VICTORIOSOS Y CAÍDOS: LOS ÁNGELES

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

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“Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”.

Carta de San Pablo a los Efesios, VI, 11-17

La Iglesia está sumergida en la lucha: tal es la ley de su vida. En ella y con ella somos también nosotros unos perpetuos combatientes, militantes.

El Reino de los Cielos padece violencia, y sólo los violentos, los esforzados, pueden conquistarlo, dijo Nuestro Señor. Nuestros peores enemigos, los perversos enemigos de la Iglesia, no son los hombres, sino los malos espíritus. Son enemigos invisibles y, además, muy superiores a nosotros en inteligencia y en fuerza.

Su número es legión; su razón de ser es malicia, astucia, engaño; sus armas son el fraude y la falsedad; sus intenciones, la perdición, la muerte eterna de las almas redimidas por Jesús al precio de su misma Sangre.

Estos espíritus de la astucia son los señores, los jefes del mundo de las tinieblas, es decir, de los malos, de los incrédulos, de los ateos, de los enemigos de Dios y de Cristo. Se ocultan detrás de todos los que injurian, calumnian, oprimen y persiguen a Cristo y a su Iglesia.

A esta luz contempla la Liturgia la historia de la Santa Iglesia, la vida de los Santos y la de los hijos de Dios.

A esta luz debemos contemplar también nosotros nuestra propia vida sobre la tierra. Mientras peregrine la Iglesia por la tierra, será siempre la Iglesia militante.

En ella lucha Cristo contra Satanás. Nosotros somos miembros de la Iglesia Militante. A todos nosotros se dirige esta exhortación del Apóstol San Pedro:

Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, está siempre rondando en torno vuestro, como un león rugiente, buscando a quien devorar”.

LOS ÁNGELES

Primera entrega

-Significado

-Naturaleza

-Entendimiento

Comenzamos dando unas nociones sobre la expresión y el significado de la palabra Ángel.

Etimológicamente, la palabra Ángel significa nuncio, enviado, embajador.

Por lo tanto, Ángel no es nombre de naturaleza o personal, sino el de un oficio (como la expresión médico, abogado, ingeniero).

Realmente y en su sentido estricto se entiende por Ángeles ciertas substancias creadas, completas y subsistentes, de naturaleza puramente espiritual, dotadas de inteligencia y voluntad, de poder superior a los hombres.

Se dice completas y subsistentes, no sólo en razón de substancia, sino también en razón de especie; pues no se unen como forma a un cuerpo (cual sucede con el alma humana), sino que subsisten perfectamente en su propio ser espiritual.

Por tratarse de puros espíritus, sin mezcla alguna de materia, están dotados de gran inteligencia, puesto que la inmaterialidad es la raíz del conocimiento intelectual. Un ser es tanto más inteligente cuanto menos contacto tiene con la materia.

Los Ángeles fueron creados juntamente con el mundo corpóreo y antes que el hombre. (Sentencia más probable.)

Sobre esta conclusión hay que advertir lo siguiente:

1º) No hay ningún texto en la Sagrada Escritura que dirima esta cuestión de una manera clara y terminante.

2º) Los Santos Padres están divididos. La mayoría de los Padres griegos y algunos latinos opinan que los Ángeles fueron creados antes que el mundo material. La mayoría de los latinos, en cambio, piensan que fueron creados juntamente con el mundo material y antes que el hombre (que, según el Génesis, fue creado el sexto día, o sea al final de la creación del mundo: Gén. 1, 26).

3º) El concilio IV de Letrán y el Vaticano I declararon que “juntamente (simul) desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, esto es, la angélica y la mundana, y luego la humana… ” (D 428 y 1783).

4°) Santo Tomás (I 61, 3): “Acerca de esto encontramos en los santos doctores dos opiniones, pero la que parece más probable es que los Ángeles fueron producidos a la vez que las criaturas corporales. La razón es porque los Ángeles son una parte del universo, ya que ellos solos no constituyen un universo aparte, sino que tanto ellos como las criaturas corporales se reúnen para constituir un solo universo; lo cual aparece claro en el orden de unas criaturas a otras, que constituye el bien del universo. Pero como ninguna parte es perfecta si se la separa del todo, no es probable que Dios, cuyas obras son perfectas, crease por separado la naturaleza angélica antes que las demás criaturas.”

NATURALEZA DE LOS ÁNGELES

A) Los Ángeles son espíritus puros, sin mezcla alguna de materia. (Completamente cierta en teología).

Algunos Santos Padres, antes de que la teología de los Ángeles estuviera suficientemente elaborada, bajo la influencia de ciertas doctrinas estoicas y platónicas, e interpretando demasiado a la letra algunas expresiones de la Sagrada Escritura (v.gr., Ps. 103, 4), atribuyeron a los Ángeles cierto cuerpo sutil, etéreo o semejante al fuego.

