es aquí como desconocida por Jesús. ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer?

¿De dónde esta aparente sequedad de Cristo para con su Madre, poco antes precisamente de acceder a sus ruegos?

Es que el Salvador quería dejar bien asentado que su oficio de Mesías nada tenía que ver con la carne y la sangre, sino que dependía únicamente de su Padre Celestial.

Quería el divino Maestro dar ejemplo en sí mismo de lo que tan encarecidamente había de recomendar a sus discípulos: de desconocer enteramente en su ministerio apostólico todas las relaciones meramente naturales, atentos únicamente al fin sobrenatural de su divina vocación.

Con todo, la maternidad de la Virgen, si nada pone de su propia cosecha a la obra sobrenatural del Redentor, si antecedentemente a la acción de Cristo nada tiene y nada da, es, por otra parte, motivo o fundamento por el, cual asociada la Madre a la obra del Hijo, y recibiéndolo todo de Él, tiene una parte importantísima en la ejecución de los designios divinos acerca de la salvación del hombre.

De ahí el segundo aspecto en la dignidad de la Virgen.

Bajo este nuevo atributo la maternidad de María encierra en sí o determina tres excelsas prerrogativas:

1ª) un derecho singular y único al amor filial de Jesús;

2ª) una dignidad inmensamente superior a toda grandeza creada: la dignidad de Segunda Eva asociada al Segundo Adán, Cristo Jesús, en su oficio de Redentor y en su obra de Redención;

3ª) la maternidad espiritual respecto del Cuerpo Místico de Cristo, indisolublemente unido al Cristo personal.

De estas prerrogativas fundamentales se derivan otras innumerables: la santidad personal de la Virgen, santidad inmaculada desde el primer instante de su Concepción hasta el último momento de su vida; su Asunción a los Cielos en cuerpo y alma; su coronación por Reina de toda la creación y principalmente su Mediación universal ejercida por sus merecimientos y oraciones en beneficio de todos los hombres y en la concesión de todas las gracias.

En las bodas de Caná brilla en todo su esplendor esta intercesión de la Virgen.

Ella es la que determina el milagro de Jesús, el primero de sus milagros; Ella es la que adelanta la hora de Dios, la que interviene como factor importantísimo en la ordenación de la divina Providencia.

Y lo más dulce y provechoso para nosotros es que la Santísima Virgen, con su potentísima intervención, nos pone en relación con Jesús: se va por María para llegar a Jesús.

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En cuanto la manera divina con que Jesús obró el milagro, dice el Evangelista, al terminar la narración del mismo, que Jesús manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.

“Manifestar su gloria”, en el lenguaje de la Escritura, es una expresión que plena y adecuadamente sólo se aplica a Dios.

Al atribuirla aquí al Salvador, no sólo se da a entender que es verdadero Dios, sino que obró el milagro divinamente.

Dice el Papa San León que, habiendo en Cristo dos naturalezas, una de ellas, a saber, la divina, es la que resplandece con los milagros; la otra, esto es, la humana, es la que cede al peso de las injurias.

La naturaleza humana es instrumento de la acción divina; y la acción humana recibe el poder de la naturaleza divina.

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Los verdaderos milagros no pueden hacerse más que con el poder divino, porque sólo Dios es capaz de alterar el orden natural, requisito que pertenece a la noción de milagro.

También la criatura, auxiliada por la omnipotencia de Dios, puede obrar, y ha obrado, milagros; mas en la misma manera de obrarlos muestra ser una débil criatura, que ha recibido de otro este maravilloso poder.

Dios concede al hombre el poder de hacer milagros por dos motivos:

Primero, y principalmente, para confirmar la verdad que uno enseña. Porque, al exceder las cosas de la fe la capacidad humana, no pueden probarse con razones humanas, sino que es necesario probarlas con argumentos del poder divino, a fin de que, haciendo uno las obras que solamente puede hacer Dios, crean que viene de Dios lo que se enseña; así como, cuando uno presenta una carta lacrada con el sello del rey, se cree que el contenido de la misma ha emanado de la voluntad real.

Segundo motivo, para mostrar la presencia de Dios en el hombre por la gracia del Espíritu Santo; de modo que, al realizar el hombre las obras de Dios, se crea que el propio Dios habita en él por la gracia.

Y ambas cosas debían ser manifestadas a los hombres acerca de Jesucristo, a saber: Que Dios estaba en Él por la gracia, no de adopción sino de unión, y que su doctrina sobrenatural provenía de Dios. Y por estos motivos fue convenientísimo que hiciera milagros.

Por eso Jesús efectúa el milagro sin previas súplicas, sin ningún acto externo, sin una palabra siquiera, con una autoridad y dominio como de quien dispone y ordena en cosa que le es propia.

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Cristo hizo los milagros para confirmar su doctrina y para dar a conocer el poder divino que había en Él.

Y por eso, en cuanto a lo primero, no debió hacer milagros antes de comenzar a predicar. Y no debió comenzar a predicar antes de la edad perfecta.

En cuanto a lo segundo, debió dar a conocer su divinidad por medio de los milagros de tal modo que se creyese en la verdad de su humanidad. Y por este motivo, no comentó a hacer milagros desde el principio de su vida, porque hubieran creído que la encarnación era una fantasía, o le habrían crucificado antes del tiempo oportuno.

