PADRE LEONARDO CASTELLANI: LA CIUDAD MALDITA

EN EL COMBATE DE RESISTENCIA

Artículos o extractos de escritos sobre la cuestión apocalíptica

LOS PAPELES DE BENJAMIN BENAVIDES

PARTE TERCERA

Capítulo IV: Babilonia

Volví yo solo hoy a ver al judío. Me interesa tanto o más que sus “esjatologías” el drama de su vida, que para mí es un enigma. ¿No tendré yo vocación de psicólogo… o de novelista policiaco?

Este judío, aunque parezca sano, está muy enfermo y el día menos pensado puede hacer el mayor disparate o sucederle cualquier cosa.

Tuve que esperar que acabara su trabajo en la cocina. Su trabajo es ahora insignificante. La señora o alguien le da dinero, y estoy seguro que el viejo esta sobornando a los italianos. O bien le tienen lástima. Las dos cosas a la vez. ¡Qué cara traía de vizcachón viudo! No me quiso decir nada; me dijo que iba bastante mal, pero confiaba en Dios que su salvación estaba cerca. Nada más. Entonces le pedí me explicara de nuevo lo que dijo ayer acerca de Babilonia, la Gran Ramera o la Ciudad Perdida; porque a mí se me había ido de la cabeza como una pura niebla… “Tanquam nubes” —dijo el. Accedió da buena gana, creo que un poco gracias al regalo que le traje.

Ese Capítulo XVII del Apokalypsis —me dijo- es un rompecabezas…

Parecería haber en esa visión dieciséis, cuatro o cinco contradicciones insolubles.

. Parece representar la religión corrompida, farisaica y áulica, conforme a la interpretación de Lacunza; y sin embargo es también una ciudad, y un gran emporio comercial; como si dijéramos, la cabeza del “capitalismo”.

. Está apoyada sobre la Bestia, el pseudo-imperio anticristiano, y por tanto, también sobre los Diez Reyes, que son sus diez cuernos, y le dan “su poder, su consejo y su virtud”; y sin embargo es destruida por los Diez Reyes.

. Parece ser Roma, porque el Ángel dice que es una ciudad asentada sobre siete montes; y sin embargo, las notas subsiguientes de ciudad anegada de delicias, meca de los mercaderes y enemiga de la Fe, parecen excluir no sólo la actualidad, más aun la posibilidad de que sea Roma…

. Su destrucción e incendio son pintados como una catástrofe mundial; y de la actual Roma, y aun de Londres —que se puede considerar hoy como metrópoli del capitalismo— si fuesen próximamente víctimas de una catástrofe como la de Nagasaki, no habría para tanto.

. Las frases que San Juan emplea refieren claramente su profecía, a la ruina de Tiro predicha por Isaías en el-Capitulo XXIII de su profecía; y no son aplicables a una ciudad interior, política y religiosa como Roma, sino a un emporio marítimo, comerciador falaz y meretricio con todos los reinos de la tierra, colmado de riquezas y lujos, y perseguidor sanguinario de los fieles, electos y llamados…

—¿Y cómo resuelve usted todo eso? —le dije.

—Como puedo —dijo él— y cuando no puedo, lo dejo. Evidentemente no existe actualmente en el mundo una ciudad tan parecida a la Roma de Nerón —la Roma Imperial y persecutriz del siglo I que San Juan tiene sin duda ante los ojos— que la profecía le calce exactamente; aunque comienzan a vislumbrase en la realidad contemporánea las posibilidades cercanas —y aun diría la necesidad dialéctica— de un tal emporio.

Parece claro también que la Ciudad Meretriz y la Capital del Imperio del Anticristo no son una y la misma; porque la primera es destruida e incendiada antes de la Parusía; y en la otra, donde son muertos los Dos Testigos y “el Señor de ellos fue crucificado” hay solamente un terremoto que destruye la tercia parte de las casas y mata a siete mil hombres. A menos que…

A menos que sean la misma ciudad en dos momentos diferentes de su historia, el de su apogeo nefando y el de su perdición… Pero no lo parece. Parecería que San Juan tiene delante de los ojos, en la Visión Octava y luego en la Dieciséis, dos ciudades entonces capitales: Jerusalén y Roma…

Sea como fuere, hay que reservar para el antitypo para la Urbe Perdida del futuro, sea simple o doble el otro sentido de la palabra montes, también literal aunque metafórico, que San Juan añade inmediatamente:

Las siete cabezas son siete montes
sobre que la Hembra sede
y siete reyes son…”

La Ciudad Maldita será como la heredera de siete imperios idolátricos que habrá en el mundo antes del Anticristo, rivales del Monte de Dios, que es la Iglesia, el monte que surgió del guijarro; y esa Ciudad Maldita será el Octavo Imperio, y sin embargo será uno de los siete —dice enigmático el texto—; es decir, será la restauración de uno de ellos, como por ejemplo, un neo-neronismo o un neo-islamismo; y así solamente es posible entender esa otra palabra, todavía más paradójica y contradictoria. “La bestia que ya era y no es…”

Yo salte cuando oí eso.

