Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

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DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y dijo Jesús esta parábola a unos que confiaban en sí mismos, como si fuesen justos, y despreciaban a los otros. Dos hombres subieron al templo a orar: el uno fariseo y el otro publicano. El fariseo, estando en pie, oraba en su interior de esta manera: Dios, gracias te doy porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, así como este publicano. Ayuno dos veces en la semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano, estando lejos, no osaba ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho diciendo: Dios, muéstrate propicio a mí, pecador. Os digo que éste, y no aquél, descendió justificado a su casa; porque todo hombre que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado.

La parábola del Fariseo y el Publicano es tan interesante y hermosa, como llena de luz y enseñanzas espirituales.

Antes de narrar la parábola del Maestro, nos advierte San Lucas quiénes eran los que dieron ocasión a ella: unos que confiaban en sí mismos, como si fuesen justos, y despreciaban a los otros.

Esos pretendidos justos, a quienes se dirige el Salvador, se excedían de varias maneras.

Primeramente, se creían justos con tanta seguridad que no abrigaban la menor duda de su justicia.

Además, esos pretendidos justos tenían puesta su confianza en sí mismos; estribaban en su justicia como en cosa enteramente propia; presunción absurda en un hombrecillo, que de suyo no tiene sino corrupción y pecado, y que cuanto bueno posee lo ha recibido de la liberalidad y misericordia de Dios; fuera de que en esta vida, sin especial revelación de Dios, no puede el hombre tener plena certidumbre de su justicia.

Por fin, ésos que tanto presumían de sí, menospreciaban a todos los demás como si ellos solos fuesen justos, y todos los demás pecadores abominables.

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Todo pecado provoca a Dios a indignación; pero ninguno tanto como la soberbia, que parece desafiar los rayos de su justicia.

Mientras otros pecados, al irritarle, juntamente le inspiran compasión; la soberbia no hace sino encender su divina cólera.

Veamos cómo el Señor ha encarnado esta verdad en la parábola.

Dos hombres subieron al templo a orar: uno Fariseo y otro Publicano.

Es muy difícil que podemos formarnos hoy en día una cabal idea de lo violento de la antítesis entre el Fariseo y el Publicano.

Los fariseos eran tenidos, o por lo menos se tenían ellos, como el dechado supremo de la justicia y la perfección moral: hombres santos; separados (que eso significa su mismo nombre), no sólo de los inmundos gentiles, sino también de la plebe ignorante que no conocía la ley.

En el polo opuesto estaban los publicanos, odiosos a los judíos más que los mismos gentiles, no sólo como ladrones que solían ser, sino principalmente como contrarios a la independencia nacional y consiguientemente a la soberanía de Dios sobre Israel.

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Subieron, pues, al templo estos dos hombres, a hacer oración…

Entraron en él, y dejando atrás el atrio de los gentiles y el de las mujeres, llegaron hasta el atrio de los varones, que se abría casi delante del mismo altar de los holocaustos y del Santuario.

Entrados allí, comenzaron entrambos su oración.

El Fariseo, de pie, lo más cerca que pudo del Santuario, oraba en su interior de esta manera: Dios, gracias te doy porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, así como este publicano. Ayuno dos veces en la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.

En vano buscaríamos en esas palabras nada que se parezca a la oración.

Fuera del hacimiento de gracias, puramente verbal en boca de un fariseo, que creía no deber nada a Dios en sus buenas obras, sino que Dios le quedaba debiendo a él, todo lo demás se reduce a propias alabanzas, arrogantes y estúpidas.

Primeramente dice que no es como los demás hombres; con lo cual, como agudamente nota San Agustín, distribuye a todo el género humano en dos grupos: en uno está él, y sólo él; en el otro todos los demás hombres.

Él, y sólo él, es justo, bueno; todos los demás, especialmente aquel miserable publicano, injustos, ladrones, adúlteros.

Subió a orar, dice San Agustín, y no hizo sino alabarse a sí mismo, y sobre esto, insultar al que oraba.

¿Y de qué cosas se gloriaba principalmente? De que ayunaba dos veces por semana, cosa no prescrita por la Ley, y de que daba el diezmo de todo cuanto poseía, hasta del anís, de la ruda y del comino…

¡Excelente síntesis de moral y religión!

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¡Cuán diferente el Publicano!

En la parte más retirada del atrio de los israelitas, sin osar siquiera levantar los ojos al Cielo, hería su pecho, diciendo: Dios, muéstrate propicio a mí, pecador.

Ésta es oración verdadera. El sitio, la actitud, los ademanes, las palabras, los sentimientos; todo es propio de la más humilde y fervorosa oración.

Mas no olvidemos que aquí no es lo principal la oración, sino la humildad; que no trata el Señor precisamente de recomendarnos la oración, sino la virtud de la humildad.

De la oración se trata, en cuanto en ella muestran su humildad el Publicano y su soberbia el Fariseo.

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Jesús nos presenta, pues, en esta parábola un cuadro admirable, que nada ha perdido en verdad y expresión a través del tiempo.

