HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Cuarta entrega

 

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Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín.

Pelagianismo y semipelagianismo

La historia externa de este período después de la muerte de Teodosio el Grande es sumamente agitada, debido principalmente a las catástrofes promovidas por las invasiones de los pueblos bárbaros. La Iglesia tuvo que sufrir lo indecible; pero al finalizar este período se hallaba de nuevo en franca reconstrucción y apogeo sobre la base de los nuevos pueblos convertidos.

No menos revuelta y accidentada estuvo la historia interna de la Iglesia. El crecimiento y exuberancia de las fuerzas del cristianismo trajeron una serie de luchas, algunas de las cuales fueron ciertamente muy peligrosas. A esto daba ocasión el hecho de que los dogmas fundamentales de la redención no estaban todavía definidos bajo sus diversos aspectos. Por esto, las herejías que se fueron presentando en torno a estos dogmas dieron ocasión a la Iglesia para que los definiera. En esta obra fueron un instrumento providencial los Santos Padres y los escritores cristianos orientales y occidentales. Esta definición de los dogmas tuvo lugar en los grandes concilios de este período.

IDEA DE CONJUNTO DE LAS HEREJÍAS

En esta lucha interna de la Iglesia contra la herejía podemos distinguir varios aspectos o puntos de vista, que forman diversos grupos de herejías.

1. Herejías soteriológicas. Cronológicamente, se presentan en primer término las herejías que tenían por objeto los medios de salvación del hombre, la llamada soteria. Por esto designamos a estas herejías con el nombre de soteriológicas. Desígnanse también como antropológicas, porque tienen por objeto al hombre, en contraposición a otras que se refieren a Cristo o a Dios.

A este primer grupo pertenecen el pelagianismo y semipelagianismo del siglo V.

El primero afirmaba que el hombre no necesita de la gracia sobrenatural para obrar el bien y obtener su salvación. La naturaleza se basta a sí misma.

El semipelagianismo, en cambio, admitiendo que el hombre necesita de la gracia para todas las obras sobrenaturales, exceptúa solamente el principio de la justificación: para el llamado principio de la fe, el primer movimiento hacia Dios, tiene el hombre fuerzas en sí mismo.

2. Herejías trinitarias. De muy diversa índole son las herejías del segundo grupo. Son las trinitarias, que tienen por objeto la Santísma Trinidad, generalmente con la negación de la divinidad de alguna de las tres Personas.

Del monarquianismo o sabelianismo, que, insistiendo en la unidad de Dios, negaba la distinción de personas, apenas quedaban rastros en este período.

La herejía principal de este grupo es el arrianismo, que negaba la divinidad del Verbo, que suponía una pura criatura, aunque la más excelente y primera de todas.

El macedonianismo negaba, por semejantes motivos, la divinidad del Espíritu Santo.

3. Herejías cristológicas. El tercer grupo de herejías, el más persistente de todos, es el que se refiere a Cristo, es decir, a la unión entre las dos naturalezas, divina y humana, de Cristo.

La primera de estas herejías es el apolinarismo, que sólo admitía en Cristo una naturaleza humana incompleta. Suponía que a la naturaleza de Cristo le faltaba el alma intelectual (el pneuma), cuyas funciones eran ejercidas por la naturaleza divina.

El nestorianismo admitía las dos naturalezas completas, pero exageraba de tal manera su independencia, que su unión era accidental, y así formaban dos personas.

El monofisitismo fue la reacción contra la herejía nestoriana. Según él, en Cristo no sólo no hay dos personas, sino que existe tal unión de la divinidad y humanidad que forman una sola naturaleza.

Todavía se añadió otra herejía cristológica, el monotelismo, que no es otra cosa que un monofisitismo que defiende una sola voluntad física en Cristo, de donde lógicamente se deduce una sola naturaleza.

Contra todas estas herejías definió la Iglesia católica que la naturaleza humana de Cristo es completa; por otra parte, hay dos naturalezas perfectas, divina y humana, pero unidas de tal manera, que forman un solo supósito o persona, no una naturaleza. Y como las dos naturalezas, en la unión personal, quedan completas, cada una tiene su propia voluntad física, y así, en Cristo existen dos voluntades, divina y humana.

