NO MATARÁS

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

Sobre la pena de muerte

Quinta entrega

 

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A continuación, y como complemento de los especiales sobre la pena de muerte, transcribimos el libro del Padre David Núñez:

LA PENA DE MUERTE

Frente a la Iglesia y al Estado

BUENOS AIRES 1956

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

JUSTICIA DE LA PENA DE MUERTE

ARTÍCULO I

Nociones previas

7. — Como vamos a tratar una cuestión sumamente debatida, no porque falte verdad objetiva a la parte que defendemos, sino porque partiendo los adversarios de principios enteramente contrarios a los nuestros, han de llegar también lógicamente a conclusiones contrarias; daremos una clara y sucinta idea de los fundamentos inconmovibles en que apoyamos y de donde deducimos nuestras conclusiones.

8. — El hombre ha nacido para obrar y obra para alcanzar su verdadero bien, que está en la consecución del fin último para que fue creado u ordenado por su Creador, porque sólo con su posesión puede su tendencia racional, o facultades superiores, hallar perfecto reposo y felicidad.

Pero mientras no llega a la posesión perfecta del sumo bien, que es lo que constituye su felicidad, ¿cuál es en la tierra su propio y verdadero bien? Tender hacia ella sin pararse un punto. Esa es la tarea obligatoria de su vida: ir rastreando por las creaturas los designios de su Creador, y seguirlos con actos libres, como les sigue la naturaleza con actos necesarios.

Porque a la verdad, el hombre, impulsado a obrar por el interior desequilibrio que siente mientras no halla un bien que satisfaga plenamente su tendencia racional; ve claramente con la sola luz de la razón que ese bien no se halla en los bienes particulares que le rodean, porque todos ellos son, sí, bienes, pero no el Bien real, que es objeto intencional y saciativo de la voluntad.

Guiado por la misma luz descubre asimismo que el universo es un resultado armónico de muchedumbre de creaturas que, moviéndose cada una de ellas por el principio innato que la encamina a su fin particular, según las normas trazadas por la infinita sabiduría de su Creador; ejecuta y realiza su intento, cuyo resultado es ese orden admirable, en el cual todo está subordinado al fin universal, que es la manifestación externa a la creatura racional de la perfección de su Creador; para que, conociendo la infinita excelencia de su ser, tienda a Él por la reverencia y el amor, como a objeto de su perfecta felicidad.

9. — Según eso, obrar las cosas conformes a su propia naturaleza, es obrar conforme al orden final de los designios del Creador.

Y como quiera que tratándose del hombre, creatura racional, el orden en que está colocado es el orden moral, que resulta de la conexión necesaria de los medios con el fin, por una parte; y por otra de que la creatura racional, en cuantos tales los conozca y quiera; como nadie puede impedir los designios del Creador, nadie tampoco puede impedir que el hombre tienda a Él por el libre ejercicio de su actividad.

De lo dicho resulta, primero, que todos los diversos derechos y deberes del hombre nacen del orden, que armoniza la diversidad de partes; y como por voluntad del Creador el orden es siempre inviolable, porque de otra suerte los seres ordenados no podrían conseguir su fin, resulta, finalmente, que todos deben guardar el orden moral en relación con los derechos del prójimo. Y también, que si el orden moral esencial a la sociedad es el reinado del derecho, que consiste en que en ningún caso ni en sociedad alguna sea licito permitir su violación; la violencia, que es la fuerza empleada contra naturaleza o razón, debe ser barrida en la sociedad por el conveniente uso de aquellos medios que más conducen al fin propio de la misma.

10. — He ahí la raíz última de donde brota la idea de derecho irrefragable y la de deber de justicia, que le manda al hombre mantener inviolables los derechos de sus semejantes en naturaleza; como recíprocamente puede obligar a éstos que respeten los suyos.

De aquí el deber de respetar la vida, la honra, la hacienda y todo lo demás; y el derecho correlativo a la seguridad de vida, honra, etc.; porque estos bienes son las bases primeras de todos los demás deberes y derechos existentes en la esfera social, ya que de ellos nacen como el río de la fuente (3).

