CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO XI

LA RELIGIÓN Y LA FAMILIA

Estudiamos en los capítulos anteriores los elementos constitutivos de la familia, réstanos ocuparnos de los factores externos a la sociedad doméstica: la Religión, elemento indispensable de su grandeza; el Estado, que puede ayudarla poderosamente a ser fuerte y próspera, como pudiese ser una fuerza que ayudara a su demolición; y la serie de factores de carácter social, que comprendemos bajo el nombre común de Enemigos de la familia, que por su misma naturaleza atentan contra su constitución, régimen y fines.

Objeto de este capítulo serán las relaciones entre la religión y la familia.

En marzo del año pasado, 1925, fundábase en París una Liga para la restauración del Hogar Cristiano, cuyo fin es agrupar a las madres de familia generosas que, comprendiendo que la familia restaurada por una vida cristiana profunda aseguraría a todo el país mejores destinos, trabajarán para la intensificación de la vida religiosa en el hogar.

El programa de la Liga propone un retorno inteligente a la vida cristiana entre esposos y entre padres e hijos. Un Boletín, muy bien redactado, lleva cada mes a las asociadas la luz, la fuerza y el consuelo que en su delicada misión necesitan.

La Liga responde sin duda a una necesidad de la hora presente, en todas partes sentida. La religión lo es todo en la familia; sin ella no hay garantía ninguna de estabilidad y fuerza para ninguno de los principios jurídico-morales que la sostienen. Fundada por Dios y restaurada por Jesucristo, la familia no puede salir de la atmósfera de Dios sin que automáticamente se degrade, ya que no muera, por cuanto Dios ha querido reservarla como germen de las grandes restauraciones sociales.

No basta la cultura, ni la fuerza y esplendor de una civilización como la nuestra, ni las leyes más o menos sabias, para mantener a la familia en el puesto de honor que le toca.

La cultura, como no es capaz de salvaguardar por sí sola los valores morales de individuos y pueblos, así tampoco sostendrá los de la familia.

Una civilización brillante, pero materialista como la nuestra, es el enemigo más formidable de la familia, porque es fuerza exterior que la desintegra absorbiendo su vida en el remolino de todas las seducciones. Las leyes, antes son hijas de las costumbres que plasmadoras de ellas: por bajo y por sobre las leyes hacen los pueblos su camino, hacia su grandeza como a su ruina.

¿Será el innegable valor moral de muchas familias que viven fuera del ambiente religioso la demostración de que puede la familia ser grande y próspera sin Dios y sin la religión?

No: la honradez natural, la hombría de bien, puede producir el fenómeno de una familia fuerte y feliz en la apariencia; pero ello será una excepción, un caso raro entre la corrupción general.

Además, por lo que toca a nuestros países, católicos de abolengo, la familia no puede substraerse súbitamente a la influencia de las fuerzas seculares que la han dignificado. Cualquiera que sea el alcance de la prevaricación de los individuos y familias en materia religiosa, todo está aún empapado, en el individuo, en la familia y en la sociedad, de la esencia del cristianismo. No cambian los pueblos bruscamente de ideología, ni de costumbre.

Todavía tiene la religión hondas raíces entre nosotros, en el pensamiento, en el corazón, en las leyes y en las instituciones; se requieren siglos para despojarse de atavismos que han doblegado la vida, en lo que tiene de más fuerte e íntimo, durante muchas centurias.

El dogma y la moral cristianos son todavía, en principio, hasta con el asentimiento de los mismos que se creen irreligiosos, las fuerzas reguladoras de la santa institución de la familia; y los principios son de gran eficacia normativa, cuando se han aceptado, aun a pesar de todas las desviaciones de la vida. Vale ello en la vida de los individuos como en la de las colectividades.

Tiene, además, la familia, adversarios formidables; ya contaremos su número y mediremos su fuerza. Sin la religión, le será imposible a la familia hacer frente a todos ellos; con la religión, no deberá temer a ninguno de ellos. Porque la religión es para la familia, no sólo el pan y el aire que le dan vida, sino un poderoso reconstituyente que defiende su organismo contra los posibles ataques de toda dolencia, y un remedio específico insustituible, capaz de inmunizarla contra las enfermedades características de la familia, que también las tiene esta institución gloriosa.

No insistimos en la demostración de una tesis que es para nosotros una verdad inconcusa, que deriva naturalmente de los capítulos anteriores.

Por ella no haremos más, en el presente, que indicar los MEDIOS PARA LA INTENSIFICACIÓN DE LA VIDA CRISTIANA EN LA FAMILIA.

