PADRE LEONARDO CASTELLANI: MUJERES APOCALÍPTICAS

EN EL COMBATE DE RESISTENCIA

LOS PAPELES DE BENJAMIN BENAVIDES

PARTE TERCERA

MOONWATCH.jpg

CAPÍTULO I: LAS DOS MUJERES

Hacia el término del Apokalypsis aparecen en él dos mujeres misteriosas, una Madre y una Mala Hembra.

Una de las reglas capitales de interpretación, que formuló muy bien don Manuel Rosell, canónigo de Madrid en su precioso librito Reglas y observaciones para entender la Sagrada Escritura, 1798, es la recta lectura de las imágenes. Hay que saber lo que cada figura sensible significaba para los autores y oyentes de los libros sacros. ¡Los cuernos, no significan lo mismo para nosotros que para un hebreo, por ejemplo!

Para conocer las asociaciones, de imágenes del hebreo, no siendo uno hebreo, no hay nada mejor que la misma Escritura Sacra.

La mujer significa en la Escritura constantemente Israel, es decir, la religión. Dios apostrofa a su pueblo como a una adúltera o lo requiebra como una novia.

Los deuteroprofetas abandonan incluso la imagen de Reino para insistir en la figura de Esposa. Cristo llamó a su gente “generación adúltera”. San Pablo representó a la Iglesia con la figura de una doncella, “virginem castam exhibere Christo”, una virgen pura que dar en matrimonio a Cristo.

Las Dos Mujeres del Apokalypsis representan la religión en sus dos polos extremos, la religión corrompida y la religión fiel, la Forneguera sobre la Bestia Roja y la Parturienta vestida del sol de la Fe, pisando la luna del mundo mudable, y coronada de la venticuatral diadema estelar patriarcal y apostólica.

Estos dos aspectos de la religión son perfectamente distinguibles para Dios, pero no siempre para nosotros. La cizaña se parece al trigo y no será separada hasta la Siega. Por eso son dos los Ángeles que siegan en la Visión Catorce; uno corta la mies madura y otro vendimia los racimos que han de ser pisoteados en el lagar de la iracundia divina, los agraces.

Debemos apartamos del mal, pero no podemos juzgar al malhechor. El juicio pertenece a Dios.

Una prostituta no se distingue en la naturaleza ni en la forma de una mujer honesta. Sigue siendo mujer, no se vuelve bestia. Está sentada sobre la bestia.

Eso es lo que significa también el Pseudo-profeta de la Visión Oncena. Está al servicio del Anticristo, pero se parece al Cristo. “Hablaba como el Dragón, pero tenía dos cuernos semejantes al Cordero”.

Cuando vino Cristo eran tiempos confusos y tristes. La religión estaba pervertida en sus jefes y consecuentemente en parte del pueblo. “Haced todo lo que os dijeren pero no hagáis conforme a sus obras”. Cristo no abandonó la Sinagoga por eso, sino que se hizo matar por purificarla. De su corazón abierto nació la Iglesia, que primordialmente fue judía.

Cuando Cristo vuelva la situación será parecida. Solamente el fariseísmo, el pecado contra el Espíritu Santo, es capaz de producir esa magna apostasía que Él predijo: la “mayor tribulación desde el diluvio acá”, será producida por la peor corrupción, la corrupción de lo óptimo. El dolor sólo remediable por Dios en persona es el producido por la corrupción irremediable, “la sal que pierde su salinez”.

Por eso San Juan vio en la frente de la Ramera la palabra misterio, y dice que se asombró sobremanera, y el Ángel le dice: “Ven, y te explicaré el arcano de la Bestia”. Es el Misterio de Iniquidad, la “abominación de la desolación”; la parte carnal de la Iglesia ocultando, adulterando y aun persiguiendo la verdad, Sinagoga Satanæ.

