EN LA ESCUELA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

CONSERVANDO LOS RESTOS

SUMA TEOLÓGICA

IIa-IIæ Cuestión 68

LA ACUSACIÓN INJUSTA

Corresponde a continuación tratar de lo concerniente a la acusación injusta.

Acerca de esto se plantean cuatro preguntas:

1ª. El hombre, ¿está obligado a acusar?

2ª. ¿Debe hacerse la acusación por escrito?

3ª. ¿De qué modo es viciosa la acusación?

4ª. ¿Cómo deben ser castigados los que acusan falsamente?

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ARTÍCULO 1

El hombre, ¿está obligado a acusar?

Objeciones por las que parece que el hombre no está obligado a acusar:

1ª. Nadie está eximido por un pecado del cumplimiento de un precepto divino, puesto que, en este caso, reportaría ventaja de su pecado. Pero algunas personas, a causa de su pecado, se hacen inhábiles para acusar, como los excomulgados, los desacreditados y los que son acusados de grandes delitos, antes que se demuestre ser inocentes. Luego el hombre no está obligado por precepto divino a acusar.

2ª. Todo débito depende de la caridad, que es el fin del precepto (I Tim., 1, 5); por lo cual se dice en Rom., 13, 8: Nada debáis a nadie, a no ser amor de unos a los otros. Mas el deber de caridad lo tiene el hombre para todos, grandes y pequeños, súbditos y superiores. Luego, no debiendo los súbditos acusar a los prelados ni los menores a sus mayores, como se prueba en muchos capítulos del Decreto, parece que nadie está obligado por deber a ser acusador.

3ª. Nadie está obligado a obrar contra la fidelidad que debe al amigo, puesto que no debe hacer a otro lo que no quiere que se haga con él. Ahora bien: el acusar a alguien va algunas veces contra la fidelidad que se debe a un amigo, como se expresa en Prov., 11, 13: Quien anda con doblez, descubre los secretos; mas el que es fiel calla lo que el amigo le confió. Luego el hombre no está obligado a acusar.

Contra esto: está Lev., 5, 1, que dice: Si pecase una persona porque, aun oyendo la declaración bajo juramento, y habiendo sido testigo de un hecho que vio o del que tuvo conocimiento, no lo denunciara, llevará consigo su iniquidad.

Respondo: Como se ha expuesto (q. 67, a. 3, ad 2), la diferencia entre la denuncia y la acusación estriba en que en la denuncia se atiende a la enmienda del hermano; sin embargo, en la acusación se busca el castigo del crimen.

Pero las penas de la vida presente no se infligen por sí mismas, puesto que no está aquí aún el tiempo último de la retribución, sino en cuanto que son medicinales y sirven ya para la enmienda del pecado personal, ya para el bien del Estado, cuya tranquilidad se procura por el castigo de los delincuentes.

El primero de estos fines se alcanza en la denuncia, como se ha expresado; pero el segundo pertenece propiamente a la acusación.

Por consiguiente, si el crimen fuese tal que redundara en detrimento del Estado, el hombre está obligado a la acusación con tal de que pueda aportar prueba suficiente, lo cual corresponde al cargo de acusador; tal ocurre, por ejemplo, cuando el pecado de alguno redunda en daño, ya corporal, ya espiritual, de la sociedad.

Pero si el pecado no fuese tal que redundase en contra de la comunidad, o también si no pudiese ofrecer prueba suficiente, no hay obligación de intentar la acusación, puesto que nadie está obligado a lo que no puede llevar a su término de una manera legítima.

A las objeciones:

1ª. Nada impide que por el pecado se vuelva alguno impotente para realizar aquello que los hombres están obligados a hacer; por ejemplo, merecer la vida eterna y recibir los santos sacramentos. Pero tampoco el hombre reporta de esto una ventaja; antes bien, faltar a esas obligaciones que está obligado a hacer, es ya una pena gravísima, puesto que los actos virtuosos son perfecciones del hombre.

