RESPUESTA DE LA SEMANA

EN HONOR A LA VERDAD

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¿HAY OBLIGACIÓN ESTRICTA DE PRACTICAR SIEMPRE LA CORRECCIÓN FRATERNA?

NO

¿Por qué?

RESPUESTA DOCTRINAL

Esta obligación es de suyo grave, pero existen circunstancias y condiciones que justifican su omisión.

Explicación

La caridad es la virtud cristiana por excelencia (I Cor., 13,13), el fin de la misma Ley (I Tim., 1, 5) y el vínculo de toda perfección (Col., 3,14). El mismo Jesucristo nos dice en el Evangelio que la caridad constituye el primero y el mayor de todos los mandamientos (Mt., 22, 38) y que de ella pende toda la Ley y los Profetas (Mt., 22, 40).

Como es sabido, la caridad, aunque es una virtud en especie átoma o indivisible, abarca tres campos u objetos materiales muy distintos: Dios, nosotros mismos y el prójimo.

La caridad es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la que amamos a Dios por sí mismo sobre todas las cosas y a nosotros y al prójimo por Dios.

Efectos de la caridad

El acto principal de la caridad es el amor (II-II, 27). De él se derivan algunos efectos admirables.

Los efectos de la caridad son seis:

* tres internos, el gozo espiritual, la paz y la misericordia;

* tres externos, la beneficencia, la limosna y la corrección fraterna.

La corrección fraterna

Noción

Se entiende por tal la amonestación hecha al prójimo culpable, en privado y por pura caridad para apartarle del pecado.

La amonestación, o sea, la advertencia hecha a una persona para que se abstenga o se enmiende de algo ilícito, ya sea con la palabra o de otro modo conveniente (v.gr., con un gesto, con la tristeza en el rostro, etc.).

Hecha al prójimo culpable, sobre todo si lo es por ignorancia o negligencia más que por maldad.

En privado, o sea, de hermano a hermano, sin que se enteren los demás.

Y por pura caridad, a diferencia de la corrección judicial, que procede del superior en cuanto juez y se funda en la justicia; y de la paterna, intermedia entre las dos, que procede del superior en cuanto padre y se apoya en su autoridad de tal.

Para apartarle del pecado o evitar que lo cometa si se encuentra en grave peligro de incurrir en él.

Obligación

Por derecho natural y divino hay obligación grave de practicar la corrección fraterna.

a) Por derecho natural. Es evidente: si tenemos obligación natural de ayudar al prójimo en sus necesidades corporales, con mayor motivo la tendremos en sus necesidades espirituales.

b) Por derecho divino. Consta expresamente en el Evangelio, donde se nos dice incluso el orden en que debe hacerse:

Si pecara tu hermano contra ti, ve y repréndele a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a uno o dos, para que por la palabra de dos o tres testigos sea fallado todo el negocio. Si los desoyera, comunícalo a la Iglesia; y si a la Iglesia desoyese, sea para ti como gentil o publicano (Mt., 18, 15-17).

Esta obligación es de suyo grave, con mayor motivo todavía que la limosna corporal.

Y así cometería pecado mortal el que estuviera moralmente seguro de poder apartar a su hermano de pecar gravemente con la corrección fraterna y la omitiera por cobardía, vergüenza, etc., ya que antepondría su propia comodidad al bien espiritual de su hermano.

Esta obligación afecta a toda clase de personas, incluso a los iguales e inferiores, aunque muchos de éstos quedan a veces excusados o sólo pecan levemente si la omiten por no creerse suficientemente aptos para hacerla o por la incertidumbre del éxito, etc.

Los escrupulosos ordinariamente están excusados de este deber, por la ineptitud de los mismos.

Materia de la corrección

De suyo, la materia propia de la corrección fraterna son los pecados mortales ya cometidos, que ponen al prójimo en grave necesidad espiritual.

Pero también los veniales, que por su frecuencia o por sus efectos especialmente nocivos, ya sea para el pecador (peligro de pecar mortalmente), ya para otros (escándalo, quebranto de la disciplina, etc.), le constituyen también en verdadera necesidad espiritual.

Y hay que añadir también los pecados futuros que puedan impedirse con la corrección.

