REYNALDO: PATROCINIO DE NUESTRA SEÑORA

LA ARMADURA DE DIOS

LA VIRGEN MARÍA

Y SU PATRONATO EN AMÉRICA

NUESTRA SEÑORA DE LA CARIDAD DEL COBRE

PATRONA DE CUBA

El siglo XVII ya había traspasado el umbral de su segunda década, y un día (que el Cielo se había propuesto coronar de gloria), entre los años 1612 y 1613, tres varones abordaron una “canoa” y se hicieron a la mar en búsqueda de sal.

La “canoa” (nombre aborigen) es un pequeño bote que se mueve por la fuerza humana y del que los primeros pobladores de la Isla de Cuba se valían para pescar en el litoral.

Para describir a aquellos tres varones, diremos primeramente que el menor de ellos respondía al nombre de “Juan”. Era un negrito de diez años de edad, descendiente de los africanos que habían sido traídos a la isla para que sirvieran como esclavos, pero a quienes el “Dios que escribe derecho sobre renglones torcidos”, valiéndose de aquel infortunio, había decidido abrirles las puertas de la verdad cristiana.

¡Sí!, para aquellos pobres negros, adoradores del palo y de la piedra, que estaban condenados a arder en el fuego eterno, el Señor de la Misericordia había decretado que “esa tribulación temporal produjera en ellos un excelente peso de gloria” (II Corintios IV-17).

Los otros dos varones eran hermanos y descendientes de los aborígenes cubanos, aunque el grupo étnico al que pertenecían no reviste importancia en nuestra historia. Baste decir que tenían sangre aborigen. Uno de ellos se llamaba Rodrigo de Hoyos y el otro Juan de Hoyos.

Entraron, pues, en la canoa en un lugar de la bahía de Nipe (en la provincia más oriental de la isla de Cuba) y comenzaron a remar. Y algo sucedió….

Vamos a citar las propias palabras del negrito Juan que, a la edad de ochenta y cinco años, explicó en detalle lo que les había ocurrido:

“… habiendo ‘ranchado’ en cayo Francés, que está en medio de la bahía de Nipe, para con buen tiempo ir a la salina, estando una mañana la mar calma salieron de dicho cayo Francés antes de salir el sol, los susodichos Juan y Rodrigo de Hoyos y este declarante, en una canoa para la dicha salina, y apartados de cayo Francés vieron una cosa blanca sobre la espuma del agua, que no distinguieron lo que podía ser, y acercándose les pareció pájaro y ramas secas. Dijeron: —“Parece una niña”. Y en estos discursos estaban, cuando reconocieron y vieron la imagen de Nuestra Señora, la Virgen Santísima con el Niño Jesús en sus brazos sobre una tablita pequeña, y en dicha tablita unas letras grandes las cuales leyó Rodrigo de Hoyos que decían: —‘Yo soy la Virgen de la Caridad’. Y fue grande su admiración al ver que Sus vestiduras no estaban mojadas. En esto, llenos de alegría, extrajeron sólo un poco de sal y se fueron al Hato de Barajagua…”

El administrador del término Real de Minas de Cobre, el Sr. Don Francisco Sánchez de Moya, ordenó levantar una ermita para colocar a la imagen y nombró a Rodrigo de Hoyos capellán de aquel lugar.

A esa ermita comenzaron a acudir peregrinos de muchos lugares para implorar el favor de la Santísima Madre de Dios, y Ella, con Su ternura maternal, escuchaba los ruegos y los respondía concediendo grandísimos favores.

Una noche, Rodrigo fue a visitar a la Virgen y observó consternado que NO ESTABA ALLÍ. Un grupo de lugareños organizó una búsqueda, pero después de unas cuantas horas, se dieron por vencidos. No la encontraron. A la mañana siguiente, ¡oh asombro!, la imagen estaba allí, en su altar, sin que nadie pudiera darle una explicación razonable a lo que había acontecido porque la puerta de la ermita había permanecido cerrada toda la noche.

Ese mismo hecho se repitió dos o tres veces más hasta que los de Barajagua pensaron que la Santísima Virgen deseaba cambiar de lugar. La trasladaron, pues, en procesión al Templo Parroquial del Cobre, donde la Virgen fue recibida con repique de campanas y gran alegría en su nuevo hogar y la colocaron en el altar mayor. Fue allí que llegó a conocerse como la Virgen de la Caridad del Cobre.