2ª. Está prohibido a los súbditos acusar a sus prelados, si pretenden difamar y censurar su vida, no por afecto de caridad, sino por malicia; o también si los súbditos, al querer acusar, fuesen ellos mismos culpables, como está prescrito en el Decreto II c.7. De lo contrario, si reúnen las condiciones y aptitudes convenientes, les es lícito acusar por caridad a sus superiores.

3ª. Revelar los secretos en perjuicio de una persona es contrario a la fidelidad, pero no si se revelan a causa del bien común, el cual siempre debe ser preferido al bien particular. Y por esto no es lícito recibir secreto alguno contrario al bien común. Sin embargo, no es absolutamente secreto lo que puede probarse por testigos suficientes.

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ARTÍCULO 2

¿Es necesario que la acusación se haga por escrito?

Objeciones por las que parece que no es necesario que la acusación se haga por escrito:

1ª. La escritura ha sido inventada para ayudar a la memoria humana acerca de cosas pretéritas. Mas la acusación se refiere a algo presente. Luego la acusación no necesita de escritura.

2ª. Prescribe el Decreto II c.8: Ningún ausente puede acusar ni ser acusado por otro. Pero la escritura parece ser útil para transmitir algo a los ausentes, como prueba Agustín en X De Trin. Luego la escritura no es necesaria en la acusación, sobre todo cuando dice el canon que ninguna acusación se reciba por escrito.

3ª. El crimen de una persona se revela tanto por la acusación como por la denuncia. Mas en la denuncia no es necesaria la escritura. Luego parece que tampoco lo es en la acusación.

Contra esto: está el Decreto II c.8, que establece: Las personas de los acusadores nunca sean admitidas sin la presentación de un escrito.

Respondo: Como se ha dicho (q. 67, a. 3), cuando en los crímenes se procede por vía de acusación, el acusador se constituye en parte, de modo que el juez ocupa el término medio entre el acusador y el que es acusado para proceder al examen de la justicia, en lo que conviene, en cuanto le sea posible, actuar con garantías de certeza.

Pero, puesto que lo expresado de palabra se borra fácilmente de la memoria, el juez no podría estar seguro, cuando llegase a sentenciar, qué se ha dicho y de qué modo ha sido dicho si no estuviese formulado por escrito.

Y por esto, con razón, se ha establecido que la acusación y las otras diligencias de un proceso sean redactadas por escrito.

A las objeciones:

1ª. Es difícil, dada la multitud y diversidad de las palabras, retener cada una de ellas, como se evidencia por el hecho de que muchos que han oído las mismas palabras, si fueran interrogados, no las referirían de la misma manera, incluso después de muy poco tiempo transcurrido.

Y, sin embargo, una pequeña diferencia de las palabras puede variar el sentido; por lo que, aunque deba el juez promulgar en corto plazo la sentencia, conviene, no obstante, para la seguridad del juicio, que la acusación se formule por escrito.

2ª. La escritura no sólo es necesaria por la ausencia de la persona que comunica o del destinatario, sino también por el transcurrir del tiempo, como se ha expuesto (ad 1). Por consiguiente, cuando dice el canon citado: No se reciba por escrito acusación de nadie, debe entenderse del ausente que por carta envía su acusación; mas no se excluye con esto que, si el acusador está presente, sea necesaria la escritura.

3ª. El denunciante no se obliga a probar, por lo cual no es castigado si no puede probarlo. Y, por ende, para la denuncia no es necesaria la escritura, sino que es suficiente si se denuncia verbalmente el hecho a la autoridad eclesiástica, la cual, en virtud de su oficio, procederá a la enmienda del hermano.

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ARTÍCULO 3

La acusación, ¿se hace injusta por mediar en ella calumnia, prevaricación o tergiversación?