Digamos ahora dos palabras para indicar la derivación más inmediata del derecho penal, ya que él es principalmente el que ha de entrar en juego en este trabajo. Es cierto que podríamos suponer todo esto, pues no es nuestro intento escribir un tratado de derecho penal razonado; pero nos place recordarlo, al menos, a quien lo sepa, o darlo a conocer a quien lo ignore, porque nos presta ocasión de exponer con claridad ciertos principios básicos de derecho natural, de que tan faltos se hallan la inmensa mayoría de los modernos tratados de esta rama tan importante del Derecho.

Hemos insinuado ya varias veces que acción social, o sea, aquella con que los asociados concurren a conseguir el fin del ser cuyos miembros son, ha de tener el mismo fin que en la creación de dicho ser se propuso la Providencia ordenadora; porque sólo él es el verdadero bien social, y por consiguiente la primera y principal medida de acción, que siempre ha de tender a facilitar a los individuos por medio del orden externo el logro de la felicidad natural.

11. — Ahora bien, ¿cómo puede la sociedad, no digo ya eximir al individuo de proveer a su propio bien, que esto nunca debe ni podría hacerlo, sino cumplir la falta de posibilidad que pueda tener en determinados casos? Con la tutela, que asegure el bien personal, y con la actividad que coopere al bien público, reduciendo a unidad la acción de la multitud.

Ahora sólo nos atañe ocuparnos de la primera, porque siendo la anarquía el peor de todos los azotes para la sociedad, la tutela social, que la evita o reprime cuando existe, es el mejor medio de su perfección.

Pero la sociedad en cuanto tal, o sea en cuanto multitud congregada para un fin común, no puede por sí misma proveer a esta necesidad, porque carece de operación UNA y ordenada; y por consiguiente necesita un principio motriz y unificativo de la acción social, en la persona del superior, y éste es la Autoridad social.

La Autoridad, pues, en nombre de la sociedad debe tutela a los derechos de los individuos. Pero ¿cuáles son esos derechos? El de vivir y el de tener los medios para ello y su libre uso o ejercicio; o en otros términos: los derechos de conservación, de dominio y de independencia, a los cuales pueden reducirse directamente o indirectamente todos los demás.

12. — Empero aunque esos derechos, como dijimos, son irrefragables, esto es, que ligan la libertad de violarlos; con todo, pueden sufrir u obstáculos de orden físico que impidan su ejercicio, acerca de lo cual nada diré ahora, por caer fuera del fin que me propongo; o agresiones de orden moral por parte de los hombres que, ora contrarresten esos derechos con otros, ora los violen por la fuerza.

Luego si la Autoridad, por ser principio de orden, esto es, por su misma naturaleza, debe tutelar los derechos individuales; debe proporcionales dos especies de protección: la del derecho vigente contra otro que se le oponga, y la del mismo derecho contra la violencia, oponiendo a la fuerza injusta del particular movida por la pasión, la fuerza social del común movida por la justicia.

La Autoridad, pues, por ser principio del orden social, debe volver al orden a los asociados cuando se apartan de él. En otras palabras, debe oponerse al delito (4), que es esencialmente enemigo y destructor de la sociedad. Porque si el derecho es una consecuencia del orden, todo lo que destruye el derecho, destruye el orden social y la sociedad misma que no puede conservarse sin el orden.

13. Según esto la Autoridad, principio de orden, repetimos, no sólo tiene derecho a conservar el orden social, sino que tiene la estrictísima obligación de hacerlo en el mismo grado que el derecho a ello, porque ambos son correlativos; de suerte que si, una autoridad quisiera desobligarse o de hecho se desobligara a conservar el orden, también perdería el derecho a conservarlo, y por tanto dejaría de ser Autoridad. Perdería el derecho a ello, porque nadie puede conceder un derecho contra su propia naturaleza. Luego la sociedad no puede conceder a nadie un derecho a conservar el orden sin la obligación de conservarlo, porque eso sería su propia ruina, lo que es contrario a la voluntad de Dios. En una palabra: dejaría de ser Autoridad, porque carecería de fin.

