Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

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VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Entonces los fariseos se fueron y consultaron entre sí, cómo le sorprenderían en lo que hablase. Y le envían sus discípulos, juntamente con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios, en verdad, y no te cuidas de cosa alguna; porque no miras a la persona de los hombres: Dinos, pues, ¿qué te parece, es lícito dar tributo al César o no? Mas Jesús, conociendo la malicia de ellos, dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Y Jesús les dijo: ¿De quién es esta figura e inscripción? Dícenle: Del César. Entonces les dijo: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y cuando esto oyeron, se maravillaron, y dejándole, se retiraron.

Estamos en el martes de la Semana de la Pasión, el último día de su ministerio evangélico, y fue para Jesús una jornada de reñidas controversias.

Acababan de ser derrotados los sanedritas, cuando se presentan los fariseos, coligados con los herodianos.

Habían tenido consejo con el objeto de hallar alguna cuestión que, propuesta a Jesús, le arrancase una declaración comprometedora que diese base para delatarle al Procurador romano y entregarle en sus manos.

No puede negarse que la materia estuvo bien escogida: la cuestión del tributo; si debía o no darse el tributo al César.

Esta era una de las discusiones que por entonces más excitaban los ánimos. Cualquier declaración en esta materia era peligrosa.

Decir que no debía darse el tributo al Emperador romano, era declararse en abierta rebelión contra Roma; y allí estaba su Procurador para sofocar los primeros conatos y vengar los agravios.

Decir, al contrario, que debía pagarse el tributo al Emperador, era renunciar a la libertad e independencia nacional, era repudiar las promesas mesiánicas, era renegar de la fe de sus mayores.

Veamos, pues, en qué términos propusieron al Señor esta cuestión los fariseos y herodianos, y cómo respondió a ella el divino Maestro.

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Una vez concluido su consejo deliberativo, los fariseos se pusieron en acecho para hallar ocasión oportuna. Cuando creyeron que era tiempo, mandaron a Jesús algunos de sus discípulos, junto con algunos herodianos.

Parece ser que pensaban que por ser desconocidos esos discípulos y por ir acompañados de los herodianos, disimulaban su filiación farisaica; con lo cual creían aquellos farsantes que más fácilmente podrían sorprender a Jesús.

Fueron, además, escogidos hombres bien astutos y ladinos, que sabían representar bien el papel de justos, de que no tenían otro deseo que el de saber la verdad y conocer el camino de la justicia. A todas estas simulaciones supieron juntar, además, la más refinada lisonja.

Presentándose, pues, a Jesús le preguntaron: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios, en verdad, y no te cuidas de cosa alguna; porque no miras a la persona de los hombres: Dinos, pues, ¿qué te parece, es lícito dar tributo al César o no?

Sin apelar a su divina penetración, con sola su natural perspicacia, Jesús conoció inmediatamente la perversa maldad de aquellos farsantes.

Por eso, en vez de la respuesta simple, pero arriesgada y comprometedora, que ellos aguardaban les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas?

Y contraatacando hábilmente, cambiando la defensa en ataque, añadió: Mostradme la moneda del tributo.

Ellos, sin conocer la intención de Jesús, le presentaron un denario, el cual, indudablemente, tendría la imagen de Tiberio, como tantos ejemplares conservados hasta nuestros días.

Les preguntó entonces Jesús: ¿De quién es esta figura e inscripción?

Entonces tuvieron que responder: Del César.

Y aquí sentenció solemnemente el Señor: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

Oyendo esta inesperada respuesta, quedaron desconcertados; y no pudieron servirse de ella, sea para delatarle ante el Emperador, sea para desacreditarle delante del pueblo.

Y, entonces optaron por abandonar el combate, dejándole, se retiraron.

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Nosotros, no contentos con tan sólo maravillarnos de la sabiduría del Maestro, reflexionemos unos momentos sobre esta respuesta que, en general, es la base del orden político, y, en especial, de las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Tomada en su sentido más general, esta sentencia no es una disyunción exclusiva.