 

I EL PENSAMIENTO CRISTIANO EN LA FAMILIA

Para vivir en cristiano hay que pensar en cristiano; no porque el pensamiento cristiano tenga eficacia definitiva para ordenar la vida según las exigencias de nuestra religión, sino porque el hombre, cuyo carácter específico es la racionalidad, necesita el pensamiento para conformar la vida a sus exigencias.

En este sencillo principio tenemos la explicación de la irreligiosidad, o a lo menos de la arreligiosidad de la familia moderna.

Ignorancia, indiferencia, incredulidad, hostilidad: son las fases o estados del pensamiento en orden a la verdad religiosa. Todas ellas tienen como consecuencia fatal la carencia de vida religiosa en la familia.

Digamos que la ignorancia y la indiferencia son los males más comunes, muy comunes, del pensamiento de hoy en orden a la verdad religiosa.

Y, no obstante, la familia cristiana debe pensar en cristiano. Es deber que brota de su misma naturaleza.

La familia se constituyó según Cristo, en la casi totalidad de los casos en nuestro país; el pacto matrimonial fue un sacramento de la Iglesia; los-hijos recibieron el bautismo, por el que fueron incorporados a Cristo y a la Iglesia. El mismo fin de la familia es dar hijos a la Iglesia y formarlos según la religión de la Iglesia. Luego, el pensamiento de la familia debe ser el pensamiento de Cristo y de la Iglesia, porque la vida de la familia, por todas estas razones, no puede desarrollarse fuera de la Iglesia. Es decir, que el pensamiento fundamental de la familia, porque es cristiana, debe ser cristiano.

Es la familia, además, una sociedad natural, semilla de la sociedad civil. Como tal, y bajo los dos aspectos, de sociedad autónoma y como tributaria de la gran sociedad, la familia debe ser religiosa, porque la religión es deber que atañe al hombre como individuo y como ser social. Luego nuestra familia debe ser cristiana, porque según la religión cristiana se constituyó, y cristiana es la sociedad de la que forma parte y a la que debe prestar la contribución de su vida.

Tal vez no se den cuenta nuestras familias de este aspecto social de su vida religiosa. Dondequiera haya una agrupación de seres humanos determinada por la ley natural, allí, y bajo la razón específica de la agrupación, deberán vivir religiosamente los agrupados. Así debe ser en la familia, en el municipio, en la ciudad, en la nación. Con razón se ha dicho que la familia, la ciudad y la república no son más que el hombre dilatado, un gran hombre, civil y políticamente engrandecido.

Pesan sobre él, por lo mismo, y según estas formas naturales de su crecimiento social, deberes religiosos característicos de estos estados.

Tan profundamente arraigado estuvo siempre el sentido religioso en la familia, que en todas partes aparece marcada con el sello de la religión. Recuérdese la constitución familiar de la religión en Israel: su Pascua, gran fiesta nacional de orden civil y religioso, era fundamentalmente una fiesta doméstica. Los pueblos orientales adoraron al fuego, al hogar, “dueño de la casa”. El romano tenía sus dioses lares o familiares. El culto de Jano no es originariamente más que el de las puertas de la casa, sagradas para los latinos. La diosa Vesta fue el símbolo del hogar, del fuego que es su vida; de donde las vestales y el cuidado del fuego sagrado. Multitud de dioses presidían los hechos culminantes de la familia, el nacimiento, desposorios y muerte de sus individuos.

Todas estas aberraciones del sentido religioso no son sino la demostración de que la familia, como el individuo y la sociedad, necesita, por ley natural, ser informada del pensamiento y práctica de la religión.

El cristianismo ha socializado el culto, en tal forma, que no hay más que una familia inmensa, la Iglesia Católica, que rinde a Dios el tributo de su adoración en forma oficial y pública: es la Santa Liturgia.

Pero, fuera de ella, o mejor, para preparar a ella, para darle toda la plenitud e intensidad de fuerza religiosa social, el pensamiento cristiano debe informar a los individuos y a las familias. Estas son como el laboratorio donde se forma el espíritu religioso de los individuos, y el lugar donde tiene la religión su primera manifestación social.

¿Quiénes harán brillar el pensamiento cristiano en la familia? Pesa este deber, sobre todo, sobre los padres, solidariamente. El padre y la madre, lo hemos dicho ya, son los maestros natos de sus hijos; en orden a la verdad religiosa, son los colaboradores de Jesucristo y su Iglesia en su formación mental. Ellos, pues, deben tomar la santa semilla de la fe que profesan, y sembrarla en la inteligencia y en el corazón de sus pequeños.

No insistimos en un punto ya anteriormente desarrollado.

Pero sí decimos que es antinatural y monstruoso el abstencionismo de los padres que, profesando la fe cristiana, dejan pasar los primeros años de la vida de sus hijos sin llenar su inteligencia de la verdad religiosa.