Objeciones por las que parece que la acusación no se hace injusta por mediar en ella calumnia, prevaricación o tergiversación:

1ª. Según prescribe el Decreto II c.3, calumniar es acusar de crímenes falsos. Ahora bien, algunas veces una persona acusa a otra de un crimen falso por ignorancia del hecho, la cual le excusa. Luego parece que no siempre la acusación se convierte en injusta, aunque sea calumniosa.

2ª. Se dice allí mismo que prevaricar es ocultar crímenes verdaderos. Pero esto no parece ser ilícito, puesto que el hombre no está obligado a descubrir todos los crímenes, como se ha expuesto anteriormente (a. 1; q. 33, a.7). Luego parece que la acusación no se hace injusta por la prevaricación.

3ª. De igual modo se consigna en el mismo texto que tergiversar es desistir totalmente de la acusación. Mas esto puede hacerse sin injusticia, pues se añade allí mismo que, si alguien se arrepintiese de haber formulado acusación o inscripción en materia criminal sobre lo que no pudiese probar, póngase de acuerdo con el acusado inocente y absuélvanse recíprocamente. Luego la acusación no se convierte en injusta por la tergiversación.

Contra esto: está el hecho de que allí mismo se dice: La temeridad de los acusadores se revela de tres maneras: o bien calumniando, prevaricando o tergiversando.

Respondo: Como se ha expuesto (a. 1), la acusación se ordena al bien común, al que se propone servir a través de dar a conocer el crimen.

Más nadie debe dañar a otro injustamente a fin de promover el bien común.

Por eso, en la acusación sucede que el pecado se puede dar de dos maneras:

Primera, por obrar injustamente contra el que es acusado, imputándole crímenes falsos, lo cual es calumniar.

Segunda, por parte del Estado, cuyo bien principalmente se intenta por la acusación, mientras uno impide maliciosamente el castigo del delito.

Y esto tiene lugar de dos modos:

Primero, empleando el fraude en la acusación, lo cual pertenece a la prevaricación, pues el prevaricador es como un transgresor que ayuda a la parte contraria, abandonando su propia causa.

Segundo, desistiendo totalmente de la acusación, lo cual es tergiversar, pues desistir de lo ya comenzado parece como volver la espalda.

A las objeciones:

1ª. El hombre no debe proceder a la acusación sino sobre aquello de lo que esté plenamente cierto, en lo cual no tenga lugar alegar ignorancia del hecho. Sin embargo, no calumnia todo el que imputa a otro un crimen falso, sino solamente el que por malicia se lanza a una falsa acusación. Pues sucede a veces que por ligereza de espíritu se procede a la acusación, es decir, porque se haya creído demasiado fácilmente lo que se ha oído; pero esto es propio de la temeridad. Otras veces es movido uno a acusar por error justificable. Todos estos extremos deben ser discernidos por la prudencia del juez, a fin de que no declare calumniador al que por ligereza de espíritu o por justificable error formuló una acusación falsa.

2ª. No prevarica todo el que oculta crímenes verdaderos, sino sólo si fraudulentamente calla sobre los que por su acusación deberían revelarse, concertándose con el reo, disimulando pruebas propias y admitiendo falsas excusas.

3ª. Tergiversar es desistir de la acusación, deponiendo absolutamente la intención de acusar, no de cualquier modo, sino indebidamente. Pero sucede que uno puede desistir de la acusación honestamente, y sin vicio, de dos modos: primero, si en el proceso mismo de la acusación llegare a conocerse que es falso aquello de lo que se acusó, y entonces acusador y acusado desisten de común acuerdo; segundo, si el príncipe a quien pertenece el cuidado del bien común, al que la acusación tiene por fin servir, anulare ésta.

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ARTÍCULO 4

El acusador que no ha podido probar, ¿está obligado a la pena del talión?

Objeciones por las que parece que el acusador que no ha podido probar no está obligado a la pena del talión:

1ª. Sucede a veces que uno, por error justificable, procede a la acusación, y en este caso el juez absuelve al acusador, como se establece en el Decreto II c.3. Luego el acusador que no pudiere probar, no está obligado a la pena del talión.