Por eso la parte fiel de la Iglesia padecerá entonces “dolores como de parto”, y el Dragón estará a punto de tragar a su hijo, que sólo se salvará por milagro, y ella se salvará solamente huyendo a la soledad con dos alas de águila, y aún allí la perseguirá la riada de agua sucia y torrentosa que el Dragón lanzará contra ella… la nueva Esposa pura y sin mácula, inmaculadamente concebida de nuevo.

La esposa comete adulterio… Cuando su legítimo Señor y Esposo Cristo no es ya su alma y su todo; cuando los gozos de su casa no son ya toda su vida; cuando codicia lo transitorio del mundo en sus diversas manifestaciones, cuando mira sus grandezas, riquezas y honores con ojos golosos, cuando —como Israel un día— busca la alianza de un poder terreno contra la amenaza de otro poder terreno, cuando los teme demasiado; cuando reconoce al mundo como una realidad “muy ponderable” y lo mira como una potencia cuya ira procura evitar a cualquier costa, cuyo agrado y benevolencia solicita, con cuya “sabiduría”, educación, ciencia, cultura, política, diplomacia está encantada, “jam mœchata est in corde suo”. Esto es lo que llama el profeta “fornicar con los reyes de la tierra”

“Fornicación” llaman los profetas a la idolatría. “Fornicar con los ídolos” significa poner los ídolos en lugar de Dios, el legítimo esposo de nuestras mentes. “Fornicar con los reyes de la tierra” significa poner a los poderes de este mundo en el lugar de Dios.

Primero se fornica en el corazón desfalleciendo en la fe; después en los hechos, faltando a la caridad.

El error fundamental de nuestra práctica actual —y aun de la teoría a veces— es que amalgamamos el Reino y el Mundo, lo cual es exactamente lo que la Biblia llama “prostitución”, ¿No hay ahora sacerdotes políticos que quieren salvar a la Iglesia por medio de la Democracia o el Racismo o cualquier otro sistema político? ¿No hay actualmente aquí un predicador famosísimo que promete a las masas lisonjeadas una resurrección del mundo, una especie de reino milenario de felicidad temporal, por medio de la “hegemonía moral y religiosa” de Italia, entre las naciones, hegemonía prometida y querida —según él— por Dios mismo? ¿Dónde está en la Escritura esa promesa? Eso equivale simplemente a asimilar a Italia con “la mujer vestida del sol”. Eso no está en la Escritura. No hay en la Escritura promesas de hegemonías para las naciones; para nadie, fuera de Israel. De la Nueva Israel perdonada y purificada.

Si alguna hay, es la promesa de la hegemonía nefanda de la Gran Ramera, asentada sobre el poder político tiránico de la Bestia de Siete Cabezas y Diez Cuernos.

Los sacristanes, los profesores de historia eclesiástica, los monseñores politicones y los vendedores de “artículos para el culto católico” dicen entusiastas que “nunca ha estado mejor la Iglesia que hoy día”. Yo así lo creo, pero de “la mujer vestida del sol”, no de todo el campo del paterfamilias, donde hay y habrá siempre cizaña, según el oráculo divino.

Ellos hablan de otra cosa: a veces hablan netamente de la otra mujer, confunden las Dos Mujeres. O se confunden a sí mismos con la Iglesia.

Porque “el mercenario y que no es pastor, viendo venir el lobo huye y se pone a salvo; porque a él no le importa de las ovejas”.

Un cristiano tentado me decía poco ha: “Estamos peor que en los tiempos de Cristo. Entonces se podía decir: haced todo lo que os dijeren. Ahora no”.

Tened cuidado, tened cuidado con los sembradores de cizaña, que son hoy no solamente el hombre enemigo, sino también algunos de los siervos del paterfamilias.

La exégesis anglicana de Auberlen y Benson ha visto perfectamente esta verdad; sólo que ellos ignoraban otra, la verdad de la Iglesia visible, y por no verla pervierten todo el conjunto.