Aparte estas herejías, pulularon algunas otras de carácter más o menos independiente.

Dejando, pues, las trinitarias, de que ya se ha tratado, expondremos ahora el desarrollo de las demás aquí indicadas.

SAN AGUSTÍN. EL DONATISMO

A la muerte de Teodosio el Grande el año 395, comenzaba a brillar en el norte del África una lumbrera que durante los cuatro decenios siguientes debía iluminar con sus resplandores el cielo de la Iglesia. Era San Agustín, obispo de Hipona, verdadero don de Dios a la Iglesia occidental, precisamente en un tiempo en que se necesitaba una clara inteligencia para resolver los gravísimos problemas que presentaban las nuevas herejías. Por esto, como su actividad va íntimamente unida primero a las cuestiones donatistas en la última etapa de su desarrollo, y, sobre todo, a los errores pelagianos, trataremos de dar aquí una idea de la obra de San Agustín y del desarrollo de estas herejías.

1. San Agustín, maniqueo y converso. Los datos fundamentales de la vida de San Agustín nos los transmite él mismo en el célebre libro de sus Confesiones. Nació en Ta-gaste de Numidia, donde recibió una sólida educación de su madre, Santa Mónica. Hechos allí mismo sus primeros estudios, Agustín se trasladó a Madaura y más tarde a Cartago para completar su formación literaria y retórica. Mas con los años y el estudio creció también en su alma fogosa y apasionada el ansia de libertad y de placer, y así, no obstante la solicitud y vigilancia de su santa madre, Agustín se dejó llevar de una vida excesivamente libre, cayendo igualmente en los errores maniqueos.

Dotado de un talento extraordinario, se dedicó luego a la enseñanza de la elocuencia, que formaba la síntesis de la cultura del tiempo, dando lecciones primero en Cartago y luego en Milán, sede entonces importantísima del Imperio. Pero en medio de sus discusiones retóricas y de su vida licenciosa, le acompañaban constantemente sus preocupaciones por la verdad religiosa y cada vez más reiterados remordimientos por su conducta.

Efectivamente, con su profunda comprensión penetró Agustín, tras largas meditaciones, la vaciedad del maniqueísmo, por lo cual se entregó de lleno a otra de las especulaciones más en boga entre las inteligencias más privilegiadas: era la ideología de la llamada Nueva Academia o neoplatonismo, que, a través de sus aberraciones medio escépticas, medio panteístas, condujo a Agustín a la verdadera religión. Habiendo acudido por mera curiosidad a escuchar las instrucciones de San Ambrosio, que llenaba entonces con su prestigio el mundo occidental, Agustín quedó prendado de la armonía de las enseñanzas cristianas. A esto se siguieron enconadas luchas contra todos sus prejuicios sectarios y, sobre todo, las más tenaces revueltas de sus pasiones y malos hábitos de pecado, que formaban en él como una segunda naturaleza. Pero al fin, como fruto sazonado de las lágrimas de su santa madre, Agustín se rindió a la gracia, y en la Pascua del año 387 recibió el bautismo de manos de San Ambrosio. No mucho después volvió al África; en 391 fue ordenado presbítero y en 394 consagrado obispo de Hipona. Con este título, con el que es conocido en la historia, trabajó incansablemente hasta su muerte, ocurrida el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos de Genserico.

2. Dotes de San Agustín. Las dotes que campean en las múltiples actividades de San Agustín son: una profundidad y amplitud de talento, que lo hacían capaz de abarcar y profundizar a un mismo tiempo las materias más variadas y difíciles; una erudición pasmosa, que ponía a su disposición todos los tesoros de la ciencia profana y cristiana; un sentido práctico de las cosas, que da un sello característico a toda su obra en defensa de la Iglesia. Se puede afirmar que San Agustín juntaba maravillosamente la profunda especulación oriental con el sentido práctico de los romanos y occidentales, pero tanto lo uno como lo otro en grado eminente. A estas cualidades intelectuales unía una sensibilidad exquisita y habilidad en el trato con los demás. San Agustín no era menos admirable por su corazón que por su inteligencia.