En cuanto a los pecados materiales cometidos con ignorancia invencible, deben corregirse cuando producen escándalo, peligro de contraer malos hábitos, o afectan al bien común. Pero, si se juzga prudentemente que la amonestación no surtirá ningún efecto, hay que omitirla, para no convertir los pecados materiales en formales, a no ser que el bien común exija otra cosa.

Condiciones

Para la obligación estricta de este precepto se requieren las siguientes condiciones:

1ª. Materia cierta, presentada manifiesta y espontáneamente.

No hay obligación de averiguarla cuando permanece oculta, a no ser por parte de los superiores, padres, maestros, etc., cuando tienen motivos para sospecharla y deben por oficio corregirla.

2ª. Necesidad, o sea, que se prevea que el prójimo no se corregirá sin ella y no hay otro igual o más idóneo que pueda y quiera hacerla.

3ª. Utilidad, o sea, que haya fundada esperanza de éxito.

Si se prevé que será contraproducente (v.gr., provocando la ira del corregido e induciéndole por ella a nuevos pecados), debe omitirse.

Si se duda del éxito inmediato, pero no del remoto, debe hacerse.

Y si se duda seriamente si aprovechará o dañará, debe omitirse; porque el precepto de no dañar al prójimo es más grave que el de beneficiarle, a no ser que de su omisión se teman males mayores (escándalos, corrupción de otros, etc.).

4ª. Posibilidad, o sea, que pueda hacerse sin grave molestia o perjuicio del corrector, que habrá de medirse por la gravedad de ese perjuicio y de las faltas que se han de corregir.

No es suficiente razón para omitirla la indignación pasajera del corregido; pero sí lo sería la previsión de una grave venganza, calumnia, notable pérdida de fortuna, etc., a no ser que haya obligación de hacerla por otros títulos (oficio, piedad familiar, etc.) o porque lo requiera gravemente el bien común, aun con gravísima incomodidad del corrector.

5ª. Oportunidad en cuanto al tiempo, lugar y modo de la corrección.

Se trata, en efecto, de un precepto positivo, que obliga siempre, pero no en cada momento. Es lícito y conveniente esperar las circunstancias oportunas para asegurar el éxito.

Modo de hacerla

En general hay que conjugar con la caridad y la justicia la benignidad, la humildad y la prudencia.

Y así:

a) Con los iguales inferiores debe atenderse principalmente a la benignidad y humildad, recordando las palabras de San Pablo: Hermanos, si alguno fuere hallado en falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, cuidando de ti mismo, no seas también tentado (Gál., 6, 1).

b) Con los superiores guárdese la debida reverencia: Al anciano no le reprendas con dureza, más bien exhórtale como a padre (I Tim., 5, 1). Téngase en cuenta, además, que rara vez habrá verdadera obligación de corregir a un superior, por los inconvenientes que se seguirían. Es mejor, cuando la gravedad del caso lo requiera, manifestar humildemente al superior mayor los defectos del superior inmediato que perjudican al bien común, para que ponga el oportuno remedio según su caridad y prudencia.

Hay que procurar, además, salvar la fama del corregido, y para ello debe observarse el orden establecido por el Señor en el Evangelio. De suerte que primero se haga la corrección en privado; luego, con uno o dos testigos, y, finalmente —si todo lo anterior ha fallado— recurriendo al superior. Este, a su vez, comenzará con una corrección paternal, recurriendo a la judicial únicamente cuando no se pueda conseguir de otra manera la enmienda del culpable.

Este orden, sin embargo, puede invertirse en circunstancias especiales, a saber:

a) cuando el pecado es ya público o lo será muy pronto;

b) si es gravemente dañoso a otros;

c) si se juzga que el aviso secreto no ha de aprovechar;

d) si es preferible manifestar en seguida la cosa al superior;

e) si el delincuente cedió su derecho, como acontece en algunas Órdenes Religiosas.

FUENTE:

Teología Moral para Seglares

MORAL FUNDAMENTAL Y ESPECIAL

ANTONIO ROYO MARIN, O.P.

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Según esta estadística la mayoría contestó equivocadamente. Insistimos en la importancia de conocer la doctrina de nuestra Iglesia para conservar intacta nuestra fe como nos ha sido mandado por Nuestro Señor.