Dios mantendrá sus promesas acerca de la infalibilidad de la doctrina en el Magisterio Supremo; aun cuando todo parezca anochecido, brillará esa luz.

En los últimos días, el residuo de cristianos fieles y su jefe serán visibles. ¡Y tanto! Serán explosivamente visibles, a causa misma de la furiosa persecución contra ellos; aunque no serán visibles, para los perseguidores, que estarán —conforme está dicho a la Iglesia de Laodicea— “ciegos”.

El mundo odiará a los Dos Últimos Testigos, tanto que cuando el Anticristo los mate, “se enviarán gozosos regalos unos a otros”. Porque “el mundo los odiara” y ellos darán fastidio al mundo entero.

“Y seréis odiados de todo el mundo por causa mía”.

Así que hoy conviene probar todo espíritu y quedarse solamente con el que es bueno: porque ¡ojo! las Dos Mujeres son gemelas.

Las Dos Mujeres son hermanas, nacidas de una misma madre: la Religión, la religiosidad, el profundo instinto religioso inerradicable en el ser humano.

Y la Bestia de la tierra se parece al Cordero: “hace prodigios y portentos”, promete la felicidad y habla palabras hermosas llenas de halago. Promete el reino en este mundo.

Éste es el sentido de las Dos Mujeres; son las Dos Ciudades de San Agustín, llegadas a su máximo de tensión contraria, pero siempre mezcladas entre ellas y en sus habitantes. ¡Tened cuidado! Dos estarán juntos en un lecho; uno será elegido y otro será dejado.

Además y después de este sentido general, yo no niego que haya otro sentido peculiar, más concreto todavía.

El Apokalypsis tiene dos sentidos literales. Su primer comentador científico, el donatista Ticonius, el cual siguió San Agustín, formuló esta “regla de los sentidos”.

“Narravit enim Spiritus Sanctus in specie genus abscondens… dum enim species narrat, ita in genus transit ut transitus non statim liquido appareat”. Narró pues el Espíritu escondiendo lo general en lo particular. Y lo malo es que al narrar lo particular pasa talmente a veces a lo general, que el paso no se distingue muy claro…

El significado concreto y ya esjatológico de las Dos Mujeres es éste, según parece: la Mujer Celestial y Afligida es el Israel de Dios, Israel hecho Iglesia; y concretamente el Israel convertido de los últimos tiempos; la Mujer Ramera y Blasfema es la religión adulterada ya formulada en Pseudo Iglesia en los últimos tiempos, prostituida a los Poderes de este mundo y asentada sobre la formidable potencia política y tiránico imperio del Anticristo…

Ésta fue una de las primeras lecciones que nos dio el judío después de su enfermedad, hacia mediados de junio; ya éramos un buen grupito en su horrible galpón, sentados en cajones, sillas rotas y tronos o sediles de mojiganga, que habían servido para hacer cine. Mis visitas se habían convertido en esa especie de clases, porque aumentaban los visitantes, y las habíamos fijado en el sábado y domingo pomeriggio, que era el tiempo que él tenía libre. Además de los tres primeros visitantes, Mangué, yo, Donna Prisca —fray Fulgencio había desertado—, estaban ds periodistas españoles, Donma Ina la hebrea, su hijita Mariányels —antes de su muerte subitánea—, un empleado del consulado argentino, un viejo comerciante italiano que había vivido en Sudamérica, y el hijo mayor del teniente de carabineros, que estudiaba ingeniería y “castilla” al mismo tiempo, con la intención de emigrar a la Argentina.

Unos faltaban y otros se añadían, según que uno invitase o no a algún amigo. Pero el núcleo constante era ése. El “Governatorato” había permitido esas reuniones, gracias a la diplomacia de nuestra “diplomática”. Algunos días las clases eran un verdadero circo, a causa de las discusiones de Mungué Murray.

¡Ah! venia también uno de los presos del campo, un yugoeslavo de ojos de brasa, que no podía ver al judío. No sé por qué venía.