PADRE LEONARDO CASTELLANI: MUJERES APOCALÍPTICAS

EN EL COMBATE DE RESISTENCIA

LOS PAPELES DE BENJAMIN BENAVIDES

PARTE TERCERA

CAPÍTULO III: LA PERDIDA

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Mungué Murray había estado en la recepción de Myron Taylor en el Vaticano, con algunos miembros de la embajada argentina; había oído los discursos en la sala del Tronetto y había vuelto yancófilo hasta los huesos. “Hay que estar con Estados Unidos —decía— porque Estados Unidos está contra Rusia. Cuando Alemania estaba contra Rusia, ya estaba con Alemania. Ahora estay con Estados Unidos

Nos aburrió con la descripción de los discursos, y con loas a monseñor Spellman, que él aseguraba sería el próximo papa. Hablaba con ufanía y gran satisfacción de “la potencia financiera y la potencia política del Vaticano y de la Compañía de Jesús”. Parecía poner estas cosas en el mismo plano; como si fuesen el brazo derecho y el brazo izquierdo, o la pierna derecha y la pierna izquierda del sumo pontífice… creo que él mismo usó esta metáfora… no es mía.

El hebreo le escuchaba con una sonrisa forzada. Dona Priscila con atención interrogativa.

—La potencia financiera y la potencia política del Vaticano y la Compañía de Jesús —dijo Benya cuando el otro freno de puro cansado— no son lo que usted cree. El mundo de hoy no les hace caso, a no ser con la intención de traerlos a sus intenciones… “¿Cuántas divisiones motorizadas tiene el papa?” preguntó Stalin en Yalta. Pero si “la potencia financiera y la potencia política” son o llegan a ser lo que usted cree, entonces… ¡ay de nosotros! porque en ninguno de los cuatro Evangelios hay ni la sombra de una intención divina de crear una gran potencia financiera y política ¡sobre la Cruz de Jesucristo! ni sobre su nombre.

Y en el Apokalypsis hay con toda claridad señalada una gran potencia política y una gran potencia financiera en la persona de la Gran Ramera, que significa la religiosidad adulterada.

La potencia política esta significada por la Bestia Bermeja —o como dice el griego, la Fiera Roja— con sus siete cabezas y diez cuernos… “que son diez reyes” que representan un gran imperio pagano y satánico, “lleno de nombres de blasfemia”, es la fiera que surgió del mar: el Dragón, o sea Satanás, la hizo surgir con su mirada, “parándose a la orilla del mar”.

La potencia financiera está representada no sólo en el oro y las gemas que cubren a la Perdida sino sobre todo en el llanto que hacen cuando ella es destruida todos “los negociantes de la tierra“.

“Y los emporios de la tierra sobre ella lloraran y plañirán
porque su mercancía nadie ya negociará
mercancía de oro y de plata
y piedras preciosas y perlas
y holanda y púrpura y seda y grana….”

Y sigue enumerando el Profeta todas las mercancías de lujo y después las de necesidad, como el trigo y la carne acabando con “los esclavos y vidas de hombre”, que también son hoy mercancía.

“Y los mercaderes de esto, que se hadan ricos
parados lejos por miedo de sus tormentos
llorando y gimiendo y diciendo:
¡Ay, ay, ay, la ciudad aquella grande
que vestía de holanda, purpura y grana
y era ornada de oro y joyas y gemas…”

Y después menciona idéntico clangor de la gran flota mercante del imperio:

“Y todo comandante y que navega el Mediterráneo
y nauta y los que trabajan en el mar
se paraban lejos y gritaban mirando la marcha del incendio:
¿Quién como aquella capital?
y echaron ceniza sobre sus cabezas
y gritaron llorando y gimiendo:
¡Ay, ay, ay, la ciudad aquella grande
en la que todos se hacían ricos
los que tenían en el mar naves de sus finanzas
en una hora ha sido aniquilada!”

Es pues una ciudad financiera “capitalista’’ —como diríamos hoy— la aquí designada: el emporio y centro del capitalismo mundial. He aquí donde irá a parar, caro amigo, su “potencia financiera.’’

Mungué fue a replicar, pero lo atajó la dama: —¿No dijo usted que la Mala Mujer representaba la religiosidad adulterada? ¡Y ahora sale con que representa el capitalismo!