Así opinaron Orígenes, San Fulgencio, Casiano, el abad Ruperto y el mismo San Agustín.

Otros, interpretando de los Ángeles lo que se dice de los “hijos de Dios” en el Génesis (6, 2), enseñaron que algunos Ángeles habían contraído matrimonio con las hijas de los hombres, con lo que admitían implícitamente la naturaleza corporal de los mismos.

Así opinaron San Justino, Atenágoras, Clemente Alejandrino, San Ambrosio, etc.

El Magisterio de la Iglesia no lo ha definido expresamente, pero lo enseña con toda claridad en los concilios IV de Letrán y Vaticano I, al establecer una distinción entre la creación de la naturaleza espiritual y de la corporal, identificando la primera con la naturaleza angélica.

Santo Tomás expone el siguiente argumento de conveniencia (I, 51, 1): “Siempre que en un género cualquiera se halle alguna cosa imperfecta, es necesario que en el mismo género preexista algo perfecto. Pero en la naturaleza intelectual encontramos una substancia espiritual imperfecta, a saber, el alma humana, que se ordena a informar un cuerpo y recibe el conocimiento a través de las cosas sensibles. Es, pues, necesario que existan en la naturaleza intelectual algunas substancias que no necesiten tomar su ciencia de las cosas sensibles ni se ordenen a informar un cuerpo. Por consiguiente, no todas las substancias intelectuales están unidas a los cuerpos, sino que algunas están separadas de ellos, y a éstas llamamos Ángeles.”

Este argumento, como se ve, no es enteramente demostrativo, sino de simple conveniencia. De él no puede concluirse apodícticamente que los Ángeles no tienen cuerpo alguno, ya que no repugnaría que estuviesen unidos a un cuerpo más sutil y perfecto, como creyeron algunos Santos Padres.

B) Los Ángeles son naturalmente incorruptibles e inmortales. (Completamente cierta en teología).

Incorruptibilidad expresa la inamisibilidad del ser. Inmortalidad expresa la inamisibilidad de la vida.

Pero como en un ser espiritual la vida coincide con el ser, ambos conceptos se identifican prácticamente.

La incorruptibilidad puede ser ab intrínseco, si no hay en el ser ningún principio intrínseco de descomposición, o ab extrínseco, si no puede perder su ser por la acción de ningún agente exterior.

El Magisterio de la Iglesia definió en el concilio V de Letrán la inmortalidad del alma humana en razón de su perfecta espiritualidad (D 738). Luego, por la misma razón, son inmortales los Ángeles, que son espíritus como el alma humana, y más perfectos que ella.

Santo Tomás lo prueba con dos argumentos (I, 50, 5):

1º) “Es necesario decir que los Ángeles son incorruptibles por su propia naturaleza. Nada se corrompe si no es por cuanto su forma se separa de la materia. Pero el Ángel es su misma forma subsistente y, por tanto, es imposible que su substancia sea corruptible. En efecto, lo que conviene a un ser por razón de su misma naturaleza, es inseparable de él, y, en cambio, lo que le conviene por otra cosa, se puede separar una vez desaparecido aquello por lo que le conviene. Así, por ejemplo, la redondez es inseparable de la circunferencia, porque le conviene por su misma naturaleza; pero una circunferencia de metal puede perder su redondez por el hecho de que el metal pierda la figura circular. Ahora bien, el existir por sí conviene a la forma, ya que cada cosa es ser en acto por cuanto tiene forma, y la misma materia es ser en acto por razón de la forma. Luego el ser compuesto de materia y forma deja de existir en acto cuando la forma se separa de la materia. Pero cuando es la misma forma la que subsiste en su ser, como ocurre en los Ángeles, no puede perder su ser. Por consiguiente, la razón de que el Ángel sea incorruptible por naturaleza es su propia inmaterialidad.”

2º) “Una señal de esta incorruptibilidad se puede hallar en su operación intelectual. Puesto que todo ser obra según de hecho es, la operación de una cosa indica su modo de ser. Pero la razón y la especie de una operación se toman de su objeto, y el objeto inteligible, debido a que está fuera del tiempo, es sempiterno. Luego toda substancia intelectual es incorruptible por su propia naturaleza”.