—¿Qué puede significar tal cosa? —le dije—. Siempre me ha desconcertado. Si dijera “que no era y es”, lo entendería, sería inteligible: un imperio que dejo de ser, como el romano o el mahometano, y que resurge de nuevo sorprendentemente, como esa cabeza en la Visión Octava de la Bestia que fue herida de muerte, y después prodigiosamente “su llaga de muerte fue curada y se admiró toda la tierra de la Bestia”, como dice San Juan. Si esa cabeza es un reino, ya se entiende lo que quiere decir: Ya no era más y volvió a ser, es decir, fue restaurado o reorganizado. Y eso dice Belloc en su libro sobre Las Cruzadas que podría pasar con el imperio mahometano; cuya caída, según él, no tiene adecuada explicación histórica.

Pero en la Visión Dieciséis, donde reaparece la Fiera del Mar, como cabalgadura de la Meretriz Magna, el texto dice al revés:

“Y la bestia, que era y no es

y ella octava es y de los siete es

y va a la perdición…”

Y sin embargo, esa Fiera que se dice “no ser” esta allí, sustenta a la Meretriz, le dan los reyes su potencia, mata a los santos, y es vencida por el Cordero… Si no es (¡Santo Dios! ¿cómo hace todo eso?

El judío me miró con complacencia y dijo:

—Bien observado. En efecto hay esas dos notaciones contradictorias, aplicadas primero a una cabeza, después al revés a la Bestia y juntamente a uno de sus cuernos, que es octavo y sin embargo es séptimo.

—Ese cuerno —dije yo— tiene que ser el mismo que en Daniel nace de nuevo en medio de los diez cuernos, y se hace mayor que todos; tiene ojos y lengua; profiere blasfemias; vence a los santos; intenta cambiar el calendario y los usos de los hombres, y es aniquilado por la llegada del Reino de los Santos…

—En efecto —dijo don Benya— es el Anticristo.

—Pero el Anticristo ¿será un hombre o un reino? —dije yo— Porque por momentos parece uno y por momentos otro.

—Es las dos cosas, una en otra —respondió mi maestro— y esto deshace una discusión secular y superflua de los teólogos. El Anticristo será un poder político tiránico, seductor e impío, encarnado en un hombre perverso, “un plebeyo genio”, como dice Donoso Cortés, aludiendo quizás a Bonaparte. Es una ley de la historia: siempre un gran movimiento colectivo crea su jefe, así como un gran hombre da su forma y su dirección a todo difuso momento colectivo.

—Entonces ¿es la época la que crea al héroe y no es el héroe, como pretendió Carlyle en Hero worshif, el que crea la época?

—Ambos se crean mutuamente —dijo el viejo— en causalidad recíproca.

—¿Y cómo puede crear lo que no es? —insistí yo— ¿Cómo se explica ese absurdo “era y no es”?

—Ese no es —reflexionó él— debe significar sin duda la falsedad del Imperio Restaurado —la cabeza muerta y sanada— que no es lo que pretende ser y antes era, sino un fraude y una falsificación edificada sobre el engaño y la mentira. Por tanto ese vaticinio concuerda con el anterior, aunque esté formulado al revés. Surge una cosa monstruosa, imitación y máscara de otra cosa que existió auténtica, aunque mala. Daniel dice que aparece de nuevo; San Juan dice primero que muere y vuelve a ser y luego al revés, que era y ya no es. Surge un imperio de embeleco y mojiganga, con la máscara de otro de los grandes imperios históricos. ¿No hemos visto acaso en nuestros pobres tiempos a Mussolini viendo en los italianos de ahora a los soldados de César —y ése fue su gran error político— y a Hitler parodiar a Barbarroja? Falsificaciones… A fuerza de embutirnos historia en la cabeza desde chicos, nos han acostumbrado a pensar con frases hechas —decía Nietzsche.

—Así pues, las siete cabezas de la Bestia, que son siete montes, y, por ende, siete reyes, ¿serán siete naciones contemporáneas y vasallas del Anticristo?