Sus cualidades de escritor son una consecuencia natural de todo lo dicho. San Agustín es profundo y universal; es filósofo eminente y teólogo consumado, acerado polemista, historiógrafo insigne, orador elocuente y profundo exegeta. De todo escribe con una competencia admirable, y aunque su estilo resulta a las veces conceptuoso y oscuro, más bien predomina en él una forma agradable, llena de vida, algo propensa a sutilezas y alegorías, propias de su ingenio, parecida al lenguaje clásico, al que era muy aficionado.

3. Su obra literaria. Por esto su producción literaria es inmensa y variadísima. Ante todo forman un género especial sus Confesiones, especie de autobiografía, compuesta hacia el año 400, que tiene por objeto entonar un himno de gracias al Señor por sus misericordias para con él y descubre al mismo tiempo una alma noble y elevada. Por esto es el libro más leído de San Agustín. Hacia el fin de su vida compuso otra obra muy singular, las Retractaciones, verdadera bibliografía propia, en que hace recensión de 93 obras suyas, confirmando, aclarando, corrigiendo y a las veces indicando humildemente sus defectos y cosas reprensibles.

Es imposible dar en detalle una idea de todas sus producciones literarias. Solamente haremos alguna indicación general. En el campo teológico produjo San Agustín obras eminentes, como el Enchiridion ad Laurentium, resumen de la doctrina católica, en que da muestras de su gran capacidad de síntesis. Como apologeta, escribió multitud de obras. Entre ellas, Contra los judíos, y sobre todo la que más nombre ha dado a San Agustín y es obra de una originalidad muy particular. Nos referimos a La Ciudad de Dios, concepción grandiosa de la filosofía y teología de la historia, presentada como una lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena o del demonio, obra que ofreció la base en la Edad Media para la idea del gran Imperio cristiano.

En la moral y ascética compuso Agustín multitud de tratados más o menos amplios; en exégesis bíblica nos legó, en primer lugar, un grandísimo número de homilías, que son un excelente comentario a la Sagrada Escritura según las tendencias místicas y alegóricas de la escuela de Alejandría, y en segundo lugar, multitud de tratados o comentarios especiales, como sobre el Génesis, los Salmos y San Juan. A esto debemos añadir diversas obras de carácter filosófico-religioso, como los escritos contra la Nueva Academia, sobre la inmortalidad del alma y los Soliloquios. Además, un número considerable de sermones, que junto con las homilías presentan a San Agustín como el mejor orador entre los Padres latinos, y una muy nutrida colección de cartas de grandísimo interés cultural.

4. San Agustín frente al donatismo. Apenas recibió Agustín las órdenes sacerdotales en 391, se percató bien pronto del problema religioso, cada vez más enconado en el norte de África. La Iglesia continuaba profundamente dividida en dos partes que se hacían tenazmente la guerra. El emperador Teodosio el Grande había urgido las leyes dadas contra los donatistas en 373 por Valentiniano y en 377 por Graciano. Pero el rigor y la persecución, como había sucedido en tiempo de Constantino, los envalentonaban más y más.

San Agustín comenzó inmediatamente a trabajar por resolver este gravísimo problema. Su primer pensamiento fue entregarse de lleno a la instrucción de los herejes. Precisamente en este problema sobre el modo de tratar a los herejes debía con el tiempo experimentar un cambio radical en su modo de pensar. Durante estos primeros años estaba convencido de que el medio más apropiado era tratarlos con cariño e instruirlos pacientemente. No quería oír hablar de las leyes rigurosas dadas por los emperadores.

Convencido por entonces de la buena fe de los adversarios, procuró una conversación familiar entre diez representantes de la ortodoxia y diez de los donatistas. Pero ya en este primer intento se vio sorprendido por la suspicacia y mala fe de sus adversarios. Se hizo todo lo posible para facilitarles la vuelta a la verdadera fe. En este sentido trabajó San Agustín en el concilio de Hipona de 393 y sobre todo en el general de Cartago de 403. Pero la inteligencia era imposible. San Agustín trataba de prepararlos para que admitieran la verdadera doctrina católica ortodoxa, y ellos persistían obstinadamente en su ideología rigorista y en su rebelión contra la jerarquía, que consideraban como ilegal y anticanónica.