Y nótese que ese deber que tiene la sociedad de tutelar los derechos de cada miembro social, aunque aparentemente sea positivo, en realidad de verdad es negativo, y por consiguiente de mucha mayor obligación; de suerte que nunca lo puede descuidar sin culpa proporcional, no ya sólo al derecho que viola de la sociedad, sino también al mal que de ello se deriva, lo cual es mucho más grave todavía.

Más aún: siendo el derecho humano LÓGICAMENTE POSTERIOR AL DEBER, pues el tener yo derecho no nace en mí sino de estar el otro obligado a obedecer lo que manda Dios, supremo Ordenador, con respecto a mí; el derecho actual que pueda tener la Autoridad a emplear tal o cual medio de represión, nace del DEBER QUE TIENE DE HACERLO para cumplir con lo que manda el supremo Ordenador, de conducir a su fin la sociedad, cuya cabeza es.

Luego, consideradas bien todas las cosas según lo que pide la recta razón, la Autoridad que tiene derecho de aplicar una sanción, TIENE LA VERDADERA OBLIGACIÓN DE HACERLO, y tal que NO PUEDE DESCUIDARLA SIN VERDADERA RAZÓN SUFICIENTE, so pena de hacerse infiel a la ordenación de Dios, porque no cumple con su fin (5).

15. — Recapitulando todo lo dicho tenemos:

1) que la raíz del derecho penal es el ORDEN establecido por el Creador, el cual orden constituye el objeto final inmediato del hombre y de la sociedad en la vida presente;

2) y por consiguiente, que el FIN DEL DERECHO PENAL ES IMPEDIR EL DESORDEN O REPARAR EL ORDEN, si se hubiere perturbado;

3) que el derecho de excluir el delito está esencialmente conexo al derecho de ordenar;

4) que el poseedor del derecho penal, no es otro que el ordenador de la sociedad, o sea la Autoridad.

Veamos ahora el fin inmediato de la pena en cuanto instrumento de orden en manos del superior.

16. — Pena o castigo es un daño o sufrimiento físico impuesto en pago de un mal moral (6). Mal es la privación del bien. Bien físico es un bien exterior al individuo, como riqueza, honor, patria, libertad; o interior, como la integridad corporal, vida, etc. Por tanto, mal físico es la pérdida de alguno de estos bienes.

La pena se puede considerar en dos estados, uno el de CONMINACIÓN o amenaza; otro el de EJECUCIÓN.

Considerada en estado de conminación, tiende por sí a retraer a los súbditos de violar la ley, y en este sentido la pena es siempre MEDICINAL.

Considerada empero en el estado de ejecución, tiene un fin general mediato o último, que es deshacer lo que el delito hace, o sea, impedir el desorden o REPARAR EL ORDEN (nótese que reparar el orden no significa en absoluto reponer el antiguo estado de cosas, sino hacer triunfar todo derecho) que el delito destruye.

Y tiene varios fines parciales o inmediatos, que son los medios para realizar ese fin general, a saber:

– uno ESENCIAL Y FUNDAMENTAL: LA EXPIACIÓN, consistente en el castigo, en cuanto es vindicación o paga moral del crimen cometido; otro no esencial pero socialmente necesario, esto es, obligatorio al poder social, y es la EJEMPLARIDAD, en cuanto que el temor de la pena contribuye a convertir los juicios a la verdad y las voluntades al bien, y, consiguientemente, a impedir la violación de la ley por ignorancia o por malicia;

– y otro finalmente, NI ESENCIAL NI NECESARIO, sino puramente ACCIDENTAL Y CONVENIENTE: la CORRECCIÓN interior del delincuente, en cuanto que siendo mayor el bien que pierde por la pena que el que consigue por la culpa, quita al culpable el aliciente por el cual se rebela, y así facilita la honestidad, haciendo que el hombre sensitivo sirva al racional y trabaje por conseguir el verdadero bien del hombre, que es el bien conforme a razón.

