HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Vigesimoséptima entrega

 

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PRIMER DESARROLLO DEL LUTERANISMO.

PROCESO Y CONDENACIÓN DE LUTERO

Los efectos de este acto audaz de Lutero fueron extraordinarios, y, desde luego, mucho mayores de lo que el mismo Lutero pudiera imaginar. Es cierto que no se celebró la anunciada disputa; pero las tesis se propagaron rápidamente por todas partes, y, como en toda Alemania existía un disgusto latente contra Roma, aparecieron generalmente las tesis de Lutero como su expresión más eficaz, y, por lo mismo, comenzaron muchos a mirarlo a él como a un héroe nacional.

1. Reacción de los teólogos católicos y respuestas de Lutero. Sin embargo, hubo desde el primer momento teólogos y polemistas católicos que reconocieron claramente el alcance de las doctrinas que se ocultaban debajo de las 95 tesis, y, sin dejarse sorprender ni ganar por el general aplauso, procuraron descubrir su verdadero peligro.

El primero que, según parece, opuso a las tesis de Lutero 56 Antitheses fue Conrado Wimpina, rector de la Universidad de Frankfurt, y es indudablemente una honra de Juan Tetzel haberlas defendido el 20 de enero de 1518 añadiéndoles otras 50.

En ellas aparece claramente cómo Tetzel y Wimpina habían comprendido el punto más peligroso de la doctrina luterana. Mas no se arredró Lutero ante esta primera oposición. Así, pues, respondió a Tetzel con un Sermón sobre la indulgencia y la gracia, al que siguió poco después el libelo Libertad de un sermón sobre la indulgencia, que era una pretendida refutación de la doctrina católica sobre la penitencia. Esto aumentó rápidamente el entusiasmo de las masas por el nuevo héroe nacional, hasta tal extremo que públicamente se quemaron 800 ejemplares de las Antitheses del contrincante de Lutero.

Más significación debía tener otro polemista que salió bien pronto a la palestra. Era Juan Eck, profesor de teología de Ingolstadt, hábil dialéctico e insigne teólogo, el cual, accediendo a los ruegos del obispo de Eichstätt, compuso sus Annotationes, que eran una serie de atinadas observaciones, en las que notaba el agudo polemista el parentesco de las doctrinas de Lutero con las de Juan Hus. Lutero se sintió herido en lo más vivo, por lo cual en su respuesta designó irónicamente estas Anotaciones como Obeliscos.

Asimismo, el dominico Silvestre Mazzolini, llamado Prierias, maestro del Sacro Palacio, publicó en junio de 1518 un trabajo teológico, en el que expone la doctrina de la Iglesia sobre las indulgencias. A este escrito respondió Lutero sarcásticamente, manifestando su desprecio de la autoridad de los Papas y de los Concilios.

Finalmente, a otro dominico, Santiago Hochstraten, que había escrito contra él, le contestó echándole en cara su ignorancia.

Hasta qué punto había llegado Lutero en 1518 en la convicción interior de sus propias opiniones, aparece en la disputa celebrada en Heildelberg el 18 de abril durante un capítulo de la Orden. En ella defendió lo que él llamó «teología de la cruz» y llegó a afirmar que la libertad humana no es más que un mero nombre; el hombre no puede cometer más que pecados. El resultado fue que se le adhirieron numerosos miembros de la Orden.

Poco después, en el mes de mayo, publicó sus Resoluciones sobre el valor de las indulgencias, que es una aclaración de las 95 tesis. Este folleto lo envió al Romano Pontífice con un escrito de presentación, en el que se mezclan expresiones de reconocimiento de la autoridad pontificia y una absoluta decisión en defender sus opiniones.

2. Primera intervención de Roma contra Lutero. Bien pronto llegó a Roma la noticia de estos acontecimientos; pero, en medio del estado en que se hallaba a la sazón la curia romana, no se dio la debida importancia al peligro que significaba todo este movimiento.