—Yo creo que no —respondió vivamente el judío—; o por lo menos que no son solamente eso. Son los siete imperios idolátricos que se sucederán en el mando y perseguirán a los fieles hasta el Anticristo, que será el octavo y a la vez el séptimo…

“Cinco cayeron, uno es,

y el otro todavía no viene”,

—dije yo— Sí, en efecto, el séptimo “que todavía no viene, y durará poco tiempo” es evidentemente el del Anticristo. Pero ¿cuáles son los otros? Ecco il problema

—Los cinco que cayeron —dijo el hebreo—: son los cuatro que describió Daniel: caldeos, persas, griegos, romanos con la añadidura del mahomético.

“El uno que es“, es decir, el sexto que precede al Anticristo, tiene que ser uno de dos:

o el Imperio de los Zares, blancos y rojos edificados sobre el Cisma Griego, sujetador de la doctrina de Cristo al poder idolátrico del Estado, que en nuestros días, sin dejar de ser despótico se ha vuelto ateo y antitético…

o bien el Imperio de los Anglosajones, que hizo triunfar al Protestantismo en Europa, y después lo desparramó, vuelto veneno modernista, por todo el mundo…

El séptimo, el que ha de venir, será dos cosas a la vez, y así será séptimo y octavo. Será nuevo Imperio, Imperio antiguo, y al mismo tiempo Fiera, es decir, poder político satanizado, levantado contra el Dios viviente y enemigo a muerte de la Iglesia —de lo que quede de la verdadera Iglesia…

—¡Qué enreda de cosas! —dije— Se me va la cabeza.

—Enredo, porque el foco es todavía futuro, y por lo tanto oscuro. Pero basta imaginarlo como presente poja que se aclare, hasta un cierto punto. Supongamos por un momento que Moscú conquista toda el Asia y se vuelve mahometano…

—¡Dios! ¡Qué dislate!

—Dislate, sí, pero absurdo, no. El bolchevismo es potencialmente una nueva religión a pesar de su ropaje ateo; y algún día habrá de tomar forma y contextura dogmática, tendrá que organizarse en Iglesia. Toda religión se formula necesariamente en dogmas y se organiza en Iglesia. Mire el protestantismo: para subsistir, tuvo que arrinconar el libre examen, formular credos y hacer parroquias y obispados… o mejor dicho, adaptar los que ya estaban hechos, a la nueva Iglesia reformada. Los edificios mismos de los ex templos católicos son ahora en Inglaterra iglesias protestantes.

—Pero usted dijo que Moscú es el sexto; no puede ser pues a la vez el sexto,… el séptimo… y el octavo.

—Supongamos entonces que Nueva York —que era York y que no es York— se vuelve cabeza del mundo y Roma de la nueva religión modernista, la quinta herejía que describe Belloc, que es la idolatría moderna, y ya ahora pulula en los Estados Unidos como en ninguna parte del mundo; y que con su hegemonía aparece el nuevo Imperio de los Anglos y la cabeza del Nuevo Catolicismo “democrático, humanitario y progresivo”. ¿Qué dice usted? ¿Es esto imposible?

—En gran manera improbable…

—No lo crea usted… Fuera de la enérgica y admirable minoría católica romana —o irlandesa— de los actuales Estados Unidos, el resto de la población profesa una especie de mahometismo refinado, un “cristianismo” al que —por haber extirpado la divinidad de Cristo— si lo traslada sobre el mahometismo, como hacen los geómetras en sus demostraciones, coincide con él en todos sus vértices. Sobre este hecho cultural clarísimo fundamentó hace ya siglo y medio el conde De Maistre su profecía de cataclismo sobre Europa; “el protestantismo vuelto sociniano —clamo el ferviente gentilhombre de Saboya desde Rusia— no se diferencia ya fundamentalmente del mahometismo”. Al fin y al cabo, también los musulmanes creen que Jesús fue un gran hombre, un gran profeta, “el sello de los Santos”, como lo llama Mahoma. ¿Renan y Loisy creen más que eso? Quizá menos…

—La fusión de la actual religión yanqui del Progreso, la Libertad y la Democracia con el Korán no ofrece obstáculo alguno considerable; falta que aparezca un genio religioso capaz de fundir en imágenes los “dogmas” comunes…

—¡Los “dogmas” comunes! —exclamé aturdido— ¿Qué dogmas comunes? ¡Mire que confundir a Mahoma con Roosevelt…!