Estos argumentos prueban la inmortalidad intrínseca de los Ángeles. Sabemos, además, que también son inmortales extrínsecamente. Porque aunque es cierto que Dios podría aniquilarlos, según su potencia absoluta con la misma facilidad con que los creó, no lo hará así según su potencia ordenada, porque, habiéndoles creado inmortales, su aniquilación supondría en Dios una especie de rectificación de su propia obra, lo que no puede admitirse en modo alguno, dada la infinita sabiduría de Dios, que nunca se equivoca y, por lo mismo, nunca tiene nada que rectificar. Por eso, cuando los Ángeles pecaron, les castigó terriblemente, transformándolos en demonios, pero no les aniquiló volviéndolos a la nada (cfr. I, 50, 5, ad. 3).

Dice Santo Tomás que ni siquiera por vía de excepción y de milagro aniquilará Dios jamás a un ser de suyo inmortal. Porque, ordenándose el milagro a un mayor bien, o sea, a la manifestación del poder, de la bondad y de la gracia de Dios, la aniquilación de una criatura manifiesta menos ese poder, bondad y gracia de Dios que su conservación en el ser (cfr. I, 104, 4).

C) Los Ángeles son específicamente distintos entre sí, de suerte que cada uno de ellos constituye una especie completamente distinta de la de cualquier otro Ángel. (Doctrina tomista).

Se han formulado en torno a esta cuestión las siguientes principales opiniones:

a) Todos los Ángeles son de la misma especie, ya que todos ellos son naturalezas intelectuales. Así opinan, entre otros, San Alberto Magno y San Buenaventura.

No puede admitirse esta opinión ya que la naturaleza intelectual es un elemento genérico, no específico. Deja la cuestión sin resolver.

b) Los Ángeles de una misma Jerarquía, o, al menos los de un mismo Coro, son de la misma especie, diversificándose entre sí por razón de los distintos ministerios u oficios.

Es la opinión de Biel, Alejandro de Ales, Valencia, etc.

Contra esta opinión se opone que los Ángeles no se distingan específicamente por sus distintos oficios, sino por su propia forma o naturaleza.

c) Los Ángeles se distinguen específicamente unos de otros, de suerte que no hay dos de una misma especie. Pero Dios podría con su simple potencia ordinaria crear dos o más de una misma especie si lo quisiera así.

Patrocinan esta opinión Enrique de Gante, Escoto, Durando, Vázquez y Suárez.

Otros teólogos niegan que Dios pueda hacer eso con su sola potencia ordinaria, pero lo admiten por vía de milagro o de potencia absoluta. Así San Vicente Ferrer, Báñez y Silvio.

Sin embargo, Dios no puede hacer dos Ángeles de la misma especie ni siquiera por vía de milagro o de potencia absoluta, porque envuelve contradicción.

d) Los Ángeles son específicamente distintos entre sí, de suerte que ni de potencia absoluta de Dios podrían existir dos de una misma especie.

Así sostienen Santo Tomás, Cayetano, Nazario, Salmanticenses, Juan de Santo Tomás, Gonet, Billuart y la mayor parte de los teólogos de todas las escuelas.

Esta es la verdadera doctrina. El argumento fundamental es el siguiente:

Cuando dos seres coinciden en la misma especie (v.gr., dos hombres) se distinguen numéricamente por su materia, signada por la cantidad. Pero como los Ángeles no tienen materia ninguna, puesto que son puros espíritus, es forzoso que se distingan numéricamente por su propia forma espiritual, ya que no hay en ellos otra cosa que esa pura forma.

Ahora bien: la distinción en la forma coincide, cabalmente, con la distinción específica, ya que los seres se diversifican específicamente por su forma (como el caballo se distingue específicamente del león por su forma específica de caballo, y el perro por su forma específica de perro).

Por consiguiente, al no haber en los Ángeles otra cosa que su propia forma espiritual, no hay ni puede haber dos Ángeles de la misma especie, como no puede haber dos blancuras o dos negruras separadas de toda materia: pueden existir muchas cosas blancas o negras, pero jamás dos blancuras o negruras consideradas en cuanto formas, o sea, separadas de toda materia a la que afecten (cfr. I, 50, 4; 75, 7; 76, 2, ad. 1).

Para Santo Tomás, como se ve, la imposibilidad de que haya dos Ángeles de la misma especie es total y absoluta, de suerte que ni por vía de milagro podría Dios crear dos Ángeles de la misma especie, ya que se trata de algo intrínsecamente contradictorio.

Esta doctrina, aunque profundamente metafísica, es muy bella y muy apta para darnos una idea muy elevada de la infinita grandeza de Dios, que ha creado el mundo angélico con inmensa variedad de seres, todos específicamente distintos entre sí, a cuál más bello y resplandeciente (como si el reino animal, siendo numerosísimo, fuera tan variado que no hubiera más que un solo caballo, un solo león, un solo cordero, etc.). Sin duda alguna, la contemplación del mundo angélico, con su infinita variedad y deslumbrante belleza, constituirá un espectáculo grandioso y una de las alegrías accidentales más intensas de que disfrutarán los bienaventurados por toda la eternidad en el Cielo.

