EL IMPERIO CATÓLICO

Conservando los restos

LA HISPANIDAD

El 2 de enero de 1492, en las almenas de Granada se alzó la enseña de Cristo, mientras que el estandarte de la Media Luna era arriado. En el mismo año, las carabelas de Colón avistaban América, precisamente el 12 de octubre.

La España que nos conquista es la España de los Reyes Católicos, la de Isabel y Fernando; la España que nos educa es la España de Carlos V, ante todo, quien retomó la antigua noción romana de Imperio, según la cual todos los hombres eran considerados al modo de una gran familia, pero transfigurada por la idea de Imperio Católico como marco temporal de la expansión misionera del mensaje evangélico, entendiendo continuar el Imperio Carolingio y el Imperio Romano-Germánico; y también de Felipe II, bajo cuyo reinado “la cristiandad iberoamericana alcanzó su plenitud”.

No hubo ninguna nación colonial de los siglos XVI y XVII que respetara tanto a los aborígenes de los lugares conquistados como lo hizo España.

España además de conquistar vino a evangelizar, llenó de misiones, conventos, sacerdotes y Santos toda América.

No se ha de creer en la historia reformada por el liberalismo y la masonería, porque es mentira.

Bendita sea la espada que trajo el Evangelio y la cultura a estos lares, hasta ese entonces olvidados de Dios.

LA VIRGEN DEL PILAR, REINA Y PATRONA DE LA HISPANIDAD

Ninguna otra advocación de la Santísima Virgen puede alegar los mismos títulos que la del Pilar, para proclamarla Reina y Patrona de la Hispanidad.

Para esto se necesita una advocación que recuerde, no solamente a la Celestial Señora y alguno de sus singulares privilegios o favores de orden general, sino también algún beneficio especial directamente relacionado con la entidad patrocinada.

Concretamente, tratándose de la gran familia de naciones que se denomina Hispanidad, se necesita que la advocación elegida recuerde algún hecho especialmente relacionado con todos los miembros de ella, tanto los del Viejo Mundo como los del Nuevo.

Ahora bien, el hecho especial directamente relacionado con todas las cristiandades hispánicas de ambos hemisferios es la maternidad originaria de su Fe, maternidad que ostenta especialmente la Virgen Santísima bajo el título del Pilar, por el hecho de haber venido a España en carne mortal, como misionera de la fe de su Hijo y consoladora y alentadora del Apóstol Santiago y de sus discípulos, primer núcleo de la Iglesia Hispánica, de la cual tomó posesión al estilo romano, plantando en su suelo a modo de mojón posesorio, el Pilar de jaspe que por ministerio angélico, según antiquísima tradición aprobada por la Iglesia, trajo de Jerusalén y entregó a Santiago como base para edificar en su nombre el primer templo mariano del mundo.

Si Santiago es el Padre de la Fe Hispánica, la Virgen Santísima del Pilar es su Madre; y tanto España y Portugal, que entonces formaban la única Hispania evangelizada por Santiago, como todas las naciones que de ellas han recibido el ser religioso, como extensión vegetativa de su Iglesia, deben reconocer, en último análisis, como a Madre común de sus respectivas cristiandades a la Virgen Santísima que veló su cuna desde el Pilar de Zaragoza. La Capilla Angélica, levantada por Santiago en torno de aquel Pilar, es literalmente la Casa Solariega de todas las Iglesias de la Hispanidad, con genealogía mariana de la más noble prosapia.

No reviste los mismos caracteres de maternidad originaria y extensión universal ninguna otra de las santísimas y devotísimas advocaciones que abundan en la Hispanidad de ambos mundos. Todas ellas recuerdan favores más o menos particulares, limitados a determinada nación, región o época, siempre posterior y muy lejana del nacimiento de la Cristiandad Hispánica, sin relación de origen y fundamento para toda ella.

Existe una advocación que, bajo el aspecto de universalidad, podría figurar como apropiada para la finalidad propuesta del Patronato sobre toda la Hispanidad: es la de la Inmaculada Concepción.