—Mahoma y Whalt Witman son parecidísimos —replicó el cabezudo viejo— hasta en el estilo. ¿Qué dogmas comunes pregunta usted?, pues el capitalismo de los yanquis y la esclavitud de los muslimes; la poligamia y el divorcio; la guerra santa y la “defensa de la democracia”; la creencia común en un Dios solitario, lejano y desconocido; la falta de sacramentalismo; el fatalismo y el culto determinista a la “Ciencia”; el monoteísmo y el theoantropoformismo; y finalmente la misión del Islam con la predeterminación de Calvino…

—Hay en todo eso puntos de contacto, no lo niego, pero no creo que sean los vértices, como usted dice, de la figura. ¡No se puede comparar a los yanquis con los árabes!

—En efecto, religiosamente hablando, sería injuriar a los árabes —contesto el judío impasible— y conste que soy semita y español, no los quiero a los sarracenos… Pero lea usted la vasta encuesta sobre el actual estado de la religiosidad protestante en U.S.A, que ha hecho en su pesada novela Elmer Gantry mi cofrade hebreo Sinclair Lewis… El protestantismo ha retrogradado hoy en general a una masa informe, por no decir infecta. Yanquilandia es actualmente un pueblo ateo, en ardiente fermentación sentimental de una religión nueva…

—Pero la cultura, la cultura, es la que hace toda la diferencia —exclamé—; los yanquis son blancos, son occidentales… Primero creería posible una fusión de los musulmanes con los bolchévicos…

—No se aflija, que todo se andará. El bolchevismo, como notó muy bien Belloc, no es un todo, no es un bloque compacto ateo satánico, como el vulgo lo hace; sino una porción de la magna herejía naciente ante nuestros ojos; porción llamada a integrarse en ella. No por nada el comunismo toma cariz propio en cada nación donde entra, sobre el carácter común de subversión demagógica mesiánica de resentidos sociales guiados por resentidos religiosos… El mesianismo bolchévico, la aspiración impaciente a “edenizar” la tierra por la violencia coincide enteramente con el dinamismo del mensaje de Mahoma, así como coincide con el término de la aspiración de Rousseau, Mazzini, Lammenais… y Roosevelt. Son tres líneas que pueden reunirse un día: —tienen un lado y los ángulos adyacentes iguales— ¿qué digo?, tienen que encontrarse necesariamente, el día que les salga un padre, así como nacieron de una misma madre…

—¿Qué madre?

—La Sinagoga —dijo él haciendo una mueca—. Esas tres religiones son herejías judías… Son las Tres Ranas.

—¿También la democracia? —dije yo— ¡Vamos! ¡Qué exageración! La Revolución Francesa no fue judía.

—Pero lo es el capitalismo, para el cual ella se hizo; y la masonería, por medio de la cual se hizo.

—Eso me parece exagerado; simplista y exagerado —dije.

El judío me miró un momento.

—Yo lo sé —dijo— Yo tengo un hermano que es judío, capitalista y masón.

Quise aprovechar la ocasión para sacarle el misterio del pleito con su hermano; pero el judío se encerró en su mutismo. En ese momento llego la señora.

Venia exultante. Traía en la mano un papel en que habían escrito con lápiz colorado:

“Coraggio. C’e speranza: Lavoriamo”.

Era de Battisti, secretario de Einaudi, un diputado democristiano que dicen es muy católico. La señora le había dirigido una nota acerca de la dura situación de Benavides, alegando que las fuerzas de este hombre se venían abajo, que la situación en que estaba era superior a su poder de aguante, y que se estaba haciendo con él de hecho un crimen involuntario. Yo creí que el judío iba a saltar de contento, con esta “esperanza” que se le abría después de tanto tiempo. Pero fue al revés. Inclinó la cabeza en una profunda tristeza, agradeció a la señora, con algunas frases entrecortadas, y vimos que estaba por romper a llorar.

Nos marchamos discretamente, después de animarlo como pudimos. En el camino, narré a la señora mi conversación con él, y la interpretación que me había hecho, lo cual la interesaba vivamente. El auto volaba por la carretera de Nápoles que da al Yanícolo; bordeó la ciudad Vaticana y subió este monte. Desde arriba vimos de golpe a nuestros pies el viejo Transtevere, con sus casas viejas y tejados pardos irregulares, todas amontonadas bajo la sombra crepuscular. La señora volvió el rostro de la ventanilla y me dijo:

—¿Qué le parece esta vista?

—No sé. Es curiosa —le dije— Un apiñamiento humano.

—Parece una ciudad de juguete sobre la cual se hubiera posado una bandada espesa de murciélagos —dijo ella.

Efectivamente, ese aspecto se podía figurar de la masa irregular de los tejados.