El Fariseo y el Publicano son dos prototipos perdurables, que representan uno, la soberbia, el amor propio; el otro, la humildad.

El primer cuadro que nos presenta el Evangelio es el del Fariseo.

Pasa sus pecados en silencio; nada se reprocha, como si fuera la inocencia misma.

Se contenta con evitar los grandes pecados, los vicios groseros; y no se preocupa de las virtudes interiores.

No se acusa de sus pecados ocultos.

Refiere sus buenas acciones con un sentimiento de orgullo y vana complacencia, admirándose, glorificándose a sí mismo.

Atribuyéndolas a su propio esfuerzo, a su propio mérito, y no a la gracia de Dios; abultándolas, ampliándolas por encima de su valor real.

Cubriendo su orgullo y necia vanagloria con la máscara de piedad, porque no es a Dios que da gracias, es a él mismo.

Se compara con el Publicano, se atribuye el derecho de juzgar a sus hermanos (cosa que no pertenece más que a Dios). Le denuncia, le acusa delante de Dios, y desde lo alto de su orgullo le cubre con su soberano desprecio.

Se levanta por encima de los demás hombres y se clasifica en un rango superior.

Orgullo asombroso, cuyos caracteres son, según San Buenaventura:

1º) Cuando el hombre se atribuye a sí el bien que tiene.

2º) Cuando nos figuramos que esos bienes son propios de nosotros y no de Aquél que nos los ha concedido.

3º) Cuando se jacta de tener bienes que en realidad no tiene.

4º) Cuando se considera superior a todos los demás.

Tal es el amor propio.

Falso, porque no se funda en la verdad. Todos los bienes los hemos recibido de Dios.

Ridículo. Causa lástima y se pone en ridículo el que alardea de riquezas, siendo pobre; el que se gloría de valor, siendo cobarde; y así también se pone en ridículo el hombre pagado de sí mismo.

¡Y a qué abismo se despeñan!…

La soberbia hace caer al ángel en el Cielo, al hombre en el Paraíso…; es el nudo y la trama de todas las tragedias…

Peligroso. Se expone el orgulloso a toda clase de crímenes y castigos.

Propio juicio, jactancia, desprecio de los demás: he ahí los caracteres de ese amor propio que personifica el Fariseo de la parábola.

El orgulloso es injusto. Se gloría de méritos que no tiene; se compara a los otros y se prefiere a ellos; exagera los defectos y olvida las cualidades de los demás para gloriarse de las suyas; sufre de tener rivales.

El orgulloso es ingrato. Él se sirve de los bienes que posee para ultrajar a Dios; se gloría del bien que hace, en lugar de dar gracias a Dios.

El orgulloso es insoportable. Es insoportable para Dios que lo resiste; no se ama más que a sí, no habla más que de sí, de lo que hace.

Ese amor propio es la causa secreta de las grandes caídas… Sabios que cayeron en herejías y blasfemias; fieles que, después de haber edificado con sus virtudes, contristan con sus desórdenes.

Dios les quita sus gracias y los deja caer en vicios deshonrosos. Los humilla, abandonándolos en las tinieblas del error, en el endurecimiento del corazón.

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En el Publicano, el Señor personifica la humildad, justa, noble, fecunda.

La humildad es justa.

El Publicano permanece alejado, en el vivo sentimiento de su indignidad; no se cree digno de aproximarse al santuario. El pensamiento de sus faltas le cubría de confusión. Se golpeaba el pecho, reconociendo que era culpable y se atribuía la responsabilidad de sus pecados, que no ofrecían excusa alguna. Y exclama: Dios, muéstrate propicio a mí, pecador...

No cuenta sus buenas obras como el Fariseo, tiene confianza en la misericordia divina.

¡Hermoso cuadro! ¡Cuán justa es la humildad!

Nada tenemos de nosotros mismos, todos los bienes los hemos recibido de Dios, somos administradores, no propietarios…

Los bienes y cualidades personales, bienes extrínsecos, riquezas, dignidades, cargos, nada añaden a nuestro valor personal.

Las cualidades naturales, la belleza… ¡cuántos seres de la creación la sobrepujan, cuán deleznable es!

El talento, el genio… Dios te los ha dado. Quid habes, quod non accepisti?…

La humildad es noble.

Imprime en el alma un sello de grandeza, de nobleza.

Mirad al verdadero cristiano, al santo, es modesto, tranquilo, dulce, evita toda injuria, contención inútil…

La humildad le pone una aureola…

Humillándose a sí mismo se asemeja a Jesucristo que es la humillación hecha hombre…

El humilde no mendiga honores, riquezas, no llega a la indignidad, a la bajeza, vive con sencillez, olvidado de sí mismo, en todas sus partes y movimientos, muestra una amabilidad, y gracia que cautiva.

La humildad es fecunda.

Extiende su dominio sobre todas las virtudes. Las realza, las contiene como firme base.

Sin humildad no hay virtud verdadera posible. Virtud orgullosa es un contrasentido, un absurdo espiritual.

Tiene poder sobre los mismos pecados. Jesucristo revela en la parábola la potencia de la humildad, para purificar y exaltar la más profunda miseria.