No quiere decir: o el César, o Dios… O el uno o el otro…

Significa que el César tiene sus derechos y Dios tiene los suyos.

Expresa que hay que reconocer y acatar ambos derechos; pero que los derechos del César y los derechos de Dios no son de un mismo orden, no son ambos equivalentes, no son independientes unos de otros.

Esto quiere decir que los derechos del César no limitan ni excluyen, en ningún caso, los derechos de Dios; mientras que los derechos de Dios, en realidad, llegado el caso que haya enfrentamiento entre ellos, sí limitan y excluyen los derechos del César.

El César tiene verdaderos derechos; mas estos derechos, los ha recibido precisamente de Dios. Son, por lo tanto, derechos subordinados a Dios, y que Dios ha limitado de muchas maneras.

Así pues, en general, esta sentencia del Salvador viene a decir:

Reconoced al Cesar los derechos que Dios le ha dado; pero no de manera que por ello desconozcáis y violéis los derechos supremos de Dios.

Mientras no haya conflicto, esto es, cuando los derechos del César realmente existen, acatadlos; mas, cuando entre los derechos del César y los derechos de Dios haya oposición, o sea cuando los pretendidos derechos del gobernante sean en realidad una usurpación de los derechos divinos, entonces hay que respetar los derechos de Dios.

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Jesucristo resuelve, pues, en esta respuesta la gran cuestión de los dos poderes de la sociedad: divino y humano.

Y establece los principios que rigen la relación de esas dos potestades, de donde arrancan toda la cultura y la civilización cristianas. Antes de Jesucristo estos postulados nunca rigieron en la práctica. No durante la teocracia hebrea, porque no había César; tampoco durante todo el período de los reyes judíos, y menos fuera de Israel, pues los reyes usurpaban y se arrogaban poderes divinos.

Jesucristo formula la ley fundamental en que se apoya la legitimidad de ambos poderes: el temporal y el espiritual, cada uno dentro de su esfera respectiva; así como la obligación de someterse y obedecer a cada uno de ellos, siempre que no salgan de sus atribuciones.

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En esta magnífica sentencia el Señor sintetiza todos los deberes del hombre cuyo fin es servir a Dios viviendo en sociedad con sus semejantes.

Por eso la Iglesia siempre ha enseñado que debemos obedecer a las autoridades temporales, pero sin detrimento de la obediencia debida a Dios.

Tal es la base fundamental que fija, a la vez, la semejanza y la distinción de los dos poderes, que garantiza la dignidad de los jefes de Estado y de los súbditos, sustrayendo a unos y a otros de la arbitrariedad, de la anarquía y del servilismo.

El hombre está naturalmente ordenado a vivir en sociedad. En el aislamiento no puede procurarse todo aquello que exige la necesidad y el decoro de la vida corporal. No le es dado alcanzar por sí solo todo lo conducente a la perfección de su ingenio y su alma.

El trato y la sociedad con sus semejantes, ya doméstico ya civil, es el único que puede proporcionarle lo que es necesario para la perfección de su vida.

Mas ninguna sociedad puede subsistir sin un jefe supremo que imprima a cada uno de los miembros de dicha sociedad un mismo impulso, encaminado al bien común.

Se sigue de ahí ser necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija; autoridad que, como la sociedad misma, emana de la naturaleza y, por consiguiente, de Dios mismo, que es su autor.

San Pablo lo ha enseñado: Todos han de someterse a las potestades superiores; porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios. Por donde el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten se hacen reos de juicio.

Según esta doctrina la autoridad pública no tiene derecho a exigir la obediencia de sus subordinados ni en nombre propio ni en nombre del pueblo, ni de la Constitución, sino solamente en nombre de Dios.

Cuando se reflexiona sobre las fórmulas de juramentos al asumir cargos públicos…; pero mejor es no pensar en esas blasfemias…

Suprimida la autoridad divina se derrumba toda autoridad humana, y no queda sino la anarquía o el servilismo.

Lo que engrandece a la potestad civil es el ser ésta representante de Dios, ministro de Dios.