Según parece, fue el mismo arzobispo Alberto de Brandemburgo quien mandó a Roma la primera noticia oficial sobre aquellos hechos. Enterado, pues, el Papa León X sobre el nuevo movimiento desencadenado por Lutero, no es cierto, como se ha afirmado, que lo designara como «reyertas de frailes», sin hacerle ningún caso, sino que, por el contrario, consta que inmediatamente se decidió a intervenir en el asunto. Su primera providencia fue encargar al superior de los agustinos, Staupitz, que procurara contener a Lutero. Mas, como Staupitz era uno de sus principales protectores y admiradores, esta primera medida tomada por la curia romana quedó sin ningún resultado. Así se explica que pudiera fácilmente conquistar partidarios entre los miembros de la Orden.

Durante los meses siguientes fueron llegando a Roma noticias cada vez más alarmantes. En junio del mismo año 1518 se envió a Lutero la orden de presentarse en Roma en el término de sesenta días, con lo cual se abría en Roma el proceso formal contra él. Pero en estas circunstancias se inició la intervención de los príncipes temporales en todo este asunto, que fue el paso más decisivo en favor del luteranismo.

En efecto, Federico el Sabio, elector de Sajonia, que había comenzado a simpatizar con las nuevas ideas por cuestión más bien política y movido de cierta oposición a Roma, se interesó por Lutero y obtuvo que compareciera en Augsburgo, a lo que ayudó el emperador Maximiliano.

Para ello, pues, fue nombrado por la Santa Sede el cardenal Tomás de Vio, llamado generalmente Cayetano, quien pasaba por el mejor teólogo de su tiempo.

Así se realizó en efecto. Celebróse desde el 12 al 18 de octubre de 1518 una dieta en Augsburgo, y allí se presentó Lutero ante el cardenal. Este procuró primero atraérselo con su amabilidad y convencerlo de sus errores; pero, ante la tenacidad de Lutero, le intimó la orden de retractarse de sus opiniones sobre la justificación y las indulgencias.

Pero él se negó en absoluto, dando por razón que no había defendido nada contra la Escritura ni los Santos Padres. Más aún: ante el temor de ser apresado, escapó Lutero inesperadamente de Augsburgo, dejando una apelación notarial a Papa non bene informato ad melius informandum.

Esta conducta disgustó profundamente al cardenal, el cual se quejó de ella ante el príncipe elector de Sajonia e insistió con él para que obligara a Lutero a presentarse en Roma. Pero, lejos de acceder a ello, Federico el Sabio continuó apoyando a Lutero.

Entre tanto, con el objeto de quitar todo pretexto a Lutero, el 9 de noviembre de 1518 se publicó en Roma una bula, en la que oficialmente se precisaban los puntos dogmáticos sobre las indulgencias, mientras él por su parte lanzaba desde Wittemberg una segunda apelación a un concilio ecuménico.

Roma entonces inicia otro camino. Con el intento de atraerse a Federico el Sabio y conseguir de él que levantara su apoyo a Lutero, le envió el Papa la rosa de oro, distinción sumamente grata a los príncipes católicos. El portador de la misma y de multitud de privilegios e indulgencias para la nueva Universidad de Wittemberg, tan cara al príncipe elector, era el camarero pontificio Carlos Miltitz, hombre hábil, pero altanero, el cual intentó por su cuenta y riesgo atraerse a Lutero, para lo cual se empeñó en arriesgadas conversaciones con él, de las que no se obtuvo ningún resultado.

3. Disputa de Leipzig y condenación de Colonia y Lovaina. Los informes excesivamente optimistas comunicados a Roma por Miltitz dejaron la impresión de que el asunto de Lutero entraba en vías de arreglo definitivo; pero entretanto tenía lugar en Alemania un acontecimiento de capital importancia en el desarrollo del luteranismo.

En efecto, tomando pie de las Anotaciones, que Juan Eck había publicado contra las tesis de Lutero, Karlstadt invitó a aquel teólogo a una disputa públicamente, cosa entonces relativamente frecuente en las universidades. Celebróse, pues, en el palacio de Pleissenburg, en Leipzig, durante los meses de junio y julio de 1519, en presencia del duque de Sajonia.