—La Ramera representa tres cosas concretas que serán, y ya comienzan a ser, una misma; y se implican mutuamente: la última herejía, la urbe donde esa herejía tendrá su cabeza, el imperio que esa urbe gobernará. Ese imperio será un emporio marítimo, tendrá lo que llaman hoy hegemonía del mar… No ha reparado usted en lo curioso del final del Capitulo XII —en algunos códices griegos el principio del XIII—, ese versículo suelto y curioso que dice: “Y se posó [el Dragón] en la arena del mar… ¿Por qué?, después que no pudo tragar a la Mujer Madre ni a su Hijo, ni ahogarlos con una riada, cuando lleno de furor —porque le queda poco tiempo,

“Se va a hacer la guerra
con el resto de su semilla
los que guardan el mandato de Dios
y tienen el testimonio del Cristo”.

¿Por qué, digo, “se posa sobre la arena del mar” e incubando con su mirada el báratro movedizo hace surgir de él a la Fiera de las siete cabezas y diez cuernos, con diez diademas y nombres de blasfemia, compuesta de leopardo, de oso y de león?

—No se posa el Dragón sobre la orilla del mar; el que se posa es San Juan —dijo Mungué, que estaba picado por lo de antes—. La versión anglicana King’s Bible, traduce: “Y me paré en la orilla del mar, y vi una bestia que del mar subía…”.

Y en efecto —continuó— hay un grupo de códices, designados por los críticos con la letra Kappa mayúscula, que comprende el 046 del Vaticano y muchos minúsculos, los cuales traen la primera persona aoristo pasivo en lugar de la tercera…

El judío sonrió al salivazo de erudición:

—Es una lección desautorizada y enteramente negligible —dijo—. Solamente la Vulgata, sin contar el codex sinaiticus y la inmensa mayoría de los otros, impondría la tercera persona. Pero aunque así no fuese, poco importaría: que la Fiera sale del mar y que la Ramera es un emporio marítimo, un gran puerto, consta hasta el exceso por los otros lugares que he citado. Pero a mí me gusta esa imagen usada del Profeta, la imagen del Dragón posándose sobre la orilla del mar con los ojos centelleantes —mucho más digna del gran escritor que fue San Juan— que la otra sosa y banal de que el mismo estaba en la playa de Palmos y vio subir del mar una bestia… como quiere Ramsay. No habría transición ni unión ninguna con la Visión anterior, en ese caso. No; no es posible. Basta tener sentido literario.

—¿Y qué quiere decir? —pregunto la dama.

—¿No han leído ustedes ningún libro sobre el fenicianismo, raíz del moderno capitalismo?

—¡No! —contestamos a coro—. ¿Qué es eso?

El judío se puso a buscar entre sus papeles con muestras de fastidio nervioso —sin hallar nada.

—Aquí tenía un precioso ensayo de Chesterton, una parábola, titulada La galera de oro (The golden Galley) en que el gran periodista inglés describe el fenicianismo en una alegoría brillante, que es una verdadera profecía… ¿dónde diablos esta? No sé qué la he hecho.

—¡La he leído! —exclamo la señora con una palmada en la frente—. Pero no la entendí… ni la recuerdo.

—¿Ni siquiera recuerdan ustedes las imprecaciones de Platón y Aristóteles contra las ciudades portuarias, los vejámenes que proferían los antiguos contra los comerciantes?

—En Atenas, los comerciantes eran metecos —dije.

—Yo recuerdo en Santo Tomas, en el De Regimine Principum, cómo denigra el santo doctor a las ciudades portuarias, cosmopolitas, confusas, y corrompidas; y exige al príncipe perfecto para su capital una ciudad interior… —dijo Murray.

—Yo aborrezco los puertos —dijo la señora—: he habitado 6 meses Marsella y me daba asco; y eso que Marsiho tiene una ilustre prosapia romana y cristiana, con obispos doctos y santos mártires. Mi marido quiso curiosear el gran lupanar, esas veinte horribles callejuelas, paralelo al mar entre el puerto, la bolsa, la Mairía y el Hotel-de-Villa, que ningún turista se pierde… es una curiosidad notable; por cierto, hija de la Republica —decía él—. Yo lo abandoné en la segunda calleja y estuve siete días peleada con él, me pareció una afrenta que me hizo, querer llevarme por ahí; porque ese cáncer de Marsella es una afrenta de la natura humana, y de la mujer, una doble afrenta. Por cierto que le costó caro, porque le voltearon el sombrero, le echaron barro y se burlaron de él, el hampa que vive allí. ¡Qué horror! Si hay un lugar en el mundo donde la vida sea todavía como mil años antes de Cristo, en Alejandría, o en Babilonia, son esas calles Coutellerie, Bouterie, Caisserie, Lengerie, Cuiraterie, Bonnetterie… donde roncos fonógrafos tocan el Santa Luchia y mujeres bestiales con los pechos al aire acometen con palabras obscenas a los transeúntes… ¡aquello no es ni siquiera Occidente! ¡Es el obsceno hormiguero oriental!