Sus almas, nuevas y blandas, predispuestas por los hábitos del Santo Bautismo, esperan ávidas se impriman en ellas los principios de nuestra fe y de nuestra moral, que no se borrarían jamás; y los padres, no sabemos si crueles, o avaros, o perezosos, o necios, no entablan comunicación espiritual con sus hijos.

¡Ellos, los padres, que serán capaces de saciar, con paciencia, la curiosidad insaciable de sus hijos en cosas baladíes, no querrán aprovechar las copiosas horas de contacto con ellos, para encender en su pensamiento la luz de la fe que iluminará su vida!

Ni les es lícito a los padres escudarse en sus ocupaciones, o descargarse en los maestros y sacerdotes. El magisterio de la doctrina cristiana en el hogar no requiere una labor larga y sistemática como la del maestro en la escuela. Basta que los padres no represen la luz de su pensamiento; la lámpara encendida arroja las tinieblas de una sala, sin más esfuerzo que brillar; así pueden el padre y la madre adoctrinar a sus hijos, con sola la voluntad de brillar sobre el candelero de su dignidad y autoridad, “para iluminar a todos los de la casa”, en frase de Jesús; dejando caer de sus labios, con oportunidad y destreza, en el juego, en el paseo, en la mesa, en las horas de solaz o de íntimas expansiones, la verdad que tendrán siempre dispuesta a flor de labios, para alimentar, como el ave a sus polluelos, las inteligencias de sus hijos.

Son los padres verdaderos ministros de Dios en este punto. Dios instituyó la sociedad conyugal, cuyo fin primario, dice Santo Tomás, es producir hombres para el culto de Dios, no hombres a secas; y ello demanda que, con la vida del cuerpo, se dé la vida religiosa a los hijos.

Son también ministros de la Iglesia los padres; porque la Iglesia tiene escaso contacto con el niño, y no puede hacer más que desarrollar la simiente que en sus almas depositen los padres.

Y lo son de la sociedad, porque nuestra sociedad cristiana tiene derecho a que se le den hombres cristianos; y no es ella la que puede hacerlos, sino que es ministerio social de los padres.

Los mismos padres deberán cuidar que no se debilite o extinga en sí mismos la luz de la doctrina cristiana.

Como todo conocimiento, así el de las cosas de la religión se empaña o se olvida. Aquí, la realidad que hemos visto y palpado nos sugiere reflexiones amargas.

La formación religiosa de la juventud peca ya de reducida y endeble. Unas fórmulas del catecismo, que llegan a poseer sólo los más aventajados, y nada más. Aún esto tiene todo el carácter de mera disciplina mental, como la gramática o la geografía, y, como no se vive, pronto se olvida. Y se llega al matrimonio, casi siempre, sobre todo en las ciudades, con nociones escasísimas de religión. ¿Qué le enseñarán a su hijo este hombre y esta mujer, si llegan a ser padres?

Entren éstos en la convicción del deber y de su responsabilidad tremenda en este punto; y esfuércense, por la lectura, por la asistencia a la catequesis parroquial, en restaurar su caudal de ideas sobre nuestra religión, que transfundan luego a sus hijos.

¿De qué medios se valdrán los padres para que el pensamiento cristiano informe el pensamiento de toda su familia? De todos los medios que estén a su alcance y que les sugieran el amor de sus hijos y su celo por la fe.

He aquí esbozado un programa de magisterio doméstico de las verdades religiosas.

Pongan los padres, sobre todo la madre, en los labios de sus hijos, desde que sepan hablar, las fórmulas más elementales, que a un tiempo son las más fundamentales, de nuestra fe: Dios, su Unidad y Trinidad, Encarnación, Maternidad de la Virgen, Pasión y muerte de Jesucristo, Redención, Cielo e infierno.

Nada comprenderán; pero la palabra, que encierra el tesoro del pensamiento religioso de los padres, estará allí en su imaginación y en su memoria, para que la informe el concepto, así que la tierna inteligencia pueda formarlo.

Como la verdad religiosa no es de simple especulación, sino que es un principio de vida, insistan los padres en aquellas verdades que se llaman hoy ideas-fuerzas, porque tienen inmediata eficacia sobre la vida misma, y hágase ver al niño, así que asome en él la idea de responsabilidad, la relación entre aquellas ideas y la acción correspondiente.

Dios nos ama, por ejemplo, para que le amemos; nos manda, para que le obedezcamos; nos amenaza, para que le temamos. El infierno es para los malos. El pecado ofende a Dios; es cosa fea, etc.