En efecto, el 27 de junio se inició la disputa entre Eck y Karlstadt, a quien habían acompañado Lutero, Melanchthon y un buen número de estudiantes de Wittemberg, Cuatro días sostuvo Karlstadt la dialéctica acerada y contundente del teólogo católico; pero, cuando estaba a punto de declararse vencido, entró en la palestra Lutero, el cual con su impetuosidad y decisión comunicó nuevo interés a la contienda. Pero Eck tuvo la habilidad de mantener la ofensiva, señalando algunos puntos de la doctrina de Lutero enteramente semejantes a algunos condenados en Constanza contra Juan Hus, y, por otra parte, obligó a Lutero a admitir que algunos puntos condenados en Constanza eran enteramente cristianos. Más aún, acorralando cada vez más al nuevo hereje, le hizo proclamar abiertamente que la única fuente de la revelación era la Escritura, rechazando la autoridad de los Padres, de los Concilios ecuménicos y de los Papas. Tal fue el resultado de la célebre disputa de Leipzig. El triunfo moral de Eck consistía principalmente en haber obligado a Lutero a poner de manifiesto ante todo el mundo su verdadera posición frente a la Iglesia y al Romano Pontífice.

El triunfo católico de la disputa de Leipzig aparecía también por algunos resultados que de ella se derivaron. Por una parte, el duque Jorge de Sajonia, ante la evidencia de los errores fundamentales de Lutero, se afirmó definitivamente en la fe católica; y, por otra, las Universidades de Colonia y Lovaina, invocadas como árbitros de la contienda, fallaron luego contra Lutero, mientras las de París y Erfurt tardaron algo más en dar su fallo desfavorable. Además —y esto pesaba mucho ante los innovadores—, en adelante, ya nadie podía llamarse a engaño, pues todo el mundo pudo ver claramente hasta dónde llegaba la nueva herejía.

Esto lo comprendieron muy bien Lutero y sus partidarios; por lo cual, a partir de este momento, se lanzaron con verdadero apasionamiento a la defensa y propaganda de sus doctrinas. Puestos en evidencia ante todo el mundo, ya no podían detenerse. No terminaron en adelante en Lutero sus vacilaciones y angustias interiores; pero, herido en lo más vivo de su orgullo, procuró acallarlas por medio de la lucha más encarnizada contra el Papado.

4. Reacción de Lutero. Esta lucha se manifestó inmediatamente por medio de una serie de folletos de propaganda y escritos dogmáticos, en lo que ayudó a Lutero de un modo especial su nuevo discípulo, Melanchton, que tanta importancia debía alcanzar en el desarrollo del luteranismo.

En estos escritos, que llenan todo el resto del año 1519 y gran parte de 1520, se aprovecha el estado de descontento en que se hallaba Alemania contra Roma para atizar el fuego de la indignación popular contra el Papado; pero sobre todo se exponen en ellos, en la forma más cruda, los puntos fundamentales de su nueva ideología.

Ya antes de julio, apenas terminada la disputa de Leipzig, apareció su primer folleto: Resoluciones luteranas sobre las proposiciones disputadas en Leipzig. Lutero se esfuerza en probar que en realidad él no fue vencido. Lo único en que triunfó su adversario fue en sus clamores y gestos trágicos. Mas, para que no quede duda sobre su posición doctrinal, repite que los concilios se han equivocado con frecuencia.