La dama estaba encendida y elocuente. El hebreo aseñó con la cabeza.

—Platón… —dijo—. Eso está en Platón… Los puertos.

—Todas las capitales católicas son interiores —sugirió ella—: Paris, Roma, Madrid, Viena.

—¡Pobre Buenos Aires! —exclamé yo.

—Buenos Aires no es una ciudad, es una nación. Es una isla —dijo el judío.

—¿Pues qué tienen los puertos para ser tan malos? —dijo Mungué.

El comercio —dijo Beaya—. “Le commnerce, c’est satanique”, decía Baudelaire…

—¡Hombre!, si no hubiera comerciantes… —dije yo.

—El comercio moderno es propiamente satánico —aseveró el judío.

Los antiguos despreciaban al comerciante, y eso que el comerciante antiguo exponía al menossu capital, a veces su vida por enriquecerse, como el Antonio y el Basanio deShakespeare…. aquello que dice Horacio en tantos lugares.

“Gaudentem patrios findere sarculo
agros, Attalicis conditionibus
nunquam demoveas, ut trabe Cypria
myrtoum pavidus nauta secet mare.
Luctantem Icariis fluctibus Africum
mercator metuens, otium et oppidi
laudat rura sui; mox reficit rates
quassas, indocilis pauperiem pati…

[El que se afana en desbrozar con el escardillo los campos que heredó de sus padres, aun ofreciéndole los tesoros de Átalo, no se resolverá, como tímido navegante, a la travesía del mar de Mirtos en la vela de Chipre. El mercader, asustado por las luchas del Ábrego con las olas de Icaria, alaba el sosiego y los campos de su país natal; mas poco dispuesto a soportar los rigores de la pobreza, recompone luego sus barcos destrozados.]

Pero el comerciante moderno, el capitalista no expone nada, y se enriquece automáticamente con el sudor y aun la sangre ajena… ¡Pensemos en los comerciantes de armamentos! Tienen un montón de dinero que le produce más dinero, sin que él se mueva, como un peral peras; en virtud de la ley monstruosa de la usura transformada por el mundo moderno en una especie de ley natural. ¡El aro pare oro, literalmente, como si fuese una cosa viva! Y eso es una invención de Satán: Eso es lo que hizo Satán, “parándose a la orilla del mar”; primero en los bordes de Troya, la ciudad de Neptuno, Venus y Mercurio; y después en las costas de Tiro y Sidón; después en el gran puerto de Cartago; después en Venecia, Hamburgo, Brema y Génova; después en Amsterdam; después en Londres… —dijo y se detuvo…

—¿Y después? —Interrogamos.

—Ahora en Nueva York. Despues… Dios lo sabe.

—Usted —dijo Mungué— no respeta a nadie y echa abajo a todo el mundo…

—El poder de lucrar, que se sirve de la supremacía naval en los mares —prosiguió el otro—, primero fue lucro, y ése es el vicio capital que Aristóteles enrostra a los mercaderes para que no puedan ser nobles, “tener por fin el lucro, que es una cosa indeterminada….”; después se volvió usura, que es peor que el simple lucro; el cual “puede rectificarse”, dice Santo Tomás, mientras la usura es un puro vicio contra natura; y hoy día se ha hecho algo peor todavía: prepotencia, imperialismo, tiranía y crueldad. Y las naciones existen hoy día por eso, lo demás es epifenómeno, incluso la religión de las naciones clericales, como notó Karlos Marx. Reparen ustedes cómo Daniel describió los imperios paganos en figura de fieras; pero San Juan describe el imperio del Anticristo en figura de dragón mezcla de todas las fieras de Daniel y como su resumen empeorado; porque es peor el neo-paganismo, que es apostasía, que el antiguo paganismo, que era simplemente pre-cristianismo.

—Díganos cuál será, de las ciudades del mundo, la Urbe Perdida, la capital del Anticristo —dije yo—, si es que por ventura son una y la misma.

—Eso no tiene brujería —interrumpió Mungué—. La ciudad designada evidentemente por San Juan no será sino que fue. Fue la Roma pagana capital del imperio podrido, y sede del culto nefando al emperador hecho Dios. El texto no deja dudas. El Ángel le dice al Profeta: “Las siete testas son siete montes sobre que la Hembra sede”, referencia clara a las conocidas Siete Colinas.

—Y siete reyes son —insinuó el judío—, no lo olvide, continúe usted.

—¿Qué quiere usted decir?

—Que su interpretación bossuetiana es indudable como sentido próximo e imagen del tipo, que es sin duda la Roma Étnica; pero no excluye, antes pide con el texto mismo “otra significación más profunda”, como dijo el mismo Bossuet, que es la misma significación esjatológica de la última Urbe impía, semejante a una Roma Cesárea empeorada al décuplo; y por eso mezcla San Juan en su retrato realmente poco artístico todas las fieras de Daniel: “La Fiera IV era desemejante a las otras” —dice Daniel prenunciando el Imperio Romano—; pero San Juan hace a su nueva y vieja Fiera que era y no es —es decir que es resurrección adulterada de otra antigua cosa auténtica—, la hace una mezcla de las tres primeras. Será una impía Urbe religiosa y capitalista, cabeza de un Imperio sacro falsificado, es decir, de un imperialismo; según parece claro.

—¿Y cómo es que el texto mismo pide, dice usted, esa interpretación remota?

—Entre otras cosas porque dice que “las siete cabezas son siete montes; y también son siete reyes…” Monte en la Escritura significa reino y poder político y también hombre poderoso políticamente, como saben ustedes por la explicación del dialogo IV de fray Luis de León sobre este nombre de Cristo: Monte de Dios, No es forzoso pues que la Ciudad impía de los últimos tiempos sea de nuevo la Ciudad de las Siete Colinas —aunque tampoco es imposible—; basta que sea una ciudad imperial que domina a siete reinos.

—Pero los reinos del Anticristo serán diez —le dije— “Los diez cuernos significan diez reyes…”

—Sí, pero sabemos por el lugar paralelo de Daniel que el Anticristo derrotará a tres reyes, y entonces los otros siete se le someterán…

—De modo que según usted el imperio del Anticristo consistirá en tres reyes vencidos y siete reyes vasallos…

—Siete, o más —dijo Benya—, poco importa. El número diez señala todos los reinos del universo. El número 10 en la Escritura significa una cosa completa en lo profano, así como el 12 significa una cosa completa en lo sacro y el 24 una cosa completa en el Cielo, es decir, definitivamente: los 24 ancianos de la Visión Primera significan la Sinagoga y la Iglesia definitivamente salvadas… Los Doce Patriarcas con los Doce Apóstoles…

Reinó un breve silencio. La señora estaba pensativa y Mungué desatento. Por hacerme el vivo, yo dije:

—Siendo así, si el 10 significa la integridad del orden profano y el 12 el orden sacro, la Revolución Francesa entonces, que cambió el modo duodecimal de numerar por el modo decimal ¿significará la sustitución del orden sacro antiguo por el orden profano, es decir lo que llamamos el laicismo?

El viejo se echó a reír.

—Voy haciendo discípulos —dijo.

Mungué saltó entonces bruscamente.

—¿Tres reyes vencidos por el Anticristo y los demás que se le rinden? —dijo—¡Zas! Esto concuerda con la situación presente. ¿No hay ahora en el mundo Cuatro Grandes y todos los demás en tomo de ellos en la ONU? Un mando con cuatro cabezas no puede ser más que provisorio… Si uno de ellos guerrease y venciera a los otros tres evidentemente se haría el amo del mundo… ¡Rusia! —exclamó volviendo a su idea—.Eso es lo que dijo exactamente Gonzaga de Reynolds en su conferencia de Friburgo. Este viejo suizo es una verdadera autoridad en asuntos europeos. Dijo que Rusia tenía apostados siete cuerpos de ejército en su frontera desde Finlandia a Trieste, con los cuales en diez días podía llegar al Atlántico, como los alemanes en 1940; y después invadir a Inglaterra, como no pudieron los alemanes; ayudada ella esta vez quizás por los mismos alemanes; y, habiéndole así quitado a Norteamérica ese gran portaviones que es Gran Bretaña, rendirla luego por medio de bombardeos bárbaros, y de la quinta columna comunista, como hicieron los ingleses con Italia. ¡Rusia! Si el Anticristo está cerca, no puede ser otro sino Rusia…

El viejo rio de nuevo.

—Me están saliendo discípulos —repitió— A los discípulos hay que dejarlos un poco hacer pinitos. Esa conjetura suya cabe ciertamente en el esquema de la profecía…

—Pero nada prueba todavía que sea necesaria —dije yo…

—¡Yo tengo otra mejor! —exclamó la señora—. Si se produce la Guerra de los Continentes entre Rusia y Yanquilandia —esa guerra con que nos amenazan los diarios cada día, para que hagan entre tanto su agosto los politiqueros— ganará Estados Unidos. ¡Tienen la bomba atómica esos animales! Yanquilandia vencerá a Rusia y a sus dos aliados orientales, China y el mundo árabe; y Nueva York será entonces la dueña indubitable del mundo, la ciudad meretricia, capitalista y herética. ¿No habíamos quedado en que, según el Profeta, tiene que ser un puerto, capitalista y anticatólico, o mejor dicho católico falsificado?

—¡Mire! —dijo agitando una gruesa revista en ingles que traía en las manos—. ¡The Ladies Home Magazine! Lea esta espléndida y refinada revista neoyorkina que aquí cuesta seiscientas liras, y verá la más completa y sutil falsificación del cristianismo que se puede sonar: un ideal de vida cómoda, lujosa y divertida, con mucho “sex-appeal” por supuesto, y con un marco de algunos vagos y diluidos dogmas cristianos que no comprometen a nada. ¡La he leído toda estos días! —dijo encendiéndose— Es el ideal de la Añadidura antes que el Reino, o la Añadidura sin el Reino, o el Reino Milenario realizado desde ya y sin Cristo —es decir, el cristianismo expurgado de la cruz de Cristo y de su Segunda Venida… ¡Este es el verdadero Anticristo! Si esto invade al mundo como lo está invadiendo y al fin lo domina… Esto es falsa religión sumamente seductora: esto es peor si cabe que el comunismo.

Benya aprobó gravemente con la cabeza.

—Los dos son peores —dijo— y es más que probable que un día se fusionen, porque proceden de un mismo espíritu, el espíritu del Jardín de Edén y del Paraíso en la tierra. Y quien hará la fusión será la Bestia Segunda; la Fiera de la Tierra, “que tenía dos cuernos como el Cordero y hablaba como el dragón”.

—Yo tengo una conjetura mejor —salté entonces, que no largaba todavía mi soñada casita en San Femando—: no habrá guerra, la guerra es un bluff. Los dos colosos que ahora se enfrentan y muestran los dientes se compondrán por el miedo. Se hará un equilibrio de fuerzas, como ha pasada tantas veces en la historia de Europa y habrá trescientos o cuatrocientos años de paz armada, pero de paz en fin. ¡Y después de trescientos años, que venga el Anticristo si quiere, que yo de todos modos soy soltero…

El judío sonrió con facha de cansado, bostezó y dijo: —Mi conjetura tiene en cuenta todas las de ustedes y es una síntesis… conjetural, por supuesto. Ustedes no tienen en cuenta el enigma que hay en esa Visión Dieciséis, que es dificilísimo: esos diez reyes “que prestan toda su fuerza a la Ciudad Perdida” y por otra parte dice que “la incendian y la aniquilan”; ¿y cómo puede ser la metrópoli del Anticristo par un lado, e incendiada y deshecha antes de la Parusía por otro? Evidentemente hay aquí dos tiempos, dos momentos diversos. Entonces…

Suspiró profundamente e iba a proseguir, cuando cayó el teniente con un muchacho mensajero vestido de lujosa librea, el cual le entrego, después de identificarlo, un grueso sobre que tenía el timbre de un gran hotel de Roma… El viejo miró el sobre escrito y…

¡Se acabó la visita y la clase? El viejo se conturbó todo, y guardó cuidadosamente los papeles en el bolsillo de su tosca camisa de lienzo crudo. “No leer cartas por la tarde: después no duermo en toda la noche”, musitó agitado, después de examinar largamente la letra del sobre. Le temblaban las manos, se había puesto nerviosísimo. A una invitación mía, respondió con una interjección casi grosera. Nos marchamos.

Estoy calando poco a poco lo que pasa, y que él cela tan celoso.

Su hermano el millonario está en Roma, le escribe, y quizá lo ve.

Tiene que haber entre ellos algún negocio o pleito horroroso. Por una razón o por otra, el viejo le tiene miedo al otro, y también le mete miedo: debe tener un secreto de él o el cabo de alguna cuerda que lo puede ahorcar… Así se explican todas esas expresiones misteriosas que yo y Tonio le sorprendemos de vez en cuando:

“Mi pluma no es pluma: es una lanza”.

“Si uno tiene aguante con un tramposo, el tramposo cae al fin en su propia trampa”.

Y lo que le oí esta mañana acerca del miedo:

“El miedo es la pasión más salvaje y ciega que existe: hay que tenerle miedo a un hombre potente que nos tiene miedo. La mayoría de las iniquidades y crueldades de la tierra las ha cometido el miedo…”

Y después había suspirado:

—O hay que inspirar mucho miedo o cuidar mucho de no inspirar ninguno…

Yo recordé el Martín Fierro:

“A ningún hombre amenacen
porque naides se acobarda…
pero en conocerlo tarda
quien amenaza imprudente:
que hay un peligro presente
y otro peligro que aguarda”.

Pero ahora mientras regresaba sentado al lado del chofer, no pensaba yo en los peligros del viejo, sino en los míos; pensaba en mi “religión personal” que andaba muy descuidada hace años, y también en el diario, que no pagaba hacía cinco meses. Si no fuera por mi familia, que me mantenía en Roma porque le tenía yo más cuenta lejos que cerca, no sé qué fuera de mí. Me estoy cansando del diario, mis crónicas salen desmayadas, y sólo me gusta pensar en cosas religiosas… y raras.

Me distraía la discusión que mantenían detrás de mí la señora y el seminarista, sobre si el Anticristo iba a ser ruso o yanqui… el Stavroguin de Dostoyewski o el Felsenburgh del novelista Hugo Benson. Yo oía trozos de la discusión, cuando ellos chillaban entre el ruido del motor:

—Señora mía, Roma no se corromperá jamás. Tiene la promesa del Espíritu Santo, de la asistencia de Cristo hasta el fin del mundo. El papa, según enseñan los teólogos, no saldrá jamás de Roma…

—Eso no es seguro —decía la dama—. Pero aunque lo fuera, pudiera un día estar en Roma el último papa en una condición tan precaria como estuvo el primer papa en la cárcel Mamertina… los papas… antes… Aviñón, Gaeta, Ancona… Gregorio VII… He amado la justicia y odiado la iniquidad: por eso muero en el destierro… Creo que es una frase de humor, por eso me resulta admirable: parece una parodia humorosa del salmo donde se promete a los que aman la justicia toda suerte de bienes temporales… un papa magnánimo y humorista…

El coche frenó de golpe, había una manadita de ovejas cortando la Via Appia: el pastor con su gran capucho puntiagudo estaba inmóvil de rodillas ante la cruz de Cecilia Metella; ni se movió; tuvo el chofer que apartar las ovejas. Yo pensé: “A éste no le puede hacer ningún daño el Anticristo”.

A mí me puede hacer. Yo —como dijo Gracián de los españoles— no soy muy devoto, pero soy tenaz en mi religión. Pero, si hay tantas complicaciones y engaños de religión adulterada, herejías sutiles, cristianismo político, clericalismo y fariseísmo, yo que no entiendo nada de teología, estoy listo. ¿A quién creer? A lo mehó —como me dice Mariányels— el judío mismo es un hereje solapado y aleve.

¡A lo mehó!

Me eché a reír. Volví la cabeza y grité a los dos discutientes:

—¡Mire que pasarse dos años sin probar una sola vez el jamón frito, los huevos quimbos, el asao-con-cuero y el dulce de leche! ¡Y todavía tener ganas de discutir!

Se rieron los dos.

—¡Eso no es nada! —gritó el seminarista.

—¡Eso, y lo que eso incluye, quiero decir yo!

— ¡Eso, por no venir a comer a mi casa! —me retó la dama.

Francamente no me resulta cómodo almorzar en la embajada.

Encontramos al llegar a fray Fulgencio esperando a la señora. Está ufanísimo, porque está ayudando una tanda de ejercicios que da a la congregación de “Ricos de Cristo Rey” el predicador más notable de Italia, el padre Milanesi, de su orden (“de los nuestros”).

Supongo que esa congregación de “Ricos de Cristo Rey” será una cofradía de “Nuevos ricos”, a la manera de las antiguas congregaciones de nobles.