El poder de la humildad se extiende a nuestra gloria venidera.

La gloria que esperamos será semejante a la de Jesucristo, una gloria de la cual Él nos hará partícipes. Ahora bien ¿cómo alcanzó Jesucristo esta gloria? Humiliavit semetipsum… Propter quod Deus exaltavit illum…

La humildad es la semilla de la cosecha de nuestra gloria futura, dice San Juan Crisóstomo.

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¿Y qué sentencia pronuncia el Salvador en esta causa? ¿Qué dice sobre el Fariseo y el Publicano? ¿Qué sobre la soberbia y la humildad?

Doble es la sentencia del Señor: una, particular, sobre el caso presente; otra, universal, aplicable a todos los casos semejantes.

Sobre el caso concreto de la parábola, dice: Os digo que éste (el Publicano), y no aquél (el Fariseo), descendió justificado a su casa.

Esto es, el Publicano se volvió a su casa justificado de sus pecados, que tan humildemente confesó; mientras que el Fariseo, con toda su imaginada justicia, se retiró de la divina presencia condenado por su soberbia: salió del templo más pecador que había venido.

La razón de esta diferencia la da el Señor en la otra sentencia universal: porque todo hombre que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado.

No es ésta una de tantas sentencias morales que el divino Maestro profería en su predicación; es, más bien, la expresión de su divina Providencia en su gobierno de los hombres.

La actitud primordial, esencial, del hombre respecto de Dios es la humildad: esto es, el reconocimiento de nuestra propia bajeza y poquedad, y de la absoluta dependencia con que en todo y en todos los órdenes dependemos absolutamente de Dios.

Si el hombre se presenta delante de Dios como quien es, con esta humildad, Dios, a su vez, como quien es, le da la mano, le levanta y le colma de sus dones liberalísimamente.

Mas si el hombre, no reconociendo esta dependencia que tiene respecto de Dios, se engríe en su corazón y se rebela en sus obras, Dios entonces, le humilla y le abate, para que tenga por el castigo el lugar bajo que no quiso tener por la humildad de su corazón.

En suma, si nos ensoberbecemos, estemos ciertos que seremos castigados con la humillación; y cuanto más soberbios, tanto más humillados; y por regla general seremos humillados en aquello mismo en que nos hubiéremos ensoberbecido.

Por el contrario, si nos humillamos, seremos exaltados, y generalmente en aquello mismo en que nos hubiéremos humillado; y cuanto más humillados, tanto más seremos exaltados por la mano del Señor.

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Para concluir y recopilar toda la profunda enseñanza de esta parábola, voy a citar algunos párrafos de la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis.

Pero la voy a citar bien; porque es deshonestidad intelectual hacerle decir lo que no dice, citándola mal y sin proporcionar la referencia exacta, de modo que resulta casi imposible poder cotejar la veracidad de lo afirmado.

Pues bien, correctamente citada, en referencia a la parábola del Fariseo y del Publicano, dice así:

Libro I, Capítulo VII, 3:

No te estimes por mejor que otros; porque no seas quizá tenido ante Dios por peor, que sabe lo que hay en el hombre. No te ensoberbezcas de tus obras buenas, porque de otra manera son los juicios de Dios que los de los hombres; al cual muchas veces desagrada lo que contenta a los hombres. Si tuvieres algún bien, piensa que son mejores los otros; porque conserves la humildad. No te daña si te sojuzgares a todos; mas es muy peligroso si te antepones a sólo uno. Continua paz tiene el humilde, mas en el corazón del soberbio hay saña y desdén muchas veces.

Libro III, Capítulo IV, 2 y 3:

Yo te diré, dice la Verdad, las cosas rectas y agradables a mí. Piensa en tus pecados con gran descontento y tristeza, y nunca te estimes ser algo por tus buenas obras. En verdad pecador eres, y enredado en muchas pasiones. De ti siempre vas a la nada, y luego caes, y eres pronto vencido; presto te turbas y desfalleces. No tienes cosa de que te puedas alabar, y tienes muchas de que te puedas tener por vil, porque más flaco eres de lo que puedes pensar. Por eso no te parezca grande cosa alguna de cuantas haces, ni la tengas por preciosa ni admirable, ni la estimes por digna de reputación, ni por alta. No hay cosa verdaderamente de loar y desear, sino lo que es eterno. Agrádete sobre toda cosa la eterna Verdad, y desagrádete sobre todo la tu gran vileza.

Libro III, Capítulo VIII, 1:

¿Hablaré yo a mi Señor, siendo como soy polvo y ceniza? Si por más me reputares, Tú estás contra mí, y mis maldades hacen de esto verdadero testimonio, y no puedo contradecir. Mas si me humillare, y me anonadase, y dejare toda propia estimación, y me tornare polvo, como lo soy, me será favorable tu gracia, y tu luz se acercará a mi corazón, y toda estimación se hundirá en el valle de mi miseria. Allí me mostrarás lo que soy, lo que fui y de dónde vengo, porque soy nada, y no lo conocí.