La tensión iba aumentando de día en día, y las devastaciones realizadas por el fanatismo donatista habían llegado a lo sumo, por lo cual el cuarto concilio de Cartago de 404 se vio obligado a pedir auxilio al emperador Honorio contra los desmanes de los herejes. Fue el primer paso dado por San Agustín en su evolución del sistema de benignidad al rigor contra los herejes contumaces. Honorio dio entonces un edicto por el que imponía severos castigos contra los recalcitrantes, ordenando al mismo tiempo quitarles todas las iglesias. Estas medidas de rigor fueron en aumento durante los años siguientes, de modo que llegó a aplicarse contra ellos la ley del Código de Teodosio dada contra los maniqueos, en que se llegaba incluso a la pena de muerte.

Todo esto produjo una efervescencia general. San Agustín quiso hacer un último esfuerzo por llegar a una inteligencia. Entre los obispos donatistas había algunos que también lo deseaban. Por esto, después del edicto de tolerancia del año 409, se fueron preparando los ánimos, y, finalmente, en el verano del año 411 se celebró la célebre conferencia o collatio entre los 279 obispos representantes de los donatistas y 286 de los católicos, todos presididos por San Agustín. Efectivamente, el Santo hizo esfuerzos inauditos por convencer a los más reacios; se volvieron a examinar los fundamentos dogmáticos que aducían los donatistas. Con su habitual maestría, resolvió Agustín todas sus dificultades y probó con toda suficiencia el dogma católico. Dio todas las facilidades, en nombre del emperador, para la vuelta al seno de la Iglesia, con un perdón general y olvido de todo lo pasado.

Sin embargo, todos los esfuerzos de San Agustín, del emperador y del episcopado católico fueron inútiles. El tribuno Marcelino, elegido de común acuerdo como árbitro de las discusiones, declaró solemnemente la victoria de los ortodoxos. El bloque de los donatistas no se sometió, sino que apeló al emperador. Para que se pusiera más claramente de manifiesto su mala fe, también el emperador se declaró contra ellos. Pero ellos persistieron en su terquedad.

El resultado, aunque no el apetecido de la unión, fue ciertamente positivo. Los campos quedaron bien deslindados, y mientras la mayoría de los obispos donatistas persistía en su obstinación herética, un buen número de ellos se reconciliaron con la Iglesia. San Agustín se convenció definitivamente de que era necesario emplear alguna violencia (si bien excluyó siempre la pena de muerte) contra esta clase de herejes, que debían ser considerados como perturbadores del orden público en un Estado cristiano. Se urgieron, pues, las leyes existentes contra el donatismo, y poco a poco se fue reduciendo a muchos de los más sensatos. Mas no se logró acabar con la herejía, hasta que poco más tarde la invasión de los vándalos destruyó gran parte del catolicismo existente en el norte del África.

Lucha de San Agustín contra el pelagianismo

Al mismo tiempo que San Agustín se esforzaba, en la conferencia del año 411 con los donatistas, en poner fin a esta herejía, se presentaba otra mucho más peligrosa, el pelagianismo. En ella debía tener él una intervención eficacísima y providencial, que había de merecerle de la posteridad el dictado de Doctor de la Gracia.

1. Pelagio y su doctrina. Originario, según parece, de la Gran Bretaña, Pelagio se nos presenta a principios del siglo V en Roma como monje que gozaba de gran fama en la dirección de las almas y por ciertos principios ascéticos y teológicos muy característicos. Bien pronto, por efecto de su ascendiente personal y por la calidad de la doctrina que propugnaba, reunió en torno suyo a muchos admiradores, particularmente doncellas y matronas cristianas más o menos amigas de novedades. En todo este trabajo de propaganda y en toda su actividad futura lo ayudaba otro personaje, monje como él, que había de desempeñar en todo este asunto un papel importantísimo. Se llamaba Celestio, hombre decidido y mucho más curtido en la discusión que su maestro, por lo cual él fue siempre quien sacaba la cara por las nuevas ideas.