D) Aunque los Ángeles no tienen cuerpo, pueden, sin embargo, aparecerse en forma corporal, tomando para ello, circunstancialmente, algún cuerpo real o aparente. (Completamente cierta en teología).

Enseña Santo Tomás (I, 51, 2): “Dijeron algunos que los Ángeles nunca toman cuerpo y que cuanto se lee en la Sagrada Escritura sobre apariciones de Ángeles sucedió en forma de visión profética, esto es, imaginativa. Pero esto se halla en contradicción con lo que propone la Sagrada Escritura. En efecto, lo que es visto con visión imaginaria no está más que en la imaginación del que lo ve, y, por tanto, no puede ser visto por todos indistintamente. Pero la Sagrada Escritura menciona a veces apariciones de Ángeles que fueron vistos por todos sin excepción, y así los Ángeles que se aparecieron a Abraham fueron vistos por él, por toda su familia, por Lot y por los habitantes de Sodoma; y lo mismo sucedió con el Ángel aparecido a Tobías, que fue visto por todos.

Lo cual prueba, sin lugar a duda, que tales apariciones se realizaron con visión corporal, en la cual lo que se ve está fuera del vidente, que es como puede ser visto por todos. Pero con esta clase de visión no se ven más que los cuerpos.

Por consiguiente, como los Ángeles —según hemos dicho— ni son cuerpos ni tienen cuerpo unido naturalmente a ellos, hay que concluir que algunas veces toman cuerpo para aparecerse con él”.

En la respuesta a las dificultades y en el artículo siguiente, Santo Tomás completa y redondea esta doctrina con las siguientes precisiones:

1ª) Los Ángeles toman cuerpo, no para provecho suyo, sino para el nuestro. Su objeto, al convivir familiarmente con los hombres, es el de darles a conocer anticipadamente la sociedad que formaremos con ellos en la patria bienaventurada.

2ª) Los Ángeles toman cuerpo condensando el aire, milagrosamente, cuanto sea necesario para plasmar el cuerpo que han de asumir. Porque si bien el aire en su estado ordinario de rarefacción no tiene plasticidad ni retiene el color, sin embargo, al condensarse se puede moldear y colorear, a semejanza de lo que ocurre con las nubes al condensarse el vapor de agua.

3ª) Desde luego, el Ángel no informa el cuerpo que toma accidentalmente ni, por lo mismo, ejerce a través de él ninguna función vital (v.gr., comer, beber, sentir, etc.), como dijo a Tobías el propio Ángel Rafael. Se vale del cuerpo asumido de una manera puramente extrínseca (como el chófer maneja el volante del automóvil llevándolo a donde quiere), pero sin informarle vitalmente, como informa el alma humana a su propio cuerpo.

4ª) Propiamente hablando, los Ángeles no hablan mediante los cuerpos a que se unen, sino que producen algo parecido al lenguaje, por cuanto forman en el aire sonidos semejantes a la palabra humana.

Nota sobre las apariciones diabólicas: Es un hecho que el demonio se ha aparecido muchas veces en forma sensible, como dice San Agustín (De civ. Dei XV, 23). Consta históricamente en la vida de multitud de Santos. No hay ninguna imposibilidad en ello desde el punto de vista teológico, ya que el poder de asumir un cuerpo es natural al Ángel y en los demonios permanece íntegra la naturaleza angélica.

Hay, sin embargo, una notable diferencia entre los Ángeles buenos y los demonios, por cuanto los primeros pueden ser ayudados por el poder divino —incomparablemente superior al angélico— para formar los cuerpos y utilizarlos incluso de una manera supraangélica, si es preciso; lo cual es imposible al demonio. Aparte de que Dios puede impedir al demonio el ejercicio de su propio poder natural angélico para que no abuse de él contra el orden establecido por la divina providencia.

E) Se dice que el Ángel está en un lugar cuando ejerce en él alguna acción. Puede estar inadecuadamente en varios lugares a la vez y no estar en ninguno. (Doctrina más probable y común).

Estos son los puntos fundamentales de la doctrina de Santo Tomás (I, 52, 1-3):

1º) Los Ángeles no están en un lugar de una manera propia y circunscriptiva como están los cuerpos, sino de una manera que trasciende por completo el lugar corporal.

Es una consecuencia lógica de la naturaleza de los Ángeles, completamente inmaterial y perfectamente incorpórea.

Las cosas ocupan un lugar en sentido propio y circunscriptivo por razón de la cantidad dimensiva, de la que carecen en absoluto los Ángeles.