Un nuevo acontecimiento iba a excitar más todavía a Lutero. En efecto, la Universidad de Lovaina, después de largo examen sobre los escritos de Lutero, publicaba en febrero de 1520 una amplia censura y condenación de los puntos fundamentales de su doctrina. Esta censura iba acompañada de otra de la Universidad de Colonia y de una introducción del cardenal Adriano de Utrecht, futuro Papa Adriano VI. Fácilmente se comprende la violenta reacción de Lutero a la lectura de tan importantes censuras. Aunque él mismo habla manifestado al cardenal Cayetano en 1518 que se sometía al fallo de las Universidades, ahora que este fallo le era tan desfavorable, se olvidaba en absoluto de sus anteriores promesas. Con maravillosa rapidez, ya en el mes de marzo dio una respuesta a las censuras desfavorables de las Universidades. Él, que había invocado su fallo, les niega ahora el derecho de censurar. Además, protesta contra su conducta, pues no hacen más que afirmar y no prueban nada. Luego dedica a ambas Universidades las expresiones más despectivas, llamándolos «teólogos groseros» y «sofistas que deliran».

De este modo se fueron caldeando los ánimos, y las nuevas ideologías luteranas, que encontraban en las masas del pueblo alemán un terreno bien abonado, se fueron propagando con extraordinaria rapidez.

Así se comprende que ya en los primeros meses de 1520 se calculaban en unos 1.500 los estudiantes de la Universidad de Wittemberg que acudían a escuchar a Lutero. Indudablemente contribuyó a este rápido progreso de las ideas luteranas la colaboración más o menos directa, ante todo, de Erasmo, de quien consta que aprobó el movimiento de Lutero en sus principios; asimismo, del humanista alemán Ulrico Hutten, quien ya desde 1520 se puso al servicio de Lutero con sus sarcásticos escritos, llenos de odio contra los clérigos.

Estos triunfos hicieron olvidar de algún modo a Lutero el desastre y la humillación de Leipzig. Por esto, ya en plena efervescencia de su pasión antipapista, publicó en junio del mismo año 1520 su folleto Del papa de Roma.

Este estado de exaltación pasional debe tenerse presente para comprender los hechos que tuvieron lugar durante la segunda mitad del año 1520. El primero es la aparición de los documentos pontificios contra Lutero y su doctrina y la reacción violenta de Lutero; el segundo, la publicación por parte de éste de los tres principales escritos dogmáticos.

5. Final del proceso contra Lutero. Folletos dogmáticos. A principios de 1520 llegaron a Roma las censuras de Lovaina y Colonia contra las doctrinas luteranas; sin embargo, según todos los indicios, la reanudación de la causa fue independiente y anterior a la llegada de dichas censuras. De hecho, en Alemania se habían ido publicando diversos trabajos contra los innovadores. Tales fueron: los de Juan Cochlaeus y Jerónimo Emser, capellanes del duque Jorge de Sajonia, y el de Tomás Murner, teólogo franciscano, quien con fina sátira respondió a los apasionados folletos de Lutero.

Pero el que con más celo y más conocimiento de causa se dedicó a la defensa de la verdad católica frente a los nuevos herejes fue Juan Eck.

Así, pues, libres en Roma, por la elección del nuevo emperador Carlos V, de la preocupación en que este asunto los había mantenido durante largos meses y movidos, finalmente, por las representaciones de Juan Eck, se decidieron a emprender de nuevo el enojoso proceso de Lutero.

En estas circunstancias, pues, con el objeto de hacer ambiente en favor de su causa, publicó Lutero, además de otros escritos, tres de sus más célebres tratados, designados por los luteranos como fundamentales de la llamada Reforma.

El primero de estos escritos lleva el título de A la nobleza cristiana de la nación alemana sobre la reforma del Estado cristiano, y se dirige a los príncipes alemanes. Es un manifiesto revolucionario, en el que pone en las manos de los príncipes toda la jurisdicción temporal y religiosa y usa todos los medios posibles para que, en efecto, ellos la asuman.

Así, llega a decir: «Ahorcamos justamente a los ladrones; damos muerte a los bandidos. ¿Por qué, pues, dejar en libertad al avaro… de Roma, que es el mayor de los ladrones y bandidos que hayan existido ni existirá jamás sobre la tierra?»