Es débil la inteligencia de los niños. Débil y refractaria a las ideas generales, abstractas, sintéticas. Predominan en él las facultades de emoción y representación singular y plástica. Como el pueblo, a quien tantas veces se ha comparado a los niños, deben ser éstos aleccionados, más que por ideas puras, por lecciones de cosas.

De aquí el alto valor intelectual de orden religioso de toda representación sensible, como sea legítima, de las cosas de nuestra religión.

Un anciano venerable que, lleno de poder y majestad, aparece en los aires, extendidos los brazos hacia la tierra en señal de efusión de su fuerza y de su amor fecundo, y, ante Él, Adán y Eva, rodeados de variadísima multitud de cuadrúpedos, aves y reptiles, en medio de una vegetación exuberante, y, en lontananza, el sol, la luna y las estrellas, fijarán en la mente del niño la idea de la creación y del poder de Dios mejor que una lección más o menos aproximada del concepto teológico de creación y omnipotencia.

De aquí el valor inestimable de la imaginería y simbolismo en nuestro culto, el valor educativo de la Liturgia Católica.

De aquí el valor de pensamiento religioso del mobiliario decorativo de una casa cristiana, cuadros, estampas, imágenes que, con sabia selección y sin quebranto de las leyes del buen gusto, debieran adornar con profusión las habitaciones de toda casa cristiana.

Reprobamos, de paso, la necia moda, iniciada o fomentada quizá por el laicismo o sectarismo, de eliminar, o sustituir por otras obras llamadas de arte, a veces por ridículas invenciones, las clásicas representaciones de asuntos religiosos.

Los padres cristianos no consentirán les falte a sus hijos la voz que les instruya en las cosas de la fe por la estampa, la imagen, la revista gráfica, el libro ilustrado.

Lo que tiene un valor de familia, a más de su valor de pensamiento cristiano, se graba hondamente en el espíritu. No hay buril como el amor, ni alma blanda como la de la infancia, ni aire vivificador como el de la atmósfera del propio hogar.

Hablen los padres, con autoridad y efusión, a sus hijos de las cosas de nuestra fe. Con autoridad, porque así lo reclama la naturaleza de la verdad religiosa y de su magisterio. Con efusión, poniendo en sus palabras toda su alma, llena de respeto para la verdad que enseñan, de acento íntimo y persuasivo, como de quien va le lo más vivo de la propia vida a lo más vivo de la del hijo; con este tono y con estas inflexiones de voz que sólo el padre y la madre son capaces de hallar en su pecho conmovido por la grandeza de la obra que realizan.

Y explíquenles, según la oportunidad, la historia sagrada, las lecciones del Santo Evangelio, los misterios de la vida de Jesús y la Virgen, el sentido de las ceremonias de la Iglesia, los pasos culminantes de la vida de los grandes santos.

Así, gota a gota, y aprovechando ojos, oídos, imaginación, corazón, pensamiento y vida entera de los suyos, hagan que irrumpa en sus almas la luz santísima de nuestra fe, de la que son los padres depositarios y apóstoles en su hogar.

Las fechas memorables de la vida de familia, un bautizo, primera comunión, matrimonio, viático o muerte, debieran ser para los padres, no sólo de intensificación de la vida cristiana en su casa, sino de mayor solemnidad y eficacia de su magisterio religioso. Son días en que la fe se vive, se practica; y, sobre todo para los entendimientos débiles, el ejercicio de la fe refluye en el alma en forma de intensísima luz de pensamiento.

Formen los padres, en su casa, una sencilla biblioteca religiosa; pocos libros bastan, no lujosos, de lectura fácil, de contenido claro y sólido, en la que no faltará un catecismo explicado y, de la sagrada Biblia, a lo menos los Santos Evangelios; y ponga estos libros en manos de sus hijos. Mejor si uno de ellos los leyera, a pequeñas dosis, ante la familia reunida.

¿No era el pan espiritual de las familias de antaño la lectura del Año Cristiano, del Kempis, de la Historia Sagrada, cuando no las había profanado esta invasión de novelería barata y de revistas de modas ridículas, o de misceláneas de pésimo gusto literario y, a veces de dudosa ortodoxia?

Y en esta distribución del pan del espíritu, no olviden los jefes de familia a su servidumbre, ni a sus obreros. Obra inestimable de caridad será su trabajo personal en este punto. Cuando no, faciliten su asistencia a los patronatos, catecismos de perseverancia y predicación, sobre todo en santa Cuaresma y misiones.

Así los padres, siendo en sus familias los maestros solícitos de la verdad religiosa, serán en la sociedad los grandes colaboradores de la fe del Evangelio (Fil., 1, 27), y harán por la salvación del mundo más que todos los legisladores y moralistas.