En este sentido el Ángel se siente tan ancho y cómodo en un campo abierto como en una cabeza de alfiler. Le sobra todo el espacio que le rodea, sencillamente porque no ocupa ninguno.

2º) Se dice que el Ángel está en un lugar cuando ejerce en él alguna acción.

La razón es porque, aunque el Ángel no tiene ninguna cantidad dimensiva (como la tienen los cuerpos), sí la tiene virtual, o sea, puede ejercer su acción en un determinado lugar. Y, cuando de hecho la ejerce, se dice que el Ángel está en aquel lugar porque allí se deja sentir su acción.

3º) El Ángel no puede estar naturalmente en varios lugares a la vez tomados adecuadamente, pero si en varios lugares inadecuadamente, o sea, en varios puntos de un mismo lugar, incluso distantes entre sí, pero dentro de la esfera de la actividad angélica.

Y así, por ejemplo, puede ejercitar su acción en toda una casa (con sus diferentes dependencias) o en toda una ciudad, según la intensidad de su poder natural o del que Dios quiera comunicarle en un determinado momento.

La razón es porque la virtud operativa angélica, aunque finita y limitada, puede distribuirse parcialmente en diferentes lugares, con tal de que se consideren como un solo todo y no rebasen, entre todos juntos, la esfera de la actividad angélica.

Sólo Dios, cuyo poder es infinito, puede actuar a la vez en todos los lugares del universo, sin que pueda agotarse jamás su capacidad infinita de acción. Por eso se dice y es verdad que Dios está en todas partes (ubique), porque en todas partes actúa, dando y conservando el ser a todas las cosas.

4º) Dos o más Ángeles no pueden estar en un mismo lugar para producir un mismo efecto adecuadamente, o sea, como causas totales e inmediatas del mismo; pero sí pueden estarlo inadecuadamente, o sea, como causas parciales e incompletas del efecto o para producir efectos distintos.

La razón es porque un mismo e idéntico efecto no puede proceder de dos causas completas e inmediatas; y como el Ángel está únicamente donde obra, no puede estar donde no puede obrar.

Pero sí podría estar juntamente con otro o con otros como causas parciales e incompletas del efecto, o para producir efectos distintos, porque entonces desaparece la contradicción.

Esto debe entenderse también de los demonios o ángeles malos. Permitiéndolo Dios, pueden entrar muchos de ellos en el cuerpo de un energúmeno, como leemos en el Evangelio del que tenía dentro de sí una “legión” de demonios (cf. Mc. 5, 9).

5º) En los ángeles malos, o demonios, se da una especial manera de estar en lo que se llama “lugar violento”. En él están, no por la aplicación de su poder operativo al lugar, sino como aprisionados en él contra su voluntad por un poder superior extrínseco.

La razón es porque, aunque los demonios conservan la naturaleza y el poder angélicos, la divina Providencia impide que hagan libre uso de ese poder natural en perjuicio de los hombres.

Y el mismo Dios hace que el fuego del infierno, como instrumento de su poder y justicia, ate las potencias de los demonios para que no puedan obrar lo que quisieran, como y donde naturalmente podrían aplicar su diabólico poder (I, 64, 4 c, ad. 1 et ad. 3).

6º) Como los Ángeles, por su inmaterialidad, no ocupan lugar material alguno y sólo están donde obran, se sigue que cuando están inactivos no están, propiamente hablando, en ningún lugar.

Escribe Santo Tomás (I Sent. Dist. 37, q. 3 a. 1 ad. 4; De potentia q. 3 3.19 ad. 2): “No veo inconveniente alguno en que el Ángel pueda estar sin lugar y no localizado cuando no ejerce su acción en algún lugar, ni hay inconveniente en que se diga entonces que no está en ningún sitio ni en ningún lugar. Aunque no podamos imaginarnos esto, por no poder nuestra imaginación ir más allá de la cantidad continua”.

EL ENTENDIMIENTO DE LOS ÁNGELES

Siendo los Ángeles puros espíritus, o sea substancias absolutamente inmateriales, han de estar dotados forzosamente de facultad cognoscitiva (entendimiento), ya que la inmaterialidad es la raíz del conocimiento, y la facultad intelectiva lleva consigo, forzosamente, la facultad apetitiva racional (voluntad), que tiene por objeto el bien aprehendido por el entendimiento.

Está, pues, fuera de toda duda que los Ángeles tienen entendimiento y voluntad.

A) Naturaleza del entendimiento angélico

Hay que decir que el conocimiento de los Ángeles es puramente intelectual, no sensitivo, porque los Ángeles no tienen cuerpo ni, por lo mismo, órganos de los sentidos (I, 54, 5).