Estas eran, en verdad, muy a propósito para fascinar a ciertas personas piadosas, que, sin poseer especial instrucción en cuestiones religiosas, desean de buena fe adelantar en la perfección. En efecto, Pelagio y Celestio predicaban que el hombre, con la libertad de que está dotado, es capaz de elegir siempre lo que le conviene. De aquí que pueda por sí mismo y sin necesidad de ningún auxilio sobrenatural evitar todos los pecados y, lo que es más todavía, practicar todas las obras buenas. Esto se explica teniendo presente la naturaleza del hombre, tan perfecta como antes del pecado de Adán, ya que no existe el pecado original, por lo cual el pecado de nuestros primeros padres no se transmite a su descendencia. Así, pues, poseyendo el hombre una naturaleza perfecta e incontaminada, es por sí mismo capaz de todo lo bueno.

Tal es la base del sistema de Pelagio y Celestio: negación del pecado original y afirmación de la suficiencia del hombre, sin auxilio de la gracia, para la salvación y todo acto saludable. Así se explica que, halagando la suficiencia humana, atrajera con tanta facilidad innumerables discípulos. De esta manera era sumamente fácil obrar el bien. Bastaba querer. Todo dependía de nosotros. Es lo que se ha llamado la soberbia pelagiana.

En cambio, fácilmente se ven las consecuencias desastrosas que esta doctrina trae consigo. La obra de Jesucristo resultaba inútil. La satisfacción de Cristo era superflua. Jesús nos auxilia solamente con su ejemplo. Sus méritos y sus gracias no hacen falta al hombre. La oración es también superflua, ya que el hombre tiene con sus propias fuerzas entera suficiencia.

En estas circunstancias, y cuando la nueva ideología contaba ya con multitud de partidarios en la Ciudad Eterna, se verificó hacia el año 410 la entrada de los visigodos en Roma capitaneados por Alarico. Entonces Pelagio y Celestio se trasladaron al África, donde continuaron propagando sus doctrinas. Mas tampoco se detuvo Pelagio mucho tiempo en Cartago. Bien pronto se trasladó al Oriente, mientras Celestio continuaba en Cartago defendiendo con más ardor las nuevas ideas.

2. San Agustín inicia su intervención. Sin embargo, la clarividencia de los teólogos descubrió al punto la nueva herejía. El primero en llamar la atención sobre ella fue un tal Paulino, diácono originario de Milán. En un sínodo celebrado en Cartago el año 411 llamó la atención sobre los peligros de la nueva ideología, con lo cual, alarmado el concilio, y viendo que Celestio no quería retractarse, lanzó excomunión sobre él, condenando al mismo tiempo siete proposiciones, que forman la síntesis de la doctrina pelagiana, tal como entonces se conocía. Son dignas de notarse: la segunda, en que se afirma que «el pecado de Adán le dañó a él sólo, no al linaje humano»; la tercera, «Los niños recién nacidos se hallan en aquel estado en que se hallaba Adán antes de su prevaricación». Con esta condenación, viéndose Celestio desenmascarado, partió para el Oriente y se estableció en Éfeso, donde consiguió ser ordenado de presbítero.

Tal es el punto en que inicia San Agustín su intervención. Ya antes que él, otros Padres y escritores eclesiásticos habían tocado más o menos directamente las cuestiones impugnadas por los pelagianos; pero nadie las penetró tan profundamente como San Agustín, sobre todo lo referente al pecado original, al estado de la naturaleza antes y después del pecado, a la necesidad y gratuidad de la gracia sobrenatural y al don de la perseverancia.

Con el sínodo de Cartago de 411 comenzó la intervención oficial eclesiástica; mas con la de San Agustín en 412 se iniciaba la campaña teológica. Sus primeros trabajos fueron Sobre los méritos y perdón de los pecados y Sobre el bautismo de los párvulos, esta última compuesta a instancia del conde Marcelino, por lo cual añadió la Epístola a Marcelino, en que completa las ideas. Con toda decisión se rechazan los principios: que el pecado de Adán sólo se transmite por imitación, no por propagación, y se defiende la existencia del pecado original en todos los hombres, de donde se deduce la necesidad del bautismo de los niños.