Resumamos:

Fin de la pena:

1) Mediato o último:

a) impedir el desorden;

b) reparar el orden;

2) Inmediato o próximo:

a) esencial: la expiación;

b) no esencial, pero necesario: la ejemplaridad;

c) ni esencial ni necesario, sino accidental y conveniente: la corrección

Para que la pena tenga razón de ser, es necesario y suficiente que se obtenga el fin esencial; los secundarios pueden malograrse sin que se falte a la justicia de la pena.

De aquí la división de las penas en:

VINDICATIVAS, en cuanto que tienden a la reparación o reconstruyen el orden, esto es, al triunfo de todo derecho;

MEDICINALES, en cuanto que tienden a la corrección del delincuente, haciendo que vuelva al orden;

y EJEMPLARES, en cuanto que tienden a convertir los juicios a la verdad y las voluntades al bien.

17. — Supuestas estas nociones, tratemos ahora de justificarlas, con lo que quedará resuelto lo que arriba propusimos, a saber: que el fin mediato o último de la pena como instrumento de orden en manos del superior, es la REPARACIÓN DEL ORDEN SOCIAL. Reparación no física porque es imposible que deje de haber sido perturbado el orden que ya lo fue; sino moral, que consiste en la sumisión violenta de la voluntad, al orden libremente violado.

Ante todo decimos que la pena es un medio necesario al orden. Porque el que viola el orden lo hace por codicia de un bien sensible, en cuanto que el apetito del objeto o bien particular a que tiende la parte animal del hombre se sale de los límites trazados por la recta razón, cuyo principio moral es de TENDER AL ORDEN. Y como el apetito o impulso del bien sensible es naturalmente opuesto al mal sensible; este mal en los casos en que aquél es estímulo al desorden, sirve o es medio para restaurar el orden.

Pero la sociedad está obligada a restaurarlo cuando, como sucede ordinariamente en los delincuentes, el amor al orden no basta para determinar la voluntad a observar su primer principio moral; luego también lo estará a tomar la pena como medio de restauración; porque el que está obligado al fin, también lo está a los medios necesarios para obtenerlo.

En efecto, nosotros definimos la pena, como el mal con que se paga a aquél que mal hace. Pero de ahí no se sigue de ninguna manera que la justicia vindicativa sea un ímpetu de la pasión ciega y un instrumento puramente de dolor para el hombre sensitivo; sino al contrario, se sigue con toda evidencia que el castigo, y por tanto, la justicia vindicativa que lo impone, es esencialmente una reacción conservadora del orden, opuesta a la acción destructora del desorden.

Porque si el orden es, como dice San Agustín, la disposición de cada cosa en su propio lugar, o sea, según sus verdaderas relaciones; el desorden, al contrario, es la disolución o disposición de las cosas contraria a sus verdaderas relaciones, y como tal una cosa falsa, que repugna esencialmente al entendimiento, ya que la tendencia esencial a la verdad y al orden constituye la naturaleza misma de la humana inteligencia.

De aquí que, como sabiamente dice el P. Taparelli (ob. cit. pág. 79, n. 134), por el mismo hecho que la razón exige que se conserve el orden, EXIGE TAMBIÉN QUE SE VUELVA VIOLENTAMENTE AL ORDEN PERTURBADO, EN CUYA VIOLENCIA CONSISTE EL CASTIGO.

Ahora bien, el hombre, como ser moral, pertenece a tres clases de órdenes: el individual, que unifica su ser subordinando de diversas maneras a la razón todas sus potencias, según los diversos grados de su perfección; el social, que unifica los individuos ordenados, vinculándolos entre sí por la armonía de todas las inteligencias, la concordia de todas las voluntades y la coordinación de todos los medios para la consecución de un fin común; y el universal, que ordena las obras de todas las creaturas a su último fin, esto es, a la gloria extrínseca de su Creador.