B) Medio del conocimiento angélico

Hay que precisar ahora el medio en que conocen los Ángeles, porque, además de la facultad cognoscitiva, es necesario para conocer alguna cosa la llamada especie inteligible, cuyo oficio es representar el objeto cognoscible y unirlo a la potencia intelectiva para que la actúe y produzca en ella el conocimiento actual de ese objeto. Esta especie inteligible o representación intencional del objeto en el entendimiento es lo que se llama en filosofía especie impresa o medio por el cual se conoce el objeto.

Estas son las conclusiones a que llega Santo Tomás:

1ª) Los Ángeles necesitan especies inteligibles para conocer las cosas distintas de sí mismos (I, q. 55, a. 1).

La razón es porque solamente Dios conoce todas las cosas por su propia divina esencia. Las criaturas cognoscitivas necesitan recibir la especie impresa de un objeto (sensitiva o inteligible, según la clase de su conocimiento) para poderlo conocer en acto.

2ª) Los Ángeles no reciben las especies inteligibles de las cosas sensibles ni de las cosas inmateriales sino por infusión divina desde el principio de su creación (I, q. 55, a. 2).

No pueden recibirlas de las cosas sensibles, porque los Ángeles no tienen cuerpo ni órganos sensitivos.

Tampoco de las cosas inmateriales, porque los Ángeles carecen de entendimiento agente, y no pueden, por lo mismo, actuar sobre las cosas inmateriales y unirlas a sí en razón de especies inteligibles.

Luego solamente pueden conocer a base de especies infundidas por Dios en el acto mismo de su creación, que, por lo mismo, pasan a ser connaturales a los Ángeles.

Advierte profundamente Santo Tomás que “los Ángeles conocen con conocimiento perfecto por estas especies todas las cosas naturales, porque todas las cosas que Dios hizo en sus propias naturalezas las hizo también en la mente angélica”. (I, q 89, a. 3).

La ciencia, pues, de los Ángeles no es causa de las cosas, como la divina, ni causada por las cosas, como la humana, sino causada por Dios, que es causa primera y universalísima de todo cuanto existe.

3ª) Los Ángeles superiores entienden por especies más perfectas y universales que los inferiores. (I, q. 55, a 3).

La razón es porque cuanto más potente es una inteligencia, conoce mayor número de cosas con menos ideas o especies inteligibles.

Y así Dios, inteligencia infinita, conoce todas las cosas en una sola Idea, que es su Verbo.

Y cuanto más cercana a Dios se halle alguna inteligencia, menos ideas o especies inteligibles necesita para conocer todas las cosas.

Esto ocurre también, aunque en diferente grado, en la inteligencia humana. El profesor que conoce a fondo la materia que explica, al enunciar un principio, ve inmediatamente contenidas en él todas las consecuencias; y, en cambio, el discípulo o aprendiz necesita que se las expliquen una por una, con tanto mayor detalle y profusión de ejemplos cuanto menos poderosa sea su inteligencia.

C) Objeto del conocimiento angélico

Es decir, las cosas que conocen los Ángeles. Santo Tomás llega a las siguientes conclusiones:

1ª) Los Ángeles se conocen a sí mismos por su propia forma y substancia (I, q. 56, a. 1).

La razón es porque si en el orden de lo inteligible existe algo que sea forma inteligible subsistente (o sea, pura inteligencia), se entenderá forzosamente a sí misma. El Ángel, por ser inmaterial, es una forma subsistente y, por lo mismo, actualmente inteligible por sí misma. Luego es evidente que el Ángel se entiende a sí mismo por su propia forma, que es su propia substancia.

2ª) Cualquier Ángel conoce a todos los demás Ángeles (I, q. 56, a. 2).

La razón es porque los Ángeles conocen por especies infundidas por Dios, y Dios imprimió en la mente del Ángel las semejanzas o especies de todas las cosas que produjo en su ser natural. Por eso el Ángel conoce todas las cosas del universo y, por tanto, a todos los demás Ángeles.

Lo cual no significa que el entendimiento angélico conozca tantas cosas como el divino, porque Dios conoce desde toda la eternidad todo cuanto existe o puede existir (el mundo infinito de los seres posibles), aparte de que su conocimiento de los seres existentes es incomparablemente más profundo y penetrante que el angélico.

De esta doctrina se sigue que el Ángel conoce las almas humanas en el instante mismo en que Dios las crea, pues Dios infunde en la inteligencia angélica las semejanzas o especies de todas las cosas que crea o produce en su ser natural.

Por eso escribe Santo Tomás: “Por donde se ve que es equivalente decir que Dios añade alguna criatura al universo o que añade al Ángel una nueva especie inteligible” (I, q. 56, a. 2, ad. 4).