Uno de los libros fundamentales del Santo en esta materia es el compuesto en 415 con el título De la naturaleza y la gracia. Va dirigido a los jóvenes Timasio y Jacobo, y en él refuta San Agustín diversos escritos de Pelagio, probando que la naturaleza humana, viciada por el pecado original, necesita absolutamente de la gracia interna para obrar el bien. Por otra parte, insiste en la gratuidad del don de la gracia, que depende únicamente de la benevolencia de Dios.

3. El pelagianismo en Oriente. Mientras en el África era descubierta y refutada la nueva ideología de Pelagio y Celestio, en Oriente seguían las cosas otros derroteros. Aleccionado Pelagio por lo sucedido en Cartago, procedía ahora con mayor circunspección. Por esto mismo trató de fundarse allí una reputación de ascetismo, y para ello se decidió a vivir retirado en Belén, a imitación del ilustre asceta y doctor San Jerónimo. Desde este retiro se decidió Pelagio, como ya lo había practicado en Roma, a dirigir en la vida espiritual algunas almas, y de hecho comenzó a gozar de buena reputación y ganarse partidarios. Pero también allí fue pronto descubierta su doctrina por San Jerónimo. Por esto, al escribir poco después su Comentario sobre Jeremías y su Diálogo, lo desenmascaró y refutó las nuevas ideas.

Pero Pelagio no había perdido el tiempo. Con sus esfuerzos había logrado atraerse al patriarca Juan de Jerusalén, lo cual significaba un gran triunfo para su causa. Poco después, en un sínodo celebrado en 415 se presentó el español Orosio, fiel discípulo de San Agustín, el cual trató de desenmascarar al hereje. Sin embargo, todos sus esfuerzos resultaron en vano. Pelagio apeló entonces a toda su habilidad, primero en declaraciones ambiguas e incompletas, que dejaban entrever un sentido ortodoxo, y luego excitando los celos de Juan de Jerusalén, a quien se presentó como cosa indigna que un obispo de Hipona se entrometiera en la sede jerosolimitana. El resultado fue que Pelagio salió victorioso y no hubo condenación de su doctrina.

Poco después, el mismo año 415, se celebró otro sínodo más solemne en Dióspolis de Palestina, hoy Lidda. A él asistieron, como representantes del Occidente, los presbíteros Heros de Arlés y Lázaro de Aix. Pelagio repitió sus expresiones ambiguas. Por otra parte, no entendiendo los occidentales la lengua griega, se cometían abusos con ellos al traducirles las aclaraciones y discusiones del sínodo. Al fin, Pelagio fue declarado libre de sospechas, mientras se remitían al papa Inocencio I las actas del sínodo. Esto significaba el mayor triunfo de Pelagio.

En todo este asunto es curiosa la pasividad que mostraron tantos eminentes teólogos orientales. Ocupados, sin duda, en otras discusiones más metafísicas, no acababan de reconocer la importancia y el peligro de esta discusión pelagiana. Además, ellos, en sus luchas contra los gnósticos y maniqueos y bajo el influjo de las escuelas helenísticas, más bien tenían que insistir en el poder de la voluntad, puesta por aquéllos en peligro. Por esto no estaban generalmente en disposición de oponerse a Pelagio, que pecaba precisamente por atribuirlo todo a la propia voluntad. De hecho, Pelagio se decidió entonces a una propaganda más intensa de sus ideas, en lo cual le ayudó por entonces Teodoro de Mopsuestia, verdadero iniciador del nestorianismo, entonces incipiente.