El poder divino obraba en Cristo según era necesario para la salvación de los hombres, por causa de la cual se había encarnado. Y por eso hizo los milagros con el poder divino, de tal manera que no perjudicase a la fe en la verdad de su carne.

Muchas veces en su vida Jesús hizo oración en cuanto hombre a su Padre celestial, con quien expansionaba regaladamente su Corazón de Hijo; mas en esta ocasión, en este primer milagro, en esta primera manifestación de su gloria, quiso proceder como Dios, con aquel señorío soberano que maravillase a sus discípulos, y les moviese a creer en Él.

Para nosotros ahora, que ya conocemos toda la vida del Salvador y admiramos en ella continuamente la asombrosa humildad de su Corazón, semejante independencia en obrar este su primer milagro es una señal manifiesta y como una declaración inequívoca de su dignidad divina.

Redunda en elogio de los discípulos haber seguido a Cristo sin haberle visto hacer ningún milagro.

Por otra parte, era especialmente necesario hacer milagros cuando los discípulos ya estaban congregados y le eran adictos, y prestaban atención a las cosas que hacía.

Por esto añade el Evangelista: Y creyeron en Él sus discípulos; y no porque creyeron entonces por primera vez, sino porque entonces creyeron con mayor diligencia y más perfectamente.

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La tercera consideración que debemos hacer se refiere a los amorosos designios eucarísticos que al hacer el milagro, entretenía Jesús en su Divino Corazón.

Las bodas de Caná, santificadas con la presencia de Cristo y de su Madre, son un símbolo de otras bodas más divinas: las de Cristo con su Iglesia, y anticipan sus propósitos eucarísticos para sellar el compromiso.

En estos místicos desposorios, y en el celeste banquete con que se celebran, hay también como en Caná una conversión maravillosa, no de agua en vino, sino de vino terreno en vino celestial.

Tal es la significación simbólica del primer milagro de Cristo, tales las miradas ulteriores y amorosas con que lo obró.

Mientras los esposos se gozaban del oportuno regalo con que Jesús les obsequiaba, mientras los convidados saboreaban aquel delicioso vino postrero, mientras los sirvientes, atónitos todavía, explicaban a todos la maravilla obrada por Jesús, Él, entre inefables júbilos de su Corazón, dirigía el pensamiento a tres años más tarde; y contemplaba a sus discípulos embriagarse místicamente con otro vino más regalado, con la Sangre misma que horas después iba a derramar por la salud del mundo.

Y dejó ir su consideración más allá todavía…; y vio a los fieles de todos los siglos acudir presurosos al convite que Él les preparaba para beber la bebida divina que Él les ofrecía.

Y entonces pensó en nosotros…, pensó en cada uno de nosotros… Y tuvo por gran gozo y complacencia darnos a beber su Sangre divina…

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Renovemos la escena: cuando la Virgen Madre le hace, como Mujer, aquella suplica de vino, Jesús vio por la primera vez, anticipadamente, el fruto de la vid transformado en Sangre…

Ella, la Madre de Dios y de los hombres, se adelanta…

Ella deja escapar, ahí en la fiesta, antes de tiempo, el secreto de los dos…

Ella pide vino…

Él responde: Mi hora, la hora de mi Sangre, aún no ha llegado…

La Madre se adelanta, intercede antes de tiempo…

Y no quedaba como salida para la misericordia de Dios, así tomada por sorpresa, sino dos cosas, casi contradictorias pero no en disyuntiva, en relación a la petición: detenerla y obedecerla…

Detenerla: ¿Qué hay de común entre ti y yo, Mujer? ¿Quieres que comience mi hora? ¿Estás preparada para asistirme, asociándote a mi Pasión?

Obedecerla: Haced cuanto Él os dijere… Llenad las tinajas de agua…. Sacad ahora, y llevadlo al maestresala…

Y todos los convidados se admiraron de que el dueño de casa hubiese dejado para el final su mejor vino…

Y se asombran porque no saben que el verdadero dueño y la verdadera dueña de casa, en aquel corto y exquisito diálogo, habían dejado para el final otro vino, infinitamente mejor…

La Mujer, cuando da, da cosas muy próximas y muy vitales…, da lo que cuesta sangre…

En el vino que abundó en las Bodas de Caná vemos las primeras señales de la Sangre de la Pasión de Jesús…, derramada por la mediación de la Corredentora…

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Fue otro fruto de la intercesión de María: dar ocasión a que Jesús, convirtiendo el agua en vino, anunciase y comenzase su vida Eucarística.

Valgámonos nosotros de esta amorosísima intercesión para gozar plenamente de la bebida eucarística anunciada en las bodas de Caná y reservada para el final… Pero tú has guardado el buen vino hasta este momento…

En Caná de Galilea, Jesús dio comienzo a sus milagros. Y manifestó su gloria…

En el Santo Sacrificio de la Misa sigue obrando milagros…

Como sus discípulos de entonces, creamos en Él…

Y agradezcamos a la Mediadora y Corredentora por tan magnífico Don…