3ª) Los Ángeles conocen naturalmente a Dios en su propia substancia angélica, pero no pueden ver naturalmente la divina esencia. (I, q. 56, a 3).

La razón de lo primero es porque en la propia substancia angélica está impresa de algún modo la imagen de Dios, en cuanto que el Ángel es puro espíritu, a semejanza de Dios. Pueden, pues, los Ángeles conocer naturalmente a Dios, aunque de una manera imperfecta y remota.

Pero no pueden ver naturalmente la esencia divina en sí misma (visión beatífica), ya que esto pertenece al orden estrictamente sobrenatural, aparte de que ninguna especie o semejanza creada es suficiente para representar la esencia de Dios.

4ª) Los Ángeles conocen también todas las cosas materiales, no sólo en conjunto, sino cada una de ellas en particular (I, q. 57, a. 1-2).

La razón es porque Dios imprimió en la mente de los Ángeles, en el momento mismo de su creación, las especies inteligibles de todas las cosas creadas, y sigue imprimiendo las de las cosas que va sacando de la nada continuamente (v.gr., las almas humanas).

“Todo lo que hay en las cosas materiales, dice Santo Tomás, preexiste en los Ángeles de modo más simple e inmaterial que en las cosas mismas, si bien menos simple y más imperfectamente que en Dios”.

Por otra parte, si los Ángeles no conocieran las cosas singulares no podrían custodiar a una determinada persona individual (Ángeles de la Guarda), porque nadie puede custodiar lo que desconoce.

5ª) Los Ángeles no pueden conocer naturalmente los futuros contingentes y libres con un conocimiento cierto e infalible (I, q. 57, a. 3).

La razón es porque el conocimiento cierto e infalible de los futuros contingentes es propio y exclusivo de Dios, que los conoce por vía de decreto (perfectivo o permisivo) y por vía de eternidad.

Los Ángeles conocen perfectamente los futuros necesarios (v.gr., que mañana saldrá el sol). Pero los que dependen de causas contingentes (v.gr., si habrá o no buena cosecha el año que viene) o libres (v.gr., lo que hará Pedro tal día y a tal hora) sólo pueden conjeturarlo con más o menos probabilidad (v.gr., por el estado actual del campo o de la atmósfera o por lo que Pedro suele hacer en tales circunstancias, etc.), pero no pueden saberlo con un conocimiento cierto e infalible.

Únicamente podrían saberlo de este modo por divina revelación.

6ª) Los Ángeles no pueden naturalmente conocer con certeza los pensamientos de los corazones de los hombres o de los otros Ángeles antes de que éstos los dirijan voluntariamente hacia ellos. (I, q. 57, a. 4).

La razón es porque el conocimiento cierto de los pensamientos internos que no se manifiestan ni repercuten de ningún modo al exterior es propio y privativo de Dios.

Sin embargo, pueden conocerlos conjeturalmente por algún signo exterior que los manifieste de alguna manera (v.gr., por la alteración de la fisonomía), como ocurre entre los mismos hombres, tanto más perfectamente cuanto más profunda sea la penetración psicológica del observador.

Y los conocen, además, con toda certeza cuando esos pensamientos se dirigen a ellos por la voluntad del que los tiene. De esta forma puede nuestro Ángel de la Guarda conocer las súplicas que le dirigimos aunque no las formulemos vocalmente ni aparezca ningún signo de ellas al exterior.

7ª) Los Ángeles no pueden naturalmente conocer los misterios de la gracia (I, q. 57, a. 5).

Es evidente, por tratarse de misterios sobrenaturales, que trascienden en absoluto toda inteligencia natural creada o creable.

Los Ángeles conocen esos misterios de la gracia sobrenaturalmente, o sea en la visión beatífica, aunque no todos los misterios ni todos los Ángeles por igual, sino en la medida en que Dios quiera revelárselos; porque aunque los Ángeles bienaventurados contemplan la esencia divina, no por eso la comprenden o abarcan totalmente, y, por consiguiente, no es preciso que sepan todo lo que en ella hay escondido.

Los Ángeles superiores, que contemplan con mayor penetración la sabiduría divina, conocen en la visión de Dios mayor número y más elevados misterios, que después manifiestan a los inferiores cuando les iluminan.

Y entre los mismos misterios hay algunos que los Ángeles conocieron desde el principio y otros que les fueron enseñados más adelante, conforme lo iban exigiendo sus ministerios.