4. Actividad creciente de San Agustín. Pero San Agustín desde el África no los perdía de vista. Así, pues, ante las noticias que le llegaban del Oriente, particularmente sobre el resultado del sínodo de Dióspolis, hizo que se celebrasen dos sínodos, en Cartago y en Mileve, durante el año 416, con el objeto de tomar algunas decisiones prácticas en asunto tan importante. En ellos fueron condenados de nuevo los errores de Pelagio y Celestio y excomulgados sus autores. Como complemento, y para dar más fuerza a estas decisiones, se dirigieron los Padres africanos oficialmente al papa Inocencio I, suplicándole confirmara lo acordado en dichos sínodos. Lo mismo hizo San Agustín en una carta atentísima dirigida al Vicario de Cristo.

No tardó el papa Inocencio en dar la esperada respuesta. Bien informado por los obispos del África sobre la nueva doctrina pelagiana, Inocencio I condenó y excomulgó clara y decididamente a los dos cabecillas del error, Pelagio y Celestio, y toda su doctrina, en tanto que no se retractasen o diesen explicación satisfactoria ante el Romano Pontífice. Al recibir San Agustín en el África, el año 417, esta respuesta tan explícita del Papa, exclamó en un discurso al pueblo con aquellas célebres palabras: Roma locuta est, causa finita est; utinam finiatur aliquando error !

Mas, por desgracia, no se cumplió tan pronto el deseo de San Agustín. El error no terminó tan fácilmente. Tanto Pelagio como Celestio se decidieron entonces a poner en juego todas sus artes de disimulo, con el fin de conquistar al Romano Pontífice. Puesto que éste había lanzado excomunión contra ellos mientras no dieran explicaciones satisfactorias, ambos compusieron sendos memoriales dirigidos al papa Inocencio I, los cuales de hecho llegaron a su sucesor Zósimo en 417.

Pelagio compuso entonces el llamado Libellus fidei, en el que con bien estudiada habilidad evita el pronunciarse de ninguna manera en las cuestiones sobre el pecado original y la gracia. Zósimo quedó satisfecho y declaró a Pelagio inocente. Más hábil todavía fue la conducta de Celestio. Condenado entretanto en Constantinopla por el obispo Atico, se dirigió personalmente a Roma y entregó al Papa una profesión de fe de carácter general, que pronunció en presencia del clero romano reunido. En esta profesión de fe afirmaba Celestio todos los puntos del símbolo que no hacían al caso, añadiendo que en todas las cuestiones libres se remitía al juicio y decisión del Papa.

El papa Zósimo creyó por un momento en su inocencia, y así, dirigió al punto una carta a los obispos africanos notando su precipitación en la solución dada a este asunto. San Agustín comprendió la delicada situación que se les creaba en África. Lleno, por una parte, de la más rendida reverencia al Romano Pontífice, y por otra, convencido de que el nuevo Papa había sido engañado por la astucia de Pelagio y Celestio, quiso obrar con rapidez.

Ante todo hizo enviar a Roma un memorial, compuesto por el diácono Paulino de Milán, que había sido el primer acusador de Pelagio. En él se mantenían todas las acusaciones lanzadas contra los herejes, apoyándolas con multitud de autoridades de San Cipriano, San Ambrosio y otros escritores más autorizados, y últimamente por la opinión del papa Inocencio I. Hecho esto, se reunió un sínodo en otoño de 417, en el que se declararon insuficientes las explicaciones dadas por Celestio y se suplicaba al Papa que mantuviera el fallo de su predecesor. A estas misivas respondió el Papa insistiendo en su cualidad de juez supremo, pero diciendo que se dejaran las cosas en el estado en que las dejó Inocencio I. Era una manera de dar a entender que comenzaba a desconfiar de los inculpados.

5. Condenación de Pelagio por el papa Zósimo. Entretanto, y antes que llegara a Cartago esta respuesta del Romano Pontífice, se había celebrado allí en mayo de 418 un gran sínodo, al que asistieron 214 obispos. En él se examinó de nuevo la doctrina y conducta de Pelagio y Celestio, y se formuló en ocho cánones la condenación más explícita y completa que se había hecho hasta entonces. Las actas fueron enviadas a Roma. San Agustín, por su parte, para fundamentar mejor la doctrina católica proclamada en el sínodo, escribió en el mismo año 418 su obra De la gracia de Cristo y del pecado original, donde insiste de un modo particular en la insuficiencia del concepto de gracia de Pelagio, ya que éste no admite otra gracia sino una extrínseca, como la ley de Dios, la doctrina y el ejemplo de Cristo.