En el Cobre, la Santísima Virgen volvió a desaparecer…

Muchos vieron en ese hecho una señal de que Ella quería estar sobre las montañas de la Sierra Maestra (cordillera altísima y boscosa de la región oriental de Cuba y con muchas zonas a las cuales aún no ha llegado la civilización).

Esto se confirmó cuando una niña llamada Apolonia subió hasta el cerro de las minas de cobre donde trabajaba su madre y mientras cazaba mariposas y recogía flores, vio a la Santísima Virgen de la Caridad sobre la cima de una de las montañas. Aquella noticia se difundió por todo el lugar… Unos creían lo que decía Apolonia, otros dudaban, pero la niña se mantuvo firme en su versión y ¡ALLÁ LLEVARON A LA VIRGEN!

Fue allí en el Cobre, en 1801, donde los mineros, alentados por el Padre Alejandro Ascanio obtuvieron la libertad por Cédula Real del 7 de abril, fue allí donde se edificó con posterioridad el Santuario Nacional donde se venera a la Santísima Madre de Dios con el título de “Nuestra Señora de la Caridad del Cobre” o —como la llaman los cubanos— “la Virgen de la Caridad”. Dicho Santuario fue inaugurado el día 8 de septiembre de 1927.

Su fiesta es el día 8 de septiembre, pero todos los días del año acuden peregrinos a ese santuario llevando sus ofrendas, sus oraciones, el testimonio de los favores recibidos, etc.

Quiero añadir una experiencia personal…

Tuve el privilegio de conocer a una señora muy piadosa vecina de un barrio de La Habana llamado “Santos Suárez”. Su padre, Lorenzo Romero, era un albañil muy devoto de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

Un día, mientras se dedicaba a sus labores diarias, se resbaló del andamio donde se encontraba a una altura inmensa del suelo. A lo único que atinó aquel hombre mientras caía fue a invocar a la Santísima Virgen y le prometió que si no sufría daño, le construiría en ese barrio una capilla con toda la fachada tapizada de caracoles.

Nuestra Bendita Madre, que no deja de escuchar jamás las plegarias que brotan de los corazones de Sus hijos, lo escuchó, y del suelo se levantó nuestro amigo sin haber sufrido daño alguno. Vivió muchos años más después de construir la capilla, siempre alegre y con una salud envidiable. Murió en 1968 a la edad de 88 años.

Yo visité en muchas ocasiones esa capilla con una historia tan fascinante.

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La siguiente oración se compuso en Cuba con motivo del cuarto centenario del hallazgo de Su venerada imagen:

Virgen de la Caridad del Cobre, hija amada del Padre, Madre del Señor Jesús, templo del Espíritu Santo y Madre de todos los cubanos.

Al celebrar con alegría el cuarto centenario de la presencia de tu bendita imagen en nuestra tierra cubana, te alabamos y te damos gracias por ese regalo de Dios para nuestro pueblo, por peregrinar con nosotros cada día mostrándonos a Jesús, por animar siempre a los verdaderos fieles que guiados por el Espíritu Santo quieren servir a Dios.

María de la Caridad, mujer creyente, fortalécenos en la fe; maestra de esperanza, enséñanos a vivir esperanzados; Reina y Señora de la Caridad, muéstranos el sendero del amor, del perdón y la reconciliación.

Acompáñanos en la oración, enséñanos el camino de la conversión, ayúdanos en el compromiso y en el servicio a nuestros hermanos, especialmente a los que más sufren.

Madre de la Caridad, que eres signo y vínculo de unidad, te suplicamos por todos tus hijos que, desde dentro y fuera de la patria, desean lo mejor para Cuba, te miran como símbolo de nuestra identidad, y sienten que la Caridad nos une. Cuídanos y protégenos, líbranos de todo mal.

Contigo, primera discípula y misionera, queremos seguir anunciando a Cristo como el Camino, la Verdad y la Vida para que nuestro pueblo, en Él, tenga vida abundante, verdadera y eterna.

Santa María, Virgen de la Caridad del Cobre, ruega por nosotros a Dios.

Amén.