D) Modo del conocimiento angélico

He aquí las conclusiones a que llega Santo Tomás:

1ª) Los Ángeles no están siempre pensando en todo lo que naturalmente pueden conocer, sino sólo en lo que voluntariamente quieran pensar; pero sí piensan continuamente en las cosas que conocen sobrenaturalmente en el Verbo (I, q. 58, a. 1).

La razón de lo primero se toma de la limitación de la virtud intelectiva de los Ángeles, que, en cuanto finita, tiene término por parte de los objetos conocidos.

Pero pueden los Ángeles aplicar su virtud intelectiva a este objeto o al otro o al de más allá, según su beneplácito. Siempre, sin embargo, están entendiendo alguna cosa de las que pueden conocer con su conocimiento natural, de suerte que, al cambiar de objeto, no se produce un tránsito de la potencia al acto, sino únicamente de un acto a otro acto (Contra Gentes II, c. 101).

La razón de lo segundo es porque de hecho siempre están contemplando al Verbo y lo que en el Verbo conocen sobrenaturalmente, ya que esta visión constituye la bienaventuranza, y la bienaventuranza no consiste en un hábito (sería imperfecta), sino en un acto perfectísimo.

2ª) Los Ángeles no pueden conocer natural y simultáneamente muchas cosas precisamente en cuanto muchas o separadas entre sí; pero pueden conocerlas simultáneamente, en cuanto constituyen un todo único, y también las que ven sobrenaturalmente en el Verbo (I, q. 58, a. 2).

Conocer muchas cosas en cuanto muchas quiere decir conocerlas una por una separadamente (v.gr., las piedras, paredes, habitaciones, etc., de una casa), a diferencia de conocerlas en cuanto constituyen un todo único (v.gr., la casa entera).

El primer conocimiento supone muchas especies inteligibles (la de piedra, pared, habitación, etc.), que no pueden ser abarcadas con una sola intelección finita.

El segundo, en cambio, puede ser abarcado con una sola intelección, porque entender muchas cosas como una es en cierto modo entender una sola.

Y de este modo entienden también los Ángeles las cosas que ven en el Verbo sobrenaturalmente, puesto que las conocen todas con una sola especie inteligible, que es la esencia divina directa e inmediatamente contemplada.

3ª) El conocimiento de los Ángeles es puramente intuitivo; no por discurso ni por composición y división, como el conocimiento racional humano (I, q. 58, a. 3-4).

El conocimiento racional humano es discursivo, o sea va pasando del conocimiento de una verdad conocida a otra menos conocida por discurso o raciocinio, muchas veces lento y penoso.

Pero si, al conocer un principio cualquiera, viese contenidas en él todas las consecuencias que de él se derivan, su conocimiento sería intuitivo (o sea, por un solo golpe de vista) y no discursivo.

Tal es cabalmente el caso de los Ángeles: al conocer naturalmente alguna cosa, ven en el acto todo cuanto de esa cosa se puede conocer, y así su conocimiento no es discursivo, ni por composición y división, sino intuitivo e instantáneo.

4ª) En el entendimiento de los Ángeles buenos no cabe el error o la falsedad, pero si en el de los ángeles malos o demonios en lo referente a los misterios sobrenaturales (I, q. 58, a. 5).

Los Ángeles, tanto buenos como malos, ven intuitivamente, o sea de un solo golpe de vista, todas las cosas naturales y las consecuencias que de ellas se derivan, y, por lo mismo, acerca de ellas nunca se equivocan. Al conocer la esencia de las cosas, conocen ciertamente lo que conviene o repugna a esa esencia y, por tanto, nunca se equivocan en torno a ellas.

Otra cosa ocurre con relación a los misterios sobrenaturales.

Como el conocimiento de éstos no depende de la esencia de las cosas naturales, sino únicamente de la divina revelación, que hay que aceptar con humilde docilidad a Dios, los Ángeles buenos, cuya voluntad es recta y perfectamente sometida a Dios, juzgan de esos misterios con toda rectitud según la ordenación de Dios, y por eso no pueden incurrir en error en torno a ellos.

Pero los ángeles malos o demonios, que por su voluntad depravada no someten su entendimiento a la sabiduría divina, juzgan a veces de las cosas de una manera absoluta conforme a su condición natural. Y entonces ocurre que respecto a lo que conviene a las cosas por naturaleza no se engañan, pero pueden engañarse en lo que se refiere a lo sobrenatural, como, por ejemplo, si al ver un hombre muerto juzgaran que no ha de resucitar, o si al ver a Cristo Hombre juzgasen que no es Dios.

En los Ángeles buenos se dio también esta posibilidad de error cuando fueron sometidos por Dios a prueba, o sea antes de su confirmación en gracia y consecución de la gloria; pero ya no se da después de esa confirmación en gracia, por la inamisibilidad de la gloria una vez alcanzada.