Arránquese de la frente de la potestad civil la aureola con que la circunda la religión, ¿qué queda entonces? El hombre con sus pasiones, rebeldías y concupiscencias.

En tal caso, la obediencia resultaría vil y degradante.

Al revés, mirada la autoridad civil como emanada de Dios, conserva toda su grandeza y majestad.

Y así, una vez persuadidos los ciudadanos de que los gobernantes reciben su autoridad de Dios, deben reconocer que están obligados, en deber de justicia, a obedecer a los príncipes, a honrarlos y obsequiarlos, a guardarles fidelidad y lealtad, a la manera que un hijo piadoso se goza en honrar y obedecer a sus padres.

Por lo tanto, quebrantar la obediencia y revolucionar la sociedad, apelando a la sedición, es un crimen de lesa majestad, no sólo humana sino también divina.

La obediencia del cristiano al poder civil así considerado, no es una obediencia servil y degradante, sino digna y noble. Porque, al obedecer, obedece a Dios, de quien procede toda ordenada potestad.

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Si hay que dar al César lo que es del César, con mayor razón hay que dar a Dios lo que le pertenece.

Así los individuos, como las familias y las sociedades, son pertenencia de Dios y deben rendirle homenaje de alabanza, de adoración y de amor.

La sociedad política, dice León XIII, debe cumplir por medio del culto público las muchas e importantísimas obligaciones que le ligan con Dios. La razón y la naturaleza, que mandan a cada uno de los hombres dar culto a Dios piadosa y santamente, porque estamos bajo su poder, porque de Él hemos salido y a Él hemos de volver, urgen con la misma ley a la comunidad civil.

Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios unidos en sociedad que cada uno de por sí; ni está la sociedad menos obligada que los particulares a dar gracias al Supremo Hacedor que la formó y estableció, que la conserva con su Providencia y derrama sobre ella innumerables beneficios y bienes de toda clase.

Por esta razón, así como no es lícito descuidar los propios deberes para con Dios, y el primero de todos es profesar de palabra y de obra, no la religión que a cada uno le acomoda, sino la que Dios manda y nos consta por argumentos ciertos e irrecusables ser la única verdadera; de la misma suerte no pueden las sociedades políticas proceder como si Dios no existiese, ni volver las espaldas a la religión como si les fuera cosa extraña; ni mirarla con esquivez o desdén como si les fuera inútil y embarazosa; ni, en fin, otorgar indiferentemente carta de ciudadanía a cualquier culto.

Antes, por el contrario, tiene el Estado político obligación estricta de admitir en todo y por todo y de profesar abiertamente aquella religión que el mismo Dios ha demostrado que quiere, aquélla que Jesucristo en persona instituyó; confiándola a su Iglesia para que la mantuviera y dilatara por todo el universo.

La vida moderna, que comenzó en 1303, se caracteriza por una rebelión contra todo lo divino, por el alejamiento de Dios tanto de la vida pública como ya también de la vida privada.

Por eso la sociedad se desquicia, porque falta a la autoridad el sello de lo divino, porque sobre la frente de las potestades de la tierra no brilla la aureola de la autoridad de Cristo.

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Por todo esto, vemos que esta sentencia de Jesucristo tiene, además del general, un sentido particular y concreto.

El Señor no sólo no contrapuso los derechos del César con los derechos, por así decir, personales e inmediatos de Dios, sino que tampoco los enfrentó con los derechos que el pueblo de Israel había recibido de Dios.

De hecho, les dice a los judíos que den al César lo que es del César…

Pero, como el pensamiento de Jesús tiene mayor transcendencia todavía, quiso establecer claramente el orden entre los derechos del César, o del Estado político, y los derechos de la sociedad que Él estaba fundando, la Iglesia.

Existen dos sociedades perfectas distintas, aunque de ninguna manera contrarias: la civil y la religiosa, el Estado y la Iglesia; ambas con derechos propios, derivados igualmente de Dios, y que, por consiguiente, deben unos y otros reconocerse y respetarse.