El segundo de estos escritos es el tratado De la cautividad babilónica de la Iglesia. En él manifiesta Lutero su habilidad como agitador de las masas. Presenta a la Iglesia como un verdadero tirano, al procurar mantener a los fieles en el más oprobioso cautiverio de los sacramentos, de la autoridad de los concilios y de los papas. Por esto se impone, dice, «la derogación de todos los preceptos de la Iglesia. Es preciso poner término al celibato eclesiástico, que es una institución maldita».

El tercer escrito lo compuso poco después. Es el titulado De la libertad cristiana, en el que da una síntesis de su doctrina sobre la justificación y sobre otros puntos fundamentales de su ideología. A estos tres folletos debe añadirse otro Sobre la misa, en el que rechaza directamente el carácter de sacrificio de la misa, toda la jerarquía y el sacerdocio propiamente tal, pues sólo admite el general de todos los fieles; y, finalmente, otro dirigido al emperador antes de su coronación, realizada el 22 de octubre.

Pero entre tanto se continuaron en Roma los trabajos preparatorios para la sentencia condenatoria, y, finalmente, el 15 de junio de 1520 salió la Bula Pontificia Exurge Domine (ver en apartado), que, sin nombrar a Lutero, señala cuarenta y una proposiciones, en las que se resumen sus principales errores y se condenan, parte como heréticos, parte como falsos y escandalosos.

En consecuencia, ordena que se quemen los escritos en que se contienen estos errores y se comunique a Lutero que será excomulgado si no se retracta dentro de sesenta días. Añadamos como nota interesante que, según admite el mismo Kalkoff, la mitad de los artículos tienen por base los de Juan Eck, y la otra mitad, las proposiciones censuradas por Lovaina.

La primera impresión de Lutero, muy en consonancia con su carácter, fue una mezcla de dos afectos; por una parte, una intensa preocupación y angustia sobre lo que debía hacer en un momento tan decisivo y trágico de su vida; mas, por otra, una verdadera obstinación en sus ideas, con exclusión absoluta de toda retractación, Como efecto del primer sentimiento se explica que, movido por Miltitz, dirigiera en el mes de octubre a León X una carta en la que protestaba ante el Papa de que no había cometido ninguna falta de respeto a su persona.

Sin embargo, acuciado por el segundo sentimiento, se desataba luego en invectivas contra la Iglesia, a la que designa como «cueva de asesinos,.., madriguera de malvados, peor que todas las guaridas de criminales».

Pero entre tanto la bula pontificia del 15 de junio iba produciendo muy diversos efectos en los territorios germanos. Su publicación, de la que fueron encargados Juan Eck y Jerónimo Aleander, tropezó con grandes obstáculos. Uno de los principales fue la inacción o indiferencia de muchos prelados y, sobre todo, la hostilidad de algunos príncipes.

El mismo Erasmo desacreditó públicamente la acción del Romano Pontífice.

En este ambiente se explica que Lutero, al mismo tiempo que con nuevos escritos dogmáticos consolidaba su posición y hacía ambiente en su favor, fuera envalentonándose cada vez más. Por esto empezó a dar muestras de gran desprecio de la bula pontificia, mientras le hacían eco sus principales seguidores. El humanista Hutten llegaba al extremo de devolverla a Roma, acompañada de un comentario satírico.

Finalmente, el mismo Lutero en noviembre de aquel año 1520 publicó uno de los más apasionados libelos que salieron de su violenta pluma, titulado Contra la bula del anticristo. Mas no se contentó con este acto, sino que quiso manifestar su protesta en una forma solemne y aparatosa.

Para ello invitó el 10 de diciembre a gran número de profesores y estudiantes de la Universidad de Wittemberg, y en su presencia quemó públicamente no sólo la bula pontificia, sino también el Código de derecho canónico y varios escritos de Juan Eck.

Ante esta actitud de rebeldía de Lutero, pasado el término anunciado, el romano pontífice promulgó el 3 de enero de 1521 la Bula de excomunión Decet Romanum Pontificem (ver en apartado).

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia

Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica