PADRE CERIANI: QUE LA FÁBULA LE SIRVA DE LECCIÓN

Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.
Sesenta pendones lleva detrás el Campeador.
Todos salían a verle, niño, mujer y varón,
a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.
¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
Y de los labios de todos sale la misma razón:
¡Dios, qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!

Cantar del Mio Cid

Como resumen de la semana pasada, y para ilustrar el mundo que gira y no permanece, rememoro una “fábula” del hermoso libro Camperas, del Padre Leonardo Castellani.

UNA LECCIÓN

Como el doctor Valarasa era extranjero, no conocía el modo de ser de los paisanos de aquí. Así que se pensó, por lo visto, que aquel emponchado que detuvo en el camino, casi sin parar del todo el tilbury y el fogoso bayo, era un cualquiera; porque no conoció que, aunque raído, era de vicuña el poncho. Y era don Babel (Gabriel) Pedraria, tropero y capataz, a quien sin ser conde ni marqués todos respetaban, sin embargo, muchísimo.

Pero el doctor le grito bruscamente: — ¡Oiga usté! ¿En cuánto tiempo puedo llegar de aquí al Campo…? ¡Rediez!

— ¿Campo l’Overo?

— ¡Eso es, el Campo Overo! ¡Listo!

— Asigún como ande… —contestó el otro alzando los hombros— Si anda despacio…

— ¡Si ando ligero! ¡Rediez!

— Si anda despacio…, puede ser que llegue en dos horas.

— ¡Si ando ligero! ¡Rediez!

— Asigún cómo de ligero… Si anda muy ligero…

— ¡A todo lo que da! ¿Me contesta de una vez?

— Si anda muy ligero —contestó el tropero con más pachorra que antes—, puede ser que llegue en dos días.

¡Crajj!

Como un rayo cayó la fusta del doctor, que creyó que se burlaban de él, sobre el lomo del tropero; y después sobre el del bayo, que arrancó como un ventarrón.

De modo que el arrebatado español ni siquiera vio el salto de león enfurecido del criollo, que casi cayó bajo sus ruedas.

1

Ni vio después las muecas de su cara, que indicaban cómo estaba dominando una formidable tormenta interior. Porque si la hubiera visto y hubiera conocido además la proverbial y estoica serenidad del capataz, que era todo un hombre, se hubiera alarmado. Yo siendo niño le oí contar una vez al lado del fogón a Don Babel, cómo encontró en el monte a los dos asesinos de la familia de su compadre Zanutte, dos fieras cuyo siniestro recuerdo se conserva todavía después de treinta años en mi pueblo; y temblé de pies a cabeza cuando le oí contestar con naturalidad a la pregunta mía:

— ¿Y usted que hizo, Don Babel?

— Y…, los maté a los dos, como era justo.

Como si hubiera dicho que se había desayunado esa mañana, exactamente.

¡Qué estoicismo el de aquel hombre! A la media hora después del trallazo, su cara serena no mostraba agitación ninguna; y a una media hora más de camino, se encontró con el tilbury del doctor, que se había roto un eje contra un tacurú, por disparar por mal camino.

— ¡Había tenido razón, mi amigo! —gritó el doctor sinceramente arrepentido—. Ahora ya no llego en dos días… y me espera un enfermo grave, allá en lo de Muchut.

El doctor vio a Don Babel bajar la cabeza, empezar a hacer muecas con la cara y pasar de largo en silencio y de prisa, y sin mirarlo.

— ¡Tome, amigo, para usté, este reloj… es de oro!

El criollo se aproximó a él con pasos oblicuos, casi sin mirarle, tendiendo la mano, y…

¡¡Crajj!!

La tralla, arrebatada bruscamente de la mano del doctor, cayó sobre su pecho y espalda y se le enrosco al pecho silbando mientras el reloj volaba por los aires.

2

— ¿Para qué quiero su reló? No, doctor, no, deje nomas la culata… es inútil… que no es hombre usté de asesinarme aquí en el campo… y menos estando yo desarmado. No grite, doctor, que lo que hice es muy justo… no se enoje… Ni se apure tampoco que ahurita voy corriendo al puesto de aquí y le voy a trair tilbury y caballo… En esta tierra hay que aprender a andar a caballo nomas, doctor, que los coches con los malos caminos son al cuete…

— ¡Perdóneme, caráspita…! Me he arrebatado, canario, como suelo, ¡malhaya! Acépteme el reloj, como pago del servicio, ¡caray!

(No me acuerdo bien ahora si las interjecciones del doctor eran éstas u otras… de que no quiero acordarme).

— Acepte, caramba, el reloj por el servicio y la lección.

— No, doctor, si el servicio no lo hago por usté… lo hago por el enfermo.

Hay que dominar la ira, muchachos. Porque si un patrón le pega un sopapo a un peón y el peón se domina, el peón es patrón en ese momento y el patrón es un esclavo.