En este sentido, hay que dar al César lo que Dios quiere que demos al César, y hay que dar a la Iglesia lo que Dios quiere que demos a la Iglesia.

Pero, en la misma manera clara y precisa de hablar, muestra Jesús que los derechos civiles y los religiosos no son igualmente divinos, puesto que a los primeros los llama simplemente derechos del César y a los segundos los llama derechos de Dios.

La razón es clara.

Verdad es que tanto el César como la Iglesia reciben sus derechos de Dios; pero los reciben de muy diferente manera.

El César sólo impropiamente puede apellidarse representante y vicario de Dios; en cambio, la autoridad eclesiástica, es un representante y vicegerente de Jesucristo, que conserva la soberanía y el gobierno de la Iglesia.

Además, hay que recordar que Jesucristo es también, no sólo como Dios, sino incluso como hombre, soberano de todos los reinos de la tierra; y que, por tanto, puede limitar los derechos naturales del Estado civil.

Por último, no hay que olvidar que el fin y el objeto propio de ambas autoridades es muy diferente: como que el de la autoridad civil es de suyo meramente natural, mientras que el de la autoridad eclesiástica es superior a toda naturaleza.

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A la luz de estos principios, y con un poco de lógica y buena voluntad, podremos entender cuál es, en la mente de Cristo y, por tanto, en el derecho divino, la relación entre la Iglesia y el Estado.

Al Estado hay que reconocerle los derechos con que Dios lo ha investido; pero el hecho de la institución divina de la Iglesia, cuyos derechos ha establecido el mismo Jesucristo, determina, precisa e incluso limita los derechos del Estado.

Por de pronto, Cristo tiene derecho a ser reconocido como Rey, no sólo por los individuos, sino también por el Estado civil, sobre quien tiene verdadera autoridad.

De ahí, consiguientemente, la obligación del Estado a reconocer a la Iglesia como Reino de Jesucristo, con todos los derechos de que su divino Fundador la ha investido.

De ahí que el Estado no puede prevalerse justamente de la fuerza contra la Iglesia.

Y pues es la voluntad de Cristo ordenar lo natural a la salud eterna, de ahí la subordinación indirecta del Estado a la Iglesia, incluso en las cosas que propiamente pertenecen a la jurisdicción del Estado.

De ahí también la obligación de dejar a la Iglesia la libertad necesaria para cumplir con la divina misión que Jesucristo le ha confiado, y de impedir, incluso con la fuerza, que nadie coarte esta libertad.

Y cuanto más el Estado favoreciese la acción de la Iglesia, aunque sin entrometerse en su gobierno ni usurparle sus sagradas funciones, tanto más de lleno cumpliría con los designios de Jesucristo, y podría esperar que esto redundase finalmente aun en la prosperidad material y natural que le ha sido confiada por Dios.

Derechos tiene el Estado, y derechos tiene la Iglesia; mas la historia enseña que quien ordinariamente ha usurpado los derechos ajenos no ha sido la Iglesia, sino el Estado; el cual, apelando a la violencia, ha querido arrebatar a la Iglesia los derechos que Jesucristo le ha comunicado a ella.

Sería, pues, justo y razonable que sus hijos saliesen a su defensa y reivindicasen sus derechos divinos…

Aunque sabemos, y lo he explicado en otras ocasiones, que ya es demasiado tarde para ello… demasiado tarde…

Hoy, cuando el César ha despojado y esgrime derechos que no son suyos…, cuando incluso ha desnaturalizado su propia dignidad…; hoy, cuando los apóstatas y herejes usurpan y manipulan la autoridad eclesiástica…, sólo nos queda implorar: ¡Ven, Señor Jesús!

Ven, Señor Jesús, a restablecer todas las cosas…, las del César y las de tu divino Padre…, pues ambas han sido traicionadas y están en manos espurias…

¡Ven, Señor Jesús!, pues sólo nos queda dar a Dios lo que es Dios en el orden familiar…, e incluso tan sólo en el orden individual…

¡Ven, Señor, Jesús!