En efecto: el 17 de julio de 1760, según narra La Fuente en su Historia General (Tomo IV, pág. 124), reunidas las Cortes del Reino en el Palacio del Buen Retiro de Madrid, bajo la presidencia del Rey Carlos III, con asistencia de los Procuradores de todos los reinos de España y América, “acordaron por unanimidad de votos suplicar al rey se dignase tomar por singular patrona y abogada de estos reinos y los de Indias y demás a ellos anexos e incorporados, a la Virgen Santísima, bajo el misterio de la Inmaculada Concepción, sin perjuicio del patronato que en ellos tiene el Apóstol Santiago… y que se dignara solicitar bula de Su Santidad en aprobación y confirmación de éste”.

Así lo concedió el Sumo Pontífice, casi un siglo antes de que Pío IX definiera el dogma de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1854.

Antes de la definición dogmática de Pío IX, tenía cierto carácter especial hispánico la arraigada devoción de España y América al misterio de la Inmaculada Concepción del cual fueron entusiastas defensores y campeones nuestros teólogos y nuestro pueblo. El mismo Pío IX, cuando se erigió en Roma el grandioso monumento conmemorativo de la Inmaculada Concepción, eligió como lugar de emplazamiento para el mismo la Plaza de España, y fue personalmente a bendecirlo desde los balcones de la Embajada de España, en reconocimiento de la parte especialísima que había tenido nuestro pueblo en la defensa y propaganda de este misterio.

Pero, desde entonces, la devoción a la Inmaculada es felizmente patrimonio universal de todas las naciones e iglesias del mundo.

La Virgen del Pilar está directamente relacionada con el pueblo hispánico, tanto ahora como en todos los siglos venideros, con sede y hogar tangible en ese suelo, con marca indeleble en la historia, con destellos consoladores de predilección maternal, con ecos de esperanza para el porvenir de toda la Cristiandad Hispánica.

No quiere decir esto que se modifique el patronato de la Inmaculada para España, ni todos los demás patronatos marianos de las diversas naciones de la Hispanidad. Se trata de un asunto diferente. Se trata de estudiar cuál sería la advocación más apropiada para una entidad distinta de cada una de las naciones hispánicas, para el cuerpo colectivo de todas ellas, para la gran familia étnica de la Hispanidad. Se trata de la provisión de un trono hasta ahora oficialmente vacío, sin desdoro de ningún derecho adquirido precedente. Ese trono está reservado ya en nuestros corazones para la Virgen del Pilar, y que será reconocido con el tiempo para ella por las Autoridades a quienes corresponde la declaración oficial.

Monseñor Zacarías de Vizcarra

12 de Octubre de 1946

Gracias España, Madre Patria, por traernos el Evangelio,

a Cristo y a Nuestra Señora, la Santísima Virgen.

En la constante y prodigiosa intervención de la Santísima Virgen María en favor de sus hijos ocupa un lugar de predilección su aparición a Santiago el Mayor a orillas del Ebro, en Zaragoza, España.

Santiago Apóstol, habiendo recorrido todo el norte de España predicando el Santo Evangelio, no había obtenido mucho fruto; sólo había convertido a siete personas, que tomó como discípulos.

Desanimado por la situación se dispuso permanecer toda una noche en oración junto con sus compañeros para obtener gracias para su apostolado. Transcurría la noche del 1º al 2 de enero del año 40 cuando los siete discípulos, vencidos por el cansancio, terminaron por dormirse; el Apóstol Santiago continuó solo en oración.

Al mismo tiempo oraba la Santísima Virgen María en su oratorio del monte Sión, en Jerusalén. Presentándosele su glorioso Hijo le comunicó su voluntad de que fuese a visitar a Santiago y ejecutase todo cuanto le dictaba su inspiración.

Un coro de Ángeles la colocaron en un brillante Trono de Luz y la llevaron a Zaragoza cantando alabanzas a Dios y a su Reina. Otros Ángeles formaron una imagen suya de una madera incorruptible y labraron una columna de mármol de jaspe, que le sirvió de base.

El Apóstol vio venir a la Santísima Virgen llevada por los Ángeles. Absorto por maravilla tan asombrosa, veneró a la Madre de Dios con la mayor humildad y rendido agradecimiento.

Grande fue su alegría al ver a la Madre de su Señor, y mayor aún cuando la Santísima Virgen le habló anunciándole que su predicación en España no sería estéril, como hasta ese momento le había parecido; sino que esa semilla que él había esparcido por la predicación daría abundantísimos frutos.