Una actitud tan decidida acabó de convencer al Papa de que, por lo menos, se debía proceder con gran circunspección. Así, pues, invitó a Pelagio y Celestio para que se presentaran a dar cuenta de sí. Ellos, empero, temiendo lo que pudiera sobrevenirles, no se presentaron, por lo cual el emperador Honorio aplicó contra ellos la pena del destierro.

Todo esto acabó de quitar la venda de los ojos al papa Zósimo. Convencido, pues, de la culpa de los dos acusados y de la justicia de las reclamaciones hechas por los obispos africanos, publicó entonces su célebre Epístola tractoria, dirigida a todas las iglesias. En ella hace un resumen de todas las discusiones, condena luego expresamente a Pelagio y Celestio y propone con toda claridad la doctrina católica sobre la necesidad de la gracia interna para obrar el bien. Tal fue la solución definitiva del papa Zósimo. Fue algo precipitada en un principio. Pero tan pronto como se convenció de lo contrario, procedió enérgicamente contra Pelagio y Celestio.

6. San Agustín y Julián de Eclana. La cuestión pelagiana parecía terminada definitivamente. Pero en Italia tuvo una segunda parte con la actividad de Julián de Eclana y San Agustín. En efecto, este obispo, junto con otros diecisiete italianos, se negaron a admitir la Epístola tractoria del papa Zósimo. Entonces, pues, en nombre de todos, Julián envió al Papa dos epístolas, en las cuales protestaba contra la condenación de Pelagio y Celestio, con la excusa de que no habían sido escuchados.

La respuesta adecuada se la dio San Agustín en la obra Contra las dos cartas de los pelagianos, con lo cual se entabló un verdadero duelo entre el nuevo adalid de la causa pelagiana y el Doctor de la Gracia, San Agustín. Para éste fue particularmente fecunda esta nueva fase de la controversia, pues en realidad tenía que habérselas con un hombre profundo y taimado y mucho más hábil dialéctico que Pelagio y Celestio. Julián echaba en cara a San Agustín que con sus teorías destruía el matrimonio. Por esto se vio forzado el Santo a componer su magistral tratado Sobre las nupcias y la concupiscencia, y no mucho después, a fines del 419, otra obra Sobre el alma y su origen. Todo esto iba dirigido contra dos obras fundamentales de Julián, en las que éste atacaba la doctrina agustiniana sobre el matrimonio.

Pero la obra más completa que compuso San Agustín en esta campaña contra Julián de Eclana fue la del año 421, escrita después de un detenido estudio de la última de éste, A Tribacio. Lleva el título Contra Julián, defensor de la herejía pelagiana, y trata del pecado original y todas sus consecuencias en el hombre. Todavía en 429, después de recibir el escrito de Julián a Horo, emprendió Agustín la última de sus obras, en la que expone de nuevo el sistema pelagiano; pero al morir en 430 estaba por acabar, por lo cual es designada como Obra imperfecta, contra la segunda respuesta de Julián.

Fue verdaderamente necesaria toda la dialéctica y la teología de San Agustín para contrarrestar los duros ataques de Julián contra la doctrina católica sobre el estado de la naturaleza después del pecado. Pero, no obstante los formidables ataques de este terrible adversario, que se complacía en descubrir los puntos débiles de la argumentación de San Agustín, a quien tildaba de maniqueísmo y predestinacionismo, la doctrina católica al fin triunfó. A ello ayudó no poco la decisión con que el emperador Honorio protegió las órdenes del Romano Pontífice. Arrojado Julián de Italia por decreto imperial en 421, se dirigió al Oriente, donde trabó amistad, primero con Teodoro de Mopsuestia y luego con Nestorio. Allí apenas logró llamar la atención de nadie, y murió olvidado de todos y en la miseria en 454. El concilio de Éfeso en 431 condenó de nuevo la herejía pelagiana.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)