Luego si el hombre, por ser ente moral, pertenece por naturaleza a estos tres órdenes, y todo desorden provoca una reacción que pugna por volver a restaurar con la violencia el orden perturbado; todo desorden del hombre debe necesariamente provocar una triple reacción o castigo:

REACCIÓN DE LA RAZÓN, que ordena lo interior, y de las facultades a ella subordinadas, la cual toma el nombre de REMORDIMIENTO, y va acompañada de agitación interna;

REACCIÓN DE LA AUTORIDAD HUMANA en los miembros de la sociedad, la cual se llama pena o suplicio temporal, acompañado de infamia;

REACCIÓN DEL AUTOR SUPREMO DEL ORDEN UNIVERSAL, la cual es un suplicio que no tiene límites, sino los puestos por Él sólo, acompañado de naturales desventuras, consistentes en aquellos daños que siguen naturalmente al desorden, y son una reacción de las creaturas que forman parte del orden universal (Taparelli, 1, c., pág. 79-80, n. 135).

18. He aquí cómo desarrolla y prueba Santo Tomás este punto que venimos tratando:

“Siendo todo pecado un acto desordenado, es evidente que todo el que peca obra contra algún orden, y por esto es justo que sea humillado por el mismo orden, la cual humillación es una pena o castigo.

Por consiguiente, el hombre, cuya voluntad está sometida a tres órdenes diferentes, puede ser castigado con tres órdenes de penas. Porque, en primer lugar, la naturaleza humana está subordinada al orden de la propia razón; en segundo, al orden exterior del que gobierna, sea en el orden espiritual o temporal y político; y en tercero, al orden universal de la divina Providencia. Y como todo pecado pervierte estos tres órdenes, puesto que el que peca contra la razón, contra la ley humana y contra la ley divina; el que lo comete incurre en una triple pena: la primera proviene del pecado mismo, y es el remordimiento de la conciencia; la segunda del hombre, y es suplicio temporal; la tercera, de Dios, según lo determina su justicia.” (7)

19. — Resulta, pues, de todo lo precedente, que de la idea de orden, que liga todo entendimiento y toda voluntad, porque el orden es a la vez VERDAD Y BIEN, nace espontáneamente la inclinación habitual, o más bien la exigencia natural a conseguir esa triple restauración del orden moral, equilibrando el daño producido por el acto nocivo de la culpa, con el dolor sensible o mal físico inferido con la pena al delincuente.

Dolor sensible o mal físico, porque eso exige la restauración del orden individual, de que ahora principalmente tratamos. Porque siendo el hombre, como dice muy bien el P. Taparelli (8) una voluntad libre, guiada por la razón e impulsada por el bien sensible; sólo eso influye positivamente en los extravíos de la voluntad, la cual por sí misma tiende al bien que le propone la razón, cuando no es movida en sentido opuesto por las pasiones.

20. — Luego si el mal sensible, como dijimos antes, es la privación de un bien sensible, y el hombre libremente viola el orden por conceder a la parte sensitiva ese bien sensible que le vedaba justamente la razón; para que con la reacción proporcionada quede restaurado el orden con la pena, deberá ésta:

1. hacer sufrir al delincuente un dolor correspondiente al placer que le movió a cometer la culpa;

2. no sólo privarle del bien sensible que pretendió conseguir por ella, sino además de otro igual que sobrepuje al atractivo del bien que antes poseía;

3. será, en fin, de tal naturaleza, que sobrepuje al atractivo del bien sensible que pretendió adquirir por medio del delito y a la esperanza de conseguirlo en lo futuro.

En una palabra, el castigo siempre debe sobrepujar en todas sus partes al interés que el criminal esperaba conseguir con su delito; porque si no sería imposible destruir la filosofía del delito, que consiste en burlar en todo o en parte la justicia criminal (9).

21. — De esta manera y sólo de ésta queda satisfecha la parte ofendida por el hecho pasado; la sociedad conturbada, segura del temor futuro; el delincuente defraudado del goce que esperaba como fruto de su delito, y persuadido prácticamente que no hay delito, por afortunado que sea, verdaderamente ventajoso; el equilibrio en el mismo delincuente restablecido, en cuanto su razón no puede menos de APROBAR LA JUSTICIA DE LA PENA, que le priva de una satisfacción sensible que la razón podría o hubiera podido conceder; expiado el delito cometido; todos los demás escarmentados en cabeza ajena; el orden, en fin, violado por la culpa, en cuanto es posible, restaurado por la pena (10).