Le prometió, además, que en España habría siempre gente que guardaría la fe.

Finalmente, le pidió que edificara allí un oratorio en su honor, erigiendo por título su imagen sobre la columna trabajada y traída por los Ángeles, asegurándole que éstas permanecerían hasta el fin del mundo, que aquel templo sería su casa y heredad y que prometía su especialísima protección a cuantos la venerasen en él.

Luego de llenar de celestiales bendiciones a su discípulo, los angélicos ministros la llevaron nuevamente al oratorio de la casa de Sión, quedando uno de los Ángeles para custodio de la Imagen, de la Columna y de la basílica que habría de construir Santiago.

El Apóstol quedó muy alentado con esta visión; continuó predicando en España y al cabo de poco tiempo marchó hacia Jerusalén, no sin haber enviado antes a sus siete discípulos para que San Pedro los consagrase obispos. Estos son los que conocemos con el nombre de los “siete varones apostólicos”, los siete primeros obispos de España.

En Jerusalén, Santiago el Mayor sufrió el martirio al ser decapitado por el rey Herodes en el año 42.

El 13 de octubre de 1640, la ciudad de Zaragoza hizo voto solemne de guardar fiesta el 12 de octubre en memoria de la Venida de la Virgen y del Descubrimiento de América.

En el contexto de lo que llamamos “la hora de María”, podemos preguntarnos ¿qué beneficios aportó a España, y nos aporta a nosotros, esta venida de la Madre de Dios en carne mortal a Zaragoza?

Si consideramos atentamente, son dos las gracias otorgadas y de las cuales podemos aprovechar:

1ª) El don de la Fe. La Santísima Virgen visitó España para llevar la Fe Católica; esa creencia sin la cual nadie puede salvarse.

Desde el momento que la Madre de Dios bendijo las tierras españolas con su presencia personal y con su Imagen y Pilar milagrosos, la religión católica comenzó a producir sus frutos.

Una parte importante del patrimonio y de la herencia de esa Fe Católica está constituida por la devoción mariana. España e Hispanoamérica son marianas, sus buenos hijos aman a la Virgen María, se enorgullecen de ser sus vasallos, propagadores de sus prerrogativas y defensores de sus privilegios.

2ª) La segunda gracia concedida por la Virgen es un Amor de predilección, manifestado por una protección especial hacia el pueblo español y hacia los pueblos hispanoamericanos.

La Santísima Virgen vino al Pilar como Madre que ama a sus hijos y busca su bien, su salvación. La promesa que hizo de que en España siempre habrá quien guarde la Fe, ¿no es acaso un signo de su protección, de su maternal cuidado, de su vigilancia amorosa?

A lo largo de la historia de España puede comprobarse tanto el cumplimiento de la promesa mariana (puesto que la tierra de la Pilarica siempre ha sido propagadora de la Fe Católica), así como también la protección de María Santísima, que “aplastó las herejías de todo el mundo”, por el hecho de que en España no entraron nunca las herejías como en los demás países.

¿Qué debemos hacer hoy, cuando parece que la Madre de Dios no nos protege, cuando nos encontramos en una situación de soledad y de desánimo semejante a aquella en que se hallaba Santiago Apóstol y sus discípulos?

Ante todo, debemos guardar la Fe; esa Fe que María Santísima trajo del Cielo y entregó a España como precioso legado.

Además, debemos confiar en la Virgen Santísima, amarla, practicar la verdadera devoción, consagrarnos a Ella como esclavos, confiar en su protección maternal.

Hemos de agregar la perseverancia. Perseverar con paciencia, convencidos de que nuestra fidelidad y nuestra lucha por la Fe Católica han de producir abundantes frutos.

Finalmente, hemos de rezar. Implorar a la Virgen del Pilar por España y por Hispanoamérica para que Ella conserve la Fe en esos países, para que Ella aumente la devoción mariana de sus habitantes, para que Ella instaure la devoción a su Corazón Inmaculado en nuestras tierras y que ellas sean consagradas a su Purísimo Corazón.

A nosotros nos toca seguir combatiendo, teniendo como lema lo que decía Hernán Cortés: “Adelante, compañeros, que Dios y Santa María están con nosotros”.