2ª. Si hubiera que aplicar pena del talión al que acusa injustamente, sería a causa de la injuria cometida contra alguien, mas no por la injuria inferida a la persona del acusado, pues en tal supuesto el príncipe no podría perdonar esta pena; ni tampoco por la injuria causada al Estado, porque entonces no podría el acusado absolverle. Luego no es debida la pena del talión al que falla en la prueba de su acusación.

3ª. A un mismo pecado no corresponden dos penas, según aquello de Nah., 1, 1: No condenará Dios dos veces por una misma cosa. Mas el que no puede probar incurre en la pena de infamia, la cual ni siquiera el Papa parece que pueda perdonar, según expresa el papa Gelasio: Aunque Nos podemos salvar las almas por la penitencia, no podemos, empero, abolir la infamia. Luego no está obligado el acusador a la pena del talión.

Contra esto: está el Papa Adriano, que ordena: El que no pruebe aquello de que acusa, sufra él mismo la pena que quiso inferir.

Respondo: Como se ha dicho (a. 2), el acusador se constituye parte en el procedimiento de la acusación, pretendiendo el castigo del acusado, y al juez compete, por el contrario, establecer entre ambos la igualdad de la justicia.

Mas esta igualdad de la justicia requiere que el daño que el acusador buscaba para otro lo sufra él mismo, según aquel texto de Ex., 21, 24: Ojo por ojo, diente por diente.

Por esta razón, es justo que el que por alguna acusación expone a otro al peligro de un grave castigo, sufra también él mismo semejante pena.

A las objeciones:

1ª. Según demuestra Aristóteles en V Ethic., en la justicia no es siempre preciso que se dé la reciprocidad de manera absoluta, porque hay una gran diferencia entre si uno perjudica a otro voluntariamente o le daña involuntariamente. Quien actúa voluntariamente merece la pena; en cambio, al que involuntariamente lesiona debe otorgársele el perdón.

Por tanto, cuando un juez llega a conocer que un hombre ha acusado falsamente, mas no con intención de dañar, sino involuntariamente, por ignorancia procedente de error justificable, no le impone la pena del talión.

2ª. El que acusa injustamente peca no sólo contra la persona del acusado, sino también contra el Estado; de ahí que, por ambos conceptos, deba ser castigado. Esto es lo que establece Dt., 19, 18-19: Si los jueces, después de haber hecho una diligentísima investigación, averiguasen que el testigo falso ha dicho mentira contra su hermano, le tratarán como él intentó que fuera tratado su hermano, lo cual pertenece a la injuria inferida a la persona del acusado.

Después, en cuanto a la injuria causada al Estado, se añade (v. 19-20): Y quitarás el mal de en medio de ti para que, oyéndolo los otros, teman y de ningún modo se atrevan a realizar tales cosas.

Sin embargo, si acusa falsamente, comete injuria de modo especial a la persona del acusado. Por consiguiente, el acusado, si fuese inocente, puede perdonar su injuria, máxime si no hubiese sido calumniosa la acusación, sino por ligereza de espíritu; pero, si se desiste de la acusación del inocente por confabulación con el adversario, cométese injuria contra el Estado, y esto no le puede ser perdonado por el que es acusado, sino por el príncipe, que tiene el cuidado del Estado.

3ª. El acusador merece la pena del talión en resarcimiento del daño que intenta inferir al prójimo, pero además se le debe castigar con la pena de infamia a causa de la malicia con que calumniosamente acusa a otro; y, en efecto, a veces el príncipe perdona la pena y no abroga la infamia; pero otras borra también la infamia. Por tanto, también el Papa puede suprimir tal infamia, y lo que dice el papa Gelasio: No podemos abolir la infamia, debe entenderse, ya de la infamia de hecho, ya porque es inoportuna la abolición en ciertas ocasiones; o también se refiere a la infamia irrogada por el juez civil, como dice Graciano.