Notas:

(3) Véase sobre este punto a Luis Tabarelli S. J.; Derecho Natural lib. 2º, cap. 3º.

(4) Entiendo por delito toda culpa que ofende (daña, viola) a otro en su derecho riguroso. Además tomo aquí la palabra delito en su acepción más general, porque en el lenguaje corriente, cuando la injuria es gravísima, se llama crimen, por ej., el parricidio; cuando es grave, se llama delito, vgr. el robo; cuando es leve, se llama culpa simplemente, vgr. una riña.

(5) Tabarelli, Curso elemental de Derecho Nacional, c. 3º, pág. 94, § 3º.

(6) Hay quien no admite esta noción de pena, pero no tiene absolutamente ninguna razón. Basta para probarlo analizar los elementos que contiene la definición que hemos dado, la cual, por otra parte, es la que han dado todos los grandes tratadistas, principalmente los católicos, con Santo Tomás a la cabeza.

Santo Tomás en la I-II, q. 46, a. 6, resp. a la 2ª dific., dice: “La esencia de la pena consiste en ser contraria a la voluntad, aflictiva e impuesta por una culpa”.

Penetrando bien en la razón última de esta definición, se ve su extraordinaria profundidad, en medio de su sencillez, y su perfecta consonancia con la razón. Porque aunque la pena EN SÍ MISMA no puede ser objeto de la voluntad, porque es carencia de bien; sin embargo es voluntaria en su causa, en cuanto que la voluntad, al abrazarse con el delito penado por la ley, abraza la pena misma que le es aneja. Ahora bien, las cosas reales sólo son verdaderas cuando actúan o realizan aquellas relaciones esenciales que guardan entre sí, conforme a su naturaleza; y como en la noción de pena entran dos conceptos esenciales relacionados en razón de efecto o castigo merecido y de causa o culpa cometida; tenemos que la pena o castigo doloroso que se impone por el delito, es no sólo un acto de justicia por parte de aquel a quien pertenece restaurar el orden que el delito destruye, sino también un efecto de la culpa tan necesario, que el delincuente aparece y es en realidad de verdad causa de su misma pena. Por tanto, la definición propuesta de la pena enlaza sus conceptos esenciales. Luego es la única verdadera, porque si la naturaleza de las cosas es una y sólo una, una y sólo una puede ser su definición.

De aquí se sigue también una consecuencia muy notable sobre la cual pueden meditar todos los partidarios del utilitarismo penal y es: que si el delito, por ser desorden social, merece castigo por sí mismo; ese castigo con que se reprime el delito, entraña en sí mismo un gran bien, el máximo bien de la sociedad, cual es la restauración del orden social. Luego ESTE BIEN ES EL FIN ESENCIAL DE LA PENA. En otras palabras: si la pena, considerada en su razón formal, se origina de la violación del orden social, el fin a que debe tender la pena es a la restauración del orden violado. Luego, finalmente, aun tratándose de la pena de muerte, aunque no se consiguiera con ella otro fin que éste, habría suficiente razón para aplicarla y, por consiguiente, con tal que no se excluyera positivamente ninguno de los otros fines de la pena, tanto la de muerte como cualquier otra, si obtiene el fin esencial, es enteramente justa. (Véase en el “Diccionario Espasa”, vol. 43, pág. 141, col. 2ª, un resumen de la teoría de Santo Tomás, muy bien hecho, sobre la pena).

(7) Suma Teológica I-II, q. 87, a. 1º.

(8) L. c., págs.447-9, ns. 807-811.

(9) Todo pecado, dice Santo Tomás, procede o del apetito desordenado de algún bien, o de la fuga desordenada de algún mal. Luego la reparación del orden se consigue si se hace sentir al pecador un mal o dolor tan grande cuanto fue el bien que desordenadamente apeteció o el mal que huyó también desordenadamente. (I-II, q. 77, a. 4, resp. a la 3ª dific.)

(10) “La persona a quien se infirió la injuria, recibe compensación por cierta especie de restitución del honor, con la pena del que le injurió”. (II-II., q. 67, a. 4, resp, a la 3ª dific.)

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